Alfonso Lerma

Antonio-segui

Mi caída comenzó ese lunes de marzo, un día insulso, nada especial, de sol perezoso y ritmo tedioso, como en cámara lenta, cuando yo estaba sentado en un cafetín, frente a un café que sabía todo menos a café, frente a dos microscópicas medialunas viejas y mofletudas, y Alfonso Lerma se detuvo en la entrada, me miró con sus ojos azules y grisáceos, con sus labios resecos y tostados, con su cabello plateado y amarillento, desaseado, con su vestido tres piezas negro, de corbata negra y camisa blanca, como gánster de película gringa, y entró dando pasos seguros, vino hasta donde yo estaba, se sentó, me miró fijamente y me preguntó:

-¿Qué te pasa, pibe? ¿Por qué tenés esa cara tan triste?

Por esa época, Alfonso tenía razón, yo debía parecer el colombiano más triste en la ciudad de Buenos Aires. Tenía un corte de cabello fatal, como si me hubieran mordisqueado un millón de pirañas, y de mis ojos negros colgaban unas ojeras negruzcas y violáceas, que me hacían ver como un muerto viviente. Además estaba demasiado delgado y toda la ropa que me ponía me hacía ver como un espantapájaros. Lo único que alcanzaba a brindarme una pizca de dignidad eran mis zapatos nuevos que eran relucientes, brillantes, de marca fina, regalados por mi familia, pero que, después de comprarlos en el almacén y salir a la calle con ellos puestos, me quedaron exageradamente chicos y ahora me apretaban los dedos de los pies, me hacían encarnar las uñas y me producían un dolor tenebroso, que agregaba aun más amargura a mi rostro.

Al ver que yo no respondía nada, que estaba rígido como una estatua, incapaz de creer que por fin alguien en esta ciudad me dirigía la palabra, Alfonso, todavía animado, emocionado y muy seguro de sí mismo, prosiguió con la serie de preguntas:

-¿Che? ¿Te comieron la lengua los ratones? ¿Sos escritor? ¡Con esa cara de melancólico lo único que podés ser es escritor!

Alfonso, a pesar de lo que me hizo, nunca se equivocó a la hora de adivinar lo que ocurría en mi desgraciada vida bonaerense. En efecto, por esa época anhelaba con fervor ser escritor, especialmente ser novelista, pero no me atrevía a asumirme como tal, pues mi familia era la que me mantenía por ese entonces, me enviaba dinero cada mes para la comida, el arriendo y la escuela de cine, y si, en algún acto de valentía, yo me atrevía a confesarles que mi vocación no era cinematográfica sino literaria, iban a interrumpir los giros mensuales y yo me iba a encontrar en la calle, sin un espacio íntimo y decente para escribir Los buenos días, la novela que, intuía, me llevaría a la fama.

Ya había pasado varios meses mintiéndole a mis papás y a mis hermanas, convenciéndolos de que algún día yo iba a recibir un premio Oscar o la palma de oro en Cannes, inventando un sin fin de mentiras sobre los lujosos rodajes a los que asistía, con directores y actores famosos, que ellos algún día habían visto en la pantalla grande, y ahora me sentía lanzándome por un abismo, diciéndome que o escribía una novela de alto nivel, con buena crítica literaria y con buenas ventas, para enmendar la mentira que mi familia tarde o temprano descubriría, o me iba a vivir a la calle, o terminaba en prisión, o simplemente me iba a morir.

Era una época en que pensaba frecuentemente en suicidarme y todo mi entorno, la nueva ciudad, la gente, la naturaleza, me parecían elementos amenazantes, que estaban en mi contra, que iban a hacer todo lo posible para que yo no escribiera mi obra maestra.

-¡Lo sabía! ¡Estás escribiendo una novela! ¡Se te nota, amigo! ¡Se te nota! ¡He conocido millones de tipos como vos! ¡Y todos llevan la misma cara de desahuciados! ¡Decime que no!

Alfonso golpeaba la mesa con el puño, excitado, con los ojos inyectados y mostrando una sonrisa alargada, donde pude ver sus dientes delgados, afilados y amarillentos, como de piraña, y no me quedó de otra más que asentir, pues ese tipo loco me estaba poniendo demasiado nervioso y lo único que deseaba era que se fuera y me dejara con mi vida desgraciada en paz.

-¡Pero si yo soy editor, pibe! ¡Te puedo ayudar! ¡Dejá esa cara de palurdo! ¡Todo tiene solución!

