Una mirada a la República a la luz del Bicentenario
Nos atraen la cifras cerradas: 10, 100 ó 200 años en este caso, el Bicentenario. Y los Medios de Comunicación instalan el concepto, incorporándolo en el discurso cotidiano de forma invasiva. La celebración de la República es una idea que puede abordarse desde diversas lecturas, como una invitación a participar a toda la comunidad chilena, una convocatoria donde el punto de encuentro se daría en todos los ámbitos, sin exclusión, con un sentido homogéneo absoluto. Las reflexiones que nos guían son abundantes, desde qué se entendería por República, desde considerarla un concepto cerrado sin lugar a equívocos, hasta diversas interpretaciones sobre ella y distintas miradas de esta definición.
Dentro de las múltiples creaciones humanas la expresión organizativa de una Nación es sumamente compleja, pues aborda el cómo se manifiesta en lo territorial y la comunidad de voluntades. El elemento cultural no es ajeno y el devenir republicano es una construcción en constante desarrollo que se expresa en un ethos. La celebración del Bicentenario no escapa a ello, y, obviamente no haremos mención alguna a las diversas interpretaciones que se producen si es o no Independencia, debate o aclaración que al menos mediáticamente no tiene cabida hoy.
Tal como sucedió hace un siglo, el debate sobre en que pié estamos se repite en la actualidad. El detenerse y mirar qué había sucedido hasta 1910 para analizar y corregir el rumbo si es necesario. Hoy, dos siglos más tarde, estamos en la misma disyuntiva, más allá de las celebraciones de carácter estético, está el fondo de la cuestión, mirarnos y analizar cómo lo hemos hecho y cómo lo estamos haciendo en la creación constante de esa República. Esta convención cultural de los dos siglos nos debe permitir desarrollar la capacidad de análisis, al igual que los revisionistas de comienzos del S.XX.
Si acertamos a buscar definiciones podemos establecer ciertos parámetros comunes, como hablar desde la organización del Estado, hasta la conformación de individuos con voluntad para establacer una modalidad de organización claramente establecida, es decir, la representación del ordenamiento del territorio y su población en un modelo dado de representación y transmisión de soberanía temporal. Esto es importante ya que contrasta con otras perspectivas de entender la organización de este mismo espacio y sus habitantes.
No se puede acercar a la actualidad de este tema, sin dar una mirada hacia el pasado y la génesis de lo republicano. El contraste tal vez resulte que hay una secuencia entre el origen y su desarrollo, así como también miradas diversas o formas de entender este proceso.
En su texto La creación de la República01 Vasco Castillo reflexiona sobre las bases filosóficas y la construcción de este concepto desde arriba, es decir, una elaboración intelectual generada desde el exterior; hablamos de la Ilustración y esa construcción ideológica poderosa que se difundió desde los núcleos europeos a las sociedades que compartían su misma mirada ya sea por extensión cultural, imitación declarada o bien por considerarla un valor universal. Construcción filosófica heredera de la tradición occidental.
El libro de Castillo, por demás interesante, aporta elementos a la discusión y la mirada sobre esta creación cultural, donde la comunidad organizada establece que camino seguir después de la ruptura con España. Es muy importante tener en cuenta el contexto y quienes forman esta comunidad en formación. Un grupo que detentaba el poder económico y que en una coyuntura global encuentran el momento oportuno para complementarlo.
El sector ilustrado de la sociedad chilena asume este discurso dentro de un contexto internacional que se sumerge en esta idea de organización y trata de imponerla, los conflictos generados son previsibles, unos avanzan otros se resisten en el logro de sus objetivos, cada uno con argumentos válidos, sólo la evolución de cada acontecimiento establecerá cual es el destino de cada zona.
Es en este escenario donde el contacto con las ideas ilustradas tomará fuerza.
