El 11 en la Magallanes
Longbow / HistoriaCrónica de Guillermo Ravest
Once de Septiembre de 1973. Todo y nada presagiaba que el telefonazo que me despertó aquella mañana inauguraba para mí -como para millones de chilenos- el lapso más dramático de nuestra vida. Eran las seis y recién comenzaba a clarear. Al otro lado de la línea estaba Luis Oliva, el ingeniero a cargo de los equipos transmisores de Radio Magallanes:
-Chino, ahora sí que empezó el golpe. Para que lleguemos juntos al centro te paso a buscar en mi auto, ¡altiro!
En ese tercer año del gobierno de Salvador Allende los periodistas también ya estábamos curtidos con actos de violencia sediciosa y anuncios de alzamientos. Desde mediados de 1972 los atentados tenían una frecuencia de uno cada hora. Pero su preámbulo más grave había ocurrido el 29 de junio de 1973, el asalto con tanques a La Moneda y al Ministerio de Defensa por el Regimiento Blindado número 2 al mando del coronel Roberto Souper, con apoyo de Patria y Libertad, que dejó más de una veintena de muertos. Fue el “tancazo”, abortado en pocas horas por la decisiva participación del comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, y de un grupo de altos oficiales con mando de tropa apegados a la doctrina constitucionalista y otros que simularon acatarla, como Pinochet.
Pero ese “altiro” de Lucho Oliva demoró más de una hora. Viajamos con él Ligeia, mi mujer, y nuestro hijo Gerardo, quienes también debían estar en sus lugares de trabajo y estudio. Ella en la comisión de propaganda del PC, Teatinos 416, y él en el Conservatorio Nacional de Música. Transpasar los numerosos piquetes de militares y carabineros nos hizo más demoroso el arribo
a un costado de la Plaza de Armas. Allí nos despedimos nerviosamente por desconocer cuál iba ser el desenlace de esa jornada.
Arribé a los estudios de la emisora que dirigía, en el sexto piso de Estado 235, alrededor de las 8 de la mañana. Todo el personal del turno matutino estaba con su nivel de adrenalina al tope. El Presidente Allende hacía pocos minutos -7:55 horas- había anunciado por Radio Corporación desde La Moneda, donde ya se encontraba instalado, que la Armada había ocupado Valparaíso. En esa primera alocución lo denunció como un acto de rebelión contra el gobierno legítimo, por lo que llamaba a los trabajadores a estar vigilantes en sus sitios de trabajo. Pero aún confiaba en una respuesta “de los soldados de la patria que han jurado cumplir con su doctrina”. “En todo caso -había enfatizado- yo estoy en La Moneda y me quedaré aquí defendiendo al gobierno que represento por voluntad del pueblo”. Como lo demostrarían posteriormente los miles de documentos desclasificados del gobierno de Estados Unidos, los muy “patrióticos” jefes militares confabulados para la asonada ya habían hecho suyos los planes de Washington. Un informe de la CIA del 8 de Septiembre de 1973 adelanta textualmente: “Según XX (borrón con el nombre del informante), la Armada está programada para iniciar un movimiento destinado a derribar el gobierno del Presidente Salvador Allende el 10 de septiembre”.
Federico Godoy, radiocontrolador de ese turno matutino, había enlazado a la Magallanes con Radio Corporación, integrando el sistema de coordinación que entonces llamábamos “La Voz de la Patria”. Se usaba para potenciar anuncios o declaraciones importantes por medio de las emisoras partidarias del gobierno de la Unidad Popular. De todos modos, era una forma muy
precaria para contrarrestar en número y kilovatios la enorme superioridad de las radios derechistas.
El periodista Ramiro Sepúlveda, jefe de informaciones de ese turno, me informó de las novedades y la ubicación de los reporteros en sus respectivos frentes informativos. “La programación fue, diríamos normal, pero solo registramos una baja: Fernando Barraza, que se nos desapareció”. Efectivamente, su último acto como redactor de noticias fue entregar los textos para “Bitácora”, el primer informativo de la mañana. Barraza trabajaba entonces en la revista Ercilla y su “pituto” en nuestra emisora no lo obtuvo por posturas políticas sino por su calidad profesional.
Sí era militante comunista Hernán Barahona, reportero político en el Congreso, quien animaba un comentario matutino. Como él mismo lo recordara en algunas crónicas posteriores, aquella mañana lo hizo “en vivo”. Pero transcurrido ese breve informe de Ramiro, ya no vimos más a Barahona en los estudios. Sin aviso se escabulló de su puesto laboral y de sus deberes políticos. Vine a saber de él, años más tarde, que estaba exiliado en Praga. Luego, reapareció en Chile con un libreto retrospectivo de mitomanías protagónicas, en que no cesó de investirse como el que recibió la última llamada del Presidente Allende, el que grabó su mensaje, el que salvó esa cinta para que su voz la escuchara el mundo, etc. Manipular la verdad y la memoria para ocultar una ausencia, una falta, es posible comprenderlo. Pero cuando la semilla de la rememoración, aun siendo falsa, encuentra cómplices para su germinación, tiene otro nombre. Es un capítulo penoso de esta historia, reparado parcialmente por fallos posteriores de dos Tribunales de Ética del Colegio de Periodistas.
