Reimaginar la izquierda

Viento en la Flecha / Pensamiento


Carlos Ruiz Encina sobre el último libro de Moulian

Quiero agradecer al autor y los responsables editoriales por esta invitación a dialogar sobre cuestiones tan centrales para el pensamiento crítico. Felicitar también al autor y los responsables editoriales por la preocupación demostrada en torno tales asuntos, precisamente abordados en la obra que hoy presentamos, en medio de un período difícil para la vitalidad de dicho pensamiento crítico.

Atendiendo a los comentarios que me preceden hoy, ya se puede decir que, de algún modo, el libro comienza a cumplir sus objetivos: abrir el diálogo sobre temas tan trascendentes como poco visitados en el presente. En tal dirección, permítaseme discrepar con la idea aquí lanzada por Jocelyn-Holt acerca que el libro adolece de pasajes tan acomodaticios y ahistóricos. Creo que aborda mucho de lo que a menudo se elude. Le pone el cuerpo -o al menos lo intenta- a cuestiones que incluso en otros períodos menos conservadores, la propia izquierda, centro de las preocupaciones del libro, buscó eludir. Podemos discrepar o no de la forma en que Moulián resuelve muchos de esos entuertos, pero me resulta una exageración apuntar que se eluden. Por otro lado, me parece que, viniendo desde el campo de la sociología, hay en toda la obra de Moulián -y ésta no se aparta de esa línea- una particular sensibilidad histórica, por cierto las más de las veces ajena a los sociólogos (en esto último coincido plenamente).

En las últimas dos décadas, la obra de Tomás Moulián brilla como uno de los escasos focos capaces de aportar -en forma sustantiva, no testimonial- a la vitalidad del pensamiento crítico. Amnesias, ya sean de aquellas acomodaticias o de las inconscientes, se suman por igual a una patente incapacidad del pensamiento de izquierda por apropiarse del presente, configurando al unísono un período -valga insistir- adverso para la salud de dicho pensamiento. Valga apuntar, entonces, que el libro que presentamos esta noche no se aparta de esta línea.

Mis comentarios siguientes se inscriben dentro de este reconocimiento y también dentro de este desafío: el de la vitalidad efectiva del pensamiento crítico en la sociedad chilena actual. Si alguna vez se dijo con acierto que honrar honra, buscaré abrazar su espíritu para evitar eludir pasajes donde, en mi opinión, corresponde la crítica, el debate, el diálogo abierto.

Moulián invita a una reflexión casi omnicomprensiva acerca de la izquierda chilena. Acerca de la producción intelectual de esta corriente, su accionar, su significación, en los distintos escenarios históricos que habita. No es -por cierto- una reflexión sistemática. Pero prácticamente no quedan zonas por aludir. Intentaré seguir el hilo temático del libro, aunque se trata en realidad de artículos separados que han resultado aquí reunidos.

A contrapelo de modas actuales que inundan el discurso político (especialmente político, de modo prácticamente unánime) Moulián recupera en forma muy saludable el viejo y sabio desafío de descifrar el proceso de construcción histórica del presente. En este sentido, se sube a la tradición de los Annales, más que a una insulsa historiografía anecdótica que, por cierto, en la izquierda ya parece abrumadora.

El presente siempre reinterroga al pasado. De esta manera activa la tradición histórica francesa definía la tarea de indagar, de revolver incansablemente en la historia, vislumbrando un sentido político en ello: el de construir claridades para el presente. Los clásicos Annales de Marc Bloch y Lucien Fevbre invitaban a “comprender el presente por el pasado” y “comprender el pasado por el presente”; a asumir la historia al mismo tiempo como una “reflexión del pasado y del presente”.

En la misma línea, Fernand Braudel ve el examen histórico como “una necesidad para desentrañar el presente”. Más rotundo, Pierre Vilar apunta que “pensar de un modo políticamente exacto es pensar de un modo históricamente exacto”. De este modo, la historia es hurgada incansablemente en la búsqueda de certezas -no recetas- para el presente. Cada generación, y cada período histórico, plantean preguntas nuevas sobre la historia.

