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	<title>Carcaj</title>
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	<description>CARCAJ es una revista digital de editorial LOM, que despliega un espacio de debate entre los actores del medio artístico, literario y cultural, así como de difusión ampliada sobre el trabajo creativo y crítico entorno a la realidad chilena y latinoamericana.</description>
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		<title>Manuel Rojas 100 AÑOS: A pie por Chile</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 03:55:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carcaj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Manuel Rojas no es chileno. Sí. El narrador chileno más importante del siglo XX nació en 1896 por casualidad en Argentina. Si el azar no fuera el destino decididamente nómade de sus padres, dos chilenos aventureros, quienes lo trajeron a los cuatro años a Chile. Luego adolescente viajó desde Mendoza con dos amigos anarquistas, caminando, después de polizonte en el Trasandino, luego otra vez a pie, cruzaron la cordillera y llegaron a Los Andes. Era el 29 de abril de 1912. Fecha que conmemoramos en Carcaj, y hemos pedido a algunos de sus lectores que nos ayuden a componer un retrato hablado: Álvaro Bisama, Rodrigo Carvacho, Jorge Guerra, Gonzalo Córdoba, Roberto Contreras.</p>
<p><span id="more-3069"></span></p>
<p>Pueden pedir también la versión en papel de este especial, un impreso donde encontrarán además reseñas de Volodia Teitelboim, José Miguel Varas, más crónicas y citas de Manuel Rojas.</p>
<p>Pídelo en Librerías LOM: Moneda 650 (Biblioteca Nacional) &#8211; Maturana 13 (Metro República, Santiago)</p>
<p>Librerías LEA + en Centro Gabriela Mistral GAM, Av. Libertador Bernardo O’Higgins 227, Santiago, Chile.</p>
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		<title>Lo que cabe en la mirada</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 03:04:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Álvaro Bisama</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Vuelvo a <em>Hijo de ladrón</em> (1951) cada cierto tiempo. Busco en él ciertas pistas para una hipótesis que me gustaría desarrollar alguna vez: el pensar en la historia de la literatura chilena tratando de trazar la anomalía que Manuel Rojas supuso. Eso, porque aunque pareciese que dibujaba sus libros a partir de los bocetos de su propia memoria, en realidad Rojas trazaba con ellos un mapa completo del mundo. Por lo mismo, acá no caben palabras de buena crianza; cuando los miembros de la Generación del 50 –con Lafourcade y Giaconi a la cabeza– intentaban arroparse en los valores de lo “nuevo” y lo cosmopolita (recuerden: su acto más <em>avant garde</em> era escribir cuentos donde alguien rompía algún crucifijo), la novela de Rojas, ya varios años antes, había dejado obsoleta la clase de literatura que ellos se enorgullecían de ejecutar.</p>
<p>Tenía sentido. Aún lo tiene, creo; porque aún hoy no sabemos qué hacer con Manuel Rojas. Esto porque suya fue como nadie, como ninguno de los criollistas, como ninguna vanguardia antes o después, la panorámica más lograda de un Chile situado en la frontera exacta entre el siglo XIX y el XX. Aquello está en <em>Hijo de ladrón.</em> Así, mientras el <em>Canto general</em> de Neruda esculpe una falsa teodicea de nuestro continente completo, a la novela de Rojas solo le basta la descripción de lo que cabe en la propia mirada para abarcarlo todo: su escritura es la que mejor sintetiza la experiencia de lo humano en la literatura chilena. Y es eso mismo lo que lo separa de Huidobro, que se fugó hacia la pirotecnia de la palabra, del realismo del ’38; que se esforzó en las fotografías de lo social con una colección de parábolas; y de Emar, que se recluyó en la utopía de una imposible novela inalcanzable.</p>
<p>Aquello vuelve a <em>Hijo de ladrón</em> conmovedora e insoportable a la vez. Conmovedora, porque como pocas novelas hizo del abandono y la soledad su reverso exacto: la gesticulación de una lengua que era capaz de erigir la conciencia de quien logra conquistarse a sí mismo, conseguir una identidad, hacer del paisaje su reflejo. Insoportable, porque se ofrece desde ese límite inexacto entre la biografía y el arte, entre la literatura y el hambre. Pero eso no sería nada si el centro del esfuerzo de <em>Hijo de ladrón</em> no fuera la búsqueda de un habla que haga que Aniceto Hevia aprenda a conquistar su dignidad en medio la inclemencia desnuda del páramo de la provincia, de la soledad de las ciudades, de lo poroso de los límites nacionales.</p>
<p>Perdido en las mareas de una memoria inventada que bien puede ser la propia, Rojas hace que su novela formule una poesía de lo real, una narración cuyo lirismo urgente posee la nitidez de lo inmediato, la precisión de lo doloroso y la expectación de lo cotidiano al modo de un milagro o una maravilla. Rojas, que fue anarquista y autodidacta, que vivió en sí mismo la picaresca de diversos oficios y padeció la pobreza y la pérdida, en <em>Hijo de ladrón</em> supo como nadie saltarse las mansiones de la aristocracia (tan queridas por Orrego Luco y Blest Gana) para, desde el lado contrario, enfrentarse con los límites de su conciencia a la ciudad. Ese lugar es el mismo descampado desde el que también escribían Mistral y Violeta Parra, ese lugar que es una frontera helada, que es una ciudad llena de bruma, que es una playa donde refulgen objetos brillantes en medio de la arena negra. Ahí supo tejer una épica, la épica de los héroes invisibles del Chile contemporáneo: jóvenes sin dinero, aventureros perdidos, amantes opacos, lectores de bibliotecas improvisadas, muchachos perdidos en la provincia.</p>
<p>Repito: no sabemos qué hacer con Rojas. O quizás sí. Creo que era David Lean el que dijo –en un día complejo en el desierto, en medio de la filmación de <em>Lawrence de Arabia</em>– que daba lo mismo que hubiera mal tiempo, que la cámara solo debía dedicarse a captar la aventura más grande de todas: lo que sucede en el rostro humano. Cuando escuché aquello me acordé de Manuel Rojas. Lo más importante de <em>Hijo de ladrón </em>tiene que ver con aquel rostro, que es quizás el de Aniceto Hevia o el del lector. Lo más importante tiene que ver con cómo Rojas atrapa esa aventura del rostro humano, del rostro chileno, cómo convierte la contemplación y el solipsismo del yo en una especie de camino abierto, en algo parecido a un lugar de encuentro.</p>
<p align="right"><strong> </strong></p>
<p align="right"><strong>Álvaro Bisama</strong></p>
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		<title>La poesía de un eterno caminante</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 03:02:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Carvacho Alfaro</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>“Rojas nació a la poesía siendo ya un poeta”, acuñó tempranamente Salvador Reyes.</p>
<p>El descubrir una poesía terrenal en donde el transitar por la vida se refleja en los versos añejos de Manuel &#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Rojas nació a la poesía siendo ya un poeta”, acuñó tempranamente Salvador Reyes.</p>
<p>El descubrir una poesía terrenal en donde el transitar por la vida se refleja en los versos añejos de Manuel Rojas, es sin duda abrir una puerta hacia el pasado, mientras los sueños y las libertades caminan juntas sin que nadie las aplaste.</p>
<p>Gracias al poeta José Domingo Gómez Rojas penetra el mundo de los versos y las rimas, esta poesía libertaria y social que rodea el tiempo y espacio de la primera mitad del siglo XX en Chile, que inicia una batalla poética en donde Rojas, también fue un luchador. Este año, en donde los recuerdos se hacen más certeros surge la poesía del caminante y bohemio escritor. <em>Su voz viene en el viento. Poesía reunida de Manuel Rojas</em>, que publica LOM Ediciones, constituye el grueso de poemas escritos por Manuel Rojas desde 1913 hasta los últimos años de su vida, siendo el amor y el viaje sus temas esenciales.<em><br />
</em></p>
<p><em>Tonada del Transeúnte</em> (1927), <em>Deshecha Rosa</em> (1954), más otros poemas dispersos, encontrados en distintas revistas y diarios anarquistas, dan forma a este compendio poético que nos entrega los inicios y un “lado b” de su lírica, impostergable.</p>
<p>Su escritura poética está formada con una libertad sin igual, en donde las formas son variadas y las imágenes inquietan el pensar. Los sonidos del ritmo literario se hacen música al trasladarnos a lugares inhóspitos y marginales. Es así una poesía ruda y melancólica teniendo el amor como una pieza clave de esta partitura.</p>
<p>Su poesía, diremos, puede resumirse como un proceso de escritura en que el recorrido se une con la experiencia y la belleza se mezcla con la vida y la muerte. En donde las ideas se hacen presente junto a la concepción del hombre libertario y las utopías se construyen en los versos nostálgicos que se mueven gracias a los vientos cordilleranos que llegan, inevitablemente, al mar.</p>
<p>Es Rojas un poeta perdido, un vate que nos anuncia su llegada. Este es su retorno.</p>
