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	<title>Carcaj</title>
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	<description>CARCAJ es una revista digital de editorial LOM, que despliega un espacio de debate entre los actores del medio artístico, literario y cultural, así como de difusión ampliada sobre el trabajo creativo y crítico entorno a la realidad chilena y latinoamericana.</description>
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		<title>Ladrones. Historia social y cultura del robo en Chile, 1870–1920.</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Feb 2012 19:27:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carcaj</dc:creator>
				<category><![CDATA[Historia]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>Si bien el tramo que abarca la excelente revisión que hace el historiador y académico, Daniel Palma Alvarado, pudiera resultar lejana y hasta pintoresca, al tipificar y mostrarnos la galería de próceres fundacionales nuestra patria delictual, tiene como gran virtud el animarse a describir, por sobre todo, las circunstancias en que se instala acaso, una de las bellas artes: el robo.</p>
<p>Pues el libro, de entrada, intenta señalar de qué manera el “delito contra la propiedad” se ha utilizado para infundir el miedo que justifique la persecución de los delincuentes y faculte la dura represión de las clases más desposeídas, entre quienes también se ha convertido en matriz de sentido entender, de qué manera, cuando no hay qué comer, se roba por necesidad, y de esos delitos está plagada la Historia no sólo nuestra sino de la Humanidad.</p>
<p>Se habla de lanzas, de cogoteros, bandidos, estafadores, salteadores de caminos, bandoleros, pero no por ello la reducción del periodo evita proyectar -¿qué otra intención podría tener la revisión sino irrumpir en el presente?– al enfatizar de qué modo, la imposición de la burguesía que derivó en una explosión social e instauración de la desigualdad, en las primeras décadas del siglo XX, consiguieron implantar el capitalismo en Chile “comprendiéndose –agrega Palma en su prólogo– a la violencia social y las transgresiones como el resultado no deseado de un sistema que en sí es portador del germen de la delincuencia”. Y más adelante se cuestiona: “¿Estamos ante un fenómeno meramente coyuntural o existe acaso una suerte de cultura del <em>robo chilensis</em>?” Cierto o no, en Chile el robo no sólo se halla entre los marginales desempleados, sino que se practica a toda escala y los últimos años, así como crece la demanda por una mayor seguridad civil, ciudadanos de bien, pagando al tres al cuatro, son estafados, robados, usufructuados en sus pocos pesos o escuálidos ahorros, por esa otra rama que el sociólogo estadounidense, Edwin H. Sutherland, a fines de los años 40’ describió tan bien como <em>white collar crime</em>, algo así como ladrones de “cuello blanco” o &#8220;de corbata&#8221;, diríamos nosotros.</p>
<p>A continuación entregamos algunos pasajes del Capítulo 2 de la Primera Parte, “Alarma en los campos: el bandidaje rural”. Una lectura de verano, altamente recomendada, en tiempos donde todo tiene un precio y el que no corre vuela.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>El Valle Central: cuna de los bandidos clásicos</strong></p>
<p>En el marco de la crisis económica de la década de 1870, los robos se multiplicaron en todo el Valle Central. A las partidas de bandidos que desde el período colonial nunca habían dejado de existir (como los tristemente célebres ‘pelacaras’ de los Cerrillos de Teno), se fueron sumando muchos peones agobiados por el hambre que se apoderaban de animales, principalmente bueyes, que luego faenaban para el consumo inmediato. En</p>
<p>los expedientes criminales y el gran número de solicitudes de indulto que se conservan y documentan la experiencia de la crisis, sobresalen los condenados por abigeato (por lo común, hurtos de uno o dos animales), que en sus súplicas dan cuenta del efecto devastador de esta coyuntura en las economías campesinas. En 1878, la miseria debida a “la mucha escasez que hubo en estas provincias en la época en que se verificó el hurto, octubre del año pasado”, fue invocada por el tribunal de Concepción como atenuante para un hombre que se había apropiado un buey y una ternera en Lebu.</p>
<p>En el contexto de la ruina y del hambre, el robo ocasional se convirtió en una opción para muchos labradores.</p>
<p>Parte importante de los llamados ‘bandidos’ eran jóvenes e inexpertos gañanes que ejecutaban sus golpes de mano bajo la modalidad del convite, sin mayores preparativos ni conocimiento entre los involucrados. Bastaba un buen dato que era socializado entre los pares en chinganas, carreras de caballos, en los suburbios de las ciudades, donde se hacían las ‘invitaciones’ a saltear o robar animales. Entre parientes, de a dos o en pequeñas cuadrillas los convocados se reunían en caminos rurales o cerros y se dispersaban tras los atracos. Su radio de acción era limitado. En 1878, en Yumbel se presentó un caso típico:</p>
<p>“Amador Montero confesó que en la tarde del 21 de abril en casa de Juan Pacheco se concertó con Leonardo Montero para robar a don Pedro Juan Villagrán y que cerca de la estación del Cabrero deberían juntarse con Sinforeano Montero y José Manuel Sepúlveda (alias el Chico) y que bajo las órdenes de éste fueron a la casa de Villagrán, forzaron la puerta de la casa y entraron a ésta. … después se fueron a un monte, en donde se distribuyeron de lo robado”. Acto seguido, los hombres no se volvieron a ver.</p>
<p>Estos robos eran por lo común de menor cuantía, con magros botines cuyos réditos se gastaban en remoler o a lo más permitían satisfacer necesidades urgentes.</p>
<p>Pero de todos modos, preocupaba su multiplicación y también el número de</p>
<p>Peones que traspasaban el límite –el del ‘hurto famélico’– y se habituaban a subsistir de los bienes ajenos. Durante la coyuntura de los 70, el explosivo aumento de los delitos y de los bandidos diseminados por los campos derivó en pánico entre los grandes propietarios.</p>
<p>Nadie estaba seguro, al punto de que Benjamín Vicuña Mackenna propuso en 1875 la inversión de diez mil pesos en armas para repartir entre los hacendados. El debate parlamentario fijó una estrategia de contención consistente en aplicar con mayor dureza los castigos y dotar a los jueces de poderes más discrecionales. Esto se rubricó mediante la promulgación de la denominada ‘ley contra el vandalaje’ el 3 de agosto de 1876, la que fue aprobada en ambas cámaras “bajo las influencias del miedo”. El preámbulo es revelador de las urgencias y sensaciones del momento al indicar que “el estado de inseguridad en los campos y aun en las poblaciones es tal, que nadie se siente tranquilo en su hogar ni aun tomando todas las precauciones posibles”. Esta ley se utilizó para imponer en forma masiva la pena de muerte y la de azotes en delitos asociados al bandolerismo. Dejó a los jueces en completa libertad para obrar según su criterio, al extremo de que el artículo 2º subrayaba explícitamente que en procesos por delitos como el homicidio, el hurto y el robo, quedaban sin efecto “todas las leyes relativas a la apreciación que los jueces deben hacer de la prueba en causas criminales”.</p>
