Las peñas bajo dictadura

Longbow / Historia

La resistencia subterránea

Dos jóvenes investigadores, Gabriela Bravo Chiappe y Cristian González Farfán, acometieron el “ejercicio tortuoso” de hacer la historia de las peñas en Santiago durante el régimen militar, entre los años 1973 y 1983. El resultado de su trabajo es este libro, bellamente titulado Ecos del tiempo subterráneo, crónica de una épica silenciosa y menor, pero no exenta de peligros ni de heroísmo, que fue muy valiosa en el proceso capilar de la formación de una conciencia colectiva en contra de la dictadura. Y, al hacerlo, de manera muy precisa, delimitada en el tema y en el tiempo, han producido un relato de gran interés sobre las expresiones de esa sorda “resistencia cultural” que, al multiplicarse y crecer en el seno de la sociedad chilena en las formas más diversas, originó -es nuestro convencimiento- la marea de fondo que terminó por hacer imposible la continuidad de la dictadura y abrió el camino a la democracia.

El período que cubre la investigación corresponde a los años más duros, al tiempo en que la dictadura torturaba, mataba y encerraba masivamente en campos de concentración a los partidarios de la Unidad Popular, y un manto de sombra, temor, censura y silencio se extendía sobre el país. Los integrantes de la Junta, sus asesores y su prensa manifestaron desde el primer momento su aversión y su propósito de eliminar de raíz y para siempre las expresiones de la Nueva Canción Chilena, con su carga de sensibilidad social y política y los cambios que sus cultores introdujeron en las formas, el estilo y el contenido de la música típica y de raíz folklórica. A pocos días del golpe, un ofi cial del ejército asesinó a Víctor Jara y algo después el coronel Pedro Ewing notificó al director del sello Odeón, Rubén Nouzeilles, y a un grupo de artistas que lo acompañaba, la prohibición de hacer uso de los instrumentos típicos de la música nortina -flauta, quena, charango y bombo- identificados con la canción de contenido social. Agregó que el folklore del norte no era chileno y que la “Cantata Santa María era un crimen histórico de lesa patria”. Conocemos los detalles de esta insólita reunión a través del testimonio de Héctor Pavez contenido en una carta que dirigiera en aquel tiempo a René Largo Farías y recogido en esta obra.
Pues bien, en aquella hora difícil hubo quienes, “sin vestir ropaje de héroes” pero enfrentando con valor los riesgos, “se atrevieron a organizar, asistir y cantar en peñas”, escriben los autores.
Impresiona asistir al desarrollo, paso a paso, de estos precarios centros artísticos de escasos recursos materiales y de reducida capacidad de público, donde, al calor del vino “navegado”, venciendo el miedo, se reunían, como los cristianos de las catacumbas, hombres y mujeres que compartían angustias, odios y esperanzas, para tocar y cantar y escuchar las canciones tradicionales y, gradualmente, también las proscritas.
Gabriela Bravo y Cristian González no solo han hecho una investigación sistemática de este proceso capilar, superando a través de múltiples testimonios y de fuentes no tradicionales la escasez de información, sino que además han establecido una base teórica sociológica interpretativa del fenómeno, poco estudiado, apoyándose en su propio trabajo y en una bibliografía contundente.
Los acontecimientos históricos tienen protagonistas. Son aquellos personajes que, en un momento decisivo, hicieron o dijeron algo que, de algún modo y por motivos no siempre claros, desencadenó o fue el desenlace de un proceso que envolvió a miles o millones de seres humanos o que dio origen a cambios políticos y sociales.
La historia tradicional y oficial que se nos ha enseñado desde la cuna, gira en torno a los “grandes hombres” (pueden ser también “grandes mujeres”, pero la verdad es que ellas escasean en esa historia). Además ha tendido la gran mayoría de los historiadores nacionales a poner en primer plano las batallas y los héroes militares. En cuanto a los personajes civiles, su atención se ha concentrado en aquellos provenientes de las clases dominantes que ocuparon los cargos más altos del Estado, sobre todo los Presidentes, en Chile una lista gris de personajes grises difícil de memorizar.
Esta manera de entender la historia viene siendo sometida, desde hace ya tiempo, a una crítica profunda. “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”, dijo Salvador Allende en su último discurso el 11 de septiembre de 1973. Destacados historiadores contemporáneos, tanto marxistas como de otros pensamientos, se orientan hoy a estudiar a fondo los acontecimientos históricos desde el ángulo de las diferentes clases y capas sociales y de los cambios graduales, a menudo subterráneos, de formas de pensar y de actuar que van produciendo acumulaciones de fuerzas, contradicciones sociales o de intereses, que se manifiestan a través de los factores económicos, sociales, culturales, ideológicos y hasta emocionales, a menudo oscuros, poco perceptibles, pero, en definitiva, determinantes.
Esta manera de concebir los procesos históricos se traduce en exigencias arduas para quienes toman este camino. No bastan ya los documentos oficiales, los tratados o las declaraciones de los “héroes”. Es necesario recurrir, además de esas, a otras fuentes: publicaciones de prensa, correspondencia personal, artículos de prensa, entrevistas a participantes o testigos de los hechos, obras literarias, estadísticas, etc. Es, a grandes rasgos, el método que han seguido los jóvenes autores de esta investigación sobre las peñas de la resistencia. Así logran hacernos escuchar los ecos del tiempo subterráneo, desde que fueron solo susurros hasta que, confluyendo con múltiples otras expresiones diversas del descontento y la resistencia cultural, contribuyeron a producir el cambio desde la obediencia militar a la desobediencia civil, de la dictadura a la democracia.