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		<title>Abolir las clases y amar los oficios</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 03:01:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jorge Guerra</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>La noche del 25 de abril de 1912 Manuel Rojas inició una caminata desde Mendoza con la intención de quedarse en Las Leñas, estación del ferrocarril trasandino ubicada en la Cordillera a unos &#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La noche del 25 de abril de 1912 Manuel Rojas inició una caminata desde Mendoza con la intención de quedarse en Las Leñas, estación del ferrocarril trasandino ubicada en la Cordillera a unos 3.400 metros de altura. Lo acompañan Laureano Carvajal y Luis Toledo, dos anarquistas chilenos, miembros de la Sociedad de Resistencia de Oficios Varios, que volvían a Chile. Cubriendo algunos tramos escondidos en vagones de carga y otros a pie, llegan, la tarde del 27 de abril, a un campamento de faena levantado entre Puente del Inca y Las Cuevas. Ahí Rojas se reencuentra con Laguna, a quien había conocido poco tiempo atrás trabajando como peón del ferrocarril. Carvajal lo convence de que sigan hasta Chile y al grupo se suma Laguna, que finalmente llega con Rojas a Santiago, habiendo tomado el tren en Los Andes. Los anarquistas se quedarían en esta ciudad cordillerana.</p>
<p>Luego de despedirse de su compañero, Rojas se dirige a un conventillo de la misma calle Brasil, entre Andes y Mapocho, donde en una pieza viven dos anarquistas que ofician de peluqueros: Teodoro Brown Suárez y Víctor Manuel Garrido Gutiérrez. El local, ubicado en Andes N° 2009, era conocido como la “Peluquería del Pueblo”. En él se daban cita simpatizantes anarquistas para discutir sus ideas y planificar estrategias de acción. El 8 de noviembre de 1913 fue allanado por la policía en busca de explosivos y material subversivo que pudiera proporcionar pistas sobre los autores de los atentados perpetrados por esos días. En esa ocasión fueron aprehendidos los dos peluqueros y otro libertario de nombre Voltaire Argandoña Molina. Manuel Rojas logra escabullirse, pero es capturado días después, quedando dos días detenido.</p>
<p>Continuaban así los vínculos del escritor con el mundo anarquista, con militantes de diversas posturas: desde individualistas hasta aquellos que promovían la acción directa y violenta contra las estructuras establecidas. El ideario ácrata, no sabemos si voluntariamente o producto del azar, formó parte de la atmósfera de su infancia. Rojas pasó parte importante de sus primeros años en distintos barrios de Buenos Aires y Rosario, dos activos centros anarquistas de Argentina, y estuvo siempre en contacto con militantes revolucionarios. Su llegada a Chile prolongó y afianzó la relación de éste con el ambiente libertario, cuando a sus dieciséis años comenzó a colaborar, bajo el seudónimo de Tremalk Naik, con el periódico anarquista <em>La Batalla</em>. Diario que se caracterizó por mantener posiciones radicales, sólidas e intransables. En el amplio y variado horizonte del pensamiento anarquista que distingue a esta corriente las primeras décadas del siglo XX, legitimaron el uso de la violencia, no solo como recurso para el boicot y el sabotaje, sino también como forma de protesta y represalia hacia acciones del Estado que consideraban injustas.</p>
<p>Revisando un temprano ensayo suyo titulado “La creación en el trabajo” (1937), surgen pistas que nos ayudan a explicar el origen y la relación de su <em>solitario trabajo de escritor</em> con este pensamiento libertario. En la primera parte de ese escrito el autor constata la pérdida de la actitud creadora presente en el trabajo del obrero antes del advenimiento de la industrialización capitalista, pasando a ser una anónima pieza de la cadena productiva. Ejemplifica esto revisando la evolución histórica del oficio de linotipista que Manuel Rojas llegó a conocer y dominar hacia fines de la segunda década del siglo pasado.</p>
<p>Encarnándose en el joven Aniceto Hevia, en su novela <em>Sombras contra el muro</em> (1964), expone su propia idea del anarquismo, con rasgos de ingenuidad e incluso de humor: “…Aniceto tiene del anarquismo una idea casi poética: es un ideal, algo que uno quisiese que sucediera o existiera, un mundo en que todo fuese de todos, en que no existiese propiedad privada de la tierra ni de los bienes; por eso lo primero que hay que hacer cuando llegue la revolución es quemar el Registro de Bienes Raíces; en que el amor sea libre, no limitado por leyes; sin policía, porque no será necesaria; sin ejército porque no habrá guerras; destruyendo la propiedad se acaban las guerras; sin iglesias, porque el amor entre los seres humanos habrá ya efectivamente nacido y todos seremos uno”.</p>
<p>En este sentido, rescato también la reflexión de González Vera en su libro <em>Algunos</em>, respecto de las variadas y múltiples ocupaciones que desempeñó Rojas desde muy temprana edad, particularmente sobre su escasa permanencia y constante mudanza en aquellos oficios:</p>
<p>“No cabría decir que los dejara por arribismo. Se convirtió en anarquista siendo muy joven y éstos ansían abolir las clases, y aman los oficios, sobre todo los manuales, porque pretenden organizar una sociedad en que solo haya trabajadores. Algo vago, indeciso, lo conducía a cambiar de tarea cada cierto tiempo.”</p>
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		<title>Nacido en tierra de nadie</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 02:06:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto Contreras</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Manuel Rojas no es chileno.</p>
<p>Pesa decirlo, pero es así. Él mismo se encargó de fijar sus datos biográficos, basándose en algo tan relativo como las calles donde vivió, las casas donde habitó, &#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Manuel Rojas no es chileno.</p>
<p>Pesa decirlo, pero es así. Él mismo se encargó de fijar sus datos biográficos, basándose en algo tan relativo como las calles donde vivió, las casas donde habitó, los países que recorrió, dejó, olvidó y se dispuso a recordar en hojas que luego fueron libros. El narrador chileno más importante del siglo XX nació en 1896 por casualidad en Argentina. Si el azar no fuera el destino decididamente nómade de sus padres, dos chilenos aventureros, medio vagabundos, que lo trajeron recién a los cuatro años a Chile. Luego vendría, por su cuenta y medios, de polizonte en trenes de carga, a pie, a caballo, otra vez a pie, conviviendo con seres imposibles fuera de la ficción, pero demasiado entrañables, y que a sus 16 años supieron quedar plasmados como un registro futuro de sus escritos. Hablamos del 29 de abril de 1912, fecha en que fijamos ese arribo, acaso definitivo, para continuar errante, pero con punto de retorno Chile.</p>
<p>Con Manuel Rojas uno podría confirmar que la patria de un escritor es su escritura.</p>
<p>Pero es más que eso. O justamente, son los límites de esa frontera que intentamos delinear, o dibujar como forma de etiqueta, la que nos ayuda a confirmar su condición de escritor irrenunciable. Suena extraño advertir que fuera esa supuesta difuminación, suerte de autoexilio e invisibilidad, la perspectiva que jugara a su favor, para mirar, oír, oler, sentir, desear, aborrecer, y conseguir nombrar lo desconocido, seguro de que todo eso también en él había habitado desde siempre. Sus cuentos, novelas y, por extensión, su poesía, constituyen algunas de las páginas más altas de nuestra literatura.</p>
<p>Porque Rojas, acaso sin quererlo y como buen anarquista, materializó un programa ideológico de negación, al hacer del <em>laburo</em> una fuente de autodeterminación, lucha y desprendimiento, pasando por los oficios más peregrinos, convencido de que no era el trabajo lo que dignificaba al hombre, sino la creación fundada en el ocio y el conocimiento desarrollado en la aventura. Lo gritó tanto con Salgari, Quiroga, Gorki; lo mismo con Propotkin, Malatesta, Bakunin; así como con sus contemporáneos, los escritores Gómez Rojas, González Vera y el grupo de Los Diez.</p>
<p>Es difuso su origen, y esa sensación de desarraigo, una constante también de su obra, la podríamos explicar con su conversión ácrata, al querer cuestionar el concepto de nacionalidad o ciudadanía impuesta por el Estado. Porque así, al relativizar el ser chileno o argentino o americano, logró convertirse en un hombre de ninguna parte. ¿Universal? Ocurre en sus primeros relatos, en “Laguna”, “El cachorro”, “Un espíritu inquieto”, “El vaso de leche” (“obra maestra de la cuentística hispanoamericana”, como dijera Ariel Dorfman) y, por supuesto, desde las primeras páginas de <em>Hijo de ladrón</em> (1951) para reconocer aquel sujeto en crisis que instaló de golpe en nuestras letras, cuando el criollismo parecía no querer abandonar las haciendas y por otro lado el realismo-social hacía charcos, a contraluz, o más bien en las sombras, en momentos cuando la literatura universal ya se había revitalizado con la mixtura de géneros, la prosa poética, el monólogo interior, la corriente de conciencia. Estamos citando a contrapelo sus lecturas de Proust, Joyce, Faulkner, todos modelos narrativos que un desconocido Manuel Rojas venía ensayando en sus escritos: “¿Cómo y por qué llegué hasta allí? Por los mismos motivos por los que he llegado a tantas partes. Es una historia larga y, lo que es peor, confusa. La culpa es mía<strong>: </strong>nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil; y mi memoria no es mucho mejor<strong>: </strong>salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada”.</p>