En aquella tensa mañana del Once el Presidente Allende se dirigió al país en tres oportunidades por Radio Corporación, propiedad entonces del Partido Socialista, que retransmitimos como “La Voz de la Patria”. El segundo mensaje de las 8:15 horas fue de contenido parecido al primero. En el tercero de las 8:45 horas, más informado de la situación, Allende ya denunciaba que “hacemos frente a un golpe de Estado en el que participa la mayoría de las Fuerzas Armadas”. Y notificaba a los traidores alzados recordando, casi textualmente, lo que afirmara en 1971: “Yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy solo un luchador social que cumple la tarea que el pueblo me ha dado… Defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno. No tengo otra alternativa. Solo acribillándome a balazos podrán impedir mi voluntad de hacer cumplir el programa del pueblo… Compañeros, permanezcan atentos a las informaciones en sus sitios de trabajo, que el compañero Presidente no abandonará a su pueblo ni su sitio de trabajo. Permaneceré aquí en La Moneda inclusive a costa de mi propia vida”. Su cuarto mensaje, por algún problema técnico que afectó a la comunicación, quedó interrumpido pocos minutos después de las 9:00 horas y lo difundimos solo por la Magallanes. En instantes como aquellos era imposible atender todos los requerimientos simultáneos que nos atropellaban: la emisión propia, los informes de los reporteros, los pasos de los golpistas contra La Moneda.
Con el arribo de Leonardo Cáceres, nuestro jefe de prensa, y de otros reporteros efectuamos una somera reunión para organizar las emisiones. Pero Radio Agricultura, que hasta entonces venía difundiendo esencialmente música de “Los Quincheros” y marchas militares, a las 8:30 horas se descubría como cabeza de la Red Nacional de las Fuerzas Armadas. Sus ahora marciales animadores eran el locutor Francisco Hernández, más conocido como Gabito, apelativo ganado por sus conocidos amoríos con Gaby Cousin, una corista del Bim Bam Bum, y el actor Enrique Heine, entre los más conocidos. Con esa Red, asimismo, el mayor de Ejército Roberto Guillard debutaba en un nuevo oficio dictatorial: locutor oficial de bandos castrenses. Ya había leído el primero, donde los cuatro cabecillas justificaban el golpe y, constituidos en Junta Militar, exigían la dimisión del gobierno. Pasados los años, ahora sabemos que los planes conjuntos de los golpistas tuvieron un libreto coordinado y programado por Washington. Un informe de situación de la CIA del 8 de septiembre de 1973, dice respecto a los planes comunicacionales: “Luego que la Armada realice una acción positiva contra el gobierno, la FACH silenciará todas las radios gobiernistas. Al mismo tiempo, la FACH proyecta establecer una red nacional de radios utilizando las radios de oposición existentes, como Balmaceda, Minería y Agricultura”.
En medio de esos tensos minutos, el periodista a cargo de uno de los puestos de escucha que habíamos organizado con pequeños receptores a pila, nos hizo oír aquel cuarto mensaje del Presidente Allende que grabó completo. Con posterioridad, pude escucharlo con calma. Por su dramático contenido puede colegirse que es el preámbulo de las que luego serían sus últimas
palabras. Allende, ya enterado a cabalidad de la traición de la mayoría de los jefes castrenses, informó al pueblo y volvió a notificar a los golpistas:
“En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por voluntad consciente de un Presidente que tiene la dignidad del cargo entregado por su pueblo en elecciones libres y democráticas. En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil. Es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores, porque la humanidad avanza hacia la conquista de una vida mejor. Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a nuestra patria. Caerá un baldón sobre aquellos que han vulnerado sus compromisos, faltando a su palabra, roto la doctrina de las Fuerzas Armadas. El pueblo debe estar alerta y vigilante, pero no debe dejarse provocar, ni debe dejarse masacrar, pero también debe defender sus conquistas. Debe defender el derecho a construir con su esfuerzo una vida digna y mejor.
Y poco antes, alrededor de las 8:45, otro de nuestros reporteros a cargo de un puesto de escucha, nos anunciaba que las emisoras Corporación, Portales y Sargento Candelaria habían sido silenciadas. También corrió la misma suerte Radio Balmaceda, pese a su filiación democratacristiana. Estábamos solos en el aire.
Se había cumplido la segunda etapa de la “Operación Silencio” dispuesta por el comando sedicioso. En la madrugada de ese martes 11, pelotones del Ejército silenciaron las emisoras de las Universidades de Chile y Técnica del Estado, esta última dirigida por el periodista y escritor Franklin Quevedo. Y alrededor de las 8:30 horas, para completar el aherrojamiento de los medios radiales partidarios del gobierno, fueron ametralladas por los Hawker Hunter de la FACH las antenas de la Radio Luis Emilio Recabarren, de la Central Única de Trabajadores. Con posterioridad, sus estudios ubicados en Huérfanos con Teatinos eran allanados. Todo el personal que se encontraba en ellos, veinte técnicos y periodistas, desde su director Rolando Carrasco hasta el control Jorge Brinzo, fueron violentamente detenidos por los soldados. Años más tarde, pude leer en un libro de Florencia Varas y José Manuel Vergara, Operación Chile, que:
El jefe del Estado Mayor, vicealmirante Patricio Carvajal, hoy ministro de Relaciones Exteriores, acababa de recibir una nueva satisfacción: el Servicio de Comunicaciones y Telecomunicaciones de las Fuerzas Armadas, a cuyo cargo había estado la elaboración de la Operación Silencio, acababa de anunciar que, con excepción del equipo móvil de Radio Magallanes, el plan se había ejecutado en sus menores detalles.
Otro error de los servicios de inteligencia castrenses: la Magallanes nunca tuvo equipo móvil de transmisión. Tampoco el plan había sido cumplido íntegramente, pues nosotros seguíamos en funciones. Y mientras continuábamos organizando nuestro trabajo informativo, los rugidos de los Hawker Hunter de la Fuerza Aérea nos aturdían desde el cielo de Santiago. Lógicamente, no sabíamos nada de aquella “Operación Silencio” que, minutos más tarde, le serviría a sus pilotos para darse valentía en ametrallar y bombardear la residencia presidencial de Tomás Moro, donde se encontraba sola Tencha Bussi, la esposa del mandatario, acompañada de unos pocos integrantes de la guardia presidencial. Por su dilatada relación con los golpistas -así lo reconoce la CIA-, esa mañana solo transmitía el Canal 13 de la Universidad Católica, dirigido por el telepredicador sedicioso Raúl Hasbún.
