Entrevista a Tulio Mora

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Tulio Mora es un reconocido poeta nacido en Huancayo, Perú, en 1948; ha sido una de las voces principales del movimiento poético de vanguardia Hora Zero, que sacudió la escena poética de Perú y de Sudamérica en los años 70. Algunas de sus obras más destacadas son: Mitología (1977), Cementerio General (1989), Simulación de la máscara (2006), y la antología Hora Zero: los broches mayores del sonido (2009). Aprovechando su reciente visita a Chile, quisimos hacerle una entrevista, la cual fue realizada en conjunto con Gonzalo Geraldo.

-El movimiento poético Hora Zero se desarrolló (a partir de los años 70) dentro de uno de los periodos más violentos de la historia reciente del Perú y de Sudamérica. Dentro de ese contexto, Hora Zero siempre apostó por un “compromiso político”, no a la manera tradicional de los partidos, sino ante todo por un compromiso con la vida misma, afirmando una “poesía viviente”, que no invitara al “pacto con las fuerzas negativas”, como decían Pimentel y Ramírez Ruiz en “Palabras urgentes”.    

¿Cuáles eran esas fuerzas negativas contra las que era necesario escribir en ese momento? ¿Son las mismas que hoy en día? En ese sentido, ¿hay una diferencia entre escribir poesía en los años 70s y escribir ahora?

-En los 70 no hubo violencia, más bien hubo un gobierno militar atípico: el velasquismo, que fue reformista, expropió los latifundios y entregó esas tierras a los campesinos. Fue el gobierno que derribó lo que en historia llamamos la república oligárquica que se estableció a sangre y fuego desde los años 30. Con el derrumbe de las estructuras socioeconómicas también sobrevino el cuestionamiento a la visión estética del Perú, en todos los campos. Hora Zero no fue una excepción, en esa década aparecieron pintores, músicos (de rock, por ejemplo), cineastas con una visión más articulada de país. Poéticamente hablando, HZ cuestionó que los poetas no recogieran el habla popular, que no escribieran desde la perspectiva del otro y que no recogieran los diversos registros de la escritura (la narrativa, el ensayo, el lenguaje mediático, dramatúrgico, etc.) en lo que denominó el “poema integral”. Estos fueron sus mejores aportes con los que enfrentó la década de los 80, cuando empezó la guerra interna, y sobre la cual escribió los primeros libros de poesía que hoy son referenciales. Me refiero a “Tromba de agosto” (Jorge Pimentel), “Taki Onqoy” (Enrique Verástegui), “Las armas molidas” (Juan Ramírez Ruiz), “Cementerio general” (Tulio Mora).

Hoy son otras las fuerzas negativas. Debemos contar al neoliberalismo y al fujimorismo que han refundado una república conservadora, discriminadora y corrupta. El Perú se va acercando peligrosamente a México y no veo a los jóvenes poetas escribir sus alegatos de época: contra el ecocidio y la corrupción. Más bien los veo conformistas, solipsistas y con desesperados deseos de ser reconocidos. Como saben que la poesía no otorga reconocimientos en el país, se han dedicado a escribir novelas. Eso es un suicidio: la poesía peruana es valiosa, la novela tiene pocas excepciones, la mayoría no es precisamente referencial en el continente. Pero creo que eso no les importa, sino ganar dinero por lo que escriben, ser escritores profesionales.

-¿Cuál era la función del grupo, organizado como movimiento, en el desarrollo o la búsqueda de una escritura? ¿Cómo se relaciona una poética nacida de una búsqueda grupal con una idea individual, autoral de la poesía?

-El grupo poético, por muy disparatado que sea, funciona como un partido político. Eso le da el componente divertido que recrea tan bien Roberto Bolaño en “Los detectives salvajes”. Hay liderazgo, directivas y expulsiones, congresos y disidencias. Con todo eso, en HZ hubo una concurrencia casi mística. Por ejemplo quien ingresaba al movimiento tenía que demostrarlo mediante un “acto contundente”: repartir volantes, proporcionar materiales para las publicaciones, organizar recitales. Y cada quien cumplía con esta orden. Algo más importante: cumplió con extender el movimiento a las demás regiones del Perú, que no tenían un pasado literario y de donde procedían muchos de sus integrantes. Así se crearon bases en Chiclayo y Chimbote (en la costa norte), en Huancayo y Cerro de Pasco (sierra central) y en Pucallpa (en la selva). Esa descentralización fue la piedra basal de su permanencia en la poesía peruana que es hasta hoy centralista y canónica.

Por supuesto, hubo quienes se retiraron, pero el movimiento sobrevivió. Así empezó la segunda etapa de HZ en 1977 -ya sin la presencia de Juan Ramírez Ruiz y de algunos que lo rodeaban- y tuvo vida orgánica hasta el 2000, por lo menos. Hoy muchos se siguen considerando de HZ aunque ya no haya una actividad grupal intensa, aparte de los recitales y alguna que otra presentación.

