La vida en un hilo y un Estado de mentira
A propósito del terremoto y maremoto de febrero 2010.
El terremoto y maremoto de febrero nos ha marcado a todos, a algunos con pérdidas irreparables. A otras como yo, solo con el efecto de su ruido, su duración y el pánico ante lo inmanejable. Todo lo que aquí se escriba vendrá entonces de ese afuera, salvo mi propio e internalizado temor, abrigado en un Santiago indiferente y distanciado de un Sur atormentado.
Dadas las múltiples posibilidades a las que abre lo ocurrido, intentaré en un primer momento referir a los actores más tocados por el desastre, desde la palabra entregada por amigos y amigas de las ciudades afectadas, como por personas que están trajinando en las mismas y que relataron el momento que los sacó inesperadamente del sueño amanecido de febrero, dibujándome la escena de un tiempo disparado de su horizontalidad que tañó en sus cuerpos como un infierno.
En un segundo momento haré alusión a la presencia de un Estado que he llamado –como lo dicen los niños– “de mentira”, pues se desarma en sus supuestas seguridades y verdades que dejaron de manifiesto su incompetencia y su abismal separación con la sociedad. No referiré a lo que ya se ha dicho sobre los impecables periodistas de mercado que hacen salivar a los espectadores iniciando sus programas con el brutal “¿cómo se siente”? Tampoco referiré a los saqueos que fueron primera plana para el Estado y los periodistas que Alimi llama los “nuevos perros guardianes”01 como un problema grave que solo salva el orden militar y que habiendo estado protagonizado por chilenos(as) varios, hizo regresar a los “infames”02 que reaparecen como fantasmas en momentos de crisis o de calma, como figuras representadas y pensadas para remitir a este orden tan neoliberal como es el nuestro.
-I-
El terremoto y el maremoto recién pasado han marcado la vida, estableciendo una frontera entre un antes y un después-de que se revela en las conversaciones, los ordenamientos, los planes, las disposiciones, los proyectos de los individuos, si bien sus múltiples efectos sociales, pero también sus consecuencias políticas –como advierte R. Agacino–, “deben evaluarse enfrentando la opacidad impuesta por la política comunicacional de los dirigentes del país”03. Sin embargo, sus secuelas más profundas siguen ocultas en la reciente data que impide salir del trauma. El terremoto claramente “está aquí”, no se ha ido, e incesantemente retorna en cada réplica que nos estremece y a la que lentamente nos habituamos. Pero mientras este acostumbramiento no sea definitivo, escribir sobre él –a inicios de abril– es una tarea difícil, dado que solo podemos escribirlo a él como presente o como un acecho. Permanecemos alertas con la mirada puesta hacia arriba ante un mínimo movimiento para buscar en los objetos que nos rodean la concreción de la inquietud: cables eléctricos, postes, lámparas, cuadros, estantes con libros o con vajilla que hasta fines de febrero formaban parte de un universo cotidiano incorporado al habitus04, y que hoy se han convertido en aliados o en indicadores de sismos, en objetos que ‘viven’ y que rearman su relación con nosotros: “a mi me avisa la lámpara porque como tu ves es muy pesada y no se mueve con nada, entonces cuando ella se mueve sabemos que está temblando”05, o bien: “los cables son lo peor o lo mejor, porque te avisan pero también pueden electrocutarte”06, o, “Yo coloqué atrás en el estante todas las figuritas que me quedaron y cuando tiembla se mueven tanto y suenan y ahí sabemos que está temblando”07.
Escribir lo ocurrido es describir al individuo en un espacio especial que fue el suyo, donde vivió, acunó, gozó y en cuyos escombros ahora trajina con el propósito de guardar los restos de lo que ha perdido para recuperar algún pedazo de su vida y evitar la pérdida de un hábito. Necesitamos tener acceso a las cosas que nos hagan reconocernos como grupo, para mostrar quiénes somos cuando el desastre modifica los marcos de la memoria y transforma nuestros recuerdos08. Para evitar el olvido, a los pocos días del sismo cuando aún se podían localizar las cosas en los marcos espaciales/sociales que permanecían en la conciencia, muchas personas buscaban en los restos de su casas un pedazo de historia, algo que hubiese resistido: “La gente quería recuperar sus fotografías, para ellos era lo más importante de todo y pedían que las máquinas solo les dieran el tiempo de encontrarlas entre los escombros, al menos una, decían. Pero no les respetaron ese deseo y arrasaron con las casas. La gente solo les había pedido que esperaran un poco antes de demoler todo. Una fotografía, era lo único que querían”09. Para M. Quezada, quien estaba presente al momento de la demolición, la “demolición” iniciada con el terremoto se había continuado con la demolición de los restos y luego con la prohibición de la búsqueda que ‘demolía’ la historia personal. En suma, todo desparecía con la imposibilidad de encontrar restos para un recuerdo. El derrumbe invalidaba el arraigo con las cosas del orden cotidiano que les permitiera después “decir” la historia.