Alrededor de las 8:50 horas nos contactó el subsecretario del PC, Víctor Díaz. Difundimos de inmediato su mensaje a los trabajadores y al pueblo. Denunció el golpe, que calificó de fascista, por lo que ahora sus promotores civiles ya no podrían invocar fines democráticos. También convocó a los trabajadores y al pueblo a resistirlo organizadamente. Desde aquellos momentos, la radio de los latifundistas, ahora investida de jinetas castrenses, no dejó de atosigarnos con la repetición del fragmento del Bando Militar número uno que amenazaba:
“La prensa, radiodifusoras y canales adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante. De lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre”.
Habrán sido tensos y dramáticos esos momentos, pero en ningún momento nadie de la Magallanes dudó en que solo cabía hacer lo que debíamos: seguir transmitiendo. También difundimos un breve y vigoroso llamado de la secretaria de las Juventudes Comunistas, Gladys Marín. Por nuestros reporteros y auditores que informaban constantemente, sabíamos que La Moneda ya estaba rodeada por un enorme contingente militar. Y desde las ventanas de nuestra
emisora veíamos pasar a apurados santiaguinos tratando de escabullir a las patrullas de soldados armados, por calles Estado, Huérfanos y Agustinas.
Con anterioridad, alrededor de las 8:30, en otra breve reunión con Leonardo Cáceres y el secretario político de nuestra célula partidaria y jefe de radioperadores, Amado Felipe, habíamos acordado dar cumplimiento a las decisiones operativas adoptadas días antes, con todo el personal, para una situación de emergencia como la que vivíamos. Estábamos conscientes que, ubicados a unas cuatro cuadras de La Moneda, podíamos ser allanados en cualquier momento. Resolvimos disponer de uno de los dos automóviles que poseía nuestra emisora para trasladar a un pequeño equipo hasta la planta transmisora ubicada en Renca. Él debía proseguir desde ahí las emisiones ante cualquier contingencia. Nos correspondió proponer con Leonardo Cáceres a sus integrantes. Fueron ellos los periodistas Ramiro Sepúlveda, Jesús Díaz y Carmen Torres -reportera recién egresada- y el locutor Agustín Cucho Fernández. Todos aceptaron serenamente la responsabilidad que significaba esa tarea. Semanas antes, en previsión del golpe que ahora teníamos encima, me correspondió gestionar con ENTEL, la empresa estatal de telecomunicaciones, la instalación de una línea privada más segura y eficiente que conectaba a los estudios con la planta. Era “el par” 580010. En los chequeos de esa mañana del Once la línea funcionó sin problemas, de ida y vuelta, al igual que la grabadora profesional que nuestro ingeniero Lucho Oliva había instalado en ella. También, a ratos me topaba con Eulogio Suárez, nuestro subgerente de la Magallanes, quien por disciplina partidaria había aceptado lidiar con números y platas, pese a su vocación de escritor y de poeta. “¡Calma, Chino, tómalo con agüita!” Pero él mismo, mucho más hiperquinético que Amado Felipe, no cesaba de llamar por teléfono. Desaparecía y volvía a aparecer por los estudios de la radio.
En medio de esos ajetreos yo había ido a buscar otro paquete de cigarrillos a mi oficina cuando, inesperadamente, sonó la “Plancha”. Éste era el nombre que dábamos al teléfono a magneto, accionado a manivela, que nos conectaba directamente con el despacho de trabajo del Presidente Allende. Los jefes golpistas ya habían amenazado con bombardear La Moneda. Tomé el auricular para contestar al llamado. Era la inconfundible voz del Presidente Allende:
-¿Quién habla? -preguntó.
-Ravest, compañero…
-Necesito que me saquen al aire, inmediatamente, compañero…
-Déme un minuto, para ordenar la grabación…
-No, compañero. Preciso que me saquen al aire inmediatamente, porque
no hay tiempo que perder…
Sin alejar la bocina de mi oreja y para que el mandatario me escuchara, grité a Amado Felipe -quien se encontraba al frente del tablero de control en el estudio, a unos tres metros de distancia-: “Instala una cinta, que va a hablar Allende” y a Leonardo Cáceres: “Corre al micrófono para anunciar al Presidente”. Allende debe haber escuchado esos gritos y le pedí: “Ahora, cuente tres, por favor, compañero, y parta…” Eran las 9:20 horas de aquella mañana del 11-S-73. Pese al nerviosismo de esos instantes, Amado Felipe tuvo la sangre fría o la clarividencia de que estábamos en el filo de la historia, porque antecedió la transmisión con los primeros acordes del Himno Nacional a los que se mezcló la voz de Leonardo, anunciando que se dirigiría al país el Presidente constitucional. La tensión del momento explica por qué esa grabación no solo registra la voz de Allende. A Felipe se le quedó abierto el micrófono de ambiente, por ello también contiene ruidos ajenos y, en algunos fragmentos, mis gritos pidiendo: “¡Cierren esa puerta…!”, y a Amado “Cambia de cinta y pon otra…”, por creer que así podría salvarse una parte de la grabación si nos sacaban del aire o proteger la pureza de la emisión. Los asaltantes de La Moneda, por su parte, le añadieron su propia música de circunstancias: balazos, disparos de tanques y hasta el zumbido de aviones. Tras su última frase, Allende me añadió un escueto: “No hay más, compañero, eso es todo”. Y como siempre ocurre, aun en circunstancias solemnes o dramáticas, no faltó el añadido de una nota ridícula. Soy su autor. A modo de despedida, le añadí un fraternal: “¡Cuídese, compañero…!”
