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La vida en un hilo y un Estado de mentira

La vida en un hilo y un Estado de mentira
por Maria Emilia Tijoux 13, Mayo, 2010 en sección Opinión 0 opinanen eldebate sobre este artículo
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A propósito del terremoto y maremoto de febrero 2010.
El terremoto y maremoto de febrero nos ha marcado a todos, a algunos con pérdidas irreparables. A otras como yo, solo con el efecto de su ruido, su duración y el pánico ante lo inmanejable. Todo lo que aquí se escriba vendrá entonces de ese afuera, salvo mi propio e internalizado temor, abrigado en un Santiago indiferente y distanciado de un Sur atormentado.

Dadas las múltiples posibilidades a las que abre lo ocurrido, intentaré en un primer momento referir a los actores más toca­dos por el desastre, desde la palabra entregada por amigos y amigas de las ciudades afectadas, como por personas que están trajinando en las mismas y que relata­ron el momento que los sacó inesperada­mente del sueño amanecido de febrero, dibujándome la escena de un tiempo disparado de su horizontalidad que tañó en sus cuerpos como un infierno.

En un segundo momento haré alusión a la presencia de un Estado que he llamado –como lo dicen los niños– “de mentira”, pues se des­arma en sus supuestas seguridades y verdades que deja­ron de manifiesto su incompetencia y su abismal separación con la sociedad. No referiré a lo que ya se ha dicho sobre los impecables periodistas de mercado que hacen salivar a los especta­dores ini­ciando sus programas con el brutal “¿cómo se siente”? Tampoco referiré a los saqueos que fueron primera plana para el Estado y los periodistas que Alimi llama los “nuevos perros guardianes”01 como un problema grave que solo salva el orden militar y que habiendo estado protagonizado por chilenos(as) varios, hizo regresar a los “infames”02 que reaparecen como fantasmas en momentos de crisis o de calma, como figuras representa­das y pensa­das para remitir a este orden tan neoliberal como es el nuestro.
  

-I-

El terremoto y el maremoto recién pasado han marcado la vida, estableciendo una frontera entre un antes y un después-de que se revela en las conversa­ciones, los ordenamientos, los planes, las disposiciones, los proyectos de los individuos, si bien sus múltiples efectos sociales, pero también sus consecuencias políticas –como advierte R. Agacino–, “deben evaluarse enfrentando la opacidad impuesta por la política comunicacional de los dirigentes del país”03. Sin embargo, sus secuelas más profundas siguen ocultas en la reciente data que impide salir del trauma. El terremoto claramente  “está aquí”, no se ha ido, e incesante­mente retorna en cada réplica que nos estremece y a la que lenta­mente nos habitua­mos. Pero mientras este acostumbramiento no sea definitivo, escribir sobre él –a inicios de abril– es una tarea difícil, dado que solo pode­mos escribirlo a él como presente o como un acecho. Permanece­mos alertas con la mirada puesta hacia arriba ante un mínimo movimiento para buscar en los objetos que nos rodean la concreción de la inquietud: cables eléctricos, postes, lámparas, cuadros, estantes con libros o con vajilla que hasta fines de febrero forma­ban parte de un universo cotidiano incorporado al habitus04, y que hoy se han convertido en alia­dos o en indica­dores de sismos, en objetos que ‘viven’ y que rearman su relación con nosotros: “a mi me avisa la lámpara porque como tu ves es muy pesada y no se mueve con nada, entonces cuando ella se mueve sabe­mos que está temblando”05, o bien: “los cables son lo peor o lo mejor, porque te avisan pero también pueden electrocutarte”06, o, “Yo coloqué atrás en el estante todas las figuritas que me queda­ron y cuando tiembla se mueven tanto y suenan y ahí sabe­mos que está temblando”07.

Escribir lo ocurrido es describir al individuo en un espacio especial que fue el suyo, donde vivió, acunó, gozó y en cuyos escombros ahora trajina con el propósito de guardar los restos de lo que ha perdido para recuperar algún pedazo de su vida y evitar la pérdida de un hábito. Necesita­mos tener acceso a las cosas que nos hagan reconocernos como grupo, para mostrar quiénes somos cuando el desastre modifica los marcos de la memoria y transforma nuestros recuerdos08. Para evitar el olvido, a los pocos días del sismo cuando aún se podían localizar las cosas en los marcos espaciales/sociales que permanecían en la conciencia, muchas personas busca­ban en los restos de su casas un pedazo de historia, algo que hubiese resistido: “La gente quería recuperar sus fotografías, para ellos era lo más importante de todo y pedían que las máquinas solo les dieran el tiempo de encontrar­las entre los escombros, al menos una, decían. Pero no les respeta­ron ese deseo y arrasa­ron con las casas. La gente solo les había pedido que espe­ra­ran un poco antes de demoler todo. Una fotografía, era lo único que querían”09. Para M. Quezada, quien estaba presente al momento de la demolición, la “demolición” iniciada con el terremoto se había continuado con la demolición de los restos y luego con la prohibición de la búsqueda que ‘demolía’ la historia personal. En suma, todo desparecía con la imposibilidad de encontrar restos para un recuerdo. El derrumbe invalidaba el arraigo con las cosas del orden cotidiano que les permitiera después “decir” la historia.