<p>Recuerda Carlos Droguett, en <em>Materiales de construcción</em> (1980), con ese tono apesadumbrado que le conocemos, que si bien Rojas recibió el Premio Nacional de Literatura en 1957, nunca pudo cobrarlo. O no en la forma de una pensión vitalicia, como quedó instituida en 1970, porque como es sabido había nacido en Argentina y nunca habría regularizado esa situación: “Hasta el día de su muerte fue perseguido, aunque parezca mentira, por el fantasma antiguo y tan exigente de la falta de certificado. Al ingresar a Chile por primera vez, siendo de hecho muy niño tuvo problemas para cruzar la frontera por no exhibir un documento consular o un pasaporte que acreditara que tenía derecho para entrar a la tierra de sus padres”. El mismo Droguett dice haberle conseguido su certificado de jubilación de la Caja de Previsión del Hipódromo Chile, donde vendió volantes durante algunos años, y así pudo acreditar la condición laboral ante el organismo que antes le negaba su pensión. Para entonces se encontraba más enfermo de lo que él mismo suponía, recuerda. También describe sus funerales con la imagen de una chimenea y “el humito subiendo sereno en el crematorio del Cementerio General”.</p>
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		<title>Cuando &#8220;Laguna&#8221; construía el ferrocarril Trasandino</title>
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		<pubDate>Fri, 11 May 2012 02:05:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gonzalo Córdoba</dc:creator>
				<category><![CDATA[Dossier]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Los siete habitantes permanentes de Las Cuevas miran pasar la vida entre militares y viajeros, ¿cómo será ver casi únicamente milicos y pasajeros? El antiguo tren Trasandino ya no pasa por sus vías &#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Los siete habitantes permanentes de Las Cuevas miran pasar la vida entre militares y viajeros, ¿cómo será ver casi únicamente milicos y pasajeros? El antiguo tren Trasandino ya no pasa por sus vías y la vida se herrumbra como los rieles. Esta tierra quemada es el último pueblo en el camino terrestre a Chile, en lo que hoy conocemos como Paso Cristo Redentor, por una monumental estatua entre los cerros. El primer pueblo por el lado argentino en este camino es Las Cuevas, y así se recibe al visitante o al hermano: con un extenso eriazo y un despliegue militar.</p>
<p>Manuel Rojas anduvo por Las Cuevas cuando nombre alguno había para esa tierra inhóspita. ¿Qué hacía allí? Trabajaba. Aunque prefiero decir que como buen anarquista abría los caminos de la interacción humana. Sin embargo, fueron sus manos entre tantas otras las que construyeron las vías de un ferrocarril hoy herrumbrado. Si su literatura fue de pura vitalidad, es porque su vida también lo fue. Razón por la que aún encontramos sus huellas en este paraje.</p>
<p>Pensar que la vida es digna de hacerse literatura, cuando no deja ser libertad en estado primitivo a la deriva… En eso se pueden pasar las horas posteriores a la lectura del cuento “Laguna”. Y entonces pensar en toda la literatura que ha pisado estas mismas callejas, estas mismas vías herrumbradas, y querer ser digno del recuerdo viviendo de pie esta existencia, haciendo más pesada la mochila de experiencias para que las patas se entierren más y el planeta entero sienta que estamos pisando firme.</p>
<p>Todo esto y mucho más atraviesa el alma cuando tenemos frente a nosotros esa literatura de la vida que es la vida hecha literatura, con que nos golpeó en la cara Manuel Rojas. Y claro, hay una vía que divide en dos un pedazo de tierra, pero hay también un tren que une y que permite el viaje, <em>la interacción</em>. Y es más, hasta se puede ver la vía como escalera horizontal y aceptar el viaje sin pensar si vamos al cielo o al infierno. Aceptar. ¿Aceptar? ¿Cómo aceptar y hacer la propia voluntad? ¿Cómo leer el vitalismo y hacer literatura vitalista? ¿Cómo hacer la vía y transitarla?</p>
<p>Hoy el quebracho de los durmientes persiste mientras el hierro se oxida y comienza a olvidar el traquetear metálico. Pero el quebracho firme no olvidará las manos duras que lo dispusieron, y se queda, nos quedamos estáticos soportando el destino. Al mismo tiempo, pienso en que estas líneas deberían haber aportado alguna certeza; sin embargo, solo quedan preguntas. Busco la vía. Solo encuentro un camino.</p>
<p align="right">Mendoza, abril de 2012</p>
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		<title>Por un espacio entre la oralidad y la escritura</title>
		<link>http://www.carcaj.cl/2012/04/por-un-espacio-entre-la-oralidad-y-la-escritura/</link>
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		<pubDate>Sat, 21 Apr 2012 04:41:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patricia Moscoso</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevista]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><strong>Entrevista a Elicura Chihuailaf.</strong></p>
<p><em>Dice que quiere salirse del marco del poeta mapuche, de la postal. Que después de años de intentar un diálogo con la sociedad chilena es necesario crear una tensión </em>&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Entrevista a Elicura Chihuailaf.</strong></p>
<p><em>Dice que quiere salirse del marco del poeta mapuche, de la postal. Que después de años de intentar un diálogo con la sociedad chilena es necesario crear una tensión desde el punto de vista de la escritura, para que todas las miradas se distancien y así lograr que los chilenos asuman lo que</em><em>, hasta ahora</em><em>, no han hecho: su hermosa identidad. O dicho según la visión mapuche, aceptar que en un jardín pueden convivir distintas flores. “<strong>Porque el esfuerzo de entender a la sociedad chilena lo hemos hecho nosotros los mapuche y no ha ocurrido a la inversa”, señala.<span id="more-3041"></span></strong></em></p>
<p>Elicura Chihuailaf Nahuelpan, poeta bilingüe, ganador de Premio Mejores Obras Literarias del Consejo del Libro y la Lectura –poesía (1994) y ensayo (2000) y traducido a varios idiomas, vive desde hace un par de años en Kechurewe, Cunco, a 70 kilómetros de Temuco, en la comunidad donde habitaron sus abuelos, sus padres, tíos y hermanos. Allí, en un espacio rodeado de árboles nativos –donde los choroyes conviven en constante algarabía con otros pájaros, enmudeciendo ante la presencia de un ave rapaz– sueña y toma notas para sus futuros libros. En este lugar, en la casa azul que ha ido sanando de las heridas producidas por sucesivos terremotos, conversamos acerca de su poesía y el anhelo de un diálogo entre las culturas.</p>
<p>Para explicar la multiculturalidad Elicura apela a un pensamiento de sus antepasados mapuche, que hablaban del jardín de todas las tierras. “Ellos hacen la metáfora con las flores y dicen, <em>¿Qué sería de nuestro jardín si solo hubiera flores azules, que son nuestras predilectas, porque es el color que nos habita, desde donde venimos, el azul del oriente</em>. Todos los mundos indígenas consideran que el pensamiento, la cultura, es como una flor y el jardín está conformado por muchas flores, de todos los colores, y formas, que a veces se parecen, pero son únicas. Y tiene que ver con la identidad, porque uno solo puede amar lo que conoce, lo que le ha tocado, pero para aceptar de manera profunda el que haya otras flores, otras visiones que enriquezcan nuestra conversación, hay que conocer de la manera más profunda lo que nos ha tocado”.</p>
<p><strong>Hay distintas maneras de aproximarse a la escritura. A tu juicio, ¿existe en Chile poesía mapuche?</strong></p>
<p>- Claro y tal como sucede con la poesía chilena, donde hay una diversidad de voces; del mismo modo como se reconoce que no hay una historia sino varias historias. Hoy, mayoritariamente, la poesía mapuche se hace desde la ciudad y muchos de los que escriben, hermanos y hermanas de una generación distinta a la mía, han hecho una búsqueda de lo que es nuestra visión de mundo, el conocimiento de nuestra gente; porque nosotros escribimos desde el lugar de la memoria. Pero, aunque ellos vayan a las comunidades pregunten y conversen, lo que resuena es la ciudad y no la naturaleza. Lo que nos une y puede considerarse aglutinador es el deseo de continuar siendo mapuche con todas las transformaciones que eso implica en la historia de cada uno.</p>
<p><strong>El catalán Lluis Llach –cuya resistencia a componer y cantar en español durante la dictadura franquista le costó un largo exilio– declaró que él no puede crearcantar ni componer en otra lengua que no sea la suya, porque lo que quiere decir no resuenan igual. ¿Qué le dice eso?</strong></p>
<p>- Es largo de conversar, pero en el tema de cómo instalarme como mapuche me adscribo a lo que señaló el estudioso francés George Mounin quien al referirse a la traducción dice que los idiomas son eclécticos, por ende, posibles de ser traducidos. Si lo llevamos al tema de dónde escribe o cómo escribe, creo que en ese ejercicio los seres humanos perdemos y ganamos aún cuando nos hacemos las mismas preguntas: ¿<em>de dónde venimos hacia dónde vamos?</em>. Los principales relatos ancestrales tienen que ver fundamentalmente con eso. Acá tenemos el <em>epew</em> de Kai Kai y Treng Treng, por ejemplo (que habla del enfrentamiento de las fuerzas negativas y positivas). A mí me parece que es posible llevar el ritmo de un idioma a otro, perdiéndose ene ste trasvasije gotas esenciales, claro.</p>
<p><strong>Pero, cuando piensas o cuando escribes ¿lo haces en mapudungun o en castellano? </strong></p>