Tras haber anunciado a Allende, Leonardo volvió donde mí, y ambos seguimos escuchando aquellas que serían sus últimas palabras: yo con la oreja en el auricular de la “Plancha” y Leonardo, encuclillado, por el parlante interno de la Magallanes. Finalizado su mensaje me salió del concho del alma este escueto comentario: “Es su testamento político. Flaco, estamos sonados…” Pero, “sonados” y todo había que seguir, cada cual en su puesto de combate, como lo había planteado la comisión política del PC en su última declaración, y que ese martes fue el título principal de la edición de El Siglo. Pero aun así, no eran momentos de consignas. Solo había que cumplir la conducta que nos guiaba nuestra conciencia de ciudadanos, de militantes y de periodistas. Luis Figueroa, secretario general de la CUT telefoneó luego a la emisora para anunciar una declaración de la Central. Pero no fue él quien la leyó. Lo hizo el dirigente Mario Navarro, del que difundimos de inmediato el llamado a los trabajadores: a ocupar las fábricas, a resistir organizada y unitariamente; ahora y mañana, a defender las conquistas logradas bajo el gobierno más democrático de nuestra historia y la libertad que se pretendía avasallar. Por alguna circunstancia de la que no tengo recuerdo, y pese a mi voz absolutamente antimicrofónica, me correspondió anunciar esa convocatoria de la CUT.
Una sección titulada “Discursos finales: Salvador Allende. Documentos radiofónicos” que aún el 2008 mantenía el portal electrónico del Partido Comunista <www.pcchile.cl> recopiló esos mensajes. Consigna tres intervenciones cuya emisión adjudica a Radio Corporación -que retransmitimos como “Voz de la Patria”- y dos correspondientes a Radio Magallanes: que las indica como emitidas a las 9:03 y 9:10 A.M. Como viejo reportero, nunca abandoné nuestra deformación profesional de ayudar a la memoria, anotando lo que consideraba trascendente, con breves garabatos. Aún conservo parte de la libreta que portaba entonces y que fungió como mi virtual bitácora de aquel martes 11-S-73, hasta que abandoné la Magallanes al mediodía del jueves 13. En ella registro también tres emisiones por la Corporación, y las que emitimos solo por la Magallanes: aquella interrumpida o parcial de las 9:03 y la postrera que hizo Allende a las 9:20 horas y que, transcurrido un breve lapso, acordamos con Leonardo Cáceres retransmitirla.
Son numerosos los periodistas que han escrito sobre el Once y que se han referido a la serie de mensajes de Allende y a sus contenidos. También hubo amanuenses o informantes que actuaron como escuchas de la CIA, pues, en los posteriores documentos desclasificados por el gobierno de los Estados Unidos aparecen sus informes. Éstos, referidos a las emisiones radiales, son los más incompletos e inexactos, pues tales “orejas” solo se guiaron por lo que decía o desinformaba la Red Nacional de las Fuerzas Armadas. Sin embargo, varios autores de libros sobre aquel Once indican que Allende se dirigió en cuatro ocasiones a nuestro pueblo por Radio Corporación pero, extrañamente, casi ninguno de ellos consigna referencias al contenido de esa cuarta alocución.
Mónica González y Edwin Harrington en su libro sobre el asesinato del general Prats solo aluden a los dos primeros mensajes (Corporación) y al último difundido por la Magallanes. El más exacto cronista de aquella jornada es el jurista español Joan Garcés, quien acompañó al mandatario en La Moneda. En su libro Allende y la experiencia chilena, él registra cuatro mensajes por la Corporación y uno por la Magallanes. Jorge Timossi, responsable entonces de la agencia Prensa Latina en Santiago, reconoce que confi ó en la acuciosidad de Garcés, a quien entrevistó en España, para checar este tema de los mensajes de Allende, como lo cuenta en su libro testimonial Grandes alamedas: El combate del Presidente Allende. Igualmente, el periodista francés Pierre Kalfon -en Allende: Chile 1970-1973-, corresponsal de Le Monde en Santiago, coincide con el sociólogo español sobre el número de alocuciones y el medio que las difundió.
Otras fuentes rigurosas que consulté posteriormente coinciden con Garcés.