El desastre que hirió particular­mente a dos regiones del país derrumba también la estabilidad material y emocional que sostiene con la vida. La casa por ejemplo, ahora en el suelo, que ha sido el sueño de la fijeza, un lugar particular de secretos bien guarda­dos, un segundo cuerpo de la felicidad del estar-​juntos, al derrumbarse material­mente puede incluso volverse una enemiga que expulsa a sus habitantes: “ahí está mi casa la que tanto nos costó construir, ahí trabajó mi abuelo y mi padre para la familia y ahora usted ve, no pode­mos ni entrar porque se nos puede caer encima, la mira­mos de afuera no más y cuando entra­mos lo hace­mos con el alma en un hilo”10.

La relación con la vida para los hombres y mujeres del Sur que vivieron lo más duro de este sismo parece haber quedado frágilmente sujeta a unos cuantos hilos de apoyo que parecen sostener, -como el pedes­tal quebrado en las alturas de la iglesia de mi barrio- a un Cristo que se equilibra “salí corriendo hacia la calle. Mi pololo me detuvo cuando iba a salir y la muralla cayó ante mí, fue él que me salvó la vida. Nada será ahora como antes, nada”11. Después del terremoto solo importa saber de la vida de los que amamos, de los conocidos y los desconocidos: “solo quería saber, saber de mis padres, de mi gente, de los vecinos, saber si esta­ban con vida”12. Nunca antes habíamos referido a la vida con tanta emoción y urgencia, a la vida de uno y a la vida de los seres cercanos, a la vida sentida como un bien escaso.

Fue en torno a este deseo de vida que muchos lazos de solidaridad espontánea llegaron  para ayudar, proteger, abrazar, curar o llorar con quienes sufrían, haciendo Surgir los prime­ros y principales apoyos, esos que se producen entre los habitua­dos al sufrimiento y a los golpes. De los esfuerzos de esta organización social que se dieron en el Sur poco se ha dicho, de las ollas comunes, de los vecinos damnifica­dos alberga­dos en casas aledañas que se iban llenando de colchones regala­dos por la misma gente, o de las farmacias que se arma­ron espontáneamente en Concepción. Al respecto dice T. Mosciatti: “Está el alcaide de Lebu que no tenía instrucciones en caso de terremoto, que no sabía nada, pero engrilló a los presos de a dos y corrió con ellos hacia el cerro. No se salvó él, los esperó a todos y está el caso del alcaide de Constitución que no supo qué hacer y los soltó y se quedó con las armas y ahora dicen que lo van a echar porque se perdió el otro día. No sé si estaba loco con lo que había pasado, pero están estos casos en que la gente veló por la vida de otro, incluso, con los presos y digo incluso, porque normal­mente los miran en menos”13.

En Santiago, pudimos ver un trabajo solida­rio en varios frentes, los que organiza­ban los empresa­rios dueños de los medios de producción y de comunicación, los de la farándula que lucían sus mejores prendas y otros del mismo alcance cuyas ganancias iban a las mismas cuentas difundidas por la televisión. Pero pudimos ver también a estudiantes, pobla­dores, personas organiza­das que en poco tiempo logra­ban reunir dinero, materiales, víveres, que partían directa­mente a luga­res que recibían las dona­ciones.
  

-II-

 

En unos pocos minutos el Estado chileno del Bicentena­rio se ha vuelto de papel, en toda una “mentira” dibujada en las escenas del post-​terremoto. Y aunque hace ya mucho que se ha retirado de lo social, se muestra entera­mente en los hechos de la incapacidad de respuesta que hizo añicos la confianza ciudadana. Cientos de vidas se perdieron en el mar con la gigantesca ola que arrasó la zona costera. Las instituciones falla­ron del modo más brutal cuando las autoridades marítimas no dieron la alerta respectiva para que la población subiera hacia los cerros, salvándose sola­mente quienes por intuición o por conocimiento de la zona logra­ron escapar. Al día siguiente la Presidenta Bachelet reconocía públicamente que se había cometido un error, pues no se había entregado la  información oportuna que advirtiera de un posible maremoto14.

