Diario de la lectura de un diario

Brecht

(Sobre Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, de Ricardo Piglia).

 

Día 1

Junto a La primera oscuridad de Óscar Hahn, Draupadí me regala Los diarios de Emilio Renzi (Años de formación), de Ricardo Piglia. De inmediato, tristeza por la foto de solapa donde se ve a Piglia muy deteriorado y hasta con cara de demente senil. Más tarde, viajamos a Cuernavaca: opto por llevarme el libro de Hahn (es más liviano, la poesía va primero, etcétera), pero la imagen de un Piglia enloquecido, enfermo, me persigue durante todo el viaje.

 

Día 2

De regreso en México, termino de leer en la cama el libro (excelente) de Hahn. Pasando de largo la solapa, comienzo la lectura de Los diarios de Emilio Renzi y de entrada asoma la nítida escritura de Piglia. Pienso que estos últimos años he estado escuchando esa escritura, escrutándola, palpándola. Esa escritura que tal vez llega a su punto máximo con Prisión perpetua y El último lector, los dos libros (tan lejanos entre sí) que para mí —como él diría— la definen.

 

Día 3

Prosigo con la lectura de este primer volumen de los Diarios y algo empieza a joderme. ¿No proyectó alguna vez Piglia que el propio Renzi, bajo su nombre, iba a publicar un libro? Hubiese resultado divertido (quizá no para Anagrama) hacer el experimento. Pero aquí supuestamente el autor sigue siendo Piglia y el narrador es Renzi, aunque están demasiado unidos, demasiado indistinguibles el uno del otro. Ni en Respiración artificial era así, menos aún en La ciudad ausente. Como sea, pese a esta curiosa decepción, el libro es una delicia. Nadie puede creerse que las entradas del diario, en cuanto a la fechas (cuando las hay), sean reales, y eso lo convierte en otra novela. Buena novela, mucho más libre, hasta con escándalo familiar incluido, pero no de las mejores de Piglia. De todas maneras, dejando a un lado el libro le advierto a Draupadí que si ya me regaló el primero, me deberá regalar el segundo. Y el tercero.

 

Día 4

Sigo leyendo estos diarios y me pregunto si acaso cuando uno ya es fanático de un escritor, como es mi caso con Piglia, se acostumbra o se amolda a su escritura de tal modo que, no importando esa cosa extravagante llamada juicio crítico, hay un efecto sedante —o hipnótico— al leerlo. Desde los cuentos de La invasión hasta Blanco nocturno (porque tal vez, sólo tal vez, El camino de Ida sea la salvedad), Piglia escribió —e incluso habló: en videos, en conferencias, en programas para la tele— ocupando los mismos giros, las mismas “y” (diferencia y conexión), los mismos “extraordinario”, “o mejor”, “hay una tensión”, “hay un efecto”, “la noción de”, etcétera, hasta el final. ¿Es su marca? ¿Su efecto hipnótico? (¿Se creía póstumo desde la primera palabra escrita?)

 

Día 4, por la tarde

Me traje el libro al local de libros viejos donde trabajo. A estas alturas, Renzi me resulta detestable. Pero, ¿no lo convierte precisamente eso en el narrador ideal? Porque mientras más lo detesto, más lo leo. Hay algo de los grandes libros autobiográficos de Canetti aquí también, La lengua absuelta, La antorcha al oído (lo cual dispara las sospechas de que en realidad estos “Diarios” no sean sino reformulaciones adulteradas de otro diario, aún más oscuro e íntimo; novela con fechas y sucesos de la época, pero muy revisada, reescrita o escrita cuidadosamente a posteriori). Pero en Renzi sigue vibrando esa voz petulante, fruto quizá de una cierta subjetividad que ya murió, cuando por ejemplo irse a estudiar a Europa, hablar de cine o tomar partido en filosofía tenían algún prestigio: “Pasé a ver a Luis, tenemos grandes planes para el futuro. Irnos juntos a París, estudiar con Bachelard. Dudo entre declararme platónico o hegeliano”.

 

Día 4, por la noche

Nunca pensé que esto ocurriría: dudo en declararme pigliano. ¿Es posible decepcionar a los lectores manteniéndose impertérrito en la escritura? “Soy decididamente monótono”, decía el escritor-maestro de Piglia. Borges, en cualquier caso, es su héroe “formal”, por llamarlo de algún modo. En cuanto a diarios de escritores latinoamericanos, pienso con grandilocuencia, mirando los libros del local, La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro sigue siendo insuperable. Ahí —como en los diarios de Joubert— todavía hay una dura lucha contra todos (y todas) por ser finalmente un escritor; no como en los diarios de Renzi, en los que aún resuena fuerte el eco ya instituido del autor. En fin, anduve todo el día de malas pulgas por culpa de este libro.

