El hombre sin posteridad

Viento en la Flecha / Pensamiento

Adalbert Stifter por Horst Nitschack

Adalbert Stifter (1805-1868) es uno de los muchos notables escritores de la literatura en alemán provenientes de Austria, aquella de la monarquía imperial y real (k.k.) (1) que conocemos de las novelas de Joseph Roth y Robert Musil. No obstante, y a diferencia de estos grandes autores para quienes las circunstancias políticas serán el tema principal de sus escritos, para Stifter éstas parecen no haber jugado ningún papel. En su famosa novela “El verano tardío” o en sus relatos, los sucesos políticos (por ejemplo, la revolución de 1848) no tienen ninguna importancia o se mencionan solamente al margen. “El hombre sin posteridad” (1844) no escapa a este rasgo de la obra del autor. El espacio en que se mueven sus personajes es un paisaje de naturaleza rural que oscila entre lo idílico y lo grandioso. En el ciclo de las estaciones, el tiempo aparece como algo siempre igual y sólo se hace perceptible en el envejecimiento natural de los seres. La historia no es un acontecer actual que interviene en la vida de la gente, sino que ella se presenta como un pasado lejano que aparece en el presente como un monumento petrificado.

La ausencia de una conexión política con la actualidad, junto con el énfasis en una relación entre las personas que se basa en la descendencia natural (la casa paterna), la inclinación personal (la amistad y el amor) y la práctica doméstica o actividad profesional, hicieron que Adalbert Stifter fuera un escritor sumamente controvertido. Entre sus admiradores se cuentan Friedrich Nietzsche, Hermann Hesse y Thomas Mann y en tiempos más recientes W.G. Sebald y Peter Handke, pero autores como Franz Kafka, Bertold Brecht o Thomas Bernhard, se distancian críticamente de la narrativa de Stifter por considerarla extremadamente lejana de las circunstancias reales de la vida y de las concretas constelaciones de poder que la marcan.

Pero los relatos de Stifter no son tan idílicos como podrían parecer a primera vista, tal como su propia vida estuvo lejos de ser idílica.

A pesar del claro “final feliz” de “El hombre sin posteridad” y del pacífico paisaje, a contramano del mundo saturado de símbolos en el que los detalles más insignificantes parecen revelar un sentido universal en el que ningún gesto carece de un significado que lo relaciona con el todo y contra toda la armonía cósmica, el destino de cada uno está marcado por un profundo dolor. Si la feliz pareja de las últimas páginas realmente logrará gozar, en su vida futura, de una felicidad plena o si solamente ha encontrado su felicidad porque las personas a su alrededor han debido pagarla con su renuncia y un profundo dolor, queda abierto.

Mientras más meticulosamente se lee el relato, se hace más evidente que toda la paz y la alegría de la vida de la gente alrededor de Víctor, el protagonista, parecen basarse en una vida activa, decidida y superficial, con la cual ocultan, encubren y olvidan el pasado.

La verdad se encuentra del lado del malhumorado tío, que vive amargado, solitario, sin amor, sin descendientes, en el monasterio abandonado de una isla remota – tal como el título mismo, “El hombre sin posteridad”, lo indica. Él, el infeliz, el amargado, finalmente hace que se den todas las condiciones para que la pareja se encuentre al final. Pero el hecho de haber sido sumamente activo y haber intervenido para que las cosas tomaran la dirección deseada, no le significó la felicidad personal. Él, el único que se movía por todo el mundo en forma activa y con gran estilo, el que acumuló riquezas para poder asegurar el futuro de su sobrino, él, que vive en esa tierra llena de historia de los monjes que fueron los primeros en traer el cristianismo al lugar, él es infeliz.

La felicidad de la casa de Ludmilla, la madre adoptiva de Víctor, cierto es, sólo puede surgir porque todos se contentan con las circunstancias y acontecimientos modestos de la cotidianidad: la casa impecablemente limpia, la ropa blanca lavada, el jardín cuidado, la armonía bien ordenada de la vida de día en día. De este modo, los habitantes de la casa logran ocultarse a sí mismos lo siniestro y lo inquietante que subyace detrás de las cosas. Esta confianza en el mundo – que también implica una confianza en Dios – es un recurso necesario para todos, si no quieren caer en la paranoia melancólica del tío. El precio es el olvido de sus muertos, de su fracaso y de la felicidad perdida para acomodarse en la vida común.

