Dos jóvenes investigadores, Gabriela Bravo Chiappe y Cristian González Farfán, acometieron el “ejercicio tortuoso” de hacer la historia de las peñas en Santiago durante el régimen militar, entre los años 1973 y 1983. El resultado de su trabajo es este libro, bellamente titulado Ecos del tiempo subterráneo, crónica de una épica silenciosa y menor, pero no exenta de peligros ni de heroísmo, que fue muy valiosa en el proceso capilar de la formación de una conciencia colectiva en contra de la dictadura. Y, al hacerlo, de manera muy precisa, delimitada en el tema y en el tiempo, han producido un relato de gran interés sobre las expresiones de esa sorda “resistencia cultural” que, al multiplicarse y crecer en el seno de la sociedad chilena en las formas más diversas, originó -es nuestro convencimiento- la marea de fondo que terminó por hacer imposible la continuidad de la dictadura y abrió el camino a la democracia.
Carlos Ruiz Encina sobre el último libro de Moulian
Quiero agradecer al autor y los responsables editoriales por esta invitación a dialogar sobre cuestiones tan centrales para el pensamiento crítico. Felicitar también al autor y los responsables editoriales por la preocupación demostrada en torno tales asuntos, precisamente abordados en la obra que hoy presentamos, en medio de un período difícil para la vitalidad de dicho pensamiento crítico.
Atendiendo a los comentarios que me preceden hoy, ya se puede decir que, de algún modo, el libro comienza a cumplir sus objetivos: abrir el diálogo sobre temas tan trascendentes como poco visitados en el presente. En tal dirección, permítaseme discrepar con la idea aquí lanzada por Jocelyn-Holt acerca que el libro adolece de pasajes tan acomodaticios y ahistóricos. Creo que aborda mucho de lo que a menudo se elude. Le pone el cuerpo -o al menos lo intenta- a cuestiones que incluso en otros períodos menos conservadores, la propia izquierda, centro de las preocupaciones del libro, buscó eludir. Podemos discrepar o no de la forma en que Moulián resuelve muchos de esos entuertos, pero me resulta una exageración apuntar que se eluden. Por otro lado, me parece que, viniendo desde el campo de la sociología, hay en toda la obra de Moulián -y ésta no se aparta de esa línea- una particular sensibilidad histórica, por cierto las más de las veces ajena a los sociólogos (en esto último coincido plenamente).
El mundo vive tiempos sombríos. Hace poco más de dos años estalló la burbuja financiera de las hipotecas “basura” en Estados Unidos, revelando que grandes bancos y otras instituciones financieras estaban comprometidos con deudas hipotecarias de alto riesgo. En ese entonces muchos economistas y autoridades del mundo pensaban que la crisis estaba circunscrita a este segmento, pero a los pocos meses se precipitó la insolvencia crediticia, las quiebras financieras y las ventas de viviendas a precios de remate, arrastrando al conjunto del sistema financiero estadounidense y también al europeo. Y de ahí, después que Lehman Brothers se declarara en quiebra en septiembre de 2008, el sistema financiero global quedó contra las cuerdas y la economía mundial se hundió en la recesión más profunda de los últimos 80 años.
Once de Septiembre de 1973. Todo y nada presagiaba que el telefonazo que me despertó aquella mañana inauguraba para mí -como para millones de chilenos- el lapso más dramático de nuestra vida. Eran las seis y recién comenzaba a clarear. Al otro lado de la línea estaba Luis Oliva, el ingeniero a cargo de los equipos transmisores de Radio Magallanes:
-Chino, ahora sí que empezó el golpe. Para que lleguemos juntos al centro te paso a buscar en mi auto, ¡altiro!
En ese tercer año del gobierno de Salvador Allende los periodistas también ya estábamos curtidos con actos de violencia sediciosa y anuncios de alzamientos. Desde mediados de 1972 los atentados tenían una frecuencia de uno cada hora. Pero su preámbulo más grave había ocurrido el 29 de junio de 1973, el asalto con tanques a La Moneda y al Ministerio de Defensa por el Regimiento Blindado número 2 al mando del coronel Roberto Souper, con apoyo de Patria y Libertad, que dejó más de una veintena de muertos. Fue el “tancazo”, abortado en pocas horas por la decisiva participación del comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, y de un grupo de altos oficiales con mando de tropa apegados a la doctrina constitucionalista y otros que simularon acatarla, como Pinochet.
