Donde terminan las drogas

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Las drogas.

Las drogas son buenas. Las drogas son malas. Las drogas son el origen de la decadencia social. Las drogas son el síntoma de una sociedad en decadencia. Las drogas son un escape. Las drogas son una prisión. Las drogas son un flagelo. Las drogas son el único calmante para el flagelo que es la vida. Las drogas no son nada más que la muerte que desde siempre nos acompaña. Son las puertas de la percepción. Son el embotamiento de los sentidos. Son la nueva vida.Son la voz de Dios. Son la chupilca del diablo.
Si algo está claro es que las drogas son.

Aunque hay drogas que, stricto sensu, no son drogas, que sin ser químicos, sirven para drogarse. Difícil olvidar el opio del pueblo. Difícil olvidar el estado de enajenación de si mismo que algunos cultos imponen a sus seguidores. Tampoco ignoremos el nivel de agitación que adquiere la discusión, de parte de usuarios y detractores, en torno a los celulares o las visiones apocalípticas que suscitan en la gran pantalla. O los computadores. O la tele. O cualquier otro pedazo de electrónica que parece hacer mejor nuestro trabajo en ese plano que la modernidad nos prometió era la fuente inalienable de nuestro valor: la interacción. Y deberíamos nombrar un puñado más de ejemplos menos actuales, para no pretender que quedaron definitivamente confinados al pasado y ya no son una amenaza: las mesas de casino (o las maquinas traga monedas de la panadería), el amor, que al mejor estilo narcos puede matar a quien lo produce, quien lo consume y quien está en su camino, el consumo, la certeza, la familia, el partido. En fin, invito a seguir rellenando.

Y por el otro lado, las drogas más ubicuas no son, de ninguna manera, drogas. Todos asentirían ponderosamente si dijéremos que las drogas han infiltrado nuestra sociedad hasta el núcleo. Pero si dijéremos que ya han infiltrado su vida, la sorpresa haría que se atragantaran. En efecto, ninguna familia trata de esconder bajo amables sonrisas y repentinos giros en la conversación, donde yacen todos los oscuros secretos, el hecho que el abuelo fumaba. A nadie le parece una escena verosímil que la PDI irrumpa en un matrimonio y agarre a balazos las botellas de vino y arreste a los novios por “facilitamiento” (aunque le agregaría cierta bienvenida incertidumbre a tales ocasiones). Nadie llama a la iglesia católica un culto narcótico, a pesar de que el vino corona el momento más álgido de la misa. Supongo que tampoco es común escuchar que el color del café refleja las intenciones del diablo ni es “Juan Valdez” el colombiano más discutido. Tratamos a estas cosas con simpatía, con respeto. Pero coinciden medio a medio con la tipología del resto de los químicos adictivos. Algunas de ellas, a pesar del rostro bello y juvenil que les asignamos, no se quedan atrás en el saldo de víctimas. Y aunque vemos todo esto, la respuesta habitual es esa risa que nace de percibir una confusión en las distinciones más fundamentales de la vida y la afirmación de que son “distintas”.

De alguna manera.

Si no hay dudas que son, la pregunta es ¿qué son?

Yo diría que las drogas son nuestros conocidos. Viejos conocidos, si uno es viejo, conocidos recientes, si uno es reciente en este mundo. Las encontramos en nuestro living cuando volvemos del súper, sin que las hayamos invitado, hablando con nuestros amigos, que resultan ser sus amigos, sin que se los hayamos presentado. No tenemos una explicación muy clara para el cuándo las conocimos ni el por qué y, muchas veces, tampoco para el cómo. Solo están ahí y tenemos tanta capacidad para dar pie atrás, como para retroceder el tiempo. Ya que están ahí, causan todo tipo de fenómenos. Nos las pillamos sin buscarlas, donde idealmente no queríamos verlas y en los lugares más sorprendentes. Cuando las necesitamos, no están por ninguna parte ni tenemos idea de cómo contactarlas. A veces nos preguntamos qué pasaría si llegarán a entrar en contacto con el resto de nuestras relaciones y nos tranquilizamos pensando en lo improbable que eso es. Luego ocurre, nuestra mamá queda fascinada y de ahí en adelante no hay reunión familiar en que no se hable de ellas. Cuando no esperamos nada de nadie, nos dan un buen consejo. Por supuesto esto no es así con todos. Hay gente que decide tomar una postura, porque, por circunstancias o lógica interna, algo de determinación necesita su vida. Hay quienes se declaran amigos de las drogas, al menos de algunas. Hay quienes se declaran enemigos de las drogas, a veces con razones. Pero a fin de cuentas, los amigos no son más que conocidos que queremos conocer más y los enemigos conocidos que estamos tratando de desconocer.