Si el discurso filosófico es el que le da el sentido y forma a la organización republicana, Castillo nos ilustra cómo se expresa esta construcción cultural que se llamará República de Chile. El autor toma a Camilo Henríquez que basa su fundamento en la mejor tradición ilustrada, para decir que la “Patria es esta gran familia, esta sociedad de nuestros conciudadanos, que comprende todas las familias […] debemos amar a la patria más que a nuestra familia, que es una entre tantas. El interés personal está unido al bien de la patria, por que cada ciudadano participa de la felicidad y gloria de la patria”02 Se destaca en este párrafo cuál es el sentido de la responsabilidad a que está llamado cada ciudadano y qué se espera de él, y se corrobora con la idea de Patria “está concebida como una noción de carácter político, Patria se identifica con el cuerpo político de los ciudadanos y la vida surge entre ellos”03. Desde el momento de asumir el carácter político se puede plantear la interrogante de quiénes son los ciudadanos.
Los movimientos independentistas contarán con una base de apoyo importante, es la aristocracia local la que llevará adelante este proceso y también la que sufrirá el costo de esta empresa. Visto en perspectiva, y con la ventaja que da la distancia en el tiempo, los beneficios de la ruptura con la Metrópolis y asumir la creación de un nuevo orden administrativo fueron inmensos. La adopción de construir una república se enmarca en esta base ideológica ilustrada, donde el discurso, tal como lo demuestra el texto, es el formador del ideal republicano. Lo que se espera de cada persona dentro de este esquema, y algo sumamente importante, quiénes son serán parte de esta idea de República.
Un elemento central en la formación republicana es la Libertad, el autor destaca que se fundamenta ésta en contraste con la opresión y “si existía la opresión era precisamente porque no existían los ciudadanos. La defensa de la libertad de cada uno, su posibilidad de vivir libre de dominación, estriba en que ellos conformen un cuerpo político de hombres libres que se autogobiernan y, de este modo, defiendan su propia libertad”04. Surge en este comentario, el concepto de ciudadano y que lleva a Henríquez a definir su complemento, la Virtud. Así el autor comenta “de esta forma, la reflexión del mismo Camilo Henríquez lo conduce al examen del otro gran tema republicano asociado al cultivo de la virtud cívica: la denuncia del vicio y la corrupción. Según el argumento anterior, la experiencia de la libertad política, que instaura la vida republicana, es la que hace surgir la virtud cívica. En contrapartida, el vicio y la corrupción nacen junto con la experiencia de la servidumbre, propia del despotismo”05. Esto lleva a preguntarse quiénes califican para ser invitados a sentirse ciudadanos, lo que reafirma Castillo al establecer “de este modo, la ciudadanía deviene una tarea esencial del hombre que, siendo libre, aspira a seguir siéndolo. Ser libre –y permanecer libre– exige ser ciudadano, esto es, exige un sentido fuerte y no débil de responsabilidad cívica. Eso es lo que los republicanos llamaron la virtud.”06
En sus orígenes se puede visualizar una participación restringida, pero consciente, limitada pero sin cuestionar, ya que los valores y la voluntad de participar dependen del conocimiento, un valor escaso y limitado a un grupo de personas ligadas a la elite de la sociedad. Valores no transferibles a ese grupo de personas identificado como bajo pueblo, en oposición al pueblo real que representa esta vanguardia iluminada. Existe una distinción clara entre los unos y los otros, que en muchas zonas de América será la imagen del conflicto que alterará el desarrollo de esta idea de República, Civilización o Barbarie.
Por otra parte en su libro ¿Chilenos Todos?07, los autores Julio Pinto y Verónica Valdivia dan una mirada más profunda a esta situación en la creación de la República de Chile, se visualiza esta distinción en los llamados a crearla y los que son invitados a mirar desde afuera o bien invitados a participar en las huestes de guerra pero no para disfrutar de los beneficios de la “Cosa de Todos”. La disociación se produce desde dentro, ya que la consideración para la creación republicana descansa en valores que se presume están o se desarrollan en un grupo ilustrado. Los conceptos de Vicio y Virtud, que según vimos se asocian a la responsabilidad y a la actitud ante la construcción cultural de la República, establecen una diferenciación casi insalvable. No resulta difícil encasillar a cada grupo en uno de ellos, y cuyo resultado será la expresión de la exclusión en la participación pensante de este nuevo orden.
