Cuenteros del cuento

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Dispuestos como decálogos, advertencias o ensayos, los consejos de cuentista en Latinoamérica tienen, más o menos desde Horacio Quiroga y su “Decálogo del perfecto cuentista” de 1925, un lugar privilegiado para la discusión. Tan extensa es la lista de prescripciones y frases célebres —“el cuento debe ganar por knockout”, “se debe narrar un cuento como se relata un suceso ya escrito”, “el cuento debe sólo mostrar, no enseñar”, entre otras— que uno se pregunta si acaso todas estas “tesis sobre el cuento” no terminarán por configurar, algún día, la única forma literaria de cuño netamente latinoamericano.*

Últimamente hasta se ha llegado a sugerir una noción geopolítica del cuento: “El cuento —dice Heriberto Yépez desde Tijuana— es una forma particular de pantopía, de lugar minúsculo donde se pretende albergar la totalidad de los entes. El cuento moderno sólo pudo ser concebido por imperios, como el ruso y el estadounidense, que buscaban la síntesis de su ambición de posesión; mientras que la novela pertenece a culturas más bien pequeñas que anhelan expansión”. (¿Será que el conjunto de tesis sobre el cuento pertenece a culturas ni tan pequeñas ni tan grandes, pero en todo caso incapaces de una síntesis, sin ambición alguna de expansión, sin definición, sin nada más que puros cuentos?).

Otra de las tesis (que de paso echaría por tierra la nuestra) se desprendería de la teoría del iceberg de Hemingway: en un buen cuento siempre hay dos historias funcionando, una visible y otra secreta: “El efecto de sorpresa —escribe Ricardo Piglia— se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.” Así, en los cuentos de Poe, de Quiroga, de Chéjov y de Kafka, la historia secreta se ha podido observar (o ha logrado erigirse) sólo en los intersticios de la historia visible, ahí donde entran en juego, simultáneamente, “dos sistemas diferentes de causalidad”. Por otro lado, el cuento también puede albergar una historia futura, un relato que se mantiene como suspendido, no escrito pero posible. En las narraciones de Raymond Carver, por ejemplo, el final de un cuento es el comienzo de otro o, mejor dicho, la intuición de la inminencia de otro cuento. “Los finales son pérdidas, cortes, marcas en un territorio —continúa Piglia—; trazan una frontera, dividen. Escanden y escinden la experiencia. Pero al mismo tiempo, en nuestra convicción más íntima, todo continúa.”

Todo continúa, y hacia finales del siglo veinte Julio Ramón Ribeyro y Roberto Bolaño se sumaron a la lista de los exponentes importantes en el nutrido historial de recomendaciones al respecto, aunque tales recomendaciones, como ellos mismos señalan o insinúan, finalmente no le sirvan de nada a nadie: antes de quedar en ridículo el escritor latinoamericano siempre preferirá el papel de chacotero a la hora de exhibir su tan arraigada tendencia al tallerismo literario, a las frases pegadoras, al yo publiqué y ahora te enseño.

Eso sí: dos fantasmas, autores también de decálogos y antidecálogos memorables, rondan tras los mandamientos de estos dos cuentistas: el mismo Horacio Quiroga para Ribeyro, y Borges para Bolaño.

Al igual que Quiroga, aparentemente Ribeyro se toma las cosas en serio a la hora de establecer sus directrices: “El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia”, señala el punto número uno de su decálogo (fechado en 1994, mismo año de la muerte de su autor), de lo cual se desprende, si nos ponemos académicos, que su concepción del relato —y quién sabe si de la literatura en general— satisface la necesidad de aquella “unidad de acción” que muchos siglos atrás Aristóteles le exigía a la tragedia.

El primer consejo de Bolaño, en cambio, señala: “Nunca aborde los cuentos de uno en uno. Si uno aborda los cuentos de uno en uno, honestamente, puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.” Con la acostumbrada socarronería mezclada con soberbia, los consejos de Bolaño (publicados en 1998) se inscriben más bien en la línea del anticonsejo, es decir, en la veta borgeana del escritor que siempre carga consigo una gran dosis de escepticismo y humor ante cualquier pauta literaria y opta mejor por recomendar la lectura de los maestros: “Hay que leer a Quiroga”, prosigue Bolaño, “hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso.”

Digamos, pues, que Ribeyro en su decálogo atiende a la escritura del cuento en términos más que nada formales (“El cuento debe ser de preferencia breve”, o: “El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin ornamentos ni digresiones”), y que Bolaño, en rasgos generales, prefiere reír y recordarnos, una vez más, que al fin y al cabo leer (leer a Poe, en primer lugar, y evitar a toda costa a Cela y a Umbral) es lo único importante. Ahora bien: ¿son complementarios tales consejos? ¿O se excluyen siempre? Y más aún: ¿observaron debidamente estos dos cuentistas sus propias recomendaciones al escribir, por ejemplo, Las botellas y los hombres o Putas asesinas? Y todavía: si usted, supongamos, quiere escribir un cuento, ¿sigue algún consejo? (Y si ya lo escribe: ¿se atrevería a dar alguno?) “Ser escritor: eso sí que me agrada —decía Kierkegaard—. Y si tuviera que ser sincero, debería decir que he estado enamorado del producir, pero con una aclaración: a mi modo.”

 

 

* En el fondo estábamos tranquilos porque no habíamos inventado nada y nada, en rigor, nos pertenecía; ni el cuento, ni la novela, ni el poema, ni el antipoema, ni el ensayo, ni la lengua. La falta de originalidad nos absolvía. En algún momento se pensó que nuestra hora había llegado porque se empezó a decir por ahí que habíamos inventado la novela de dictadores (pues nuestros dictadores también eran una copia), pero por suerte vino Monterroso y recordó que eso más bien lo había ideado Valle-Inclán.

 

Foto: Paulo Slachevsky

Articulo por Martín Cinzano

(Guayaquil, 1977). Escribió el libro de crónicas Perdido, los poemarios Peatonal, Yo ya y los fragmentos de El piano de Waldstein, además de la nonononovela En pana. Coedita le revista cartonera PUF! en la colonia Obrera de la Ciudad de México.

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