Una aproximación demasiado personal. Una definición carente de valor. Una subjetivación peligrosa, se me dirá. Porque las drogas no son una actitud o una mera percepción de algo del mundo. Las drogas son un grupo bien definido de sustancias que causan efectos dañinos bien conocidos en nuestras comunidades.

Por supuesto, las drogas han existido desde tiempos inmemoriales. Mezcladas en la tierra, acumulándose en las hojas de los árboles, esperando nuestra llegada a la existencia para manifestar su verdadero potencial. Claro que si vamos a aceptar lo rotundo de esta explicación, tiene que concedérsenos el considerar la perspectiva de todas las partes involucradas. A fin de cuenta, podemos aceptar una respuesta tajante, pero no sus pretensiones ecuménicas.

Entonces ¿qué pensarán, qué verán las drogas?

Para las drogas, las drogas no existen. Me pregunto cómo nos vemos para ellas, buscando a dios y el diablo entre un puñado de sales, unos cristales de colores, unas hojas secas o unos frasquitos con líquidos incoloros.

¿Qué habrá pensado esa mezcla de hojas de coca y sales alcaloides de ese opúsculo lleno de fervor y fe que un médico austriaco le dedicó a fines del siglo XIX?

¿Qué habrá pensado el ácido lisérgico, desecho del metabolismo de un hongo de la cebada, de las descripciones que Hoffmann hizo de él al “descubrirlo”?

¿Qué pensarán cuando alguien decide gastar sus últimas lucas en ellas? Probablemente nada, solo son consumidas y metabolizadas. ¿Qué pensarán cuando ayudan a alguien a sentirse mejor? Probablemente nada. ¿Qué sentirán cuando las apostrofan, cuando las prohíben? Probablemente nada. ¿Qué sentirán cuando se discute sobre ellas? Probablemente nada.

Por último ¿qué sentirán al vernos buscando desesperadamente en ellas un descanso, compañía, una respuesta, una idea y otras cosas que no podemos tocar ni ver, entre un montón de polvos y compuestos que han estado inmemorialmente sobre la faz de la tierra? A esta altura, podemos adivinar la respuesta. Pero si sintieran algo, probablemente encontrarían extraño que creyéramos que pueden contener estás cosas, como si fuera lo mismo que partir piedras hasta encontrar la que guarda un poco de luz, algo bello.

Muy bien, alguien me va a detener aquí. De cualquier forma, yo me voy a detener aquí: Todo esto, lo sabemos. Todo esto lo suponemos. No se trata de las cosas, sino de sus efectos.

Pero ¿qué efectos?