<p>- Indistintamente, aunque en diferente constancia. Nosotros crecimos en un ámbito bilingüe. Mi abuelo hablaba un poquito de castellano, mi abuela vivía sólo en mapudungun, y nuestros padres, por el sufrimiento que habían tenido en las ciudades, se empeñaron en hablar casi siempre en español. Mi abuelo que era el Lonko (jefe) de nuestra comunidad nos decía: “Tienen que aprender a hablar bien el castellano, porque nosotros por no saberlo perdimos nuestras tierras. Pero no olviden nuestra cultura lo que son ustedes”. En esa visión, cuando me encontré fuera de la comunidad –aunque nunca estuve desvinculado de ella– me di cuenta que la espiritualidad, su sonoridad, es inevitable (la mapuche, en mi caso), aunque hables castellano. A mí me tocó ser parte de una generación que tuvo que darse la tarea de no perder lo que nos ha estado habitando desde la infancia. En la universidad nos juntábamos con otros estudiantes mapuche para repasar nuestro conocimiento y aprender más. Eran tiempos de dictadura y fue en esa época cuando salió mi primera publicación, un folleto de tirada mínima, impresa por un grupo de compañeros chilenos que tenía un mimeógrafo, que utilizaban para hacer propaganda contra el régimen militar.</p>
<p><strong>¿Cómo y cuándo empezaste a escribir? </strong></p>
<p>- Empecé a escribir por nostalgia siendo estudiante interno en el Liceo de Temuco. Habría que aclarar que para nosotros <em>nostalgia</em> no significa lo mismo que para la chilenidad: nostalgia es querer estar cerca de lo que se ama y lo que se ama no nos entristece, sino que nos llena de deseos de estar en el lugar. No eran poemas, sino una conversación conmigo mismo y era en castellano, con algunos párrafos en mapudungun, pero escritos a mi manera tal vez indescifrable para otros, como lo había leído en el periódico “La voz de Arauco”que cuando estudiantes- dirigieron mis padres (medio de expresión del centro Newentuayiñ, en los años 30).</p>
<p>- Mucho más tarde tuve m encontré con don Anselmo Raguileo, autor de uno de los alfabetos existentes del mapudungun, quién me enseño a escribir. Yo había salido de la universidad y no sabía de nadie que estuviera escribiendo poesía, aunque había un referente: Sebastián Queupul pero su producción era mínima y no la conocía entonces. Fue un tiempo de mucha soledad, Pero salí de esa intimidad para sumarme a quienes ocupaban la escritura para rebelarse contra el sistema militar. Íbamos a las concentraciones, íbamos a leer a los pueblos pequeños, y sufrimos la represión, el allanamiento de los vehículos en los que andábamos, apedreo a nuestras casas. De esa manera, en un espacio absolutamente intercultural, avancé en el ámbito de la poesía De esa manera, en un espacio absolutamente intercultural, avancé en el ámbito de la poesía y teniendo poco a poco más claro que mi pensamiento no se daba de la misma manera que los hablantes en castellano.</p>
<p><strong>“SI UNO QUIERE CONOCERSE A SÍ MISMO DEBE ENTRAR A SU INTERIORIDAD”</strong></p>
<p><strong>¿Cómo fue ese proceso?</strong></p>
<p>- Poco a poco me di cuenta de que marcaba el ritmo poético mapuche y cuando aprendí a escribir con don Anselmo, en su alfabeto –que después empecé a mezclar con el alfabeto unificado– vi que en muchos momentos era más pertinente el mapudungun para trabajar las cadencias que había escuchado en mi comunidad (aquí había una tía que expresaba sus sentimientos en cantos y mi padre era un brillante orador en mapudungun). Al trabajar en esta lengua vi que la sonoridad, la visión, con la que escribo o reflexiono en castellano no era la misma. Mirado a la distancia, una primera gran diferencia era la emotividad. Acá siempre nos decían que si uno quiere conocerse a sí mismo debe entrar a su interioridad, porque somos habitados por el infinito, porque tenemos un derrotero de estrellas, porque nuestro espíritu es azul y eso significa un pedazo de infinito que habita nuestra corporalidad . Conversando, he sabido que el habla proviene de la emoción. Y en eso cada habla tiene un ritmo distinto, aunque-como te dije-puede llevarse o acercarse a otras hablas también.</p>
<p><strong>Y eso es determinante para la manera manera de construir…</strong></p>
<p>- Claro. Yo siempre he dicho que uno de los poemas en que más me acerqué a lo que es este espacio es<em> We Tripantu (Año Nuevo),</em> que es un canto. Como tú debes saber el cuatro es fundamental para nosotros, porque marca las diversidades, los planos vertical y horizontal de la tierra y del universo. Este poema parte diciendo: Ese poema parte diciendo: Meli,meli, Meli meli / Kiñe trafoy metawe mew mvley Antv   uno lo puede cantar (lo hace). Por ello, frente a mi mismo, en el diálogo entre mi espíritu y mi corazón, me siento privilegiado, contento de haber capturado esa sonoridad del mundo que habité y que habito en esta comunidad.</p>
<p><strong>¿Qué pasa cuándo te sacan de ese hábitat?, ¿hay una ruptura con el lenguaje y con la manera de expresarte?</strong></p>
<p>- A mí me parece que no hay una ruptura, sino que se mantiene esa sonoridad, aun cuando uno escriba en castellano. Yo diría que hay una especie de diálogo, que no alcanza a ser confrontación, un diálogo en tensión. Cuando uno alcanza esa sonoridad de lo que escuchó, porque yo escribo desde la memoria sobretodo de mi infancia,. y lo “traduce”, el castellano cobra un giro distinto. Por ejemplo, en We Tripantu digo: <em>Cuatro, cuatro,cuatro cuatro,/ y el Sol en un cántaro quebrado/ Entre las hierbas las aves/esconden sus cabezas/y parece que la vertiente posee el murmullo de tu corazón.</em> Cuando empiezo a indagar en la escritura chilena, encuentro que esa visión de mundo se introduce y se devuelve. Por ejemplo, Neruda dice “rodé por las estrellas, mi corazón se desató en el viento”. Yo, veo que ese decir no es la constante en el habla castellana sino que está permeada por lo indígena, específicamente por lo mapuche. Vuelvo a lo que decía antes: creo que los idiomas son eclécticos y en la traducción uno gana y pierde. Algo que puede ser muy simple en mapudungun, al traspasarlo al castellano cobra un brillo distinto y viceversa.</p>
<p><strong> “¿QUIÉN NOMBRA ESE ESPACIO QUE HAY ENTRE LA ORALIDAD Y LA ESCRITURA?”</strong></p>
<p><strong>Has mencionado en otras entrevistas el concepto de <em>oralitura</em>, que lo desarrolló un historiador africano, ¿cómo lo ves en tu trabajo?</strong></p>
<p>- La primera vez que usé esa palabra fue en México en un encuentro de escritores indígenas y nacionales, sin saber que dicho concepto ya existía. Mientras escuchaba las respuestas  a la pregunta <em>cómo escribes, </em> se me iba revelando cómo era mi propio proceso. Para la poesía necesito dos cosas solamente: una, escribir a mano y, otra, estar lejos, en la ciudad. Entonces dije, yo entro como a un sueño en el cual doy vueltas; me levanto y ando caminando y no escribo, tal vez una nota en la semana, de repente varias notas en un mes, hasta que llega el momento en que necesito contar ese sueño. Por eso no escribo todos los días ni requiero un espacio determinado para soñar. Así, conociendo ya algo de la escritura indígena, pensé: nosotros venimos de la oralidad y aunque tenemos semejanzas y diferencias en nuestras visiones de mundo, tenemos en común –al hablar y escribir- la permanente emoción de lo que decimos. Ninguno de nosotros habla de algo que desconoce. Es como si escribiésemos en el mismo ámbito, porque ahí están las tensiones de la historia frente a los Estados nacionales que nos sojuzgan o pretenden avasallarnos. Eso es así, con todas las dificultades que conlleva; pero también con todas las posibilidades, porque nos empujan a pensar en lo que eso contiene.</p>
<p>- Hilvano esto de la siguiente manera: cuando caminamos va un pie adelante y otro atrás ¿quién nombra ese espacio que se produce entre ambos pies? ¿Quién  nombra el trayecto que hay entre la oralidad y la escritura?. Yo habito en ese espacio que no es ni la oralidad ni la escritura. De momento, la oralitura visibiliza esa realidad. Este neologismo, que es distinto en su contenido al acuñado por los antropólogos estadounidenses en África (años 80), que dice que la oralitura es todo escrito generado desde o en torno a lo nativo, para nosotros es la escritura hecha desde o al lado de la memoria de nuestros antepasados, intentando alcanzar su profundidad y sostener su emoción y musicalidad, mediante la vivencia y el diálogo lo que la hace universal, más que por la investigación. La oralitura incluye, no excluye ni reduce.</p>
<p><strong>Volviendo al inicio de esta conversación, dijiste que ya no harás más libros bilingües (mapudungun-castellano), porque te parecía reduccionista ¿Puedes explicar esta decisión?</strong></p>
<p>- Será por un período, no es algo definitivo. De momento nosotros estamos en la memoria del idioma y, por lo tanto, la lucha por aprenderlo y mantenerlo. La precariedad en que viven nuestras lenguas hace que nos rebelemos y no soy el único en esto: en otras lenguas también lo han hecho, frente a esta tensión negativa en la que nos sumen a quienes estamos escribiendo y nos transforman sólo en material de estudio de “lo local”, reduciéndonos una vez más. Aquí la “literatura” mapuche se ha denominado de diferentes maneras y según los académicos requiere de ciertas características localistas (en su difusión y valoración) y casi inamovibles. De eso quiero rehuir, no de lo que soy,¡en ningún caso!, sino de la forma en que nos van anquilosando –con demasiada frecuencia- los medios académicos y comunicacionales.</p>
<p>- Creo que en mi escritura he hecho un camino medianamente largo de lo que se supone, desde la perspectiva chilena, que debe ser un mapuche propiamente tal… Pero veo que esto se alarga y la sociedad chilena sigue sin asumir su hermosa morenidad, su identidad (su almidad). Por eso pienso que desde el punto de vista de la escritura hay que crear una nueva tensión y llamar a la urgencia para que las miradas se distancien nuevamente y recuperen la nitidez, para que de modo sincero y profundo se reconozca la maravilla que implica la diversidad. Hubo un momento en que parecía que había una convergencia en la necesidad de visibilización y diálogo entre lo indígena y lo chileno, pero después de décadas nos damos cuenta que no es así; como ocurrió en México, que creíamos que era una lumbrera en este aspecto y vemos que está –en lo profundo- casi en el mismo nivel que en otros países;</p>