<p>En el fondo, el incremento del bandolerismo y del miedo pusieron en tela de juicio los nuevos mecanismos punitivos que buscaba implantar el Código Penal desde 1875, apelándose, igual que antaño, a la idea del castigo físico contra los infractores y a sus efectos persuasivos sobre los demás. El año 1878 en Concepción, por ejemplo, se argumentó para condenar a dos acusados de abigeato: “Los reos han sido aprehendidos con tres bueyes que pertenecen a distintos dueños; como esta clase de delitos se está repitiendo con tanta frecuencia conviene reprimirlos con más severidad aplicándose la pena de azotes que tiene la ventaja de ser ejemplar”. Por cierto, las solicitudes de indulto de estos años, particularmente de reos condenados entre 1876 y 1878, están colmadas de peticiones dirigidas al Consejo de Estado para que se suprimiera o rebajara la pena de azotes que a partir de entonces recayó invariablemente sobre los ladrones.</p>
<p>Los castigos físicos, sin embargo, no pudieron liquidar el bandolerismo que, tras el paréntesis de la guerra del Pacífico, continuó desarrollándose espontáneamente en la versión del convite. En Viña del Mar en 1887, una cuadrilla de seis hombres asaltó la casa de José Tapia, ofreciéndonos un modelo de este primario sistema de despojo:</p>
<p>Manuel Donoso expuso que se juntó con Juan Bustamante y Vicente Guerra en el juego de bagatela de Francisco Cabezas, en donde les invitó Bustamante para ir a saltear una casa, agregándoles que más arriba esperaban otros amigos…; que durante toda ésta [noche] durmieron en el bosque y ahí permanecieron ocultos también todo el día siguiente; que al oscurecer se encaminaron a la casa de Tapia con el fin de dar el golpe y, entrando todos “de empellón”, se procedió a amarrar a un hombre y a una mujer a quienes se pegó algunos palos con los tizones de la cocina a fin de que dijeran dónde tenían la plata, empezando cada cual a robar lo que encontró…; que después de esto emprendieron la fuga y se hizo en el cerro el reparto de lo robado. Por otra parte, salteadores de tiempo completo sembraban el terror en los caminos, que de acuerdo con diversos testimonios resultaban muy peligrosos para los viajeros.</p>
<p>Malhechores, fugitivos de la ley y desertores del ejército se refugiaban en los cerros de la costa o se movían constantemente en las zonas rurales cometiendo toda clase de tropelías. El salteo se volvió una opción de vida para muchos de ellos.</p>
<p>Un prototipo fue Bárbaro o <em>Alvarito </em>Muñoz, soltero de 26 años al momento de ser procesado, oriundo de San Javier, prófugo de la justicia, acusado de trece delitos consumados en poco más de un año (1881-1882) y que incluían varios hurtos de yeguas ensilladas y caballos, salteos nocturnos a transeúntes y cargar armas prohibidas, todo esto en la región del Maule en torno a Talca, San Javier, Loncomilla y Linares. Usualmente, <em>Alvarito </em>se hacía acompañar de algún cómplice y mientras amenazaba a la víctima con revólver, su socio la despojaba de ropas, dinero y caballo. En algunos de los salteos, como el que afectó a la casa de Juan Arellano, Muñoz integró una “partida no menor de ocho bandidos”.</p>
<p>No es extraño encontrar en esta misma época expedientes que procesaban a bandas completas, como el de una que operó en los alrededores de Santiago entre 1885 y 1888 a la que se atribuyeron nada menos que 44 crímenes, entre los cuales figuraban robos con homicidio, lesiones, hurtos de animales y fugas desde diferentes cárceles con sustracción de armamento. Estas gavillas tenían una organización más estable y era frecuente que sus integrantes se conocieran en prisión o durante una evasión. En las declaraciones de testigos y víctimas de esta clase de bandidos se hacía especial hincapié en la violencia con que sufrían el despojo de sus pertenencias, tal como expusieron dos hombres que “fueron asaltados por tres individuos desconocidos…, quienes después de herirlos y maltratarlos a garrotazos, les quitaron los caballos ensillados y demás objetos…”, en las afueras de Chillán. En uno de los asaltos protagonizado por <em>Alvarito </em>Muñoz, habrían disparado más de 25 balazos y en el salteo a una casa en Chimbarongo en 1887, uno de los condenados portaba “tres revólveres, uno envainado grande a la cintura y otros dos más chicos en los bolsillos y también un puñal corvo…”. La brutalidad de los atracadores en este último caso cobró dos víctimas fatales. Cuchillos, sables, palos, garrotes, huascas y, en forma creciente, armas de fuego (choco, revólver) formaban parte de los implementos de los salteadores rurales quienes, llegado el momento, los utilizaron sin vacilación. De este modo, las partidas más numerosas y formalizadas se distinguieron del bandido ocasional por el uso de la fuerza, en lo que se constituyó en un tópico que la prensa proyectó al conjunto de la delincuencia rural.</p>
<p>La prosperidad salitrera no sirvió para contener el bandidaje, que continuó siendo una preocupación nacional, desarrollándose en las mismas inmediaciones de las principales ciudades del país ante la manifiesta ausencia de policías rurales. El periodista Juan Rafael Allende dio cuenta de esta realidad en 1887, al acusar recibo de “un buen número de cartas escritas por agricultores de las vecindades de Santiago, en las que con negros colores me pintan la desesperante situación a que los tiene reducidos la falta de policía rural” y se preguntaba, “¿cómo estarán esos campos sin rurales y sin celadores? Con solo pensarlo se me ponen los pelos de punta”. Los subdelegados informaban casi cotidianamente al Intendente de Santiago de los salteos ocurridos en sus distritos, refiriendo la “continua alarma en que viven sus moradores” y el hecho de que los bandidos “recorren sin temor los campos y premeditan y ejecutan sus asaltos a mano armada, fugándose en seguida sin que haya quienes puedan perseguirlos en los primeros momentos, que son los más oportunos para su aprehensión”. En los años 90, más de lo mismo, como leemos en los testimonios de afligidos vecinos de Renca y Talagante, que se quejaban “del bandalaje que asola nuestras subdelegaciones rurales” y temían por sus vidas y propiedades.</p>
