CARCAJADA – DROGAS

opio

Cien años de prohibicionismo no alcanzan todavía para encubrir la evidencia: nuestra sociedad ha accedido a una experiencia masiva, generalizada de las drogas. Hay drogas psicotrópicas y drogas estimulantes, pero también hay fármacos, analgésicos, hay bebidas, y después también hay pantallas, hay ideas, hay cuerpos, y así un sinfín de objetos de nuestra dependencia. A veces nos drogamos, y a veces creemos que nos están drogando. A veces nos recreamos, a veces expandimos nuestra conciencia y otras nos intoxicamos. Marx ya se lo sospechaba cuando hablaba a la religión: también ella es una droga. Y mientras lo decía, el opio, que no era menos real que la religión, era usado por los ingleses para acogotar el mercado chino y así pagar la deuda contraída por la importación de té: la droga de los insulinos.

Pero, ¿qué es finalmente la droga? Vemos, como detrás de una vitrina, subterráneo pero expuesto, todo un flujo de sustancias y dinero; vemos narcos, dealers y mulas; vemos policías y políticos con su aparato de leyes y estrategias; y con todo, aún no entendemos. Todos parecen hablar hasta el cansancio de la droga: algunos dicen incluso que se trata de una guerra o de una especie de cruzada. Pasado el umbral del cansancio, sin embargo, siguen hablando, y es entonces que la sospecha nos surge: ¿qué droga es la que usan, que los hace seguir hablando? ¿En qué tráfico están metidos?

Las categorías sanitarias parecen no alcanzar entonces, ni para comprender ni para saciar nuestra experiencia de la droga. Que nos digan que un caño[1] no es lo mismo que un analgésico, que la coca ya no es usada en la producción de Coca-Cola, que la adicción a la heroína no es comparable a la adicción de los dispositivos tecnológicos o que bajo el efecto del opio no se puede encontrar la comprensión universal, no cambian en nada el hecho de que en cada una de estas experiencias, más allá de su situación legal, se pone en juego todo lo que nos han querido enseñar sobre la droga. Así nos vamos, pues, drogando de la semana al fin de semana, y lo hacemos con substancias, pero también con el amor, con dios, con la violencia, con las pantallas, con la adrenalina del dinero o con el capital simbólico de los like. Nos dejamos influenciar por el efecto estimulante o analgésico de un agente externo, y cada vez es toda nuestra percepción la que se ve comprometida. Las cosas aparecen de un modo distinto; nuestro cuerpo se enfrenta a fuerzas insospechadas; sentimos una relación directa con una necesidad que es capaz de sanarnos o de intoxicarnos[2].

Hoy por hoy, desarraigada de casi toda función ritual, esta experiencia de la droga, o la droga como experiencia, parece estar siempre, sin embargo, conectándonos con algo que sucede más allá: con el movimiento imperceptible de flujos que desconocemos, de tráficos que se nos escapan, de industrias que no queremos ver. Con la economía del mundo, tanto como con la de nuestro propio deseo. Se hace necesario entonces pensar en la droga: detenerse en la producción específica de cada agente en nuestro cuerpo y en nuestra percepción, para seguir luego sus movimientos y transacciones, en la superficie y a la sombra de nuestra sociedad. La discusión sobre prohibicionismo o legalización parece haber terminado por embrutecernos lo bastante como para reducirnos a los pobres lenguajes del consumidor, del jurista y el médico, cuando no del policía. Las lenguas del poder dicen querernos sobrios, mientras se confían a sus propias drogas, en las que se potencian o mediante las que nos debilitan. Olvidan sin embargo que nosotros también tenemos nuestras propias relaciones con las drogas. Sentimos así la necesidad de volver a interrogar nuestros paraísos artificiales, nuestra relación con el dolor y la salvación, los objetos y causas de nuestra dependencia, los límites de nuestra percepción. Todo aquello que se pone en obra cuando nos drogamos. Hacer los protocolos de nuestras experiencias, leer la fisionomía de las fuerzas que nos dominan bajo sus efectos, sacar a luz la geopolítica de las drogas que se mueve en el mundo y de las drogas que mueven el mundo. Reconocer las potencias de resistencia y las de dominación por las que nos hacen pasar las sustancias.

 

 

[1] Porro, Faso, Cuete, Bareta, Maconha… para nuestros amigos de otras latitudes.

[2] Ambivalencia que se encuentra ya en la raíz griega del término fármaco: el phármakon, remedio y veneno a la vez, es capaz de dar la vida tanto como la muerte. De ahí, precisamente, la importancia de la cuestión de la medida, de la dosis, en la farmacología. “Todas las cosas tienen veneno y no hay nada que no lo tenga. Si una cosa es veneno o no, depende solamente de la dosis”, escribía Paracelso en el siglo XVI.

Articulo por Carcaj

Revista de arte, literatura y política.

Comments: no replies

Join in: leave your comment