<p><strong>“EL ESFUERZO DE ENTENDER A LA SOCIEDAD CHILENA LO HEMOS HECHO NOSOTROS LOS MAPUCHE Y NO HA OCURRIDO A LA INVERSA”</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En México se traicionó la palabra, me dijo Laura Esquivel en una entrevista. </strong></p>
<p>- Exacto. Pero no solamente en México, porque la palabra finalmente se pronuncia no sólo con ritmos y sonidos determinados, sino también con una gestualidad que la válida, la reafirma y la renueva . Mientras en el mundo indígena (originario o nativo o como quiera llamárselo) la palabra, siendo oral o escrita era un documento, y sigue siéndolo, me parece no sucede de igual manera –en lo general- en las sociedades nacionales. Y eso plantea un problema de perspectiva de lo poético, de la palabra: por un lado como belleza y por otro respecto de la carga de sinceridad que requiere, sobre todo cuando tiene que mediar entre comunidades completas, amplias, diversas. Porque la palabra está dicha con ritmos, sonidos y con actitud distinta. Mientras en el mundo indígena la palabra, siendo oral o escrita era un documento, y sigue siéndolo, no ocurría ni ocurre a la inversa.</p>
<p><strong>Aplicado a tu trabajo, ¿cuál sería la propuesta? </strong></p>
<p>- Mi objetivo como incipiente “escritor” no tenía como fin publicar, pues a esta comunidad -en la que nací y crecí- los libros nos llegaron como algo ajeno, como los tractores rompiendo la tierra, como las avionetas surcando el cielo. Ahora como oralitor y poeta creo que debo seguir dando cuenta de lo que siento, como la persona mapuche que soy y que le ha tocado el privilegio de andar por el mundo llevado por sus pensamientos, y por eso no pretendo innovar ni ser distinto de un libro a otro. Mi conversación es siempre la misma, pero con nuevos atisbos (a fuerza de preguntas) que creo la enriquecen; mis libros son un sólo libro. <em>Lo que pretendo ahora es iniciar y cerrar con un poema bilingüe, nada más; para decir desde dónde hablo, desde dónde escribo. El resto estará en castellano o en otro idioma si</em> es el caso, pero no me quedaré en el deber ser (frecuente “tarjeta postal”) según la todavía tan discriminadora mirada nacional.  Te reitero: soy una persona mapuche; soy un oralitor, si acaso: un poeta, un escritor.</p>
<p><strong>Elicura Chihuailaf </strong>ha publicado por LOM Ediciones<em> Recado confidencial a los chilenos (ensayo), </em>y en otras editoriales los<em> </em>libros<em>:</em> <em>El invierno, su imagen y otros poemas; Azules; De sueños y contrasueños; A orillas de un sueño azul; Recado Kallfv Mapu, Tierra Azul; Canto libre; Relato de mi sueño azul. </em></p>
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		<title>El libro es un espejo que contribuye a moldear la racionalidad moderna</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Apr 2012 04:20:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Grinor Rojo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Pensamiento]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Repetiré para ustedes lo que vengo diciendo desde hace ya un largo rato y respecto de lo cual cada vez tengo menos dudas: que la lectura de libros no es una práctica prescindible, &#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Repetiré para ustedes lo que vengo diciendo desde hace ya un largo rato y respecto de lo cual cada vez tengo menos dudas: que la lectura de libros no es una práctica prescindible, que pretender que otras tecnologías de la comunicación que no son el libro lo pueden sustituir y sin que con ello se produzca algún tipo de pérdida y más bien, alegando ganancias, constituye una fantasía y, además, una fantasía peligrosa. Que la tan cacareada “muerte del libro” no es, por lo tanto, ni necesaria ni conveniente. Y sencillamente porque el libro, porque <strong>la lectura de libros, por su misma naturaleza, pone en actividad dimensiones de lo humano que son esenciales</strong>, que si se las deja de lado eso acarrea consigo un recorte en lo más profundo de aquello que nos hace ser lo que somos. Los psicolingüistas nos informan, y lo han comprobado empíricamente, que leer es un proceso de una riqueza enorme y que les reporta beneficios importantísimos a todos quienes lo llevan a cabo. <strong>No se trata simplemente de descodificar unas grafías, para así recuperar la oralidad, el supuesto estado puro (como aseguraba Saussure) del lenguaje. </strong>La cosa es harto más compleja e incluye fases diversas: de descodificación, de comprensión, de interpretación, de cotejo entre lo que se lee y lo que se guarda en el almacén de la memoria, de inferencias, de hipótesis y de especulación creadora. Todo eso está operando en los momentos en que leemos un libro. Una demostración excelente de esta complejidad se produce cuando nos disponemos a leer una novela, lo que como es sabido nos obliga a seguirle la pista al “personaje”. Ese personaje, que empieza siendo un signo vacío (o un grafema vacío: a menudo, sólo un nombre), se irá llenando en el curso de la lectura en la medida en que lo veamos (o lo leamos) actuar y en que podamos cotejar sus actuaciones con las de sus semejantes dentro y fuera del relato. Hay, pues, una relación de uno a uno entre las operaciones de nuestra razón generadora de significado y el invento de Gutenberg. <strong>Lo que podemos hacer con el libro es un espejo de lo que podemos hacer con nuestra razón</strong>, y eso es válido incluso para los libros malos, porque no es algo que dependa de los contenidos sino del cómo esos contenidos se articulan y se expresan, de un lado, y se recepcionan, del otro.</p>
<p>Para decirlo de una manera distinta, la razón moderna es la que acentúa y lleva hasta el extremo de sus virtualidades (el mejor y el peor) algo que los griegos habían descubierto dos mil años antes: la lógica de la consecuencialidad, la que trabaja produciendo inferencias conceptuales. Es una lógica laboriosa y demorada, que funciona en línea recta y cuyo premio es el reconocimiento por parte de quien la hace suya de relaciones inteligentes de carácter cognitivo entre conjuntos simbólicos diversos. Con ella construimos proposiciones y argumentos, y con esas proposiciones y con esos argumentos nos aproximamos a la verdad de lo que somos y del mundo en que vivimos. Y no sólo el vehículo, sino el espejo de esa lógica de la consecuencialidad es el libro o, más bien, lo que hacemos con él. Leemos en el libro los conjuntos simbólicos de marras, los ponemos en relación con otros similares y de esa relación emergen nuevas posibilidades de ser y de hacer. <strong>Parafraseando a Sor Juana, leer es “ser más en el ser”.</strong> Es ser más y, agrego yo, es ser mejor.</p>
<p>Pues bien, toda la arremetida contemporánea postmoderna contra la razón moderna y por cierto, hecha con las armas de la razón moderna, por lo tanto invalidándose a sí misma con el mero acto de su formulación, incide en un desprestigio correlativo del libro y la lectura. Mi ejemplo favorito es el de uno de los proyectos de Mejoramiento de la Educación Superior (MECESUP) que hace algunos años ganamos en mi lugar de trabajo, el Centro de Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile, y que incluía en su presupuesto un renglón para la compra de libros. <strong>Los funcionarios del Ministerio de Educación de la época nos pidieron que lo elimináramos y que lo reemplazáramos con un renglón que nos procurase dinero para contratar sitios de Internet</strong>. Nos les hicimos caso, por supuesto, y menos mal que no insistieron.</p>
<p>Pero es un buen ejemplo del estado de la cuestión entre nosotros. En una América Latina que tiene una población total de un poco más de quinientos millones de personas y donde hay bastante más que cuarenta millones de analfabetos (para no decir nada de los analfabetos funcionales y los semialfabetos. <strong>En Chile, las estadísticas hablan de un 24% de adultos de más de cincuenta años que son analfabetos funcionales y de un 40% de niños que salen de la enseñanza básica sin haber aprendido a leer correctamente)</strong>, la superficialidad burocrática nos sugiere la conveniencia de que nos saltemos esa etapa y de que entremos de lleno en la que sigue: la de las tecnologías de la información y la comunicación. <strong>Que los muchachos aprendan a leer en los computadores cuando todavía no saben leer en los libros, eso es lo que esos burócratas quieren.</strong> Pero, ¿da lo mismo y hasta es mejor una cosa que la otra, como ellos presumen? Si decimos que sí, estaremos dando por buena la tesis que afirma que sólo se trata de un “cambio de soporte”. El libro no habría desaparecido, seguiría estando disponible para nosotros, sólo que con un traje nuevo. Cuando el problema se complica es cuando decimos que no. Porque decir que no equivale a decir que no da lo mismo Juana que Chana, que la diferencia no reside únicamente en el soporte. <strong>El hipertexto no es, en definitiva, para los que piensan de esta otra manera, una versión mejorada del texto, sino la introducción de una forma distinta de leer y, por consiguiente, de una forma distinta de pensar.</strong></p>