Prólogo de José Miguel Varas a Ecos del tiempo subterráneo.Las peñas en Santiago durante el régimen militar (1973-1983)

El presente libro nació de la inquietud por saber qué había pasado con la cultura y específicamente con la música durante el régimen militar. Fue así que conversando con familiares y amigos, definimos el tema de nuestra investigación: las peñas. Nos pareció un fenómeno interesante de abordar, y lo único que sabíamos es que eran espacios fijos o esporádicos donde se juntaban personas a escuchar música folklórica -presumíamos- junto con un vaso de vino “navegado”.
Pero la historia no era tan simple como la pensábamos. El primer escollo con el que debimos lidiar fue la bibliografía: casi no hay estudios culturales de la época. Solo gracias a unos cuantos iluminados que dejaron algunas huellas, pudimos dotar de un respaldo teórico a esta investigación.
El régimen militar ha sido ampliamente examinado desde su costado político, económico y social, desde la represión y el terror, desde sus cifras macroeconómicas y las consecuencias psicológicas que trajo consigo la sistemática violación a los derechos humanos.
¿Es acaso la cultura -tomada desde su ángulo artístico- un aspecto menor, que no revistió ninguna importancia para el orden autoritario o para los chilenos? Sinceramente, creemos que no es así. Por eso nos sorprende el silencio que envuelve a todo el movimiento cultural post golpe que, como veremos en el desarrollo del libro, jugó un papel fundamental a la hora de aglutinar y reagrupar a los disidentes del sistema.
También es cierto que luego de los primeros años de dictadura comenzó a brotar un movimiento, tal vez menos pretencioso que la Nueva Canción Chilena, pero con una fuerza y sentido igual de potentes. Era el tiempo de las organizaciones culturales, que germinaban como margaritas en las poblaciones, y en el ámbito más profesional, del Canto Nuevo.
Metodológicamente nos resultó imposible abarcar este fenómeno en toda su magnitud, tanto en su alcance nacional como en las diferentes capas sociales donde tuvo lugar. Por esto decidimos abordar las peñas que estaban en un local establecido solo en la ciudad de Santiago, especialmente aquellas que mostraban altas dosis de descontento contra el dispositivo autoritario.
Es necesario aclarar que la época de estudio elegida (1973-1983) no fue arbitraria. De un lado, estos diez años fueron los más duros para aquellos que por obligación o por compromiso debieron soportar todo el rigor de la violencia sistemática. Por lo tanto, quienes se atrevieron a organizar, asistir y cantar en peñas, sin vestir ropaje de héroes, trabajaron bajo las condiciones más adversas. Todo estaba pulverizado y, por ende, los intentos de reencontrarse, abrigarse y protegerse traían consigo el enorme riesgo de poner en juego hasta la propia vida.
Otra explicación para abordar el período antes mencionado es que a partir del año 1983, como consecuencia de la crisis del 82, la política comienza a retomar el lugar que le correspondía. Acorralado, mermado y desprestigiado, el régimen recurre a una apertura siempre a su medida. Presentíamos que las peñas tampoco serían iguales una vez llegada esta época.