<p>Hacia fines del siglo XIX, el panorama en las áreas rurales era desalentador. Quien fuera el juez letrado de Caupolicán desde 1892, dejó un testimonio de su experiencia: Los asaltos a mano armada en los campos y en los villorrios, con su obligado cortejo de homicidios, violaciones y saqueos; los asesinatos pacientemente preparados y ejecutados por malhechores llevados ex profeso; los robos y hurtos de animales verificados a diario, y los delitos, en fin, de toda especie se sucedían, a pesar de todo, con frecuencia abrumadora, produciendo como resultado inmediato una vida azarosa y de constantes sobresaltos en la población rural y el mantenimiento de la cárcel de la ciudad de Rengo constantemente repleta de criminales. El problema radicaba, según este celoso funcionario judicial, en la falta de prevención y la desidia del poder ejecutivo en esta materia. Las partidas de salteadores en los campos provocaban mucha inquietud, como podemos apreciar también en la <em>Lira Popular</em>, que narra regularmente violentos atracos que afectaban a haciendas, despachos y viviendas de inquilinos localizadas en el Valle Central, en torno a lugares como Rinconada, Olmué, Quilpué, Buin, Rancagua, Rengo, Pelequén, Teno, Curicó, Panguilemu, Linares, Cauquenes, Chillán y Concepción. Rosa Araneda grafica esta preocupación, al exclamar en un verso a propósito de un robo con muertos y heridos en Olmué: “El bandalaje hoy en día, / esta no es ponderación, / se halla en nuestra nación / sin Dios ni Santa María”.</p>
<p>La   Lira Popular esbozó la misma imagen de descontrol, de un bandolerismo sin Dios ni ley, que encontramos en múltiples documentos, diarios y revistas como el boletín de los agricultores, donde se planteó en 1898 que la inseguridad de los campos y la continua amenaza de un salteo generaba el absentismo de los propietarios rurales de sus fundos. Así entonces, la segunda mitad del siglo XIX aparece signada por el accionar de los  bandidos rurales, que principalmente recurrieron al abigeato, al salteo de los transeúntes y al robo en las casas, sin importar a menudo si sus moradores estuvieran o no.</p>
<p>Entre los bandoleros más insignes de este período hay que destacar a Francisco Rojas –el mítico Pancho Falcato– y a Ciriaco Contreras. Ambos se convirtieron con los años en personajes legendarios e íconos del bandidaje chileno. A diferencia de la semblanza feroz y bárbara que solían pintar los medios de comunicación cuando daban cuenta de cuatreros y asaltantes ‘comunes’, Falcato y Contreras simbolizaron al bandido amable que ridiculizaba a sus perseguidores y salía airoso, que era capaz de burlar la maquinaria represiva y judicial sin perder su buen humor. Tal como los presenta la tradición literaria y poética, no eran de esos sanguinarios criminales que abusaban de los más débiles, sino ladrones astutos y valerosos, cuyos actos dirigidos contra los bienes de los grandes propietarios les valieron el apoyo y la simpatía de parte de los más pobres. No cabe duda que los nombres de Falcato y Contreras permanecieron en la conciencia histórica del pueblo chileno hasta bien entrado el siglo XX. Las hazañas de estos bandidos fueron ampliamente difundidas y ensalzadas en la época. A Falcato en vida se le hizo un reportaje en el diario <em>El Ferrocarril </em>(1877) y luego fue retratado en el libro <em>Astucias de Pancho Falcato, el más famoso de los</em> <em>bandidos de América</em>, escrito por Francisco Ulloa en 1884. El autor lo había conocido personalmente cuando se desempeñaba como subdirector de la Penitenciaría de Santiago. En la prensa y las poesías populares se llegó a emplear la palabra ‘falcato’ para designar genéricamente a los ladrones. Contreras, en tanto, con motivo de su captura y muerte hacia 1891, fue objeto de una serie de versos de poetas como Rolak e Hipólito Casas-Cordero. Más tarde, Rafael Maluenda publicó en <em>El Mercurio </em>algunos artículos que tituló <em>Aventuras de Ciriaco Contreras</em>. En 1924, el comisario Ventura</p>
<p>Maturana calificó a estos dos hombres como “salteadores de oficio a la alta escuela, que la tradición popular recuerda en sus hechos culminantes”, develando que en los anales de la policía pasaron a representar el arquetipo del bravío salteador, admirado incluso por agentes y guardianes.</p>
<p>Estrictamente hablando, Falcato no fue el típico bandido rural. Sus andanzas se desarrollaron ante todo en Santiago y los alrededores e incluyen también incursiones en Valparaíso y La Serena. No era de los que se escondían en los cerros y desde allí dirigían a alguna gavilla, sino más bien operaba en y desde la ciudad, apelando a los disfraces y la astucia para engañar a sus víctimas. Un autor lo considera “la personalidad preponderante del hampa santiaguina por más de 23 años”. Desde 1837, había sufrido diversas condenas por robo de animales, lesiones, heridas y salteo, a lo que se sumaban al menos tres espectaculares fugas desde la prisión ambulante y la cárcel.</p>
<p>Aunque pasó la mitad de su vida tras los barrotes, Falcato no se lamentaba. De hecho, en una entrevista habría expresado: “…mi vida es muy linda. ¡Qué importan esas vidas que cuentan de extranjeros! Ninguna vale lo que la mía. Toda mi vida es una serie no interrumpida de emociones, una agitación continua, un batallar incesante, un ir y venir interminable, un flujo y reflujo inacabable y eterno”.</p>
<p>En 1875 lo encontramos solicitando el indulto de una condena a cuatro años de Penitenciaría por el hurto de once vacunos desde el fundo San Javier en San Bernardo. Falcato era acusado de sustraer los animales del potrero, habiendo echado abajo un pedazo de pirca. Habría actuado de noche junto a un cómplice y con el rostro cubierto, llevando luego el ganado a la chacra de Cerro Negro, donde fue puesto “a talaje” para poder ser comercializado. En su petición, Falcato negaba el delito e involucraba a un agente secreto de la policía que recogía los animales robados. El procurador utilizó el argumento de la regeneración del reo para lograr el perdón:</p>
<p>“No creo que V.E. por solo el nombre de un hombre que ha pasado largos años en el crimen y ha expiado este con el desprecio, con las cárceles, con las duras horas y remordimientos del delincuente que llegó a ser el tipo de lo malo, el terror en boca de la fama pública… no creo, repito, que V.E. solo por ser Rojas el Falcato terror de los campos del sur, héroe de leyenda, no oiga ni escuche ahora la voz de un hombre a quien el crimen en sus severas reacciones hizo honrado…”.</p>
<p>Añadía que, si bien tarde, Falcato era otro hombre que valoraba el hogar, la familia y el trabajo. Pese a esto, no fue indultado.</p>
<p>Poco después, un reportero que lo visitó en la cárcel en el verano de 1877 describió a Falcato como un hombre atlético de unos sesenta años, “con su sombrero en la mano, saludando políticamente al visitante”. En esa ocasión, denunció que su primera estadía en la prisión de los carros ambulantes había sido “como una marca de fuego grabada indeleblemente sobre mi frente”, en vista de la cual los jueces lo condenaban por cuanto crimen se le imputaba. Y dijo: “Yo no tengo en Chile más enemigo que la justicia. Fuera de ella, todo el mundo me quiere. ¡Ah! Ya no sé dónde poder vivir para que se me deje trabajar en paz ¡con mi mujer y mi hija!”. De acuerdo al estudio pionero de Elvira Dantel, Falcato finalmente murió en prisión hacia 1879, cumpliendo condena.</p>