Otro punto importante que siempre se tuvo claro fue que el nombre HZ no era una marca o paraguas bajo el cual uno ingenuamente podía ampararse. Un movimiento no convierte a nadie en poeta, esta tarea es una construcción individual. Un grupo no puede uniformar las escrituras, como algunos tontos nos decían (y entre ellos hay críticos literarios no solo peruanos): las experiencias personales son indivisibles. Si tomamos en cuenta a WC Williams, para quien la escritura es memoria, imaginación y experiencia, obviamente ninguno de estos tres requisitos puede ser clonado grupalmente.

-¿Qué relación tuvo Hora Zero con el Infrarrealismo, a nivel político y a nivel literario?

-El infrarrealismo es nuestro gemelo, poética y políticamente, aunque La diferencias entre Perú y México sean notorias. Estuvimos relacionados desde la primera etapa (1970-73) y de manera más activa en la segunda (1977-2000) cuando yo viajé a México y conocí personalmente a Mario Santiago, Pedro Damián, los hermanos Méndez, Mara Larrosa, José Peguero y Lupe Ochoa. A mi regreso mantuvimos esa relación, por eso en el 2000 elaboramos con Bolaño una antología que salió publicada en Venezuela, luego yo amplío esa obra a su verdadera dimensión en 2009 con el título “Los broches mayores del sonido”, y a cuya presentación vinieron los infras de México y España, en 2013 publicamos en Lima la 2ª edición de la antología infrarrealista que elaboró Rubén Medina un año atrás en México (profesor de la universidad de Wisconsin), con la asistencia de Rubén y Peguero. Debo agregar que desde hace 5 años en Barcelona, la editora argentina Ana María Chagra, horazeriana, y el poeta y músico chileno Bruno Montané, amigo íntimo de Roberto Bolaño, han creado la editorial “Sin fin” donde se han publicado libros de Mario Santiago, Jorge Pimentel, Cuauhtémoc Méndez, libros que a su vez se están reeditando en México. Como verás la relación se ha reforzado aún más.

-¿Qué impacto tuvo la derrota política de los movimientos revolucionarios latinoamericanos en la escritura poética? ¿Había un horizonte de victoria o derrota para la propuesta poética de Hora Zero?

-Yo diría que ninguna, más allá de nuestros compromisos políticos personales. Muchos de HZ fuimos de izquierda y por supuesto que nos sentimos muy decepcionados y sin horizonte cuando el socialismo se derrumbó. Pero nosotros mismos habíamos hecho críticas feroces a ese tipo de socialismo, de modo que la decepción era más bien un sentimiento relacionado con el triunfo de las fuerzas oscuras que ingresaron con el liberalismo. En ese momento la derrota parecía irreversible, hoy vemos que la humanidad ya está sacudiéndose de la neoesclavitud liberal. Es una batalla larga, aun no puede avizorarse un desenlace, pero la tendencia está marcada. Lo que me sorprende es que no veo a la nueva poesía acompañando ese nuevo proceso.

-¿Existen, hoy, a su juicio, escrituras que puedan llamarse revolucionarias?

-Deberían existir, ¿no? El proceso histórico de la literatura es la irrupción de un movimiento que posteriormente es sacralizado y a su vez es interrumpido por la insurgencia de otra fractura. Es lo que se conoce como la temporalidad pendular que va del romanticismo al clasicismo y viceversa. Hoy el mundo tiene un contexto para revolucionar las formas y los contenidos literarios. Más aún: la tecnología es un componente que te exige una renovación permanente.

-En su poesía ha existido siempre la preocupación por darle o cederle la palabra al otro, a un otro al que normalmente le está negada la posibilidad de la palabra, ya sea porque está muerto, porque es un inmigrante, un niño, o un animal. ¿Cuál ha sido la importancia de esos otros marginados en su trabajo poético?

-Sí, desde mi primer libro, “Mitología” (1977), he escrito sobre el otro. La pluralidad de voces en un poema te sugiere algo cercano a la polifonía social. El poeta es como un director de una orquesta de música.

-¿Cuál es hoy el horizonte de su escritura?

-Depende del entusiasmo que le ponga a los temas que se me presentan. Por ahora, quiero concluir “Cementerio general”, el cual fue pensado con 100 poemas, y encontrar un historietista para publicar un poema dramático cuyo título es “Oncecielos”.  También tengo deudas pendientes con Manuel Morales, un poeta de culto que solo dejó un libro y cuyos poemas inéditos me entregó su familia que vive en Brasil. El año entrante debo publicar 40 de ellos traducidos del portugués. Y finalmente he reunido mis ensayos para entregarlos en un libro. No tengo más proyectos.

Septiembre 2017

*Entrevista realizada por Gonzalo Geraldo y el equipo de Carcaj

 

 

Article by Carcaj

Revista de arte, literatura y política.

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