El poder la palabra se refleja en una expresión que toma forma en este periodo inicial, el Pueblo y al respecto los autores manifiestan que “lo que interesa aquí, sin embargo, es concentrarse en lo que por aquel entonces se entendía por Pueblo, y particularmente sobre la inclusión en dicha categoría de lo que hoy conocemos como sectores populares”08 La riqueza de este texto es que confronta, con gran lucidez, de la que nos tienen acostumbrados, ese elemento que lleva a confusión, el debate se enriquece a la luz de este enfoque, ya que sacude la rigidez del lenguaje en su contexto, porque la autopercepción de los grupos no necesariamente coincide con la nuestra: Lo que para nosotros hoy es una categoría casi sin discusión, salvo la intención ideologizada, la podrán llamar pueblo, gente, comunidad, ciudadanos, pero todos sabemos a quienes se refieren. En este sentido los autores nos ilustran con la mirada que se tenía hacia ese conglomerado de personas “haciendo un balance de todas las incidencias recordadas, se aprecia fácilmente que el acceso del bajo pueblo a la esfera pública no dejaba de suscitar serias reservas entre una clase política todavía hegemonizada por la opinión patricia. En el mejor de los casos, y aun cuando ninguno de los bandos en que ésta se organizaba trepidara en instrumentalizarlos para su propia conveniencia”09.
Antes era la monarquía que excluía a todos por un mandato ligado a la tradición y a los teóricos que la ligaban a la renuncia de la soberanía o bien a una extensión de la autoridad dada por Dios. En el nuevo orden es el conocimiento, la afirmación intelectual desde el paradigma ilustrado y el rechazo a la expresión violenta de ella manifestada en la Revolución Francesa y el jacobinismo.
El reconocerse iguales a pesar de las miradas diversas, pero siempre siendo parte de un mismo grupo que en el caso de Chile sentaron las bases divisorias en dos bandos, los conservadores y los liberales, que se opusieron, muchas veces de manera violenta, pero que siempre encontraban el punto de conexión una idea de República donde todos tenían cabida, ya sea dirigiendo o siendo dirigidos, tratando de imponer su mirada particular sobre los demás. Y si a los demás nos referimos, es interesante mencionar su participación en la primera Junta de Gobierno “el encargo riguroso de no dejar pasar a persona alguna que no presentase el billete o esquela impresa de invitación marcada con el sello usado en sus despachos por el presidente y capitán general del reino. Como se dijo estas invitaciones ascendían a un total de 437, en una ciudad cuya población por aquella época se calculaba entre treinta y cincuenta mil personas. El “populacho” en consecuencia no tuvo participación en las deliberaciones, aunque si tuvo oportunidad de aclamar y vitorear a las nuevas autoridades una vez concluida la ceremonia, correspondiendo a éstas el gesto arrojándole monedas”10.
En esta acción se puede visualizar dos cosas al menos, la primera es la limitada participación ciudadana y la manifestación pública legitimando la reunión y, la otra, sólo como un acercamiento al tema que tratamos es que sucedió lo que se esperaba y me atrevería a consideran que nadie haya cuestionado la exclusión tan abierta y clara al evento en cuestión; el pretender desde lo contemporáneo establecer que fueron discriminados los sectores populares sería no comprender el contexto social y fundamentalmente el contexto ideológico.
Los instrumentalizados de siempre
No resulta difícil reconocer que la evolución institucional de Chile tuvo ese escenario descrito, una República autoritaria basada en el orden y la espera muy lejana en que la participación vaya aumentando, a medida que se desarrolla su capacidad para entender el proceso en que discurre la formación de la República, esto según la conocida tesis portaliana.
Si analizamos la construcción de la República podemos argumentar que la mirada de desconfianza hacia los sectores populares no disminuía con el tiempo, al contrario, siempre estaba presente como una muestra de los excesos en que podían caer, a ellos se asociaba otros tipos de vicios que enunciamos antes, si el vicio del ciudadano eran el afán de avaricia y corrupción al bajo pueblo se le sumaba otros, de carácter más peligroso, el criminal y el auspiciador del desorden, al respecto el texto nos ilustra con los siguiente “es vergonzoso para esta capital, que con orgullo podríamos llamarla un pueblo libre y civilizado; es, por último, una horrible mancha para la población chilena, que en esta época de ilustración se permita que las clases ínfimas continúen matándose diariamente, sin que se tomen activas y eficaces medidas para contener su brutal ferocidad”11.