<p>El caso de Ciriaco Contreras reúne más atributos del bandolero social, según el perfil trazado por Eric Hobsbawm sobre el “ladrón noble” en el clásico libro <em>Bandidos</em>. De partida, su conversión a esta vida ruda se debió a una prisión injusta por un delito que no había cometido. Contreras nació en la década de 1840 en la hacienda Huaquén a orillas del río Mataquito y su figura se asocia principalmente al robo de ganado en perjuicio de los ricos terratenientes. Liderando una banda que operó entre 1860 y 1885, su radio de acción comprendió la zona de Colchagua, Curicó y Talca, donde se transformó en terror de los hacendados. La leyenda afirma que también realizó correrías en Argentina y resalta su cercanía con los campesinos, basada en su “buena facha” y dadivosidad. En contraste con otros bandidos, la tradición popular valoró el hecho de que Ciriaco no derramara sangre, calificándolo como el “ladrón más afamado” que jamás pudo ser atrapado por la policía.</p>
<p>Estos rasgos fueron puestos de relieve en los versos que se compusieron tras su muerte y que insistían en la necesidad de dar a conocer sus aventuras para ejemplo de los demás. “Murió Ciriaco Contreras / en el sur dicen los mauchos / porque fue de aquellos gauchos / ladrón de clase primera / bajaba como una fiera / a los pueblos a saltear / el rico particular / con él pasaba afligido / la historia de este bandido / muy necesaria es narrar”. Ciriaco fue exhibido como un gozador de la vida, respetado, querido y acogido por el pueblo rural que lloró su partida.</p>
<p><em>Otro igual en su carrera</em></p>
<p><em>En la faz no se ha encontrado</em></p>
<p><em>Porque a éste lo ha amparado</em></p>
<p><em>Saturno de su alta esfera.</em></p>
<p><em>Él se tiraba la pera</em></p>
<p><em>Con cazuelas de gallinas</em></p>
<p><em>Buenos carneros de lina</em></p>
<p><em>Comía de lo mejor;</em></p>
<p><em>A traer ganado mayor</em></p>
<p><em>También iba a la  Argentina.</em></p>
<p><em>La vida de aquel valiente</em></p>
<p><em>Yo la publico en la prensa</em></p>
<p><em>Porque creo no es ofensa</em></p>
<p><em>Lo que hablo del eminente</em></p>
<p><em>Desde el Sur hasta el Oriente</em></p>
<p><em>Este toro recorrió</em></p>
<p><em>Niñas y viejas gozó</em></p>
<p><em>De aquel más lindo y volaco</em></p>
<p><em>La vida de don Ciriaco</em></p>
<p><em>Al fin aquí terminó.</em></p>
<p>Los casos de Falcato y de Ciriaco, si bien se salen del molde del bandido cruel e inhumano que prevalece en los medios sensacionalistas o que hallamos en muchos de los expedientes judiciales, dan buena cuenta de la latencia y ubicuidad del fenómeno del robo en las áreas suburbanas y rurales del siglo XIX. Asimismo, son ilustrativos de una serie de otras problemáticas, como las deficiencias policiales, la relación del transgresor con la justicia y las representaciones sobre aquel, que forman parte de la trama del robo.</p>
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		<title>Morir o no morir pollo. De visita en la casa de Parra</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Jan 2012 15:00:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Andrés Montero</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrevista]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Al final, lo más increíble de todo es que hayamos ido. Lo más absurdo del asunto. El Nico partía al día siguiente a Paraguay y yo me había acostado tardísimo la noche anterior.&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al final, lo más increíble de todo es que hayamos ido. Lo más absurdo del asunto. El Nico partía al día siguiente a Paraguay y yo me había acostado tardísimo la noche anterior. ¿Pero él sabe que van?, preguntó mi viejo cuando, a eso de las siete de la mañana, mientras obligaba a un café hirviendo a pasar de todas formas por mi garganta dormida, yo le conté del propósito del viajecito. Pero no, claro que no sabe. ¿Cómo podría saberlo? Por lo demás, si de alguna forma hubiésemos logrado contactarlo para avisarle que recibiría nuestra visita nos habría disuadido diciendo algo así como no me frieguen la cachimba, mocosos lateros, quédense en su casa y mueran pollos. <span id="more-2833"></span>Pero no pudo decirnos nada porque no le avisamos. Así que Nico y yo nos juntamos a las ocho en el metro Universidad Católica y nos fuimos a asumir el fracaso. Porque más o menos lo asumíamos: la posibilidad real de que Nicanor Parra (el famosísimo antipoeta, el gran personaje del Bicentenario, la más genial de las invenciones de nuestra tierra) nos recibiera era mínima, por no decir nula.</p>
<p>Pero de todos modos nos juntamos en el metro y llegamos a la Estación Central para tomar un bus hasta Las Cruces. Al todo o nada. La buena conversa en el camino hizo que casi sin darnos cuenta hubiésemos llegado a destino. Teníamos algunos planes “B”, para aprovechar el pique de algún modo: ir a la casa de Neruda en Isla Negra, por ejemplo, o visitar el memorial de Vicente Huidobro en Cartagena. Como para decir que no fue tiempo perdido; como para que el hueveo al que nos podíamos someter de conocerse nuestro fracaso no fuese tan rudo.</p>
<p>El Nico tenía una amiga que había vivido en la casa de Parra cuando niña. Cuando todavía no era de Parra, claro. Así que ella fue la que por teléfono nos indicó más o menos cómo llegar. Seguimos sus instrucciones al pie de la letra, pero de todos modos tuvimos que preguntarle a un par de lugareños si acaso sabían dónde vivía don Nicanor.</p>
<p>Reconocimos la casa de Parra por las indicaciones de un jardinero: una casa azul de estructura blanca, con dos viejos Volkswagen plomos estacionados afuera. Yo noté que el corazón me estaba latiendo furioso, pero no supe si atribuirlo a la cuesta por la que tuvimos que subir o a la evidente emoción del momento. Ya frente a la casa, el Nico gritó un par de veces aló, aló, hasta que salió una mujer de mediana edad.</p>
<p>- ¿Sí? – preguntó desde la puerta.</p>
<p>- ¡Hola! – dijo el Nico -. Eeeeh… ¿Nicanor Parra estará?</p>
<p>- ¿Y quiénes lo buscan?</p>
<p>Ahí nos miramos. Claro, esa era la pregunta. ¿Quién chucha éramos nosotros?</p>
<p>- Andrés y Nicolás.</p>
<p>Sonaba absurdo, pero eso éramos.</p>
<p>- ¿Y quiénes son ustedes?</p>
<p>- Eeeeh… &#8211; dijo el Nico -. Estudiantes. Somos estudiantes y queremos conversar con Nicanor.</p>
<p>- A ver, espérenme un momentito.</p>
<p>Y entró. Y esperamos. Y como a los treinta segundos – qué tensión, Dios mío – salió la misma mujer y nos dijo la palabra de oro, la palabra que nunca creímos de verdad que podríamos escuchar aquella mañana de jueves:</p>