Cada persona es un cosmos que reacciona frente a la realidad según sus genes y su formación. En la Magallanes no todos eran militantes comunistas. Sabíamos sí que los estudios de nuestra emisora eran una ratonera. Es posible que alguno sintiera miedo. Pero nadie lo expresó. Y esos llamados partidarios y los de Allende a resistir organizadamente y que el pueblo no debía dejarse arrasar ni acribillar, ya anticipaban u olían la derrota, que la hecatombe estaba por culminar. Ese rumor -a lo mejor echado a correr interesadamente por los mismos que luego ordenarían exiliarlo y asesinarlo- de que el general Carlos Prats venía desde el sur con una columna del Ejército en defensa del régimen constitucional, tampoco alumbraba esperanzas. La situación era diferente a la del “tancazo” de ese 29 de junio, cuyo más dramático y completo relato lo hizo para la Magallanes nuestra reportera Manola Robles. En ese clima del Once, el periodista y escritor de temas de arte, Ernesto Saúl -quien esa mañana prácticamente cubrió solo el rol de redactor de mesa-, con su espíritu conturbado por la rabia y la esperanza, escribió media carilla. Era su visión y su deseo frente al drama que ya se había desatado a mano armada sobre la mayoría de los chilenos. Mientras el único locutor que nos quedaba, Jorge Giacaman, en espera de algún texto, reiteraba nuestra presencia en el aire y en casi todo Chile por medio de su red de filiales en provincia: “Esta es Radio Magallanes, la voz de la patria, la voz del pueblo, transmitiendo por una red de emisoras patriotas que están resistiendo el golpe fascista de un sector de las Fuerzas Armadas y de los partidos políticos que no han sabido cumplir con el primer deber que se debe a la patria: respetar la Constitución”. Y llegó el texto de Saúl que esperaba nuestro locutor. Lo leyó con el énfasis que la situación merecía:
“Llamamos a los trabajadores, a los pobladores, a defender el gobierno popular, a defender al Presidente de la República, a rodear La Moneda para detener el golpe. Llamamos a los soldados patriotas, a los soldados que son hijos del pueblo, a plegarse al bando de los trabajadores, al bando de los patriotas. Cada minuto que pasa es decisivo. Cada cosa que hagamos es urgente. Radio Magallanes, la voz del pueblo, la voz de la patria, que representa sus valores democráticos y constitucionales, está en el aire y podrá desaparecer en cualquier instante. ¡Al golpe se resiste con fuerza, con entereza, no dejándose intimidar! ¡Somos tres millones de trabajadores contra 50 mil golpistas! La mejor arma son los puños, las máquinas, las herramientas, las palas. ¡Pueblo de Chile: a no dejarse aplastar por el fascismo! ¡A luchar por las conquistas conseguidas en tres años de combates fervorosos! ¡A no dejarse derrotar ni desanimar! ¡Cada minuto que pasa corre a favor de nosotros! ¡Viva Chile!.”
A esa hora, con veinte mil uniformados armados hasta los dientes rodeando La Moneda, defendida precaria y heroicamente por cincuenta patriotas, con el sector constitucionalista de las Fuerzas Armadas aislado y descabezado, tales honestas aspiraciones eran subjetividad pura. Esos deseos -convienen tirios y troyanos- debían haber sido convertidos antes en fuerza contrarrevolucionaria. Para ese 11 de Septiembre ya era muy tarde. A la derrota política se añadía ahora la derrota militar. En esa pérdida de relaciones de fuerzas ya no era decisivo siquiera actuar o sobrepasar el sentido común o lo que pudiera considerarse políticamente correcto. Pese a la inferioridad de fuerzas, en algunas fábricas de Santiago se había pasado de “la resistencia organizada” a la defensa franca por parte de sus trabajadores. Igual en algunas poblaciones populares. En ese clima, como se conociera posteriormente, el general Leigh urgía a Pinochet allanar la Radio Magallanes. Pero aquel gesto llamando a la defensa del gobierno de Allende se oyó convincente y dramático. Lo deduzco pues años más tarde, exiliado en Moscú, el periodista ruso Leonardo Kosichev, quien vivió el golpe en Santiago, me llamó para entregarme un obsequio. Era un pequeño disco del sello soviético “Melodía” que a él le correspondió editar en “homenaje al pueblo de Chile y a Salvador Allende”. Contiene la marcha Venceremos de Sergio Ortega, las últimas palabras de Allende… y el llamado de Ernesto Saúl, a quien, naturalmente, Kosichev desconocía pero cuya autoría adjudicó en su totalidad “a la Magallanes”. “Son una muestra de la heroicidad de vuestra lucha”, me dijo Kosichev con emoción. El fue el primer difusor, en toda la URSS y en las emisiones de Radio Moscú para el exterior, de las últimas palabras de Salvador Allende.
Ya habíamos difundido por segunda vez la última alocución del Presidente Allende, cuando a las 10:27 de esa mañana Radio Magallanes fue silenciada. Hicimos muchos intentos para comunicarnos con la planta transmisora. Todo fue en vano. Nadie contestaba. Dedujimos que la planta había caído en manos de los militares y que nuestros compañeros estaban detenidos o asesinados. Consternados, pero sin perder el tino, poco después del mediodía realizamos una breve reunión. Acordamos que, perdida la funcionalidad de nuestro medio de comunicación, lo único cuerdo era desalojar los estudios. Los que éramos militantes del PC ahora debíamos retomar el contacto con nuestras células. Volvía el tiempo de la clandestinidad. La despedida fue en el estudio más amplio de la Magallanes. Allí, pese al clima emocional, hubo sobrias y breves expresiones de que ninguna derrota nos impediría seguir bregando por nuestros ideales; que el ejemplo de Allende fortalecía ahora y en el futuro las demandas democráticas y libertarias de nuestro pueblo. Teníamos la esperanza de volvernos a ver, pero ninguna certeza. Amado Felipe y yo, en función de nuestras responsabilidades políticas y administrativas, informamos a nuestros compañeros que nos quedábamos en los estudios de la Magallanes. Y ellos, lentamente, empezaron a partir hacia sus hogares en un incierto intento de llegar antes del toque de queda, ya decretado. Dos jóvenes que, por encargo del comité regional capital del PC nos acompañaron esa mañana cumpliendo “tareas de seguridad”, decidieron quedarse con nosotros. Pero una emisora imposibilitada para difundir palabras es tan inquietante o perturbadora como un diario con su rotativa destruida. Para evitar pensamientos depresivos, con Amado iniciamos la limpieza de los estudios y de la oficina de prensa. Destruimos toda guía o libreta que contuviera nombres o menciones partidarias. En caso de un allanamiento, nos dijimos, no había por qué ayudar a los fascistas.