Esta inoperancia de absurdo centralismo frente a un desastre que afectó a localidades ubica­das a 500 kilómetros de Santiago se hizo mayor con la ineficiencia de una telefonía celular que dejaba de funcionar cortando toda posibilidad de comunicación en el país, dando cuenta de una tecnología de pacotilla de “celula­res de palo” que no servían para nada y que habrían sido indispensables a la hora de salvar y de saber de las vidas. Carabine­ros tampoco tenía medios para comunicarse. En pocos minutos la estafa del Chile emergente de los Trata­dos de Libre Comercio y del “jaguar” orgulloso del ingreso a la OCDE se des­armaba. La incomunicación era absoluta y el ridículo se hacía ver cuando Hillary Clinton, la invitada de honor que inauguraba el “turismo-desastre” regalaba aparatos satelitales que sí funciona­ban; o el Presidente de Bolivia donaba su sala­rio a un Chile económica­mente triunfa­dor, o mientras el Presidente Lula declaraba que desde el primer momento había planteado enviar ayuda, pero desde Chile no decían cuáles eran las necesidades, al igual que el Presidente peruano que había propuesto personal de búsqueda que no fue conside­rado necesa­rio. Las autoridades salientes y entrantes sobrevola­ban el territorio antes de resolver las urgencias quizás sin pensar que sismos como el que vivimos cortan los servicios básicos y que en el Sur el tiempo es frío. La gente necesitaba agua, comida y abrigo inmediata­mente después, sin embargo todo tardó, aumentando la desesperación de las personas y produciendo un caos que mostraba la falta de Estado.

En el Sur, el sufrimiento se ha desatado lejos de los ojos de la capital. El caos provocado por el Estado y sus ineptas instituciones han gene­rado una extraña calma protagonizada por quienes espe­ran soluciones. Podríamos haber imaginado que los des­ajus­tes que provoca­ron las muertes traerían consigo una rebelión generalizada que diera rienda suelta a una rabia emanada del dolor y el sufrimiento. Los cadáveres aún no aparecen, el mar parece haberlos capturado una vez más y el atrevimiento del poder de los médicos autoriza el traslado de una niña muerta como si fuese un ‘bulto’ en un bus. Las cabezas siguen gachas, los ojos siguen lloro­sos y las voces se alzan para recla­mos y peticiones. ¿Nos ha ganado el miedo? ¿Dónde está la fuerza tan “gallarda y belicosa” que surge en los estadios y en las fiestas de la Patria? A lo mejor las luchas colectivas y los movimientos sociales que otrora movie­ran a la sociedad se han ido quedado en cuanto golpe nos han dado. Y no cabe duda de que éste es un golpe más del cual no solo la naturaleza es responsable.

Por otra parte lo que ha pasado y que n no pasa no es algo sentido por todos a pesar de tantas palabras vacías, pues ha pasado en-otra-parte. Visto desde Santiago el terremoto y maremoto ha ocurrido en un afuera lejano a este centro administrativo que estalla de tanta gente que se acumula. Entonces, distintas voces hablan de lo que pasó en un allá en el Sur que supuesta­mente acá no nos toca. Pero Santiago ha debido mostrar en su lado ‘medio’ que algunos edificios recuerdan a las ‘casas de nylon’ que se deshacían con la primera lluvia y los automóviles aplasta­dos atestiguan de la suerte tardía del sismo y de la estafa inmobiliaria. Los propieta­rios de las constructoras/inmobiliarias no temen a nadie y con desparpajo les aseguran a quienes queda­ron en la calle, reparar lo que a vista de todos, se cae. En el lado ‘bajo’ de Santiago, la cantidad de escombros acumula­dos muestran su vejez y la pobreza de las casas. Algunas se derrumba­ron completa­mente, otras en parte, angustiando a propieta­rios y arrendata­rios de recursos escasos, otras permanecen a medio caer expulsando a inmigrantes, estudiantes y trabaja­dores que paga­ban por piezas de miseria. Esta “miseria del mundo” como diría Bourdieu, no refiere sola­mente a una pobreza que ya nada explica, sino a una condición generalizada que atañe a un mercado sediento de dinero que atrapa a todo trabaja­dor que gane muy poco, poco, un poco mas, o más, pues  sigue siendo un trabaja­dor que no habita en el lado ‘alto’, allí donde nada ocurre pues es pura seguridad. Como vemos, para nosotros, los seres ordina­rios, solo cambian las situa­ciones geográficas y escénicas más familia­res15.

Hemos vivido un desastre natural supuesta­mente imprevisible, pero los terremotos son previsibles en este Chile hasta para quienes ignora­mos la sismología, -cuestión de sacar cuentas-, aunque la previsibilidad del maremoto sigue en pié como para pedir cuentas. Hemos vivido la arrogancia tecnocrática de una pretendida felicidad demagógica y una seducción mercantil que vende lo que se desploma a una parte mayoritaria de la sociedad. Pero seguimos viviendo como un mundo social atrapado en un dejarse-​hacer y un dejarse-​llevar por quienes mueven las riendas de un carruaje al que no todos se pueden subir. Tene­mos conciencia de que la vida es dolorosa pues está llena de sufrimientos como este que nos agobia y nos sobrecoge, pero ella también puede ser gozada cuando colectiva­mente busca­mos los medios de preguntar­nos porqué nos pasa lo que nos pasa y que podríamos hacer para cambiar lo que tanto nos ha dañado y al mismo tiempo transformado.

