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Los disfraces del Presidente

Los disfraces del Presidente
por José Leandro Urbina 14, Julio, 2010 en sección Opinión 0 opinanen eldebate sobre este artículo
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¿Y tu, qué opinas?

Stefan Kramer, el humorista que ha causado tanto revuelo en estos días por sus imita­ciones del presidente. Lo primero que habría que preguntarse es: ¿Es Kramer quien imita a Sebastián Piñera o Sebastián Piñera quien imita a Kramer? ¿Es Kramer el verdadero presidente de la república? Pregunta que los miles y miles de chilenos y chilenas tienen que contestar desde el fondo de su corazón.

“Cuando gobierna un payaso, un bufón puede producir una crisis política”.

Jesús

Durante los años noventa y principios de los dos mil del nuevo siglo viví en la ciudad de Washington DC. La marca de Ronald Reagan, que había gobernado hasta 1989, estaba por todas partes. Los republicanos habían logrado imponer una imagen que representaba una buena parte del corazón de un país de película. Con George H. Bush, y su famoso vicepresidente Dan Quayle (ese que decía: “He tenido buen criterio en el pasado y he tenido buen criterio en el futuro”), se inaugura la era de los políticos productores de grandes citas. Si suma­mos la guerra del Golfo y las campañas chovinistas antiárabes, Bush completa un primer ciclo de instalación de la visión de mundo republicana que pugnaba por identificarse con la de ser un verdadero patriota estadounidense. Los medios de comunicación fueron imprescindibles para estampar insistente­mente muchas de las imágenes xenófobas ansia­das por un pueblo todavía lastimado con la derrota en Vietnam e Irán.

La imagen de presidentes machos empezó a llenar las pantallas. Reagan, desde Hollywood,  se fotografiaba a caballo, vestido de cowboy, o acompañado de cientos de milita­res con gigantescas bande­ras como escenografía. Para no ser menos, tuvo sus guerras centroamericanas e invadió Granada con el fin de mostrar el músculo yankee al mundo y reconstruir el ego dañado de la nación. Su mujer, Nancy, transformada en socialité se encargaba de devolverle el glamur a su administración y a ese Washington, decaído por la austeridad impuesta  hasta entonces por ese bautista practicante y manisero de Georgia que era  Jimmy Carter. Los bailes de gala, las recepciones, las fiestas espectacula­res congrega­ban a Hollywood y a la clase política estadounidense y le cambia­ban la cara a los ochenta.

Su sucesor, George H. Bush, hombre más sobrio, director en los años setenta de la CIA y participante del poderoso grupo Bilderberg, prefiere los ternos de poliéster y las corbatas del burócrata. Su falta de “charme” y el manejo des­afortunado de la economía lo hicieron perder la elección ante Bill Clinton. Bill, como todos sabe­mos, prefería las hamburgue­sas y las fiestas privadas.

La llegada del hijo, George W. Bush, a la Casa Blanca renueva con bríos la afición republicana por el disfraz y los milita­res. Sin haber ido nunca a la guerra, George amaba disfrazarse de piloto, subirse a portaviones a declarar victorias, le encantaba aparecer por los eventos de Nascar con chaquetas de piloto de autos de carrera. Fue empresa­rio del petróleo vistiendo un correcto traje azul y gerente general del equipo de béisbol los Texas Rangers con gorrito y todo. Y, por supuesto, empantanó a su país en guerras rentables para la cúpula gobernante, guerras que duran hasta hoy. Su imagen, al fin de su gobierno, se puso el disfraz del fracasado rayano en lo ridículo.

Todo esto viene a cuento porque en Chile tene­mos nuevo presidente y parece que también le gustan los disfraces. Además de los ternos a la medida con los que se pasea entre oficinas, los trajes de huaso con los que se fotografía a caballo, la tenida deportiva, el uniforme de piloto de helicóptero con el casco de FACH 1, la chaqueta roja de gerente de supermercado es parte del ropero con el que él y sus ministros viajan “trabajando” por el país y que luce el escudo recupe­rado de nuestras tradiciones.