Ya que los muertos han sido olvidados en este mundo limpio e intacto, el pasado continúa presente solamente en la isla del tío: el monasterio abandonado, las tumbas de los monjes, el cuadro del padre de Víctor y la madre de Anna. En el paisaje idílico de la casa de Ludmilla con sus días primaverales llenos de sol no hay lugar para los muertos, aunque el cuento no los calla: Víctor no tiene padre ni madre, por eso vive con Ludmilla, su madre adoptiva – vive con ella como si fuera su propia madre – y tiene un tutor designado. Sin embargo el duelo sobre esta pérdida ha sido casi completamente eliminado de su vida. Solamente al comienzo del cuento el lector encontrará una alusión de esto, cuando Víctor le dice a su amigo - sin motivo aparente - que “es muy infeliz” y que en ningún caso quiere casarse. Otro muerto, del cual nadie parece sentir la falta, es el padre de Anna, la hija de Ludmilla.

Sólo en el contacto con el tío, el lado oscuro, se produce el espacio para reconocer los modos en que se entreteje el destino de todos estos personajes y de la infelicidad y la renuncia que han marcados sus vidas. Acceder a ello supone un viaje, una larga caminata, para llegar a la isla aislada en medio de las montañas. Un viaje que no emprende el protagonista por voluntad propia sino al que es conminado. Mientras más se acerca al lugar, la naturaleza se torna más siniestra. El lugar desde donde hay que cruzar en bote para llegar a la isla, se llama “die Hul” que en alemán se puede asociar con “Höhle” (caverna) y “Hölle” (infierno). Como la isla, parece un lugar sin alegría y abandonado por la mano de Dios.

La isla se presenta como todo lo contrario a los parajes idílicos de su infancia y su juventud. Aquí comienza el aprendizaje. En este aspecto “El hombre sin posteridad” es una narración que retoma el modelo de las novelas de formación. Por expreso deseo del tío, Víctor había emprendido ese cansador viaje a pie de varios días para llegar a la isla y allí recibir instrucciones antes de asumir su “puesto”, aparentemente un trabajo administrativo como empleado público, sobre el cual el lector nunca se entera de nada. El futuro de Víctor está asegurado y su camino claramente indicado. Sólo parece existir una incertidumbre y ese es exactamente el leitmotiv de todo el relato: el tema del matrimonio que aflora desde las primeras páginas. Por una parte los alegres muchachos que han salido ese día de paseo por el campo y que están todos convencidos de no casarse jamás, aunque en labios de Víctor no parece ser un capricho juvenil sino una decisión definitiva. Por otra parte, una imagen totalmente opuesta y, en este momento, absolutamente incomprensible para el lector, la del tío aislado, solo, que nunca ha tenido una esposa y que espera la muerte en su isla.

El encuentro con el tío y el tiempo en la isla, la parte esencial del relato, terminan siendo algo muy diferente a lo que Víctor había imaginado. Contra la alegría de la casa de la madre adoptiva con su romántica pradera, árboles frutales, un jardín de flores y su pacífico arroyo, se alza la isla como un bastión de piedra dentro de un lago solitario, con sus árboles viejos y una casa medieval que el tío ha convertido en una fortaleza en la que se ha atrincherado contra el mundo. Puertas siempre cerradas que sólo se abren con las llaves del tío o mediante un mecanismo oculto. Horarios de comidas inexorables, un personal doméstico silencioso, un tío que ignora a los que están a su alrededor y que lleva siempre ropas manchadas. Ni Víctor ni el lector tienen la menor idea de por qué ha hecho venir al sobrino o por qué lo retiene a su lado. Aquí se vislumbra en el idílico Stifter una situación absurda que luego se conocerá en toda su intensidad posible en las novelas “El proceso” y “El castillo” de Kafka: la dependencia existencial de Víctor de la voluntad inescrutable y carente de toda lógica del tío. Víctor debe darse cuenta rápidamente de que cualquier rebelión o resistencia es inútil y sin sentido. Sólo le quedaría lanzarse por el acantilado y encontrar la muerte en la orilla rocosa del lago. Cuando amenaza al tío con hacerlo éste le responde con la frase significativa: “Hazlo, si eres tan débil”. La decisión en favor de la libertad, que en estas circunstancias significa la decisión de abrazar la muerte, es interpretada como debilidad, como la debilidad de, aparentemente, no someterse a su destino y de escapar mediante el suicidio a las circunstancias en las que nos encontramos arrojados. Víctor decide, entonces, someterse a la voluntad del tío, con la condición de que éste permita que se vaya cuando llegue la fecha previamente determinada.