Moulián revisa la historia de Chile, especial pero no únicamente en el siglo XX. Escarba, revuelve en ella, en un esfuerzo por advertir el significado histórico de la izquierda chilena. Con tal objeto desmenuza los distintos cursos de crisis y estabilidad política, lo que lo lleva a ubicar a la izquierda como un interlocutor central e insoslayable en los procesos de modernización de la sociedad chilena; tanto en términos políticos, como económicos, sociales y culturales. Particularmente dentro de un prolongado ciclo de modernización, que corre desde los años treinta y desembarca en la crisis de los sesenta y setenta del siglo pasado, donde la izquierda constituye, para Moulián, pieza clave en la forja de los complejos equilibrios en que descansa el impulso modernizador que atraviesa a la sociedad chilena, y sobre el cual estampa su impronta en forma decisiva.

Sin embargo, es una reflexión que se queda ahí -una suerte de coitus interruptus-, sin plantear en los mismos términos de análisis el examen y la comprensión de la crisis y la coyuntura constituyente de la etapa actual, de las coordenadas y marcos políticos que hoy definen a la sociedad chilena. En este sentido, el examen histórico y el arsenal teórico desplegado para aprehenderlo se escinde en alguna medida de la comprensión del presente. En particular, de la forma en que la izquierda queda al margen de la definición del ciclo de “modernización conservadora” que en las últimas décadas orienta el rumbo de nuestra sociedad.

Entonces, todo el movimiento analítico con que rastrea cursos de crisis y refundación, apelando a nociones relativas a revoluciones violentas y no-violentas vinculadas a esas crisis políticas; la distinción entre crisis de representación y crisis de participación política dentro de éstas; variantes de liderazgo institucional observadas; de efectivos procesos de legitimación o bien de abierta crisis de la misma; estilos de dinámicas políticas más transaccionales o más bien polarizadas; etcétera; un movimiento analítico muy rico y sugerente por cierto, verdadera taxonomía histórica de nuestras coyunturas constituyentes, se queda inesperadamente sin aterrizaje en torno a la comprensión de la crisis política más reciente y sus términos de resolución conservadora, definitivamente determinantes en nuestra actualidad.

Aparte de lo anterior, en la medida que el libro integra discusiones y balances críticos sobre el derrotero histórico de la izquierda chilena, así como reflexiones que constituyen verdaderas propuestas, se enmarca también en una perspectiva orientada a reimaginar la izquierda, tanto a partir de lecciones pretéritas como de la comprensión de las condiciones del presente. En este sentido, se puede dialogar aquí -en forma muy sucinta- con algunos señalamientos repartidos en los distintos artículos que componen el libro.

En términos del pensamiento y la cultura política de la izquierda chilena, Moulián concentra una excesiva atención en el marxismo comunista, en una medida que limita la mirada e ignora en forma llamativa la elaboración socialista, de gravitante participación dentro de ello. Por ejemplo, figuras como Julio César Jobet o Eugenio González, y en la medida que se trata de un marxismo abocado a la acción política, también Schnake, Ampuero, Almeyda o Altamirano, aún desde perspectivas muy distintas, como a menudo ocurre dentro de la cultura socialista, representan una elaboración muy relevante en distintos momentos de la izquierda chilena.

Ha de tenerse en cuenta que con ello resulta ignorado, por ejemplo, el impacto en Chile de la pionera discusión peruana de los años veinte, animada por figuras como Mariátegui y Haya de la Torre, y la forma en que destacan la especificidad de la condición latinoamericana en directa referencia a la cuestión de los usos del marxismo, así como la elaboración de términos de acción política adecuados a las condiciones locales. Una discusión que marcará, como se sabe, el derrotero posterior de la izquierda chilena.

Por lo demás, todo lo anterior resulta hoy doblemente importante. Su omisión en el libro se hace más cara en la medida en que el propio Partido Socialista actual se ha empeñado ya por más de dos décadas en echar tierra a esta, su propia historia. Una revisión del marxismo reelaborado en el seno de la izquierda chilena no puede ignorarlo.

En esta misma línea, no aparece un Lenin distinto al que evoca la tradición estalinista; el Lenin de Lukács, por ejemplo, de importante llegada por estos lares (no por ello exento de crítica, sin embargo imposible de ignorar tal influencia en Chile, especialmente en términos de su peso en la elaboración política).

Esta marcada inclinación da una condición casi omnipotente al marxismo absorbido en código positivista, como es el caso de aquél que se descuelga y propala desde la vertiente estalinista. Aunque, justo es decirlo, como buen historicista Moulián no ignora la diferencia entre los modos de producción de estos idearios, y sus modos de absorción y apropiación por estos lares.