<p>- Pasen.</p>
<p>Y nos miramos y pasamos. Permiso, gracias, permiso, muchas gracias.</p>
<p>- Ahí, por esa puerta, ahí está – nos dijo la mujer.</p>
<p>Y ahí estaba don Nica. Dando vueltas por el living. Mucho más viejo de lo que lo conocíamos por fotos. Pero como tuna. Noventa y seis años y como tuna.</p>
<p>Lo primero que me llamó la atención fue la sencillez de su casa. Yo me había imaginado que sería poco menos que una mansión. Ni cerca. Una casa de playa totalmene normal, aunque no puede negarse que tenía una vista al mar inmejorable, eso sí. Pero ni un lujo. Después me fijé en unas botellas de vino que hacían las veces de floreros. Y había un artefacto visual colgado por ahí, pero simplecito: una de las famosas bandejas blancas que tenía una iglesia dibujada con lápiz de mina. Tal vez no era un artefacto, sino algún proyecto arquitectónico. Con Parra, quién sabe. Pero ahí estábamos. El Nico le dio la mano a Nicanor con una anchísima sonrisa y le dijo algo así como hola Nicanor, soy Nicolás. Pero toda la seca respuesta de Parra fue:</p>
<p>- ¿Cuántos años tienes tú?</p>
<p>- Eeeh… veintinueve.</p>
<p>Y entonces Parra se puso a reclamar, como al aire:</p>
<p>- Oiga, pero me dijeron que eran pingüinos. ¿Cómo es el asunto?</p>
<p>Entonces lo saludé yo, también ensanchando todo lo que podía mi sonrisa. No, no somos pingüino, somos estudiantes universitarios. Parra pareció profundamente desilusionado. Más tarde supimos que tenía una gran admiración por los escolares que llevaron la causa de la revolución pingüina del 2006.</p>
<p>- Bueno, tomen asiento – nos dijo sin ni un ápice de entusiasmo.</p>
<p>Nos sentamos, pensando que eso ya nos instalaba oficialmente. Pero Nicanor se quedó de pie y dijo, con su cuaderno de trabajo en la mano:</p>
<p>- ¿Tienen alguna agenda?</p>
<p>- ¿Cómo? – preguntamos al unísono.</p>
<p>- Esta visita, pues, ¿es con agenda?</p>
<p>- Ah, no, nada de agendas. Queremos conversar nomás.</p>
<p>- Ah, entonces no, sin agenda nada. Yo estoy ocupado ahora. En realidad, estoy trabajando mucho, así que me van a disculpar. Les agradezco que hayan venido a verme. Chao.</p>
<p>Con Nico nos miramos, todavía sentados, pensando cómo mierda lo hacíamos para quedarnos. No movimos ni un músculo hasta que Parra, por esas cosas del destino, quiso preguntar algo más.</p>
<p>- Pero dijeron que eran estudiantes. Qué estudian, pues.</p>
<p>Y entonces Nico tuvo una iluminación divina: confesar.</p>
<p>- Bueno, eh… yo soy estudiante para cura – dijo.</p>
<p>- ¿Cómo? – preguntó Nicanor poniéndose la mano abierta en la oreja.</p>
<p>- Que yo soy estudiante seminarista, estudio para cura.</p>
<p>Esa fue la clave, sin duda, la llave que nos abrió de verdad las puertas de la casa de Parra. Dijo entonces el antipoeta, sonriendo:</p>
<p>- Entonces me siento.</p>
<p>Y se sentó. Y con Nico no pudimos evitar sonreírnos un poco. De todos modos, no teníamos nada asegurado. Pero empezó la conversación.</p>
<p>- ¿Y en qué estás trabajando ahora, Nicanor?</p>
<p>El viejo nos miró y nos mostró su cuaderno.</p>
<p>- Morir pollo. Urge no hacer nada – leyó -. O bien, urge no hacer nada. Morir pollo. Escúchenme una cosa: el que se cree el cuento, se muere. No hay que creerse el cuento. Hay que morir pollo – y con su mano simulaba que corría el cierre invisible de sus labios.</p>
<p>- Morir pollo… &#8211; masticamos nosotros.</p>
<p>- Si no fíjense en ése -  y apuntó a una cruz lejana que se veía desde su balcón -: se creyó el cuento y lo mataron. No, no, no, no, no: hay que morir pollo.</p>
<p>- Claro… &#8211; dijimos nosotros, complacientes.</p>
<p>- Morir pollo – repetía Parra.</p>
<p>Después, el silencio. Medio incómodo aún.</p>
<p>- Y Andrés – dijo el Nico, como por decir algo – es escritor y trajo un cuento.</p>
<p>- Ah – dijo Parra.</p>
<p>- Es que usted es el protagonista de mi historia – apunté yo, a ver si se entusiasmaba.</p>
<p>Nicanor no pescó mucho lo de mi cuento, pero a raíz de eso contó una historia con un escritor – cuyo nombre no recuerdo – que le había dicho alguna vez “si me lees te leo”. No entendí mucho a qué venía la anécdota, pero desde ahí Parra no paró más. La cosa es que el escritor ése era argentino.</p>
<p>- ¿Ustedes se ubican con los argentinos? Qué se yo, Borges, ésos…</p>
<p>- ¡Claro! – saltamos Nico y yo.</p>
<p>- Bueno, sepan ustedes que a Borges le preguntó una vez un periodista que qué opinaba de la poesía chilena. ¿De qué poesía chilena me está hablando?, preguntó Borges. De Neruda, Huidobro… No sé quién es Neruda, dijo Borges. Y fíjense que ya iba a cerrar la puerta cuando el periodista insistió: ¿Y de Nicanor Parra, qué piensa? Borges preguntó: ¿Nicanor? Ningún poeta puede tener un nombre tan feo. Y cerró la puerta.</p>
<p>Después Parra siguió contando anécdotas de Borges. Una vez una persona había creído reconocerlo en el malecón de Montevideo y le había preguntado: disculpe, ¿es usted Jorge Luis Borges? La respuesta del argentino fue tremenda: a veces, le dijo. En otra ocasión alguien le había dicho en la calle: Jorge Luis, ¿puedo hacerle una pregunta? Y Borges respondió: ya la hizo. Y siguió caminando.</p>
<p>- ¿Ustedes se ubican con Macedonio Fernández? – nos preguntó Nicanor a Nico y a mí.</p>
<p>A mí el nombre me sonaba, pero no me podía acordar de dónde.</p>
<p>- No – confesamos.</p>
<p>Parra nos observó como un viejo de noventa y seis observa a dos pollitos veinteañeros. O sea, como tenía que mirarnos.</p>
<p>- Macedonio Fernández era el maestro de Borges y de muchos otros. Cuando murió, los discípulos se preguntaban qué iban a hacer. Y Borges dijo: vamos a plagiarlo. Vamos plagiarlo para que siga vivo. ¡Y eso fue lo que hizo! Chupalla, ¿ah?</p>
<p>Ahí, recién ahí, me acordé de dónde había visto el nombre de Fernández: en el libro de Parra “Discursos de sobremesa”, que ese mismo día había estado leyendo yo en el metro, antes de encontrarme con Nico.</p>
<p>- Tú citas a Macedonio en el discurso de sobremesa que escribiste por el premio Juan Rulfo, ¿no? – le pregunté.</p>
<p>- Y muchas veces más – me respondió el antipoeta -. Y fíjate que Macedonio Fernández dijo que iba a escribir la última novela mala del siglo XIX y la primera buena del siglo XX…</p>
<p>- ¡Y tú haces lo mismo! – salté yo -. Dijiste en un poema que ibas a escribir el último discurso malo del siglo XX y el primero bueno del XXI.</p>
<p>- Y eso se lo plagié a Macedonio. Es algo que en aquella época se llamaba “expropiación revolucionaria”. Pero bueno – dijo dirigiéndose a Nico -, ¿en qué congregación me dijiste que estabas?</p>
<p>- En los Sagrados Corazones.</p>