 

Día 5, en la mañana

Me doy cuenta: aquí, en estos diarios, no estoy con Renzi; simplemente, estoy leyendo mal (una de las exigencias del “lector extremo” en El último lector, me digo para escapar) porque lo olvidé, olvidé a Renzi como narrador. Aquí se escucha a Ricardo Piglia, insisto; aquí están las lecturas de Piglia (la importancia de Faulkner, Kafka, Pavese, Macedonio, Proust, ¡Carlos Fuentes!, etc.), cuentos y ensayos en ciernes de Piglia, la revista de Piglia, sus enemistades, sus películas, su “noción de” política, el peronismo, las minas, el Hotel Almagro otra vez, los amigos escritores y delincuentes (Cacho, tremendo personaje), el Steve de Prisión perpetua y —al menos delineadas— sus notables tesis sobre el cuento basadas en la teoría de Hemingway. Por eso ahora estoy esperando, de un momento a otro, la aparición de Roberto Arlt en estos “diarios”. Pero Arlt no aparece. ¿O aparece a cada rato?

 

Día 5, por la tarde

Ahora, en Piglia, está el riesgo; el riesgo de que la escritura se convierta en una fe. O en un salvavidas. Hay que desconfiar lo suficiente de ella para no llegar hasta ahí. El riesgo radica en concebirla como una acción alejada del riesgo. En una casa amueblada y no en un baldío. Quizás desde tal diferencia, pensando en las lecturas de Renzi, se pueda hallar otra distinción entre filosofía y literatura (¿dónde está cada una?). “La clave para un artista, digamos, es meditar sobre la necesidad. No necesitar más de lo que se tiene para vivir”. Al final, se asoma Roberto Arlt.

 

Día 6

El sonsonete de Renzi me hace pensar en Plata quemada como la única alteración (¿o anomalía?) en la trayectoria de Piglia: quizá debido a la misma naturaleza de la historia, ahí la lengua es obligadamente otra, sin la impostura del intelectual, sin esa máquina macedoniana de La ciudad ausente. ¿Será porque Piglia estuvo en todo momento ligado a la universidad y, en el fondo, es de esos escritores indisociables de ella (que hoy son legión)? En todo caso él, como uno de sus personajes, se aferró —y fue fiel— a una idea fija.

 

Día 6, por la noche

Terminé el libro. Fragmentos al azar, subrayados: “Uno se separa de una mujer y pierde la mitad de los amigos y la mitad de la biblioteca”. “Uno vive una vida de escritor porque ya lo ha decidido, pero luego los textos deben estar a la altura de esa decisión.” “La historia política no los deja amar…”. “El cine es más rápido que la vida, la literatura es más lenta.” “La ironía es un procedimiento negado para la izquierda.” “Mis mejores cuentos dependen siempre del tono de la prosa y no de la anécdota”. “El fin del amor vivido como un golpe de Estado”. “¿Qué me importa ahora todo lo que he leído?” “¿Cómo seguir un diario que tenga como objeto las ilusiones de quien lo redacta y no su vida real?” “¿En qué consisten —o cómo se construyen— los efectos emocionales de la lectura de un libro?” Con Renzi entonces se puede editar un volumen de aforismos, fácil. (¡Atención tiburones!). Hasta tengo el epígrafe: “Mi vida no es original ni mucho menos ejemplar y no pasa de ser una de las tantas vidas de un escritor de clase media nacido en un país latinoamericano en el siglo XX”. (Julio Ramón Ribeyro).

 

Día 7, por la mañana

Correo electrónico de Roberto Contreras pidiéndome le compre acá en México el segundo tomo de los Diarios de Emilio Renzi que acaba de aparecer (en efecto, como era de esperarse, la diferencia del precio del libro con respecto a Chile es abismal, aunque casi todos los libros que uno desea son caros. Es lo malo de trabajar vendiendo libros viejos: dejamos de comprarnos libros para nosotros; somos unos avaros porque sabemos que el libro siempre llegará, usado pero mucho más barato). “Está cabrón Piglia. Y uno tan penca. A tirones con la escritura”, dice Roberto en su correo. Pienso en Ribeyro y La tentación del fracaso, otra vez. Sí, a tirones con la escritura. Pero Renzi nos salva: “el escritor vacila, no entiende bien lo que narra y es la contraparte de la figura despótica del escritor latinoamericano clásico que tiene todo claro antes de empezar a escribir.” Uf.

 

Día 7, por la tarde

Le respondo a Roberto: “Me leí el primer volumen y no sé, lo hallé tan Piglia todo, tan siempre Piglia que cuestioné eso de: ‘Antes yo escribía mejor’. Es cierto en Prisión perpetua, creo, pero aquí me pareció un narrador muy poco generoso ese Renzi, es decir, ¿se puede aprender algo de ahí? ¿A hacer un diario falso? Puede ser.”

 

Día 7, por la noche

Le suplico de rodillas a Draupadí que me regale el segundo volumen de los Diarios de Emilio Renzi (Los años felices). Me dice que lo pensará.

 

 

Articulo por Martín Cinzano

(Guayaquil, 1977). Escribió el libro de crónicas Perdido, los poemarios Peatonal, Yo ya y los fragmentos de El piano de Waldstein, además de la nonononovela En pana. Coedita le revista cartonera PUF! en la colonia Obrera de la Ciudad de México.

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