La asignación de características brutales a las clases ínfimas no es casualidad, el desarrollo de las Repúblicas americanas correrá por esa disyuntiva mencionada antes –civilización o barbarie– como las categorías que impregnaron el ideario del siglo XIX. El asociar esta criminalidad en la línea de la carencia de virtudes y al carecer de ellas, resultaba imposible desarrollar su condición de ciudadanos dentro del enfoque ilustrado que determinaba el ethos decimonónico.
El sigo XX nos muestra una cara más amable en este sentido, la ampliación de participación se amplía hasta el sufragio universal sin exclusión predeterminada, el paradigma republicano se acomoda a esta nueva realidad, con los nuevos grupos sociales emergentes y las nuevas demandas cambian el escenario de participación. Si en el siglo XIX es la aristocracia la que determina el qué y el cómo, en el siglo XX debe enfrentar nuevas fuerzas que reclaman a través del discurso ciudadano una mayor participación y junto a esto también la posibilidad de generar y poner en práctica sus propios proyectos de qué y cómo. La riqueza del siglo XX radica en esto, como diversos proyectos se ponen en práctica y otros son frustrados.
Como conclusión no se puede desconocer que el proyecto inicial surgido en los inicios del siglo XIX ha tenido éxito a pesar de todos los avances y retrocesos. Existe una República en forma y en constante desarrollo, hay un ethos común donde las personas pueden recurrir en busca de su identidad republicana. No hay cabida a un cuestionamiento para modificar esta forma de organización, lo que no impide tener una mirada crítica a la situación dos siglos después.
Se puede preguntar si ese paradigma de virtud ciudadana está vigente, se puede preguntar si hay varios modelos de República donde cada ciudadano en potencia puede buscar su identidad. Pensamos que existen varios modelos de expresión que no agotan el sentirse parte de una comunidad llamada Chile. Si esto no fuera así no se explicaría como en veinte años, desde 1990 a la fecha el padrón electoral se ha visto estancado, ¿es que no se sienten parte de la nación ese grupo mayoritario de jóvenes? ¿O es que no se sienten representados?.
Cada vez que hay una llamada a participar para elegir autoridades las miradas se dirigen necesariamente a ese grupo ausente en la legitimación. Surgen los análisis sobre la desmotivación juvenil y los iluminados critican a los jóvenes y a los no tanto, en que no se sienten ciudadanos, que no son parte de la nación, y plantean audazmente, que son ignorantes a voluntad, que no asumen ese rol para decidir el destino del país. Los que estamos en contacto con los jóvenes, sabemos perfectamente que tienen espíritu crítico y propositivo, sabemos que cuando las condiciones están dadas se manifiestan. Si damos vuelta el enfoque podemos visualizar que el discurso y las acciones son las que no convencen, es la idea del sentirse convocado a legitimar eventos cupulares en que no son parte de su gestación. Es no sentirse instrumentalizados cada cuatro años.
La respuesta no la podemos buscar aquí, pero queda planteada y alguien tendría que hacerse cargo. Lo que sí podemos establecer es que si bien ha disminuido la participación ciudadana no ha disminuido la identificación con el concepto Chile, al parecer lo reemplazan otros elementos. La selección de fútbol nacional parece, que de manera coyuntural, reemplaza como elemento vinculante de identificación republicana con mucha más fuerza que la virtud ciudadana
Llama la atención que al leer a los fundadores de la República uno se pregunte cómo se ha devaluado el concepto de participación y que ésta se limite a una convocatoria a legitimar por medio de una votación autoridades que la mayoría no tuvo ingerencia en su nombramiento. Esto me hace pensar que tal vez no haya mucha diferencia entre esta legitimación y la sucedida al término del Cabildo de 1810, sólo que ahora no se arrojan monedas.

Sobre el autor
Adrian Maile Adrián Maile (1964) Ciudad de Mar del Plata, Argentina. Profesor Historia y Geografía IPES Blas Cañas. Docente Colegio Manquecura Ciudad del Este; Colegio Licarayén, La Florida. Magister © Artium Historia de Chile, Universidad de Santiago. Co-investigador externo, Archivo Nacional de Chile en fondo escribanos de Santiago.