Pero los costos de esta parcialidad en la mirada sobre el pasado arrastran otros cuyas consecuencias se extienden hacia adelante. Por ejemplo, no queda claro ¿por qué aquella izquierda no reparó, en aquél entonces, en Gramsci? Es posible pensar que el marxismo socialista originario podría haberse encaminado más en esa línea, la cual la vertiente comunista ignoró cerradamente. Pero, ¿qué le pasó? Es un tema aún abierto. El vacío de reflexión al respecto es doblemente relevante -insisto- porque el propio Partido Socialista no quiere recordar, y en este caso, más bien conformarse con el Gramsci leído en código anti-leninista y opuesto a la lucha revolucionaria, como el que enarbola en la segunda mitad de los años setenta y ochenta a guisa de basamento de la llamada “renovación socialista”. Gramsci como “autopista para bajarse del marxismo”: el viejo y polémico tema de los usos de Gramsci. Lo cierto es que la izquierda marxista chilena quedó completamente en silencio. Ya antes, en lugar de Gramsci, más bien se impuso un Althusser mucho más excitante, adecuado a la agitación universitaria de los sesenta y, al decir de Lechner, a la “inflación ideológica” reinante, que un Gramsci de una lectura en definitiva más propia de los cursos de derrota.

La otra vertiente invocada en el libro es el marxismo llamado castrista. Sin embargo, de considerable incidencia en los años sesenta y setenta de la pasada centuria, se reduce su complejidad a la versión más extrema de la llamada Teoría de la Dependencia, así como a la formulación del esquema del “foco guerrillero” en la entonces conocida versión de Regis Debray.

Ello ignora cuestiones particularmente determinantes para el proceso político y también intelectual, tanto del momento como posterior. Es el caso, por ejemplo, de la aguda discusión sobre el carácter real de la clase obrera en América Latina, del cual la izquierda chilena no se encuentra al margen. Una polémica que está en el origen de la propagación de dicho marxismo castrista en Chile y América Latina, y remite directamente a la ruptura con los viejos partidos obreros de izquierda, especialmente comunistas. La insistencia en el peso latente de un origen rural reciente dentro de ésta, o bien de su orientación de incorporación a la modernización en curso más que de tipo “anticapitalista”, se agitan entonces como cuestiones que vetarían su carácter revolucionario y habrían de orientar hacia otros sectores populares el empeño de la llamada “búsqueda del sujeto revolucionario”, por entonces, sobre todo hacia la llamada marginalidad urbana o bien directamente hacia el campesinado. Precisamente una figura tan relevante como el Che Guevara afirma esto último en forma rotunda (recuérdese, por ejemplo, su polémico “Cuba: ¿excepción revolucionaria o vanguardia en la lucha antiimperialista?” a propósito de lo anotado). Nada tiene de casual que la imagen más cultivada entre la juventud rebelde de aquellas décadas, que opta por asemejarse al ideal revolucionario, no evoca precisamente la estética del revolucionario debajo de una gorra bolchevique, una pipa y la marca del “trabajo sindical”, sino la del individuo que deja la ciudad, incendia los puentes con su vida anterior y parte a la montaña, con su barba y su melena posada sobre el verde olivo, poniendo en medio de las comodidades de la vida urbana más bien precariedades de la vida rural.

Si algo parece determinante en aquellos tiempos de la izquierda es el curso de “búsqueda del sujeto revolucionario”. Unos defienden a la clase obrera al tiempo que otros, criticándola, toman la vereda de los pobres de la ciudad, o bien de los campesinos, incluso algunos pregonan la centralidad del movimiento estudiantil como sujeto capaz de vanguardizar una emancipación entonces vivida como inminente. El debate sobre “sectores estratégicos” versus “sectores explosivos” es parte de esta escena, con toda su carga de construcciones estéticas y culturales. Cuestiones, por lo demás, invocadas -a propósito de las inquietudes del libro- dudosamente en nombre de Marx.

Por último, en términos del proceso histórico se pueden apuntar aquí dos situaciones sobre las cuales no sólo escasea el consenso en la izquierda, sino incluso la reflexión simple y llanamente, abierta, crítica, audaz; en condiciones que resultan trascendentales para empujar la apremiante necesidad de reimaginar la izquierda chilena.