<p>- Aaah… &#8211; dijo Nicanor entrecerrando los ojos -. Cuando yo era niño, allá en Chillán, pasó un día por la calle un hombre, un profesor. Me llamó, oye niño, y cruzó la calle. Me preguntó si sabía dónde se podía alojar bien, bonito y barato. Yo le dije que sí, que sí sabía, y lo llevé a un alojamiento. El tipo estaba tan agradecido que me dio un papelito con una dirección. Si vas a Santiago, no dejes de visitarme, me dijo. Así que cuando me fui a Santiago a estudiar, solo, con una maleta destartalada de la abuela, el único dato que tenía era esa dirección. Y llegué. Y en el alféizar de la entrada me encontré con la figura del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Te das cuenta? El tipo era cura. Claro, yo en alguna época estuve harto cerca de las sotanas.</p>
<p>- ¿Tú? – la confesión era cuando menos sorprendente.</p>
<p>- Sí, yo. Pero después pasó la vieja.</p>
<p>- ¿Y tuviste algún amigo cura? – preguntó el Nico.</p>
<p>- Amigo-amigo no, pero me gustan harto los jesuitas.</p>
<p>Ahí el Nico quiso saber a quién conocía. Nos imaginábamos que se iba a tirar algún nombre más o menos conocido, más o menos actual.</p>
<p>- El abate Molina, Ignacio Molina – dijo.</p>
<p>Los demás jesuitas que nombró no los recuerdo, pero había una cosa clara: eran todos del siglo XVIII o XIX. Y claro, podía uno confundirse y pensar que eran de los tiempos de Parra. Mal que mal, el antipoeta tenía noventa y seis. Pero no: simplemente los admiraba por no sé qué razón.</p>
<p>El tema iba cambiando su rumbo sin que nos diéramos cuenta. De pronto le pregunté yo, a pito del tema eclesial, por el Cristo del Elqui.</p>
<p>- Ah, el Cristo del Elqui. ¿El mío o el de Rivera Letelier?</p>
<p>- No, el tuyo, “La vuelta del Cristo del Elqui”.</p>
<p>Y sin darnos tiempo para prepararnos, don Nica se puso a recitar lo que, a su juicio, era lo mejor del Cristo del Elqui.</p>
<p>- <em>¡Y ahora con ustedes / Nuestro Señor Jesucristo en persona / que después de 1977 años de religioso silencio / ha accedido gentilmente / a concurrir a nuestro programa gigante de Semana Santa / para hacer las delicias de grandes y chicos con sus ocurrencias sabias y oportunas / Nuestro Señor Jesucristo no necesita presentación / es conocido en el mundo entero / baste recordar su gloriosa muerte en la cruz / seguida de una resurrección no menos / espectacular: / un aplauso para Nuestro Señor Jesucristo!</em></p>
<p>Nosotros nos reímos a carcajadas. Qué viejo sensacional. Nos había regalado, completamente gratis, una recitación de memoria del Cristo del Elqui.</p>
<p>Después se puso a contar cómo había sido lo de la exposición de los artefactos visuales en el edificio de la Telefónica, el año 2000. También a pito de Cristo.</p>
<p>- Los encargados de la Telefónica, fíjense, dijeron como un mes antes de la exposición que esto era una… cómo se dice… peor que simulación…</p>
<p>- ¿Mentira?</p>
<p>- ¡Farsa! Que los artefactos eran una vulgar farsa y que la Telefónica no podía prestarse para bla, bla, bla. Pero justo en esos días vino la encargada de la Telefónica de Madrid, ustedes saben que es una empresa internacional. La cosa es que entre mis cachureos había una frase que decía: “NO ME DIGAN QUE NO PORQUE ME ENOJO”. Y, vaya a saber uno, a esta mujer le fascinó la frase. ¡Pero la volvió loca! Y no sólo determinó que sí se hacía la exposición, sino que además decidió que se hacía también en Madrid, y aún más, que se hacía ¡primero en Madrid! – y se largó a reír don Nica -. Y bueno, en Madrid la encargada de la exposición me llamó un día antes de la inauguración para que fuéramos a revisar que todo estuviera bien. Y cuando llegamos, me llevó directo a un artefacto que mostraba a un tipo apuntando a Cristo y diciendo: “ESTE HUEVÓN SI QUE DEJÓ LA CAGADA”. Y me dijo: Nicanor, mañana nos van a echar a todos por esto. Y ustedes saben que España es un país muy cristiano.</p>
<p>- De una iglesia bastante conservadora, además – apuntó el Nico.</p>
<p>- Exacto. Entonces yo le dije que a mí no me interesaba hacerme el original y que si quería sacar el artefacto, que lo sacara no más. La cosa es que al día siguiente llegué a la inauguración y adivinen qué.</p>
<p>- Lo había sacado.</p>
<p>- ¡No! ¡No lo sacó! Y eso que yo la había autorizado. Y menos mal, porque ése era el batatazo más fuerte de la exposición. Lo que pasa es que la gente se ofende, pero no entiende que en el fondo decir que Cristo dejó “la cagada” es una frase de admiración y no de burla. Dejar la cagada puede ser algo bueno.</p>
<p>- Y después estuvo la exposición de La  Moneda, donde colgaste a los presidentes – dijo el Nico.</p>
<p>- Ah, claro. Los colgué a todos – y se echó a reír -. La Bachelet me preguntó si la iba a colgar a ella también, pero no, porque eran sólo los presidentes que ya hubieran terminado su período. Al final, a todos los cuelgan, ¿no? Fíjense en Lagos, que terminó con la tremenda popularidad y ya está colgado. A la Bachelet, sin ir más lejos, ya la están colgando. El problema de todo, al final, es que la política es pura farándula. No, que todo es pura farándula. Yo me pregunto: después de la farándula, ¿qué?</p>
<p>- A mí me gustó la cama con gorros – le dije yo.</p>
<p>- Ah, sí. Los gorros que le pusieron al autor. Esa es una cosa que uno nunca puede saber. Misterio. ¿Cuántos gorros me pusieron? Misterioooo… Por eso hay que morir pollo.</p>
<p>- Oye, Nicanor – le pregunté, ya más en confianza -. ¿Por qué te viniste a Las Cruces?</p>
<p>Nicanor me miró y luego abrió el ventanal que daba al balcón.</p>
<p>- Vengan, vamos al balcón – nos dijo.</p>
<p>Cuando estuvimos los tres afuera, don Nica apuntó hacia el mar y dijo:</p>
<p>- Por esto. No hay otra razón. Por esto me vine a Las Cruces.</p>
<p>Y claro. El paisaje era espectacular.</p>
<p>- Si ustedes, jóvenes, son capaces de volver a sus vidas santiaguinas después de ver esto, pues los admiro. Yo no pude. Aquí me ven. Veinte años llevo aquí en Las Cruces.</p>
<p>Después habló de Isla Negra y ahí, claro, salió el tema de Neruda.</p>
<p>- Ah, Pablito. Gran amigo. Gracioso como él solo. Cuando él leyó mis primeros antipoemas me dijo: oye, Parra (siempre nos tratábamos por el apellido), tú no eres poeta. Dime cómo cresta lo hiciste para hacer antipoemas.</p>
<p>- ¿Le habían gustado?</p>
<p>- ¡Pero claro! Le habían fascinado. Además, la técnica de Neruda siempre fue la misma: descubrir la novedad, pero la novedad en ciernes. Así se iba robando a los nuevos talentos. Se los comía.</p>
<p>- Pero bueno – metí la cuchara -, en las “Odas Elementales” se nota harto tu influencia sobre Neruda.</p>
<p>- Sin duda – Parra no se achica, me gusta ese tipo de gente -. Algún crítico ha dicho que cuando quiso plagiarme ya era demasiado tarde. Por eso le alcanzaron a llamar “Hijo de Parra”. ¡Imagínate! ¡Al que después fue premio Nobel!</p>
<p>Hubiera sido un buen momento para hablar del Nobel, pero ni Nico ni yo tomamos la iniciativa. Igual había que cuidar su poco las palabras con don Nica: en cualquier momento nos podía echar y era lo último que queríamos. Así que no le preguntamos nada.</p>