El desastre que hirió particularmente a dos regiones del país derrumba también la estabilidad material y emocional que sostiene con la vida. La casa por ejemplo, ahora en el suelo, que ha sido el sueño de la fijeza, un lugar particular de secretos bien guardados, un segundo cuerpo de la felicidad del estar-juntos, al derrumbarse materialmente puede incluso volverse una enemiga que expulsa a sus habitantes: “ahí está mi casa la que tanto nos costó construir, ahí trabajó mi abuelo y mi padre para la familia y ahora usted ve, no podemos ni entrar porque se nos puede caer encima, la miramos de afuera no más y cuando entramos lo hacemos con el alma en un hilo”10.
La relación con la vida para los hombres y mujeres del Sur que vivieron lo más duro de este sismo parece haber quedado frágilmente sujeta a unos cuantos hilos de apoyo que parecen sostener, -como el pedestal quebrado en las alturas de la iglesia de mi barrio- a un Cristo que se equilibra “salí corriendo hacia la calle. Mi pololo me detuvo cuando iba a salir y la muralla cayó ante mí, fue él que me salvó la vida. Nada será ahora como antes, nada”11. Después del terremoto solo importa saber de la vida de los que amamos, de los conocidos y los desconocidos: “solo quería saber, saber de mis padres, de mi gente, de los vecinos, saber si estaban con vida”12. Nunca antes habíamos referido a la vida con tanta emoción y urgencia, a la vida de uno y a la vida de los seres cercanos, a la vida sentida como un bien escaso.
Fue en torno a este deseo de vida que muchos lazos de solidaridad espontánea llegaron para ayudar, proteger, abrazar, curar o llorar con quienes sufrían, haciendo Surgir los primeros y principales apoyos, esos que se producen entre los habituados al sufrimiento y a los golpes. De los esfuerzos de esta organización social que se dieron en el Sur poco se ha dicho, de las ollas comunes, de los vecinos damnificados albergados en casas aledañas que se iban llenando de colchones regalados por la misma gente, o de las farmacias que se armaron espontáneamente en Concepción. Al respecto dice T. Mosciatti: “Está el alcaide de Lebu que no tenía instrucciones en caso de terremoto, que no sabía nada, pero engrilló a los presos de a dos y corrió con ellos hacia el cerro. No se salvó él, los esperó a todos y está el caso del alcaide de Constitución que no supo qué hacer y los soltó y se quedó con las armas y ahora dicen que lo van a echar porque se perdió el otro día. No sé si estaba loco con lo que había pasado, pero están estos casos en que la gente veló por la vida de otro, incluso, con los presos y digo incluso, porque normalmente los miran en menos”13.
En Santiago, pudimos ver un trabajo solidario en varios frentes, los que organizaban los empresarios dueños de los medios de producción y de comunicación, los de la farándula que lucían sus mejores prendas y otros del mismo alcance cuyas ganancias iban a las mismas cuentas difundidas por la televisión. Pero pudimos ver también a estudiantes, pobladores, personas organizadas que en poco tiempo lograban reunir dinero, materiales, víveres, que partían directamente a lugares que recibían las donaciones.
-II-
En unos pocos minutos el Estado chileno del Bicentenario se ha vuelto de papel, en toda una “mentira” dibujada en las escenas del post-terremoto. Y aunque hace ya mucho que se ha retirado de lo social, se muestra enteramente en los hechos de la incapacidad de respuesta que hizo añicos la confianza ciudadana. Cientos de vidas se perdieron en el mar con la gigantesca ola que arrasó la zona costera. Las instituciones fallaron del modo más brutal cuando las autoridades marítimas no dieron la alerta respectiva para que la población subiera hacia los cerros, salvándose solamente quienes por intuición o por conocimiento de la zona lograron escapar. Al día siguiente la Presidenta Bachelet reconocía públicamente que se había cometido un error, pues no se había entregado la información oportuna que advirtiera de un posible maremoto14.
Esta inoperancia de absurdo centralismo frente a un desastre que afectó a localidades ubicadas a 500 kilómetros de Santiago se hizo mayor con la ineficiencia de una telefonía celular que dejaba de funcionar cortando toda posibilidad de comunicación en el país, dando cuenta de una tecnología de pacotilla de “celulares de palo” que no servían para nada y que habrían sido indispensables a la hora de salvar y de saber de las vidas. Carabineros tampoco tenía medios para comunicarse. En pocos minutos la estafa del Chile emergente de los Tratados de Libre Comercio y del “jaguar” orgulloso del ingreso a la OCDE se desarmaba. La incomunicación era absoluta y el ridículo se hacía ver cuando Hillary Clinton, la invitada de honor que inauguraba el “turismo-desastre” regalaba aparatos satelitales que sí funcionaban; o el Presidente de Bolivia donaba su salario a un Chile económicamente triunfador, o mientras el Presidente Lula declaraba que desde el primer momento había planteado enviar ayuda, pero desde Chile no decían cuáles eran las necesidades, al igual que el Presidente peruano que había propuesto personal de búsqueda que no fue considerado necesario. Las autoridades salientes y entrantes sobrevolaban el territorio antes de resolver las urgencias quizás sin pensar que sismos como el que vivimos cortan los servicios básicos y que en el Sur el tiempo es frío. La gente necesitaba agua, comida y abrigo inmediatamente después, sin embargo todo tardó, aumentando la desesperación de las personas y produciendo un caos que mostraba la falta de Estado.