Debo decir que, a pesar de no considerarme superficial, el aspecto elegante de Alfonso, como de empresario hipster, me sedujo. Además fue la primera persona en Buenos Aires que se fijó en mí, que se dio cuenta de que yo no estaba bien, de que me sentía solo, feo, no querido, de que me sentía culpable por malgastar el dinero de mi familia y no ir a la escuela de cine, de que me sentía incapaz de escribir Los Buenos Días, a pesar de que deseara febrilmente ser novelista, y fue no más un par de segundos después que mi mutismo se disolvió en la humareda de su cigarrillo y empecé a ametrallarlo con las escenas de mi novela, contándole cómo las deseaba narrar, qué forma tendría el libro, qué estructura, a quién iba dirigido y las expectativas que tenía de que esa novela me salvara, de que me hiciera creer que yo no era un inútil, inservible y poca lucha, que yo servía para algo. Cuando terminé mi perorata, acalorado y colorado y emocionado por que alguien me escuchara, agitado, nervioso, excitado, paladeé mi café, temblando, y Alfonso dio varios aplausos, largos aplausos, miró al mesonero del cafetín y me señaló:

-¡Aquí tenemos a un gran escritor, señor mío! ¡Este hombre va a revolucionar el mundo literario bonaerense se lo prometo! ¡Y yo lo voy a editar! ¡Yo seré su Gaston Gallimard!

El mesonero lo miró con ojos indiferentes y volvió la mirada al televisor. Yo, por el contrario, estaba extasiado, no podía creer que después de tanta desgracia por fin llegara un tipo a brindarme la dignidad que yo merecía. Pedimos más café, más media lunas, coincidimos en que estas eran del siglo pasado, y, con su paso elegante, de dandi, Alfonso fue a pagar, se acercó a la entrada y se volvió hacia mí:

-¡Cuando terminés Los Buenos Días pasate por mi oficina, pibito! ¡Vas a ser un gran novelista! ¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé!

Meses después, en invierno, sumergido en mi cuarto como un oso hibernando, con la barba poblada como si hubiera naufragado, con varios días sin probar baño, alimentándome a punta de tabaco y café, le puse el punto final a Los Buenos Días. Me desplomé en la cama y no me desperté quién sabe hasta cuándo, quizá dos o tres días después, pero el caso es que era de noche y mi teléfono celular estaba sonando. Eran mis papás y mis hermanas, estaban muy exaltados:

-¡Usted no ha ido a estudiar en todo el semestre! ¡Vago! ¡Mentiroso! ¡Qué se la ha pasado haciendo! ¡ Todos por acá aguantando hambre para que usted vaya a la mejor escuela de cine de Latinoamérica y pueda ganar dinero suficiente para mantenerse y para mantenernos y ahora resulta que el señorito no ha ido nunca! ¡Responda! ¡Qué ha estado haciendo!

Salí a la calle, cacheteado por el viento helado, glacial, sintiendo cómo las corrientes se escabullían por mi cuerpo y me mordían la piel, quemándola, produciéndome mucho dolor, con mi novela bajo el brazo, parecido a un hombre que hubiera estado secuestrado en la selva colombiana durante años, y caminé, llevando un pucho entre mis labios resecos, blancuzcos, hasta la oficina de Alfonso, donde había una placa dorada, muy distinguida, como de diplomático, donde decía: « Alfonso Lerma, escritor y editor de prestigio », abrí la pesada puerta de un golpe, y por primera vez sentí que estaba demasiado débil, que me hacía falta comer mejor, saludé a la secretaria, una abuelita de cabello como un cono de nieve, de gafas gigantescas, que dibujaban dos ojos negros inmensos, como brevas, y seguí hasta la oficina de Alfonso, donde estaba atrincherado entre un sin fin de manuscritos de hojas sueltas, atadas con cintas, con cabuyas, con cordones, que, supuse, eran las novelas de tipos pobres y locos como yo, tipos que él iba a salvar y a devolverles la dignidad que habían perdido desde hacía tiempo, y estaba hablando por teléfono, en susurros, y yo puse mi novela sobre la mesa, dando un golpe seco, que lo despabiló, lo hizo colgar y mirarme fijamente, brindarme toda la atención que merecía, ahora que por fin era un novelista.

Alfonso estaba con su traje tres piezas, pero este era de color azul turquí, de camisa azul claro y sin corbata, con el pecho abierto, mostrando una mata de vellos plateados, que lo hacían ver muy varonil, y agitando su reloj de oro en la muñeca izquierda, me dijo:

-¡Lo sabía, pibito! ¡Sabía que ibas a lograrlo! ¡Sos un mostro! ¡Lo sabés! ¡Mostro! ¡Pero te ves demacrado, pibito! ¡Dejame Los Buenos Días y la leeré de inmediato para que te hagamos un contrato! ¡Qué grande! ¡Andá descansá, pibito! ¡Has trabajado duro! ¡Te lo merecés! ¡Tomá este dinero para tus gastos! ¡Andate de viaje! ¡Andá comé! ¡Descansá!