<p>Se entiende, espero, que cuando hago esta contraposición no estoy pensando en la digitalización de unas obras que de ese modo se ponen al alcance de muchos y de lo que ojalá hubiera mucho más (más ediciones Ayacucho disponibles en la red, por ejemplo), ni en tecnologías tales como la de los libros electrónicos<em>,</em> que efectivamente no involucran sino un cambio de soporte <em>y a lo mejor para bien.</em> Hablo de la textualidad del libro y la textualidad del hipertexto y de la diferencia entre la lectura de una y la lectura de la otra.</p>
<p>Y de estar en lo cierto la posición que afirma que se trata de actividades diferentes, ¿en qué consiste la diferencia? Básicamente, en dos elementos, creo yo: en el reemplazo de la lectura lineal por la lectura espacial y en el de la lectura basada en la consecutividad y la consecuencialidad (el acceder a los significados unos detrás de las otros y teniendo en cuenta la dependencia lógica de los posteriores respecto de los anteriores, como lo expliqué arriba y como me lo enseñó el profesor César Bunster hace ya más años de los que quiero recordar) por una lectura basada en la yuxtaposición. Agréguese a eso el reemplazo frecuente de la letra por la imagen y el del regodeo demoroso y cauteloso por la iluminación instantánea.</p>
<p><strong>Personalmerne, confieso que no estoy para nada convencido de que las novedades de la lectura hipertextual obsoleticen a la lectura textual</strong>. En rigor: no estoy para nada convencido de que la espacialización de la información incluya y supere a su exposición lineal y que la simultaneidad receptiva sea preferible a la recepción de tiempo largo, la que analiza y pondera con prudencia y sin apuro. Creo, por el contrario, que se trata de procesos diferentes y valiosos ambos, pero cada uno a su manera y cada uno con sus propios resultados. <strong>El libro, que como dije es el espejo de la racionalidad moderna, lo es no sólo porque la refleja sino porque contribuye también a moldearla.</strong> Por su parte, la racionalidad moderna es el fundamento del mundo económico, político, social y cultural en el que hemos vivido durante los últimos doscientos o más años. El capitalismo hegemónico y el socialismo contrahegemónico, la división de los poderes del Estado, las sociedades urbanas (o, mejor dicho, la organización urbana de las sociedades) y el ensayo y la novela son todas creaciones de la racionalidad moderna  a las cuales el libro acompaña y moldea.</p>
<p>¿Queremos tirar todo eso por la ventana? O, para ponerlo en los términos del título de este panel: <strong>¿Queremos que el ciudadano, que es el arquetipo social de la modernidad, así como su proyección en la conducta política, que es el ejercicio de la ciudadanía, desaparezcan del mapa?</strong> ¿Preferimos, como andan diciendo algunos de esos primitivistas que no parecen haberse enterado de que el primitivismo es también una creación de la cultura moderna, un retorno a la “epistemología ancestral”? De acuerdo, la racionalidad moderna ha producido monstruos. El capitalismo, y el capitalismo desembridado, como el contemporáneo, sin ir más lejos. Pero, ¿justifica eso el que se la dé por extinta y, de rebote, que se dé por extinto a su correlato indispensable, el libro? No lo creo yo así, lo he dicho antes y lo repito de nuevo ante ustedes. <strong>Los filósofos de Frankfurt postularon hace años que la modernidad ponía en circulación por lo menos dos razones: la instrumental y la emancipadora. </strong>¿Vamos a castigar a la segunda por los pecados de la primera? ¿Vamos a condenar a los libros porque los libros fueron, porque han sido, en algunas ocasiones, instrumentos perversos?</p>
<p>Y ya que estoy hablando de los libros que han estado al servicio de la perversión, déjenme pasar ahora brevemente al segundo tema de este panel, a la cuestión editorial o, para circunscribir mejor el fenómeno, a la cuestión editorial tal y como ella se viene dando en nuestro país.</p>
<p>Yo veo, en este sentido, un campo de tres, y no más de tres, contendientes (adviértase a propósito que no contamos en Chile con algo que los franceses sí tienen: un sector de ediciones públicas que se encarga de imprimir libros de valor educativo o de interés nacional). En primer lugar, existen hoy día <strong>en Chile las transnacionales del libro, que no son sino la expresión en este terreno de la práctica de las transnacionales que dominan y hacen de las suyas en el capitalismo global</strong>. Son, por lo tanto, entidades cuyo fin es generar dinero para unos accionistas que pueden estar en Nueva York o en Timbuctú. O, para citar nuevamente a los de Frankfurt, son una de las formas actuales (“globales”) de las “industrias de la cultura”. Y puesto que el capitalismo global no es sólo un modelo económico, sino un modelo de vida (creo que pocos estarán dispuestos a discrepar con este juicio), ellas colaboran con él. Los postmodernos suelen hablar, para celebrarlo, del “ciudadano consumidor” o, en otras palabras, de la desaparición contemporánea del ciudadano moderno, de aquel que se definía en la relación con sus vecinos en la urbe y en el trabajo que hacían todos juntos en pos del establecimiento de una vida más libre y más plena, y la aparición en cambio de otro tipo de ciudadano, uno que ahora se estaría definiendo en su relación con el consumo y las satisfacciones que él le proporciona. Es este otro un ciudadano al que el gobierno de la urbe no le interesa, que está demasiado ocupado atendiendo a su bienestar y el de su familia como para preocuparse del bienestar (o del malestar) de los demás. <strong>Consumir, y no hacer sociedad, está en el centro de su comportamiento.</strong> El consumo, como escribió Tomás Moulian ingeniosamente hace unos años, “lo consume”.</p>
<p>Principalmente para ese ciudadano es para quien imprimen libros las transnacionales del libro, y en el entendido de que lo hacen no sólo para entretenerlo sino para confirmarle la validez de su opción de vida. Que aquellos a quienes Beatriz Sarlo motejó de “populistas de mercado” apuntalen esta opción desde atrás y teóricamente sólo sirve para confirmar un viejo dictamen de Lukács: <strong>que no es posible hacer política de izquierda con una epistemología de derecha.</strong></p>
<p>Ahora bien, un adversario débil de las transnacionales del libro son las prensas universitarias. En Chile, hay varias y algunas de ellas con historias honrosas. No siempre, pero con frecuencia imprimen libros buenos. Pero esos libros, todos lo sabemos y lo lamentamos, se quedan durmiendo en las bodegas. No tienen la distribución que sería deseable y quienes los leen son muy pocos. También incide en la mezquindad de sus alcances el problema de la creciente especialización de la prosa académica, y por lo tanto el problema de su creciente inaccesibilidad, pero ése es un tema para otro panel.</p>
<p>Todo lo cual nos deja con los llamados “editores independientes”, un rótulo que en Chile reúne especies diversas: más y menos grandes (ninguna demasiado grande, en todo caso), más y menos atrevidas, capitalinas y provincianas, etc. Como quiera que sea, aquí es donde de veras crece eso que Bernardo Subercaseaux bautizó como el “espesor cultural” del país. <strong>Después de múltiples altibajos, algunas de estas editoriales independientes han logrado consolidarse y llegar lejos.</strong> Otras están en camino de hacerlo. Como lo señala la carta de presentación de una de ellas, hablan de y publican sobre “el otro Chile”, el que se las ha arreglado para sobrevivir a la globalización neoliberal y a la frivolidad postmoderna y que cada día que pasa abre un poco más los ojos. <strong>Especial mención merecen en este marco las editoriales pequeñas, las que cada año se juntan en este mismo sitio en la “furia del libro”</strong>, generalmente a cargo de muchachos y muchachas muy jóvenes pero persuadidos todos de que ese otro Chile es en efecto posible. También hay que reconocer la labor de las editoriales de regiones, las de Valparaíso, las de Chillán, las de Valdivia y otros sitios. Son los esfuerzos a través de los cuales saca la voz un país que está saliendo recién del largo, larguísimo letargo, en que lo sumió la barbarie pinochetista y a los que yo saludo con esperanza, porque ellos se suman a un esfuerzo mayor: el de liberarnos de una vez por todas de la codicia sin frenos, del autoritarismo desatado y del manoseo solapado e hipócrita de la banalidad.</p>
<p style="text-align: center;">* Ponencia para el Coloquio <strong>“Chile-Francia. Edición independiente: espacio público, repertorios de acción y modelos organizativos”</strong>, el 4 de abril de 2012 en el Centro Cultural Gabriela Mistral de Santiago de Chile.</p>
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		<title>Vejaciones y abusos en la comisaría premiada</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Mar 2012 16:00:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carcaj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde las 23:30 del pasado jueves 15 y hasta las 00:50 del viernes 16 de marzo, tuve la oportunidad de conocer la 38va Comisaría de Puente Alto como usuario que quiso ejercer sus derechos ciudadanos. Sólo posteriormente, me enteré por el sitio web del municipio respectivo, que  un <em>ranking </em>de la empresa Global Altus, la había situado como el mejor cuartel de Latinoamérica durante 2010.

La noche de jueves estaban convocadas manifestaciones y caceroleos en apoyo de Aysén. Ese territorio de esforzados colonos que, de pronto y como respuesta a viejas y transversales demandas, resultaba ocupado por fuerzas policiales aerotransportados en poderosos aviones “Hércules”, con lluvia de lacrimógenas y balines, en vez de estrellas fugaces en la quietud de la noche patagónica.