Adalbert Stifter (1805-1868) es uno de los muchos notables escritores de la literatura en alemán provenientes de Austria, aquella de la monarquía imperial y real (k.k.) (1) que conocemos de las novelas de Joseph Roth y Robert Musil.No obstante, y a diferencia de estos grandes autores para quienes las circunstancias políticas serán el tema principal de sus escritos, para Stifter éstasparecen no haber jugado ningún papel. En su famosanovela “El verano tardío” o en sus relatos, los sucesos políticos (por ejemplo, la revolución de 1848) no tienen ninguna importancia o se mencionan solamente al margen. “El hombre sin posteridad” (1844) no escapa a este rasgo de la obra del autor.El espacio en que se mueven sus personajes es un paisaje de naturaleza rural que oscila entre lo idílico y lo grandioso. En el ciclo de las estaciones, el tiempo aparece como algo siempre igual y sólo se hace perceptible en el envejecimiento natural de los seres. La historia no es un acontecer actual que interviene en la vida de la gente, sino que ella se presenta como un pasado lejano que aparece en el presente como un monumento petrificado.
Buenas noches, ante todo quiero agradecer esta invitación a comentar el libro de Tomás. Cuándo Nelly Richard me escribió para proponérmelo, pensé que era un honor inmerecido, cuestión que me sigue pareciendo así. Pero también pensé y pienso que es una oportunidad placentera de dialogar con la propuesta de un autor que me es particularmente importante y querido. Importante porque Tomás Moulian viene haciendo aportes críticos significativos en Chile Actual, y desde posiciones que buscan dar cuenta de lo que han sido los proyectos de las izquierdas en esta enredada sociedad chilena, actualmente optando desde las administraciones centrales por opciones neoliberales, que la vida esta demostrando arcaicas y con posibilidades de cambiarlas, si las ciudadanas y los ciudadanos, como lo propone Moulian, nos hacemos cargo de esta responsabilidad que nos cabe.
Desde lo más profundo de nuestro corazón expresamos nuestra pena e ira ante el cobarde asesinato de nuestro peñi JAIME FACUNDO MENDOZA COLLIO, por parte de Carabineros de Chile. Institución que, junto al propio Estado y clase política chilena, ha quedado históricamente impune ante la muerte, tortura y permanente vulneración de derechos humanos de personas mapuche.
Con dolor e indignación, los historiadores e historiadoras que suscribimos esta declaración, constatamos que la interpelación que le hiciéramos a la Presidenta de la República, Michelle Bachelet, en enero de 2008, en torno a acoger las demandas históricas del pueblo mapuche no sólo no ha sido escuchada, sino que, por el contrario, el cerco represivo y mediático se ha intensificado. Prueba de ello es el asesinato el miércoles 12 de agosto del joven comunero mapuche Jaime Mendoza Collío. Queremos, en consecuencia, ratificar ante el pueblo chileno y la comunidad internacional lo señalado hace un año y medio atrás.
No es nuevo en la historia de Chile que los indígenas sean encarcelados por reclamaciones de tierras o reivindicaciones políticas. Desde que se ocupa militarmente la Araucanía, la imposición de la doxa dominante escenificada como discurso actuante de la justicia y sus agentes, ha conllevado un sometimiento del mapuche ya no por la fuerza de las armas, sino a través de la Razón del Estado de Derecho que se impuso en el territorio.
La política es, como lo pensó Maquiavelo, el esfuerzo de convertir lo actual en inactual. Es una lucha por el futuro. Pero no es una lucha indeterminada, sino el enfrentamiento dentro de un campo de diferentes proyectos, que se realiza siempre en “condiciones dadas”. Esas condiciones son aquello que el pasado ha convertido en presente, imponiendo restricciones a la historicidad.
En la década de los sesenta del siglo XX Chile fue pensado como socialismo. Pero aun entonces, momento optimista de la historia, fue pensado como un socialismo al cual se arribaba por una vía institucional, no por una ruptura. En la actualidad el futuro de Chile debe ser pensado como una democratización radical.