En efecto, estaba extenuado. Dejé a Alfonso rodeado de sus manuscritos y me fui cabizbajo, contando el dinero del fajo que me dio, y me di cuenta de que nunca había tenido tanto dinero entre mis manos. De inmediato fui a cortarme el cabello, a arreglarme las uñas de las manos y los pies. Fui a comprarme ropa y zapatos nuevos, libros, cuadernos para nuevos proyectos de novela, y desde ese momento todo lo que veía parecía brillar, sonreírme, todo parecía estar en armonía conmigo.

Me fui de viaje a Córdoba, donde me ejercité de nuevo dando caminatas larguísimas por el campo y, a pesar de que ya no hablaba con mi familia, me sentía estupendamente, pues era un novelista, el autor de Los Buenos Días, la novela que Alfonso iba a publicar muy pronto y que me haría rico, famoso y por fin, un hombre digno.

Pasaron dos o tres meses, no lo recuerdo muy bien, pues estaba demasiado ocupado gastando la primera parte de toda la plata que me había ganado con el sudor de mi frente, y volví a la oficina de Alfonso, « Alfonso Lerma, escritor y editor de prestigio », pero me percaté de que el local lo estaban arrendando y ahora no había ni un manuscrito, ni libro, ni nada, sólo había obreros pintando los muros de blanco, en silencio, que, cuando les pregunté por el editor y su secretaria pensaron que yo estaba loco, y se carcajearon, y me

dijeron que de qué estaba hablando, luego me enervé, los insulté, quise golpearlos, pero entre todos me echaron a patadas.

Cuando se me acabó el dinero, la propietaria del cuarto donde vivía, tan amable y tan hospitalaria que había sido conmigo mientras tenía cómo pagarle, me echó a la calle como a un perro y empecé a caminar sin rumbo, a la espera de encontrarme con Alfonso Lerma, con algún ángel, con algún familiar para que me salvara, pero la ciudad de Buenos Aires seguía su rumbo, indiferente a mis pasos y a la desgracia de haberme quedado sin techo.

Después de varios días de deambulaciones sin sentido, sin haber comido nada de nada, pasé por la vitrina de una librería, pues todavía me gustaba antojarme de los libros que recién habían salido y eran tan caros, me acerqué con mi mal olor de axilas y mi nueva pinta ajada, de indigente, y por fin sentí que me habían arrebatado el poquito de dignidad que me quedaba, me había caído por completo en un abismo, pues vi el libro Los Buenos Días del « ingenioso, talentoso y despampanante autor »: Alfonso Lerma, el best seller de esa temporada, « un libro complejo y alucinante, de la mejor literatura », decía en la tapa, hasta que un policía me empujó y me dijo que circulara, que me fuera, pero yo estaba demasiado impresionado por lo que había visto y le señalé el libro, le dije que el verdadero autor de Los Buenos Días era yo y no Alfonso Lerma, que yo lo había abandonado todo por escribir ese libro, todo, todo, pero el policía creyó que yo era un loco, llamó a una patrulla y en la estación les expliqué a todos lo que había ocurrido desde el momento en que estaba en el cafetín y me encontré con Alfonso Lerma, y les conté la historia de mi novela Los Buenos Días, los arduos meses de trabajo solitario, sintiéndome culpable por mi familia, por todo, etc., pero ninguno me creyó nada, de nuevo me tomaron por un enfermo mental, y entonces me trajeron hasta aquí, a este manicomio, en el que vivo desde hace diez años, en el que, mal que bien, después de mucha insistencia de mi parte, las enfermeras y los enfermos finalmente aceptaron que yo sí soy el autor de la gran novela Los Buenos Días, y yo les digo que lo repitan diez, veinte, treinta veces al día, y me dicen que yo soy el mejor escritor colombiano en Buenos Aires, el más grande, el más trascendental, el más digno y yo me olvido por completo de Alfonso Lerma y así me siento feliz…

 

Portada: Pintura de Antonio Seguí

Articulo por Marlon Varela

(Cali, 1992). Marlon Varela es cineasta y escritor. Su primera película se llama La piel Del Dromedario. (selección oficial « miradas emergentes » en la MIDBO 2017, Bogotá, Colombia; selección oficial en el festival DOC EN COURT 2018, Lyon, Francia). Su primera novela se llama Carnet de París; fue ganadora del II concurso de publicación de la editorial mejicana LECTIO. Será publicada en agosto de 2019. Actualmente Marlon Varela vive en Buenos Aires donde filma su segunda película y escribe su segunda novela.

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