Esa noche, al enterarnos de que nuestra hija Anaclara de 19 años, estudiante de segundo año de Historia en la  Universidad de Santiago (USACH), había sido detenida por carabineros en las inmediaciones de la estación de Metro “Elisa Correa” de Puente Alto nos desplazamos rápido junto a su madre.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde las 23:30 del pasado jueves 15 y hasta las 00:50 del viernes 16 de marzo, tuve la oportunidad de conocer la 38va Comisaría de Puente Alto como usuario que quiso ejercer sus derechos ciudadanos. Sólo posteriormente, me enteré por el sitio web del municipio respectivo, que  un <em>ranking </em>de la empresa Global Altus, la había situado como el mejor cuartel de Latinoamérica durante 2010.</p>
<p>La noche de jueves estaban convocadas manifestaciones y caceroleos en apoyo de Aysén.<span id="more-2999"></span> Ese territorio de esforzados colonos que, de pronto y como respuesta a viejas y transversales demandas, resultaba ocupado por fuerzas policiales aerotransportados en poderosos aviones “Hércules”, con lluvia de lacrimógenas y balines, en vez de estrellas fugaces en la quietud de la noche patagónica.</p>
<p>Esa noche, al enterarnos de que nuestra hija Anaclara de 19 años, estudiante de segundo año de Historia en la  Universidad de Santiago (USACH), había sido detenida por carabineros en las inmediaciones de la estación de Metro “Elisa Correa” de Puente Alto nos desplazamos rápido junto a su madre.</p>
<p>Al comienzo, sólo sabíamos que junto a compañeros de universidad y a otros jóvenes y vecinos de la población “Andes del Sur”, participaba de una marcha en apoyo a Aysén. No sabíamos nada más. Cuando llegamos al moderno cuartel policial, ya se encontraba allí un grupo de familiares y una observadora de DD.HH de casco celeste. De inmediato solicitamos hablar con el jefe responsable. El cuartel lucía impecable, y tenía en forma destacada los retratos del presidente Piñera y del general director González Jure, quizás para dar seguridad de que en ese lugar uno podía tener la certeza imperaba la Constitución, las leyes y los procedimientos correctos en tiempos de Democracia, por más subdesarrollada que esta fuera.</p>
<p>Muy pronto con los demás familiares fuimos reconstruyendo lo sucedido y de allí intuyendo lo que serían esas horas. Una marcha y caceroleo de un centenar de personas que sin mediar nada, era violentamente atacada por piquetes policiales  que equipados como Fuerzas Especiales, habían arremetido con bombas lacrimógenas hacia  las casas, los manifestantes y los árboles (incendiando uno de ellos). Ese piquete protegido en la noche, sus escudos y el anonimato de sus placas de servicio escondidas, había reducido a diez jóvenes con bastonazos, golpes de puño y puntapiés. Entre ellos, la única mujer: mi hija Anaclara.</p>
<p>El suboficial que nos recibió se presentó como Exequiel Jara Merino. Le pedimos ver la condición de Anaclara y nos dijo que no se podía porque “<em>estaban en el registro de antecedentes y constatación de lesiones”. </em>Insistimos en que no estaba incomunicada y que por tanto teníamos derecho a verla. Impasible y caballeroso insistió que no se les podía <em>“distraer”.</em> Pero la verdad era otra y su tarea era la contención nuestra, respecto de lo que sucedía al interior del mejor cuartel del continente.</p>
<p>Entre las 23:00 y las 05:00 luego de la violenta aprehensión, los jóvenes fueron separados y en el caso de Anaclara obligada a desnudarse por dos jóvenes funcionarias, que la obligaron a realizar flexiones en esa condición. Cuando ella les dijo a las carabineras que eso “<em>era un trato vejatorio e ilegal</em>”, las funcionarias sólo le mostraron sus bastones…seguido de amenazas y burlas.</p>
<p>En simultánea, los familiares allí reunidos insistíamos sobre nuestro derecho a ver el estado en el que estaban los detenidos y el suboficial Jara esgrimía <em>“que estaban ubicando al fiscal de turno”.</em> Luego, cuando los sacaron a constatar lesiones, el Hospital Sotero del Río a escasos minutos del cuartel no era el lugar escogido, sino un distante consultorio en la población San Gregorio. En el trayecto hacia dicho recinto y al pasar el radio patrullas frente a un sitio eriazo uno de los funcionarios-aprehensores  le decía a Anaclara: “<em>te podrías perder por allí…”</em> , mientras sus compañeros esposados en otro vehículo eran objeto de burlas y amenazas.</p>
<p>Realizada la constatación de lesiones, hematomas en la boca y piernas en el caso de Anaclara, la esperaba una nueva prueba: un calabozo con dos mujeres detenidas, una por consumo de pasta base y otra por riña. El cargo esgrimido por carabineros ante el fiscal –del que nunca supimos el nombre– fue “<em>desordenes en la vía pública</em>”, que al ser desestimado  significo la libertad incondicional de los diez jóvenes, de ellos dos menores de edad alrededor de las 05:00 de la madrugada del viernes 16 de marzo.</p>
<p>Finalmente, al rencontrarnos en la comisaría con Anaclara y enterarnos de los golpes y la vejación de obligarla a desnudarse, exigimos nuevamente hablar con el suboficial Jara, pero este ya no estaba visible y sólo atendía por teléfono: así le expresamos los derechos violados a nuestra hija y a esos jóvenes estudiantes. Como única respuesta, él reiteraba argumentos vacíos, en ese extraño argot de carabineros, para hablar y no decir nada.</p>
<p>Los derechos del detenido que adornaban las paredes del moderno edificio, sólo fueron leídos al final, cuando habían sido absolutamente vulnerados y los liberados firmaban bajo presión papeles de entrega de sus enseres. Ya lejos de la 38va y queriendo dejar atrás una noche de pesadilla en el cuartel más exitoso de América, al revisar sus pertenencia Anaclara descubría que no estaba su carnet de identidad. Nuevamente nos comunicábamos por teléfono con el suboficial Jara, quien negaba que el documento lo tuviesen en su poder, entones: ¿habían presentado ante el fiscal de turno a una detenida sin identificar? ¿Y en esas condiciones como podían dejarla en libertad? Esa era la gota que faltaba. Nunca supimos donde estaba el Jefe de este “destacado cuartel” el mayor Alejandro Casanova Madrid. Al marcharnos, no tuvimos ningún papel como constancia de las lesiones, porque ello dependía de trámites por hacer ante la respectiva fiscalía. En ese momento las pruebas eran nuestros testimonios y lo que a partir de allí decidiéramos hacer.</p>
<p><strong>“La única opción de la Moneda es mostrar dureza”</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Esa madrugada me aleje pensando muchas cosas. En Manuel Gutiérrez el joven acribillado por la subametralladora de un carabinero en septiembre del 2011 en Macul. En los dichos de aquel entonces del general director: “<em>Si alguien se excede en sus atribuciones, voy a salir a poner la cara por la institución y decir: nos equivocamos, vamos a corregir y determinar las sanciones y voy a ser muy franco en decirlo”</em>. También pensé en la tortura en los cuarteles secretos de la DINA-CNI donde el  desnudo era parte esencial para afectar la dignidad y la condición de ser humano; en la tortura propia en el Cuartel Borgoño el año 84, en la colaboración -judicialmente probada- de carabineros en el secuestro y asesinato de mi hermano el año 86…en todas las denuncias del 2011 de torturas a estudiantes en el trayecto de los buses policiales con golpes y manoseos de parte de los efectivos a muchachas y muchachos reducidos e inermes. El pasado siniestro de Chile reaparecía en la impudicia de funcionarios que, seguro se sentían respaldados y todo ello en una destacada comisaría del sur de Santiago.</p>
<p>Había leído en las noticias de los últimos días dictámenes judiciales que en Temuco amparaban a familias mapuches abusadas en la comunidad Jineo, donde había uso vejatorio e irracional de la fuerza en contra de mujeres y niños, y que en Aysén, en las últimas horas se les prohibía utilizar bombas lacrimógenas y balines en determinadas poblaciones, también por mandato judicial. Luego, el viernes último encontré estas declaraciones del general director sobre los sucesos últimos ocurridos en Aysén: <strong><em>&#8220;</em></strong><strong><em>nosotros analizamos todos los procedimientos y en ese sentido tenemos que ajustar esos procedimientos e impedir que se produzcan ese tipo de acciones o actos individuales por parte de algunos funcionarios&#8230;”</em></strong><strong>. </strong>¿Qué valor tenían todos esos dichos del general González Jure al lado de la evidencia vivida en la 38va comisaría de Puente Alto?<strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>Pero, aún faltaba una pieza clave para entender todo esto. Lo vivido esa madrugada y lo de Aysén, las movilizaciones estudiantiles que se reiniciaban nuevamente en medio de prohibiciones y bombas, apaleos y centenares de detenciones en el centro de la capital, los informes del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) y del Observatorio de la Universidad Diego Portales (UDP) y de otras entidades que continuaban reiterando que la criminalización del derecho a manifestarse por parte de este gobierno ha dejado a carabineros como fuerza de choque con parámetros absolutamente relativizados en sus procedimientos policiales</p>
<p>Eso que faltaba lo encontré el sábado 17 en una entrevista en un medio nacional a Roberto Méndez experto en encuestas que afirmaba: “<em>la única opción de La Moneda es mostrar dureza</em>”, y ello para conseguir estabilizarse en un tercio de apoyo y ver recuperar al menos el 40% en los próximos estudios de opinión. Entonces, conecté todo. Aysén, la 38va, la Ley de Seguridad Interior del Estado, y los propósitos de Hinzpeter y este gobierno.</p>