Teniendo en cuenta nuestras limitaciones por no haber vivido ese convulsionado período, decidimos que los propios protagonistas contaran la historia. Y es que otra alternativa no había. Todos ellos, desde los más reacios hasta los más entusiastas, tuvieron la dignidad y la paciencia de recordar la belleza de ese tiempo oscuro… sí, porque pese a la dictadura, la vida en ese momento adquiría su valor real. De fechas, ni hablar… Para algunos fue un ejercicio tortuoso. Por esto resolvimos no contar la historia cronológicamente, sino a través de tópicos que resultaron invariables en las peñas. Una fórmula tal vez más restringida, pero que nos permitió comprender más profundamente su dinámica.
Junto con ello, la ausencia de bibliografía en el tipo de comunicación que pretendimos abordar también resultó un obstáculo. Supusimos que la peña era un espacio más bien reducido y que las interacciones que ahí se daban se hacían en un marco grupal, es decir, un número no superior a 200 personas. Además, los pocos escritos que abordan la comunicación alternativa lo hacen únicamente desde la perspectiva de medios escritos, sonoros o audiovisuales.
Así, nuestro objetivo principal fue develar un fragmento de la historia reciente de nuestro país que hasta el momento había sido invisible. Hoy el reloj corre vertiginoso y pareciera que no hay tiempo para detenerse a pensar en las pequeñas grandes historias.
Es por esta razón que, desde su génesis, esta investigación se planteó como un estudio exploratorio, por cuanto la información al respecto era muy escasa y solamente se reconocía por la vía oral. Como lo indica su definición, la metodología empleada fue mucho más flexible que otro tipo de estudio, toda vez que consideramos que éste no es nada más que el primer paso para que surjan otras aproximaciones a este tema.
Para tener una visión amplia del fenómeno, decidimos emplear la entrevista en profundidad y la consulta bibliográfica como base de nuestro estudio. Los mismos consultados nos indicaron quién podía proporcionarnos más información. No todos estaban a nuestro alcance. Muchos entusiasmados protagonistas que hoy viven en el extranjero también estamparon su aporte en el re-armado de este rompecabezas.
El método exploratorio nos obligó a crear nuestras propias herramientas para sistematizar la información. De esta manera, tratamos de generar categorías para entender a cabalidad el fenómeno. Si lo logramos o no, le corresponderá a otro juzgar.
Debido a la gran riqueza que encontramos en los testimonios, decidimos acomodar la investigación a un formato más próximo al lector. De esta manera, queremos plasmar en estas páginas la importancia que tuvieron las peñas en Santiago y cómo lograron que sus ecos y sonidos traspasaran el férreo muro del tiempo subterráneo.

Cristian González y Gabriela Bravo. Introducción a Ecos del tiempo subterráneo. Las peñas en Santiago durante el régimen militar (1973-1983)

Ecos del tiempo subterráneo en LOM Ediciones