Hay algo inquietante en verlo poner inyecciones y trabajar con la pala mecánica. Un cierto olor a Joseph Stalin, el primer ingeniero de la Unión Soviética, el primer cirujano; un poco de Perón, el primer trabaja­dor; un poco de Mao, el sol rojo que ilumina nuestros corazones (de chilenos y chilenas). Se ve poco la república en este intento de recrear el culto a la personalidad. Sebastián Piñera no sólo quiere ser el mejor presidente que haya tenido el país (lo que no está mal, según Martita Lagos) sino el más querido, el más recordado: quiere quedarse en la retina de las genera­ciones obliga­das a verlo correr robando cámara con su comparsa de ministros que lo aplauden todos vestidos de rojo.

Pero es obvio que no pode­mos acusar a este presidente de apropiarse del estilo del viejo Moscú. Hay muchos más elementos que vienen del país del norte y que parecen también hereda­dos del último presidente republicano; entre ellos destacan: el gusto por el cliché, la retórica mosqueada y la lógica desmadrada. Dos momentos, para mí, destacables en el discurso inaugural de La Moneda: el que compara a los sobrevivientes del terremoto con héroes patrios que en enu­meración caótica se proyectan al futuro: “Ellos, y muchos más, son los herede­ros de Caupolicán, Lautaro y Guacolda. Ellos son los descendientes de O’Higgins, Carrera, la sargento Candelaria y del padre Hurtado. Ellos son los héroes del Bicentena­rio y serán los protagonistas del siglo XXI”. Le faltó agregar desde el alma: Estos héroes vivirán por algunos años en mediaguas plastificadas.

El segundo y el más amenazante es el de la invitación final, con la que abrió este periodo de cuatro años: “Para terminar, quiero que por un momento cerre­mos nuestros ojos y recorra­mos juntos este país maravilloso”, y después de una serie de imágenes de discurso de patio de colegio propone ese sublime: “Siga­mos viaje al sur, siempre al sur, puerto por puerto y ciudad por ciudad. Hagámonos acompañar por las gaviotas y los cóndores. Penetre­mos en los bosques profundos y volva­mos a hundirnos en la Cordillera”.

Un amigo mío insistía siempre en que la derecha era una patota de huevones con mal gusto, de cultura barata. Tal vez Piñera es parte de eso, en realidad me da lo mismo.

Lo que me preo­cupa es esa invitación a cerrar los ojos para ini­ciar un viaje de fantasía. Si algo se me permite advertir en estos días de confusión es lo siguiente: Chilenos, no cerréis los ojos ni cagando, aunque nos mate el sueño, mantengámoslos bien abiertitos. Ya saben lo que le pasa al camarón que se duerme.

Por último, hable­mos del  “Asunto: Halcón y Camaleón”, de  Stefan Kramer, el humorista que ha causado tanto revuelo en estos días por sus imita­ciones del presidente. Lo primero que habría que preguntarse es: ¿Es Kramer quien imita a Sebastián Piñera o Sebastián Piñera quien imita a Kramer? ¿Es Kramer el verdadero presidente de la república? Pregunta que los miles y miles de chilenos y chilenas tienen que contestar desde el fondo de su corazón. Porque si la respuesta es Kamer, esta­mos ante una profunda crisis política, una crisis de legitimidad del gobierno. Ahí se entendería el misterioso alejamiento de Longueira, la frustrada agresividad de Allamand y las amoro­sas intervenciones en su defensa de Lily Pérez o Evelyn Matt­hei, ellos saben quién es el verdadero presidente, quién se esconde detrás de esos tics. Yo no voté por Piñera, pero ante la posibilidad de usurpación exijo: ¡Fuera Kramer de La Moneda! ¡Devuelvan La Moneda a su verdadero dueño! Que­re­mos que vuelva a hacerse cargo para que cumpla todas esas cosas lindas que nos prometió. He dicho.

Sobre el autor

José Leandro Urbina (Santiago, 1949), después de trabajar como traductor, periodista y guionista en Canadá y Estados Unidos, se doctoró en la Universidad Católica de Washington, especializándose en Literatura Latinoamericana. En 1993 obtuvo el Premio Consejo Nacional del Libro y La Lectura por Cobro revertido. Ha publicado el libro de cuentos Las Malas Juntas (Cordillera, 1978; Planeta, 1993) y las novelas Cobro revertido (Planeta, 1992) y Las Memorias del Baruni (Tomo I, 2009). En la actualidad es director del Magíster de Literatura de la Universidad Alberto Hurtado. Es miembro del comité de LOM y acaba de participar en el libro Terremoto social del Bicentenario (Mayo, 2010), junto a varios autores de la editorial.