<p>Difícil  escenario el de un país donde crecientes y disímiles mayorías ciudadanas exigen derechos y levantan demandas frente a un gobierno que no escucha y exacerba conflictos y que además utiliza una fuerza policial lanzada a saltar sus procedimientos, transformándolos en la “normalidad” de su proceder. Una policía que encubre arbitrariedades, realiza  vejaciones y practica la tortura. Una policía que demora la entrega de los detenidos, que los incomunica de hecho, mientras los vejan y niegan mostrarlos a familiares situados a pocos metros.</p>
<p>Hoy los observadores de DD.HH están convertidos en el nuevo “Movimientos Sebastián Acevedo” del cura Aldunate y el INDH, la Defensoría Popular y otras instituciones, en algo así como la Vicaría. Todo un retroceso de nuestra alicaída democracia.</p>
<p>¿Qué hará el general González Jure si de su accionar policial en múltiples frentes depende que el gobierno se mantenga o suba en las encuestas? ¿Qué inventará  Hinzpeter ante nuevas regiones demandando sentidas reivindicaciones? ¿Que sucederá el próximo 29 de marzo, día en que se conmemora el asesinato de los hermanos Vergara Toledo? ¿Qué haremos los ciudadanos de a pie para impedir que la criminalización de la movilización social reinstale la tortura, los abusos y las arbitrariedades en los cuarteles y accionar policial?</p>
<p>Espero que el sembrar terror no les funcione. Como hoy dicen los patagones de Aysén con sus voces sencillas y firmes: no hay que tenerle miedo al miedo.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Ignacio Vidaurrázaga Manríquez </strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong>Periodista.</strong></p>
<p style="text-align: right;"><strong><em>18 de marzo 2012</em></strong></p>
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		<title>La planetaria obra de Neruda</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Mar 2012 14:07:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>David Bustos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Sobre<em> El Mar y la Ceniza,</em> de Alan Sicard, especialista en la obra de Pablo Neruda, que reúne textos acerca de la obra del vate que datan desde 1989 (<em>La palabra silenciosa</em>&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sobre<em> El Mar y la Ceniza,</em> de Alan Sicard, especialista en la obra de Pablo Neruda, que reúne textos acerca de la obra del vate que datan desde 1989 (<em>La palabra silenciosa</em>) hasta el 2008 (<em>Chivilcoy, transeúnte de la posmodernidad</em>). Estos escritos sobresalen por las variadas miradas y cruces en que Sincair lee la obra de Neruda.</p>
<p>Este texto compilatorio, que acaba de publicar Editorial Lom, se inicia con un breve preámbulo para luego dividirse en cinco partes: “El Yo nerudiano”, “Poéticas”, “Lecturas cruzadas”, “Navegaciones y regresos”, y, por último, “Variaciones en torno a dos poemas”.</p>
<p>La obra de Neruda es planetaria, no sólo porque año a año salen nuevas tesis académicas del poeta chileno en distintos lugares del mundo, sino porque además estamos hablando de una obra extensa y monumental. Neruda, es un continente, que contiene variadas regiones y climas dentro de su propia obra y este libro nos entrega generosamente la posibilidad de aproximarnos a uno de los poetas más importantes de América.</p>
<p>El autor advierte que eludirá acercarse a la obra de Neruda desde el aspecto biográfico, señalando una excepción en un par de ensayos. Esta primera tensión desde ya es atractiva, porque como añade el mismo Sincard, la obra del poeta de Parral es eminentemente autobiográfica. Sin embargo la opción del autor es audaz, pues busca <em>su legitimidad en la automitificación que, desde el comienzo, Neruda hace de sí mismo y de su poesía y de la cual el concepto de sujeto biográfico sale profundamente subvertido</em>.</p>
<p>La primera parte del libro,  <em>El Yo Nerudiano, </em>nos invita a explorar la doble modalidad y el doble comportamiento poético que determina el Yo en la obra de Neruda. El ensayista advierte que tiene la ambición de aclarar los malentendidos que hubo y sigue habiendo en torno a la poesía de Neruda y la psicologización del ego. Debo confesar, como primera cosa, que como poeta, me sentí muy curioso de esta indagación, pues sé perfectamente que Neruda ha sido etiquetado como un poeta del Yo, de la primera persona singular, que ocupa un sitio más que destacado a la hora de comunicarse con el Otro. Esa crítica, negativa o positiva a estas alturas, da lo mismo el tinte de la calificación, ha estado presente y se relaciona estrechamente con el  papel de sujeto biográfico que ha (ob)tenido Neruda, dentro de la poesía chilena e Hispanoamericana. Pero no vayamos tan lejos. Sicard reconoce el carácter omnipresente del poeta en todos sus libros, y que además toma como frecuente recurso la autoreferencialidad. Sin embargo la primera incisión que detecta el autor está en <em>Canto general</em>, ese Yo, argumenta enfático, no es ninguna aberración ideológica, sino que –aclara– es la superación de una contradicción que ha venido madurando los diez años de escritura de <em>Residencia en la tierra</em>.</p>
<p>La reflexión acerca del Yo nerudiano de Sincard, nos conduce hasta la denominación de egoexcentrado, ya no el acostumbrado egocéntrico, sino que se refiere a un ego en crisis, que contiene su propia negación y que aspira a su disolución dentro del mundo: la materia, la historia.  Desde ahí el profesor nos propone dos modalidades del Yo nerudiano con la materia: Un Yo Sumergido y un Yo dinámico.</p>
<p>Estas cuestiones específicas acerca del carácter del sujeto textual de Neruda, para algunos lectores pueden resultar agobiantes, sin embargo para los mismos poetas que hoy se mantienen en ejercicio de escritura, me parece, tienen un interés del que es necesario indagar. Digo esto porque el ego hiperdesarrollado, el individualismo, el culto a la persona, es quizás lo más frecuente que ocurra, no sólo en la literatura sino que también en otras áreas de las artes. Digamos que funciona un sistema socioeconómico perfectamente aceitado, que apunta hacia el personalismo en desmedro de lo colectivo, asociativo, cooperativo. La poesía hoy, muchas veces parece fruto de una personalidad y de un carácter, y no de un trabajador (artista) de la palabra, como diría Enrique Lihn.</p>
<p><strong>Neruda material</strong></p>
<p>Otro capítulo en el que quisiera detenerme<em> </em>es <em>Poéticas, </em>específicamente el ensayo <em>Pablo Neruda: la poética de los objetos</em>, que es un de mis preferidos dentro del libro.<em> </em>Al inicio Sicard nos previene, que es preciso ensanchar el marco de reflexión y situarlo también en el estatuto de la materia. Tomando como eje formativo, la toma de conciencia de Neruda por la guerra Civil de 1936, o sea desde el punto de vista de la materia, sería una materia definida por el trabajo humano y sus relaciones socioeconómicas que engendra. Siendo la guerra una de las situaciones más atroces en el que estas relaciones alcanzan su máximo fracaso. Y otro eje, es el no ideologizado, que el autor denomina “lo inhabitado”, que aunque resulte irrisorio, desde el punto de vista del marxismo ortodoxo, es la materia de la que el hombre está excluido de su definición y estatuto.  Todos reconocemos que dentro del imaginario cultural, Neruda es un poeta y coleccionista de fuste, basta conocer sus casas y colecciones de caracolas, insectos, libros, etc. Neruda siempre fue un poeta que se dejó seducir por la material. Por eso Sicard nos presenta sagazmente el texto de Neruda “sobre una poesía sin pureza” texto que conforma uno de los cuatro prólogos de <em>Caballo verde para la poesía. </em>Por cuestión de extensión se me hace imposible extractar este magnífico texto donde Neruda, por así decirlo, nos presenta parte de su cocina literaria, donde cuenta que los objetos deben ser observados profundamente en ciertas horas del día y la noche y que de esa observación detenida se desprende el contacto del hombre y de la tierra como lección para el torturado poeta lírico. El autor certeramente dice que mediante el desgaste de los objetos estos se humanizan y que el sujeto poético a la vez se objetiva: gracias a eso sale de su cárcel individual para salir al encuentro de la realidad. Sincard teje la poética de Neruda de los objetos de manera tan natural, que da la sensación de que es casi inaudito no percatarse de su contundente presencia.</p>
<p>Son varios los ensayos de <em>El Mar y la Ceniza</em> que sorprenden por su rigurosidad y compromiso con la obra de Neruda. A medida que el libro avanza podemos encontrar textos sencillos, que dejan un sabor grato en la lectura como: <em>Neruda y Europa</em>, <em>Neruda Andalucía</em>, ambos de corte más biográfico. Como también otros escritos de carácter imperdible, que invitan a pensar la poesía del poeta de Parral en comunicación y diálogo con poetas excepcionales como César Vallejo, Miguel Hernández, Walt Whitman.</p>
<p><em>El Mar y la Ceniza</em> es un libro que logra formular una difícil combinación entre escritura de ensayo (más académica) y una escritura de autor (más alejada de la academia), sin abandonar en ningún momento la exploración reflexiva, como única herramienta para aproximarse a un poeta del que se ha dicho todo y que, sin embargo, aún no conocemos lo suficiente.</p>
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