Para aclarar esto puede ser útil atender a que en uno de sus significados primitivos, la palabra “droga” se iguala con “remedio”. Hasta hace no tanto los ecos de este sentido se podían detectar en el cotidiano: hablábamos de droguería y de farmacia intercambiablemente y los médicos aun prefieren “narcóticos” a otras determinaciones más vagas y más corrientes. Yendo aun más atrás, el apotecario hacía de la venta de remedios, venenos y pigmentos un solo comercio. Propiamente hablando, hasta el paracetamol y la aspirina son drogas. Parecería que los efectos que se persiguen con las drogas son bien comunes: curar o al menos subsanar ciertos estados físicos deficientes. Y es aquí que debemos sacar a relucir a esa curiosa dualidad onda/partícula que nos caracteriza como especie. Porque a pesar de nuestros mejores esfuerzos, la línea entre cuerpo y espíritu nunca ha sido trazada. Las dolencias del cuerpo tienen una tendencia a volverse grietas en la psique: un dolor crónico se transforma en mal carácter, un exceso de cansancio afecta nuestra memoria, la pierna perdida de Ahab se convierte en la obsesión maníaca por la ballena blanca. Esto es quizás un poco trivial, porque estamos demasiado dispuestos a mencionarlo. En cambio, es el punto en que cambia la corriente de esta interacción donde estamos más inclinados a detenernos y a dejar que la mirada encuentre otro objeto, que vague sobre el horizonte. Y sin embargo, la dualidad permanece ahí, ignorante de nuestra ignorancia. En la novela de Bulgakov[1], el doctor Poliakov se receta: “migrenin: compuesto de antipirina, cafeína y ácido cítrico” ¿De qué clase de migraña se trata? Un párrafo después nos enteramos: “[…] se fue. No quería vivir con uno. Y punto. Todo es muy simple, en el fondo. Una cantante de opera se juntó con un joven doctor, vivió con él un año y se fue”. Es difícil saber cómo un remedio para la jaqueca puede aliviar el vacío que preserva la forma de un otro perdido, pero es un recurso habitual. Buscamos paliar el dolor de la consciencia adormeciendo el cuerpo. Buscamos acabar con el aburrimiento acelerando los sentidos. Buscamos disolver la negrura del ánimo con un mundo brillante, con justa razón, pero a falta de uno, con algo que nos permita confundir el que hay con uno brillante. A menudo las cosas se nos salen de control. Por supuesto, lo que se sale de control nos son las drogas. No es una cosa de intensidad. A veces los efectos más devastadores son los que se buscan. Es nuestro comportamiento, es el comportamiento de otros, es lo que sentimos, lo que dejamos de sentir. Somos nosotros y, mucho antes, nuestra comprensión de nosotros mismos. Porque al mirar las drogas y todo lo que pueden significar, uno a veces sospecha que ya hay algo fundamentalmente fuera de control que llega a ese encuentro.

Los efectos de las drogas son los efectos de nosotros sobre las drogas. En otra palabras, no hay drogas antes que haya personas. Quizás se me acuse de idealismo, pero creo que hemos dejado bastante establecido que antes de agregar la perspectiva humana las cosas no son buenas ni malas, ni dañinas ni positivas, que de hecho no hay más que polvos y cristales incapaces de distinguirse a sí mismos el uno del otro. Es precisamente esta perspectiva, el espíritu, la consciencia, lo que sea, la que tiene esta curiosa propiedad de buscar y, sobre todo, encontrarse a sí misma en las cosas. De crear las cosas a la medida de sus necesidades. Más radicalmente, de darle forma a estos deseos y miedos en las cosas, cosas que cree encontrar cuando en realidad les da su lugar y su peso. Peso que en el caso de las drogas es el peso de las ciudades que cargamos con nosotros, de las familias, de las gentes, de la historia, de los trabajos y las privaciones. Es la única forma de que lo tengan. Parece que hemos dicho mucho sobre las drogas y aun así menos que una línea de la canción[2]: “Cuando todo se seque, vas a sentir el dolor del exceso, del desperdicio, de la falta.

Es así con las cosas que recogemos sin darnos cuenta que se tratan de la vida, comprimida en un destello, los suficientemente breve para escapar al análisis y a la comprensión. Las manipulamos como cualquier otra cosa encontrada en la calle. La tiramos al aire, la dejamos dar vueltas en nuestros bolsillos, hasta que en una maniobra fallida, caen por nuestra pupila y ya no podemos sacarlas de nuestro interior. Es así como una línea se multiplica en decenas.

Es esa línea la que se repite cada vez que nos topamos con las drogas. Porque cuando nos encontramos en la cima de la resaca, ya sin narcóticos, no nos queda otra que hacernos cargo del exceso, del desperdicio, de la falta de nosotros mismos que envuelve todo a nuestro al rededor. De encontrarnos nuevamente tratando de tapar el hoyo en el espíritu con algo que tengamos a la mano, aunque el mundo entero quepa ahí adentro. Porque ahí donde acaban las drogas es donde alguna vez empezaron. Es ese el miedo que vive siempre tras la palabra “droga”, es eso lo que deberíamos mirar con preocupación o, al menos, no negarnos a mirar.

 

 

[1] Morfina, M. Bulgakov, Lom Ediciones, 2002

[2] River, del álbum Badillac por Together Pangea, 2014, Harvest records. La traducción es mía.

 

Foto: Daniel Nicolás Aguilera

Articulo por Bruno Biagini

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