Una, es la crisis de la Unidad Popular. Moulián apunta al respecto el “empate catastrófico” que se produce al interior de los destacamentos políticos que la componen, y al consiguiente inmovilismo que acarrea, en medio de un panorama que avanza indetenible hacia una polarización extrema. Sin embargo, aquí se echa de menos la mano del sociólogo, relativa a un análisis social acerca de esta conocida tesis. En particular, ahondar en la naturaleza social del quiebre usualmente situado a nivel de las superestructuras políticas entonces vigentes.

La Unidad Popular tenía mucho de popular, pero muy poco de unidad. Esa misma amplitud social, inusitada históricamente, la llevaba a abarcar en su seno esa considerable heterogeneidad que presentaba el mundo popular chileno. Detrás de la confrontación política en torno a las líneas -para ponerlo en códigos de la época- de “avanzar sin transar” versus “consolidar lo avanzado”, anidaban los intereses y expectativas, respectivamente, de los sectores más pobres de la ciudad y el campo, así como, del otro lado, aquellos propios del movimiento obrero. Con una reciente e inorgánica incorporación a la política, los primeros se contraponían en su presión por radicalizar el proceso, a las determinaciones “reformistas” de los segundos. El movimiento obrero, a diferencia de los primeros, de larga constitución orgánica y política, al tiempo que de una incorporación social lejos mayor a los beneficios del proceso de modernización desplegado en las décadas anteriores, tenía claro la pérdida que en esos términos significaba el quiebre del proceso histórico seguido hasta entonces y, salvo ciertas fracciones, era reticente a ponerlo en riesgo. Una reflexión que habría de remitir, pues, al análisis del carácter social -o de clase si se quiere- de aquél “empate catastrófico” que apunta Moulián para aquella experiencia.

La otra situación histórica es la derrota de la izquierda en los años ochenta, y su peso determinante en los términos conservadores de resolución de aquella crisis política. Al respecto, no sólo en la obra de Moulián, sino -es justo, como necesario anotarlo- en el pensamiento de la izquierda chilena en general, no hay una reflexión sustantiva, más allá de constataciones testimoniales que, a menudo, no pasan de relevar tanto la bestialidad en el ejercicio de la fuerza por parte del pinochetismo, como el pavor a la acción popular que se apodera de un sector de la izquierda, al punto de impulsarlo a conspirar en contra de esta y viabilizar un oscuro pacto de transición con el primero. Sin dejar de haber verdad en ello, no explica mecánicamente la derrota de la izquierda y el movimiento popular en esos años tan decisivos para la configuración de los términos políticos, económicos y sociales de la democracia venidera. Un tiempo en que se definía buena parte del que vivimos hoy.

Aquí vuelve a reiterarse el viejo dilema planteado a la izquierda en torno a la crisis del 73: ¿derrota o fracaso? Claro que no da lo mismo uno o lo otro. Claro también es que ninguno agota por sí solo el dilema. Una y otra respuesta lleva a lecciones vitales para reimaginar la izquierda chilena hoy, así como para comprender la férrea e invariable marginación del proceso político que sufre durante el último par de décadas. Empero, aquí volvemos a encontrarnos con el hecho que la reflexión escasea; en su lugar, por todo silencio que huele mas a desarme político, campea el encierro en una suerte de “estamos bien, pero no importa”.

Resulta demasiado habitual en la izquierda quejarnos del nivel de determinación que alcanzan hoy las fuerzas conservadoras sobre la sociedad chilena, en condiciones que escasea -por no decir abiertamente que no existe- reflexión sobre la debilidad y las incapacidades de las fuerzas de izquierda, que permiten que ello sea así. Ello, por sobre todo, refleja impotencia; una que el examen de estas cuestiones -entre otras- debe llevar a superar.

Debo decir que Moulián ha contribuido con apertura e imaginación al empeño por instalar estas cuestiones, las que se resisten aún a adquirir estatus de reflexión y debate colectivos y políticamente significativos en la izquierda. Ahora, una vez más vuelve a insistir en ello, arriesgando sus ideas. Es en este sentido, me parece, que se halla lo más valioso y significativo de su libro para quienes quieren otro Chile.

Muchas gracias.

Carlos Ruiz E. Presentación de Contradicciones del proceso político chileno 1920-1990

Contradicciones del proceso político chileno 1920-1990 en LOM Ediciones