<p>Ahí, en el balcón, había una curiosa construcción de fierro. Era una estructura que sostenía una especie de plato grande, pero convexo. No se podía cocinar ahí, claro. El Nico le preguntó qué era.</p>
<p>- Ah, espérenme – dijo Parra, y se entró a la casa.</p>
<p>Ahí aprovechamos con el Nico para soltar las emociones.</p>
<p>- La cagó la cueva que tuvimos.</p>
<p>- La cagó.</p>
<p>- La cagó el viejo.</p>
<p>- La cagó.</p>
<p>- Si nos echa ahora, yo ya estoy pagado – dijo el Nico.</p>
<p>- Yo me esperaba, como máximo, que nos conversara cinco minutos. Debemos llevar ya su hora y tanto…</p>
<p>- La cagó la cuevita.</p>
<p>- No, la cagó.</p>
<p>Y en eso volvió don Nica con una hallulla y se puso a cortar pedacitos y a tirarlos encima del plato. Todo mientras seguía métele conversando.</p>
<p>- Oye, Nicanor, ¿te puedo hacer una pregunta? – le dije.</p>
<p>- Ya la hiciste – respondió aludiendo a Borges, y nos reímos harto. Después se la tiré:</p>
<p>- ¿Es verdad que cuando volviste de la Casa Blanca, por lo del tecito con la primera Dama, te pusiste en la Chile con un cartel que decía “Doy explicaciones”?</p>
<p>Parra sonrió.</p>
<p>- La pura verdad.</p>
<p>- ¿Y alguien escuchó las explicaciones?</p>
<p>- Sí pues, mucha gente. En realidad, ahora de viejo me doy cuenta de que pequé de ingenuo. De i-no-cen-cia. Por ese entonces nosotros creíamos que las invitaciones de los gringos eran bien intencionadas. Pero no. Nones – y movió el índice de izquierda a derecha -. Yo nunca más acepté invitaciones de los gringos. Menos de los cubanos. Esos son diablos. Si vas a Cuba te anotan en una lista como “ADHERENTE A LA REVOLUCION”. Te cagan al tiro. No, no, no, no, no: nunca más.</p>
<p>- ¿Pero qué pasó en Estados Unidos?</p>
<p>- Nada. Nos llevaron a la Casa Blanca, en tiempos de la Upé, claro, y de repente apareció misiá Nixon invitando a tomar un tecito. Había varios escritores socialistas entre nosotros. Yo no me atreví a ser el único que decía que no. A la vuelta, me condenaron todos. La cagué no más. Qué se le va a hacer. Pero es buena esa frase, ¿ah? “Doy explicaciones”. Debe ser lo mejor que tengo.</p>
<p>Ahí yo me emocioné: estaba listo el pie para insistir con mi cuento.</p>
<p>- Oye, Nicanor – le dije -, justamente, el cuento del que te hablaba se titula “Doy explicaciones”. Es que trata de esa historia tuya con la Primera Dama y de otras cosas más sobre ti.</p>
<p>Ahí, recién ahí, se interesó el viejo por mi cuento.</p>
<p>- ¿Ah, sí? ¿Y qué otra historia sale?</p>
<p>- Lo del “Poema censurado” – le dije -. ¿Eso es verdad?</p>
<p>- Ah, claro. Imagínate, año ochenta y tanto, y cuando me llamaron a recitar yo me puse un pañuelo tapándome la boca y no dije ni una sola palabra. Y después: ¡bravoooooo!</p>
<p>- Más aplaudido que si hubieras leído algo – dijo el Nico.</p>
<p>- Claro. Pero volviendo a lo de las explicaciones, fíjate que yo estaba sentado en la facultad y de repente llegó Skármeta, que estudiaba la pedagogía ahí. Yo era profesor y él alumno, pero sabes qué me dijo, me dijo “te voy a sacar la cresta, huevón”, todo por lo del famoso tecito.</p>
<p>- ¡No!</p>
<p>- Así como les digo. Y yo no me achiqué, así que me empecé a sacar la chaqueta.</p>
<p>- ¡Y se fueron a los combos!</p>
<p>- Casi, porque cuando los demás alumnos vieron que Antonio y yo nos íbamos a pelear, lo agarraron al pobre hasta inmovilizarlo y en eso quedó la cosa. Pero después Antonio se convirtió en uno de mis lectores predilectos. Me dedicó uno de sus libros a mí y a Erasmo de Rotterdam y a alguien más. No me acuerdo.</p>
<p>- Rara la mezcla.</p>
<p>- Claro – dijo Parra, y en eso terminó de picar pedacitos de pan -. Miren, si nos entramos capacito que aparezcan clientes.</p>
<p>Y entonces volvimos al living y nos sentamos. De inmediato empezaron a llegar pajaritos a comerse las migas que había esparcido Parra por el plato de fierro.</p>
<p>- Las enseñanzas de Francisco de Asís – comentó don Nica -. ¿Se ubican con Francisco de Asís?</p>
<p>- Por supuesto – dijo el Nico -, un personaje súper inspirador.</p>
<p>- Grandioso – aceptó Parra. Y ahí me miró y me dijo: &#8211; Veamos el cuento, po’.</p>
<p>Qué más podía pedir yo en la vida. Le pasé temblando las hojas dobladas y Nicanor Parra &#8211; ¡Nicanor Parra! – empezó a leer mi cuento. De cuando en cuando soltaba una risa. Lo hojeó como rapidito, pero pareció interesarle.</p>
<p>- ¡Está interesantón! ¿Ah? Déjamelo aquí.</p>
<p>En eso nos pusimos a hablar de su poema “El hombre imaginario”, que también aparecía en mi cuento.</p>
<p>- A veces pienso – decía Parra – que al final, cuando dice “y vuelve a palpitar / el corazón del hombre imaginario”, debería decir “y vuelve a palpitar / el ataúd del hombre imaginario”. Quedaría harto bien. Pero si uno se pone mañoso, sería una redundancia, porque al decir “y vuelve a palpitar” ya se sabe que el hombre imaginario estaba muerto.</p>
<p>Yo nunca me había dado cuenta de que el hombre imaginario estaba muerto, pero dije algo así como claro, toda la razón. De chupamedias no más. Le conté que una vez me tocó recitar ese poema, pero que iba omitiendo cada vez que había que decir “imaginario”, para que lo coreara el público.</p>
<p>- Bueno – dijo Parra -, la gran gracia que tiene ese poema para mí es que lo escribí poco después de escuchar a una profesora que decía que no se podía repetir una palabra más de tres veces en un poema porque quedaba feo. Ahí tiene. Eso es antipoesía. Se puede hacer lo que uno quiera, y no sólo no queda mal: queda harto bueno.</p>
<p>Después se nos ocurrió preguntarle por el corazón con patas, el característico dibujo de Nicanor Parra.</p>
<p>- Ah, Inocencio Conchalí – dijo el viejo sonriendo -. Así se llamaba antes. Después se llamó “El fiel admirador”. De qué o quién, nadie lo sabe. Pero la gente al final comenzó a decirle “el corazón con patas”, y a mí me gusta harto ese nombre. Porque al final, eso somos, ¿no? Corazones con patas. Se decía antes que el humano es cerebro con patas. No, señor: corazón con patas. Eso somos. Nada más. Pero antes, al principio, Inocencio no era un corazón: era un hombrecito como los dibujos que hacen los niños. Con nariz y todo.</p>
<p>Y en eso, Parra agarró la hoja que tenía más cerca (la segunda página de mi cuento, para ser precisos) y empezó a dibujar al Inocencio original.</p>
<p>- Así era, ¿ven? Pero después dije: no, cabeza no, corazón sí. Y se convirtió en un corazón, con un ojo, con patas, con manos. Así fue la cosa.</p>
<p>Y mientras hablaba trazaba al Inocencio Conchalí actual, también encima de mi cuento. A mí ya no me dieron ganas de regalarle esa copia: me podía llevar mi cuento con la secuencia evolutiva del corazón con patas y acaso la vendía en oro algún día. Pero ya se la había regalado. Puta madre. Después Nicanor agarró su cuaderno y nos mostró un dibujo de Inocencio Conchalí en el cual decía abajo: “El personaje del bicentenario”.</p>