Lo ocurrido con posterioridad en la desigual “batalla de La Moneda” es conocido: los sucesivos ultimátum a Allende y el bombardeo. También las desinformaciones de la red radial sediciosa: a las 9:25 horas que “Allende abandonó La Moneda” y a las 14:10 P.M. que el primer mandatario “estaba dispuesto a rendirse y pide cinco minutos de cese del fuego”, entre otras. Y
aunque ya no estábamos emitiendo, fueron numerosos los llamados de fieles auditores informándonos que en el sector de Vicuña Mackenna y en otras fábricas los trabajadores resistían a balazos a carabineros y militares. Que tras los 17 rockets que lanzaron los Hawker Hunter, La Moneda arde. Eso lo constatábamos por la humareda que subía al cielo a unas cuatro cuadras en línea recta de nuestros estudios. Y un compañero, al no poderse comunicar
telefónicamente, llegó hasta la emisora a informarnos: “El incendio de La Moneda es impresionante. Con un desparpajo e hipocresía que nadie entiende, los milicos fascistas llamaron a los bomberos a tirarle agua al incendio. Deben creer que el crimen se puede lavar. Hay muchos muertos en la Alameda junto a los hoyos del Metro”. El tren metropolitano aún estaba en construcción.
Para aminorar nuestra incertidumbre de lo que estaría ocurriendo en La Moneda, en varias ocasiones llamamos por la “Plancha” al despacho del Presidente. Nadie contestó. A las 14.50 horas un boletín de la Junta Militar aseguraba que “La Moneda se rindió”, pidiéndose a la ciudadanía embanderar sus casas. Pero el tiroteo contra el viejo palacio de gobierno no disminuía en intensidad. A las cuatro de la tarde comenzó a llover levemente. Era la primera de esa trágica primavera. A ratos el cielo se cubría de nimbus oscuros alternados con radiantes arreboles. El toque de queda ya había vaciado las calles del centro. Pero todos sabemos que la historia del 11 de Septiembre se escribió de otra manera. No hubo tal rendición. Suponíamos las atrocidades con que culminaría la ocupación de La Moneda. Los cuatro solitarios ocupantes que habíamos permanecido en la Magallanes desconocíamos los detalles, pero los deducíamos. Pasadas las seis de la tarde Ligeia, mi mujer, pudo contactarse conmigo telefónicamente. Otros compañeros le habían informado que “todos los de la Magallanes están muertos”. Suspiró aliviada de no saberse viuda, pero confirmó mis fúnebres pensamientos: “¿Sabes la noticia? De buena fuente: se mató el hombre”. No era necesario nombrarlo. Muchas de nuestras preocupaciones se centraban en ese hombre: Salvador Allende. Quedamos en comunicarnos al día siguiente y le informé que saldría de la radio al finalizar el toque de queda. Al mediodía del jueves 13.
Aquel resto de martes y mucho más el día siguiente, fueron agobiadoramente largos y tensos. Para un apetito escaso, Amado Felipe había mantenido buen control sobre las provisiones para los turnos de emergencia. De lo esencial había harto: café y cigarrillos. Creo que solo el miércoles nos cocinamos un alimento más contundente, que comimos desganadamente. A nuestros dos jóvenes acompañantes les organizamos los turnos de vigilancia de los ascensores y la escalera. No deseábamos ser sorprendidos para el caso de un allanamiento. Asimismo, con el gordo Amado nos hicimos un horario de vigilancia para cualquier imprevisto. Pero al no poder dormir, decidimos iniciar esa misma noche la tarea que ya habíamos decidido, tras haber presenciado por el Canal 13 el juramento de los cuatro de la Junta en la Escuela Militar.
Los teléfonos a veces no funcionaban bien, pero la energía eléctrica jamás se cortó durante ese interminable toque de queda. Bien provistos de café y cigarrillos, en el mismo estudio desde donde se hizo la grabación y emisión de las últimas palabras del Presidente Allende, comenzamos a copiarlas en unos pequeños carretes. En nuestra limpieza Amado los había encontrado en un clóset de los radiocontroladores. Hacer algo útil nos evadía de esa tensa y desolada realidad. Pero sin haberlo ni siquiera conversado, sabíamos con mi compañero que estábamos envasando un trozo de historia. Su destinatario sería nuestro partido.
El miércoles agotamos la provisión de carretes. Y quedamos de acuerdo con Amado: veinte de ellos se los llevaría él y yo los veinte restantes. La Red de las Fuerzas Armadas ya no cesaba de repetir que la situación estaba dominada. Sin embargo, la represión no pudieron ocultarla. Múltiples noticias sobre focos de resistencia que habían sido sofocados, las notificaciones de presentación al Ministerio de Defensa de autoridades, parlamentarios y funcionarios del gobierno de la Unidad Popular, que incluía a numerosos periodistas. Aunque ellas aumentaban nuestra sensación de impotencia, imperaba la necesidad de estar informados. Y a ratos, dormíamos. Pero desde los extramuros de Santiago nos volvían a despertar los balazos. Así llegó el mediodía del jueves 13 de septiembre en que cesó el toque de queda. Nos despedimos de los dos muchachos del equipo de seguridad, de quienes nunca supimos ni preguntamos sus nombres, y cerramos con llave la puerta de la emisora. Ya sobre el pasaje Imperio nos dimos un abrazo fraternal de despedida con Amado Felipe. Partió con sus veinte carretes. Nunca más lo volví a ver. Supe después que los broadcasters nacionales, fieles al tiempo castrense y dictatorial que habían apoyado, confeccionaron una lista negra de radiocontroladores, técnicos, locutores y artistas a quienes no se les debía permitir acceso al trabajo. En ella incluyeron a mi compañero. Estando ya exiliado en Moscú, recibí la noticia de que nuestro gordo Amado, tras una larga cesantía que agravó problemas matrimoniales, se suicidó. Es posible que nunca fuese detenido ni torturado. Pero es otra de las víctimas no contabilizadas de la dictadura.