En el Sur, el sufrimiento se ha desatado lejos de los ojos de la capital. El caos provocado por el Estado y sus ineptas instituciones han generado una extraña calma protagonizada por quienes esperan soluciones. Podríamos haber imaginado que los desajustes que provocaron las muertes traerían consigo una rebelión generalizada que diera rienda suelta a una rabia emanada del dolor y el sufrimiento. Los cadáveres aún no aparecen, el mar parece haberlos capturado una vez más y el atrevimiento del poder de los médicos autoriza el traslado de una niña muerta como si fuese un ‘bulto’ en un bus. Las cabezas siguen gachas, los ojos siguen llorosos y las voces se alzan para reclamos y peticiones. ¿Nos ha ganado el miedo? ¿Dónde está la fuerza tan “gallarda y belicosa” que surge en los estadios y en las fiestas de la Patria? A lo mejor las luchas colectivas y los movimientos sociales que otrora movieran a la sociedad se han ido quedado en cuanto golpe nos han dado. Y no cabe duda de que éste es un golpe más del cual no solo la naturaleza es responsable.
Por otra parte lo que ha pasado y que aún no pasa no es algo sentido por todos a pesar de tantas palabras vacías, pues ha pasado en-otra-parte. Visto desde Santiago el terremoto y maremoto ha ocurrido en un afuera lejano a este centro administrativo que estalla de tanta gente que se acumula. Entonces, distintas voces hablan de lo que pasó en un allá en el Sur que supuestamente acá no nos toca. Pero Santiago ha debido mostrar en su lado ‘medio’ que algunos edificios recuerdan a las ‘casas de nylon’ que se deshacían con la primera lluvia y los automóviles aplastados atestiguan de la suerte tardía del sismo y de la estafa inmobiliaria. Los propietarios de las constructoras/inmobiliarias no temen a nadie y con desparpajo les aseguran a quienes quedaron en la calle, reparar lo que a vista de todos, se cae. En el lado ‘bajo’ de Santiago, la cantidad de escombros acumulados muestran su vejez y la pobreza de las casas. Algunas se derrumbaron completamente, otras en parte, angustiando a propietarios y arrendatarios de recursos escasos, otras permanecen a medio caer expulsando a inmigrantes, estudiantes y trabajadores que pagaban por piezas de miseria. Esta “miseria del mundo” como diría Bourdieu, no refiere solamente a una pobreza que ya nada explica, sino a una condición generalizada que atañe a un mercado sediento de dinero que atrapa a todo trabajador que gane muy poco, poco, un poco mas, o más, pues sigue siendo un trabajador que no habita en el lado ‘alto’, allí donde nada ocurre pues es pura seguridad. Como vemos, para nosotros, los seres ordinarios, solo cambian las situaciones geográficas y escénicas más familiares15.
Hemos vivido un desastre natural supuestamente imprevisible, pero los terremotos son previsibles en este Chile hasta para quienes ignoramos la sismología, -cuestión de sacar cuentas-, aunque la previsibilidad del maremoto sigue en pié como para pedir cuentas. Hemos vivido la arrogancia tecnocrática de una pretendida felicidad demagógica y una seducción mercantil que vende lo que se desploma a una parte mayoritaria de la sociedad. Pero seguimos viviendo como un mundo social atrapado en un dejarse-hacer y un dejarse-llevar por quienes mueven las riendas de un carruaje al que no todos se pueden subir. Tenemos conciencia de que la vida es dolorosa pues está llena de sufrimientos como este que nos agobia y nos sobrecoge, pero ella también puede ser gozada cuando colectivamente buscamos los medios de preguntarnos porqué nos pasa lo que nos pasa y que podríamos hacer para cambiar lo que tanto nos ha dañado y al mismo tiempo transformado.
Texto aparecido en El terremoto social del Bicentenario (Silvia Aguilera, Editora), LOM, mayo de 2010. 274 págs. 
Sobre el autor
Maria Emilia Tijoux Doctora en Sociología, Universidad París VIII (2005); Magíster en Ciencias de la Educación Universidad París XII Francia (1993), Magíster en Ciencias Sociales, Universidad de Arte y Ciencias Sociales (1994), Licenciada en Ciencias Sociales Universidad París XII (1991). Actualmente investiga sobre Sociología del cuerpo, sociología del habitus y problemas de la dominación social: cuerpo y estructura social; cuerpo e interacción; cuerpo y sensibilidad; cuerpos, saberes, poderes; cuerpo y escritura, cuerpo y encierro. Ha investigado sobre los procesos de exclusión de niños y jóvenes, sobre procesos de aculturación de peruanos inmigrantes y sobre problemas de desigualdad y sufrimiento social en Chile y en Francia. Directora de la Revista Actuel Marx Intervenciones.