La estadía de Víctor, al comienzo una estadía obligada bajo la permanente e invisible vigilancia del tío, termina siendo una decisión voluntaria del joven. El encuentro con el tío constituye una experiencia que cambiará la vida de Víctor fundamentalmente en diversos sentidos. En medio de una tormenta las verdades aflorarán. Como siempre en Stifter, las fuerzas del alma se reflejan en las fuerzas de la naturaleza. Ellas surgen del interior oculto de los hombres y dejan en sus vidas huellas profundas, tal como ocurre con las tempestades que devastan los paisajes pacíficos.

Víctor es, como lo descubrirá el lector, hasta cierto punto el hijo que el hombre sin posteridad y Ludmilla pudieron haber tenido de no ser por las circunstancias de la vida. Pero ambos reaccionaron de forma muy distinta; el tío como un melancólico paranoico que no pudo desprenderse del pasado y Ludmilla sacrificándose como ama de casa que solo vivió el presente y se esforzó por mantener una vida idílica para ella, su propia hija Anna y Víctor, su hijo adoptivo. Desde ese punto de vista, la oscura vivienda del tío en la isla remota y la luminosa y acogedora casa de Ludmilla son las dos caras de la misma moneda. Ambos son intentos de instalarse en esta vida. Por cierto, la opción por el idilio parece la más humana, sin embargo, es del mundo del tío de donde provienen los cambios decisivos para la vida de Víctor, que más tarde harán posible su felicidad. Aunque una felicidad que depende poco del actuar de cada uno y que, como en el caso de Víctor, sólo será posible gracias al dolor y la renuncia de otros.

El tema que suscita este relato de Stifter en el ejemplo de esos caracteres extremadamente opuestos cuyas vidas se entretejen en forma tan compleja, es la relación que existe entre la libertad individual, la subjetividad autoreferencial, y las dependencias afectivas o familiares y/o económicas que crean el fundamento de la comunidad humana. Stifter intenta revelar en este relato la relación entre el individuo y el todo, la posibilidad de establecer un orden entre ambos extremos y el fundamento en el que dicho orden pudiera basarse. Una vida activa, si fuera necesario sacrificada, en la cual el individuo se entrega al todo, le parece indispensable. Este actuar no contiene necesariamente su recompensa en si mismo, sino que, frecuentemente, obtiene su sentido solo en el contexto de ese todo. Stifter tiene profundas dudas respecto al orgullo desmesurado del individuo fáustico que en una ciega autoconvicción y con una arrogancia sin comparación se apodera de la naturaleza (Fausto II, acto 5). Desde ese punto de vista el hombre sin posteridad es un anti-Fausto que, como consejo más importante, recomienda enfáticamente a su sobrino que busque una esposa y comience una familia. Para él, al final no hay ninguna redención mística como Goethe hace con su Fausto. En su soledad sólo espera la muerte, aunque con la certeza – como se insinúa al final del relato – de que mediante su intervención en el destino de su sobrino ha hecho posible su felicidad.

Horst Nitschack

[1] k.k. o k.u.k.: Las siglas iniciales empleadas en el Imperio austro-húngaro eran: k.k. (pronunciación: kaka, abreviatura de kaiserlich königlich=imperial-real); o k.u.k. (pronunciación: ka und ka, abreviatura de kaiserlich und königlich = imperial y real).

El hombre sin posteridad en LOM Ediciones