Yo, enfundado en mi vieja y holgada chaqueta de cuero, caminé hasta la entrada del cine Central, en calle Huérfanos, lugar concertado con Ligeia para nuestro encuentro. Las calles estaban atestadas de patrullas armadas de soldados y carabineros. Nos abrazamos, emocionados ambos, hasta la pepa del alma. E imprevistamente me preguntó: “¿Traes algo comprometedor?” Cándida y honestamente le respondí que no. Al menos así lo consideraba. Pero el abrazo delató los veinte carretes de plástico que traía enfundados en un bolsillo de mi chaqueta. Me miró como solo ella sabe hacerlo. “Son copias del último mensaje de Allende”. También me sacó, entre nuevos abrazos, mi carnet del PC. Los metió sigilosamente en su infaltable bolsa del tejido infaltable. Y como dos viejos amorosos caminamos despaciosamente hacia la casa de nuestra hija Valeria, en calle San Martín. Allí permanecimos un día. El viernes, pese a la lejanía, nos dirigimos a pie hacia nuestro hogar en Macul. A raíz de nuestro anterior trabajo periodístico –de Ligeia y mío hasta el 11 de Septiembre-, a los pocos días nos visitó un “contacto” enviado por don Américo Zorrilla, quien seguía sus labores -ahora clandestinas- como miembro de las comisiones política y la de propaganda. Quería saber “de nuestra salud”. Con él envié un breve informe sobre lo ocurrido en la Magallanes, la emisora adonde él mismo, hacía casi dos años antes, por acuerdo de la comisión política, me había propuesto hacerme cargo de su dirección. También, le remití diez carretes con la grabación de las últimas palabras de Allende. Con posterioridad, el mismo don Américo me planteó que el resto de esas grabaciones las repartiera entre los numerosos corresponsales extranjeros que en esos días estaban en Santiago. Lo hice, extremando cuidados, especialmente en el Hotel Continental, ubicado en Huérfanos con Teatinos, que era donde más los había, por lo céntrico y barato. Pero también allí pululaban los agentes de inteligencia militares y de la CIA disfrazados de periodistas. A fi n de evitar confusiones riesgosas, fue Guido Vicario, corresponsal de L´Unitá, el diario del PC italiano, quien más me ayudó para entregarlos en manos confi ables. Así terminó la parte material de las grabaciones realizadas con la cinta original que quedó en Radio Magallanes.
Absolutamente cesante, sabía que mi profesión ya no me serviría para el deber de parar la olla de mi hogar. Trabajé de jardinero en un vivero ubicado en Pedro de Valdivia con Bilbao. Hasta que llegó diciembre de 1973. Tengo la impresión cierta de que a los uniformados golpistas no les gustó que Allende los hubiese calificado por lo que fueron y lo que históricamente son: generales traidores y rastreros. Alrededor del 15 de diciembre llegó un grupo de detectives a mi hogar con una orden de presentación a un juzgado militar y de detención. Extrañamente, dejaron el texto de la orden con Paula, mi hija menor de solo once años de edad. Debí empezar a pernoctar a salto de mata en otros domicilios, hasta que Ligeia, mi mujer, recibió la perentoria instrucción -otra vez, del mismo don Américo-: “Abandonen la casa ahora mismo, deben asilarse, no pueden dejarse tomar presos, se precisan periodistas en el exterior”. Pero esa es otra historia. Aún la podemos contar gracias a la solidaridad del agregado de prensa de la República Federal de Alemania, Raban von Metzenger; del gobierno socialdemócrata de Willy Brandt y del pueblo alemán. A él y a ellos muchos chilenos debemos la vida y la posterior salida del país.
Quienes más sufrieron las consecuencias del golpe militar fueron nuestros cinco compañeros detenidos aquella mañana del Once en la planta de la radioemisora, en Renca. Tras el regreso de mi exilio a Chile, en 1984, me topé brevemente con Ramiro Sepúlveda en un pasaje santiaguino. Eran los días de las masivas manifestaciones en las poblaciones y en el centro. Tras un abrazo emocionado de camaradas, o porque el tiempo político no era muy calmo o Ramiro no quería recordar sus días de prisionero de guerra, evitó el tema de nuestros avatares del Once. Ahora estaba dedicado a sobrevivir con algunos “pololos” de publicidad. Algo parecido nos ocurrió posteriormente en una comida organizada por la que fuera nuestra secretaria administrativa, Adriana Perrier, donde nos reunimos los sobrevivientes de la Magallanes. Las urgencias partidarias y antidictatoriales nos inducían a mirar solo hacia adelante.
Gracias a Internet, y ya viviendo en México, quien había sido nuestra más joven reportera y que cayó detenida en la planta de Renca, Carmen Torres, se contactó conmigo. A instancias mías, en otra de sus misivas, me narró cómo fueron aquellos días junto a Ramiro Sepúlveda, Jesús Díaz, Agustín Cucho Fernández y el plantero, Sergio Contreras. Los mantuvieron detenidos muchas horas en la planta. Tras el retiro de los soldados, fueron entregados al contingente de carabineros que también participó en el allanamiento. Esposados, fueron conducidos a la comisaría de Quilicura. “Nos encerraron en calabozos; a ellos cuatro en una celda y a mí sola, por ser mujer, en otra”, cuenta Carmen. En ambas celdas tuvieron pacos de punto fijo. De acuerdo al clima de odio imperante, esos vigilantes se entretuvieron amenazándolos. Les impedían dormir: “No se hagan ilusiones de que van a salir vivos… Vamos a matar a todos los comunistas”. Cerca de la medianoche un ofi cial sacó a Carmen de su celda para que fuese a comer algo al casino de la comisaría. “Me eché unos panes a los bolsillos y en un descuido, cuando me devolvían al calabozo, se los pasé a mis compañeros”. Y el mismo teniente le informó que Allende estaba muerto: “Los del GAP lo mataron”. “Nos quedamos con una tristeza infinita, totalmente desanimados, aunque no creímos la versión del tenientito”.