Texto aparecido en El terremoto social del Bicentena­rio (Silvia Aguilera, Editora), LOM, mayo de 2010. 274 págs.


NOTAS:

  1. Los nuevos perros guardianes. Periodistas y Poder []
  2. Digo infames en el sentido de Foucault. []
  3. Agacino, Rafael., « Son culpables, y con dolo », en Nexos, 8 de marzo 2010. []
  4. Dicho breve­mente como “lo social incorporado” según P. Bourdieu []
  5. Iris, Marzo 2010. []
  6. Jorge, Marzo 2010. []
  7. Amelia, Marzo, 2010. []
  8. Les cadres sociaux de la mémoire []
  9. Margarita Quezada, Directora de la Escuela de Trabajo social de la Universidad Católica de Santiago, a propósito de lo que pudo conocer inmediata­mente después del terremoto del sur, donde se trasladó a trabajar con un grupo de profesionales y estudiantes. []
  10. Doris, marzo 2010. []
  11. Silvia, Marzo, 2010. []
  12. Jorge, Marzo, 2010 []
  13. El ConceCuente []
  14. Cronología de errores Tsunami en Chile, (Diario El Mercurio). 03:34 Se produce el terremoto, 03:44 Servicio Geológico de EE.UU. (USGS) emite alerta de tsunami para Chile, 03:55 SHOA (Armada) comunica verbal­mente a la ONEMI que existe alerta de tsunami, 04:07 SHOA envía primer fax a la ONEMI. “Condiciones pueden generar tsunami. Se desconoce si se ha producido. Mantendré informado”, 04:10 C. Fernández, jefa de la ONEMI confirma una muerte. No habla de alerta de tsunami, 05:00 Bachelet llega a la ONEMI, 05:00 Según informe pos­te­rior de la Armada, a esta hora habría llegado a las costas primera ola del tsunami, “de mediana intensidad”, 05:20 Bachelet habla con el jefe de turno del SHOA. En esta comunicación se habría señalado que el epicentro fue en tierra y que no debería haber tsunami, 05:22 ONEMI: no hay peligro de tsunami en ninguna zona del país, 05:30 A esta hora habría llegado la segunda ola, según el informe, de “muy fuerte intensidad”, 05:40 Bachelet habla: confirma seis muertes y pide calma. No menciona aspectos referidos a un tsunami o a una alerta, 05:48 USGS: el terremoto generó un tsunami que puede haber sido efectivo cerca al epicentro, 06:05 A esta hora, una  tercera ola, de “fuerte intensidad”, habría llegado a las costas, 06:26 Segundo fax del SHOA a la ONEMI: el terremoto es “de magnitud suficiente para generar tsunami” y “hay varia­ciones leves del nivel real de la marea observada”, pero “estas condiciones no gene­ran olas destructivas”, 06:29 ONEMI vuelve a descartar la posibilidad de un tsunami, 06:55 Presidenta confirma 16 fallecidos y ola gigante en Juan Fernández. “Por ahora no habría riesgo de tsunami”, dice, aunque recomienda huir a las partes altas de la costa en caso de réplicas, 07:34 Tercer fax de la Armada a la ONEMI. Dice que “pasadas tres horas, las varia­ciones de la marea fueron notables”. Texto habla de tres olas entre Valparaíso y Talcahuano, y que “la magnitud de segunda y tercera onda fueron más amplias de la primera”, 09:00 Presidenta señala que se descartó la alerta de tsunami, pero que se espe­ran olas de gran tamaño en Isla de Pascua. []
  15. La misère du monde []

Sobre el autor

Maria Emilia Tijoux Doctora en Sociología, Universidad París VIII (2005); Magíster en Ciencias de la Educación Universidad París XII Francia (1993), Magíster en Ciencias Sociales, Universidad de Arte y Ciencias Sociales (1994), Licenciada en Ciencias Sociales Universidad París XII (1991). Actualmente investiga sobre Sociología del cuerpo, sociología del habitus y problemas de la dominación social: cuerpo y estructura social; cuerpo e interacción; cuerpo y sensibilidad; cuerpos, saberes, poderes; cuerpo y escritura, cuerpo y encierro. Ha investigado sobre los procesos de exclusión de niños y jóvenes, sobre procesos de aculturación de peruanos inmigrantes y sobre problemas de desigualdad y sufrimiento social en Chile y en Francia. Directora de la Revista Actuel Marx Intervenciones.