Al mediodía del miércoles 12 fueron notificados de su traslado a un lugar no determinado. “Nos devolvieron algunas de nuestras pertenencias, pero nos robaron el dinero y los carnets de identidad”. Los carabineros de Quilicura habían detenido a un chofer de la Empresa de Transportes Colectivos, la ETC, y junto con su autobús, los usaban para sus necesidades. “Llegamos a un Santiago totalmente desolado y bajo toque de queda. Aunque nos llevaban esposados, los pacos iban armadísimos, sentados en el suelo y supuestamente protegidos por colchones si les disparaban. Recuerdo que pasamos frente al local del diario Puro Chile en la Alameda con la Norte-Sur, cuyo edificio se veía negro por las llamas del incendio. Santiago parecía una ciudad bajo régimen nazi”, escribe Carmen Torres.
Al fin, por su ingreso a la cercanía del Parque Cousiño dedujeron su destino: el Regimiento Tacna. “Nos pusieron junto a decenas de otros detenidos. La mayoría eran trabajadores, hombres y mujeres, de Textil Comandari y de otras industrias. Lo único relativamente reconfortante -cuenta Carmen-, es que en el Tacna también estaba detenido su compañero, Patricio, periodista que trabajaba en la Ofi cina de Informaciones de la Presidencia. “Él vio a
los detenidos que trajeron desde La Moneda, incluso al “Coco” Paredes. Y efectivamente, en la noche del miércoles 12 o la madrugada del 13, a todos los de La Moneda los echaron a un camión y no se volvió a saber de ellos nunca más”. Desde el Tacna también comenzó el reparto de presos políticos a los estadios Chile y Nacional. A este último centro fueron conducidos Ramiro Sepúlveda y el plantero Sergio Contreras. El reportero Jesús Díaz, luego de ser liberado meses más tarde, vivió un largo exilio en la República Democrática Alemana. Carmen Torres, con su compañero, pudo asilarse en la Embajada de Canadá. En aquel país fue madre de una niña. Ya separada pudo regresar a Chile en 1990. No tuvo oportunidades de trabajo, por lo que regresó al país de su exilio. Pero volvió a persistir. Retornó ya definitivamente a la patria en 1994. “Del grupo de detenidos, creo que fui la que tuve más suerte.” Y me reitera Carmen Torres en su mensaje: “Conscientemente asumimos un compromiso. Hicimos lo que creímos que teníamos que hacer. Es nuestro orgullo. No me arrepiento de nada”.
Esta es la historia fidedigna de cómo fue aquella jornada del 11-S-73 y los dos días de toque de queda en Radio Magallanes. La rescato en memoria de esa veintena de compañeros que hicieron honor a su rol de comunicadores, de ciudadanos y de militantes. Ellos posibilitaron que las últimas palabras del Presidente Salvador Allende, al ser difundidas radialmente, se constituyeran en memorable testamento político y documento histórico. Ello podría explicar
pero en ningún caso justificar, los esfuerzos realizados posteriormente, por apropiarse de los actos de un colectivo para adjudicárselos a uno que aquella mañana desertó de sus deberes. Los detalles de esta impostura son conocidos.
Sus autores, aún hoy, persisten en manipular la verdad y la memoria, y ocultar la reparación que de ella hicieron dos Tribunales de Ética del Colegio de Periodistas, el Metropolitano (5 de diciembre de 2007) y el Nacional (7 de abril de 2008). En ambos fallos el principal imputado, el periodista Hernán Barahona, dado el estado de su enfermedad, fue absuelto. Sin embargo, el dictamen de la investigación inicial -confirmado luego por el Tribunal Nacional-, estableció:
-”Y es en virtud de estos hechos que no existe antecedente alguno de la presencia del colega Hernán Barahona de las 8:30 en adelante en los estudios de Radio Magallanes el día 11 de septiembre de 1973″.
-”Existen antecedentes escritos y testimoniales -que no concuerdan con las versiones de El Siglo citadas- de que Guillermo Ravest, en ese entonces director de Radio Magallanes, estuvo a la cabeza de la grabación señalada (las últimas palabras de Allende). Esta situación es avalada por el propio jefe de prensa de la radioemisora en las declaraciones que prestó a este Tribunal”. -”Al escuchar dicho documento radiofónico se puede constatar el aserto de Guillermo Ravest, quien interviene con su voz impartiendo órdenes mientras se grababa con el micrófono abierto”.
Y no se trata de buscar laureles personales. Los tribunales de ética del Colegio de Periodistas citan en su fallo El Siglo del 18 de septiembre de 1989, que abrió la actual etapa legal del semanario. Allí se inauguró también una versión falsificada de los hechos registrados el 11 de septiembre de 1973 en Radio Magallanes. Se ungió a Hernán Barahona como virtual héroe: el último interlocutor de Allende, el que ordenó la grabación y que rescató la cinta con sus últimas palabras. Esta falsificación política aun no es explicada. Por ello mantengo mi convicción de que el mejor homenaje a Allende es honrarlo con la verdad. Que el equipo de trabajadores de Radio Magallanes se mantuviera fiel a la ética profesional y a la dignidad ciudadana contra los asaltantes del poder, posibilitó la difusión de esas seiscientas treinta postreras palabras del Presidente Salvador Allende. Esas que siguen alumbrando e invocando las esperanzas de nuestro pueblo para “abrir las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.
De Pretérito imperfecto. Memorias de un reportero en tiempos chilenos de la Guerra Fría de Guillermo Ravest
Pretérito Imperfecto en LOM ediciones