<p>- Un crítico re’ importante dijo que este es el personaje del bicentenario de Chile.</p>
<p>- ¿El corazón con patas? – preguntamos.</p>
<p>- No. Parra – dijo Nicanor -. ¿Quieren tecito?</p>
<p>- ¡Ya po’, gracias!</p>
<p>- El problema es que yo tengo dos esclavos, pero cuando llega gente de Santiago se esconden.</p>
<p>Y entonces salió al balcón y empezó a llamar a la señora que le ayudaba. Nada.</p>
<p>Parra volvió al living y comentó moviendo la cabeza:</p>
<p>- Es que saben que les va a tocar traer tecito, y eso significa trabajar. Entonces, claro, se esconden.</p>
<p>Finalmente apareció la señora y al rato – harto malhumorada -  trajo tres tazas de té. Le dimos las gracias, pero nos miró con un poco de odio. Después comentábamos con el Nico que claro, soportar a un viejo de noventa y seis todos los días puede ser muy agotador.</p>
<p>Estábamos tomándonos el tecito cuando sonó el teléfono.</p>
<p>- ¿Quieres contestar? – le preguntó al Nico.</p>
<p>Y qué le iba a decir el Nico. Se paró al tiro y fue a contestar. Yo aproveché que me quedé solo con Parra y que estábamos hablando de Inocencio para pedirle que me lo dibujara en la primera página del libro “Discursos de sobremesa”, que tenía en la mochila. Nicanor agarró el libro, pero antes de ponerse a dibujar me miró fijo y me dijo:</p>
<p>- Esto vale como quinientos mil dólares.</p>
<p>Y después me dibujó al fiel admirador. Sin dedicatoria, nada: sólo era el fiel admirador. Como si me hubiera dibujado a mí. En eso entró el Nico.</p>
<p>- Eh, Nicanor, te llama Úrsula.</p>
<p>- Úrsula cuánto.</p>
<p>- (Apellido alemán irreproducible).</p>
<p>-  No sé quién es. Pregúntale que de dónde llama y que qué quiere.</p>
<p>- Dice que te entrevistó hace poco y que te llama desde Madrid para saludarte.</p>
<p>Esa onda, pensé yo. Parra se puso al teléfono. La había reconocido. Escuché que hablaban de Bolaño y de Ignacio Echeverría. Después Parra pareció entusiasmarse con la llamada y se fue del living para conversar más tranquilo.</p>
<p>Con Nico nos miramos y nos dijimos que quizá ya llevábamos demasiado rato molestando y que tal vez deberíamos ir partiendo. Yo en principio me quería quedar hasta que nos echara, pero tampoco era cosa de abusar de la amabilidad del viejo. Aprovechando que no estaba, me puse a hojear su cuaderno. Creo que era el borrador de su nuevo libro: “Morir pollo. Urge no hacer nada” (o al revés). Escuché los pasos de vuelta de Nicanor y dejé todo tal cual. Nicanor se sentó y siguió hablando. Después de un rato el Nico le dijo que ya nos íbamos yendo.</p>
<p>- ¿Andan en auto? – preguntó Parra.</p>
<p>- No, a pata.</p>
<p>- Ah. Yo pensé que eran burgueses. Entonces se alejaron de la burguesía.</p>
<p>- Claro – dijo el Nico -, alejados de la burguesía ojalá para siempre, sin ganas de volver.</p>
<p>Claro, él podía decirlo con libertad, porque es religioso y vive en barrios más o menos populares. Yo me quedé callado porque, mal que mal, sigo viviendo en Las Condes. Pero como que afirmé con la cabeza.</p>
<p>- Buena cosa – dijo Parra, pero no parecía tener ganas de que nos fuéramos porque siguió hablando -. ¿Se ubican con Tolstoi?</p>
<p>- Claro.</p>
<p>- Bueno, Tolstoi era el hombre más rico de la  Rusia zarista. Tenía castillos, tierras. Era prácticamente el dueño de Rusia. La cosa es que un buen día decidió que todo eso, que toda esa riqueza, era mentira. Men-ti-ra. Así no más. Y dijo que había que devolverle todo a los esclavos. ¡Y se deshizo jurídicamente de todo! Su señora y sus diez hijos se enojaron con él. Menos una hija, que lo apoyó. Y el tipo se fue de su casa y quiso recorrer Rusia. Se murió a los diez días de hipotermia mientras esperaba un tren.</p>
<p>- No…</p>
<p>- Así no más. Chupalla, ¿ah? ¿Y por qué le pasó eso? ¡Porque se creyó el cuento! Por eso digo yo: hay que morir pollo. Ese es mi veredicto final en esta vida: morir pollo.</p>
<p>Nos reímos. Simpático, Parra. Lúcido a reventar. Leí hace poco que un crítico tenía la teoría de que como Parra se convirtió en el Parra que todos conocemos a los cuarenta, es como si sólo hubiera vivido desde entonces. Como si tuviera cincuenta y tanto y no noventa y seis. Igual me hace sentido. Por eso está como tuna.</p>
<p>- Bueno, ahora sí que nos vamos, Nicanor – anunció por segunda vez el Nico.</p>
<p>- Listo no más. Gracias por la visita.</p>
<p>- No, gracias a ti – dijimos, y después pronunciamos todas esas cosas que se pueden decir en una situación como esa.</p>
<p>- Ah, pero esperen, déjenme sus nombre y sus teléfonos.</p>
<p>¡Parra quería nuestros teléfonos! Los anotamos con la mano media tembleque. Después nos reíamos imaginándonos alguna comida de la que nos parábamos porque nos estaba llamando Nicanor Parra.</p>
<p>Ya estábamos por salir cuando Nicanor tuvo un último gesto de grandeza hospitalaria.</p>
<p>- Espérense, los voy a despedir con música.</p>
<p>Y prendió una radio y puso música clásica. De tal modo que salimos de la casa de Las Cruces, de la casa de Nicanor Parra, con violines y trombones de fondo. El antipoeta nos dejó en la puerta y se despidió con abrazo y todo.</p>
<p>- ¿Y mi número lo tienen? – preguntó.</p>
<p>Ya no lo podíamos creer.</p>
<p>- No, no lo tenemos.</p>
<p>- Anoten entonces.</p>
<p>Nos dio el número y después Nico le preguntó si era posible venir a verlo otro día.</p>
<p>- Pero claro. A mí lo que me molesta es el “ecoturismo cultural”. Esos tipos que vienen en el verano y no tienen nada mejor que hacer y dicen “vamos a pecharle un poco de vino al viejo Parra mientras le conversamos de cualquier cosa”. Aunque claro, siempre hay gente que tiene buenas intenciones. Vengan cuando quieran. Pero llamen antes. ¿Y qué van a hacer ahora?</p>
<p>- Vamos a almorzar por ahí y después nos vamos a Santiago.</p>
<p>Todavía le quedaba una anécdota reflexiva más al viejo.</p>
<p>- Ah, ojo con las picadas. A mí no me gustan los restoranes, ¿saben por qué? Porque es reproducir la injusticia social: los esclavos le sirven a los burgueses. Es harto feo. Una vez estábamos con Neruda almorzando en El Quisco y yo le comenté que lo único que esperaba de las picadas era que no me dejaran en el policlínico.</p>
<p>Fue la última risotada. Después de eso nos abrazamos de nuevo, gracias por todo, gracias a ustedes, y nos fuimos. Y mientras caminábamos, bajando por la loma en silencio, el Nico soltó de pronto la conclusión inevitable.</p>
<p>- La cagó el viejo.</p>
<p>- No, la cagó.</p>
<p>Y acaso se nos pasó por la cabeza hacerle caso y morir pollo. Pero después de estar dos horas y media con Nicanor Parra, nadie puede morir pollo. Excepto él, claro. Don Nica sí que muere pollo. Porque le urge, le urge no hacer nada. No hacer nada y no creerse el cuento. No creerse el cuento y morir pollo. Aunque esperamos – el Nico, yo, Chile entero -, que don Nica no se muera nunca.</p>
<p style="text-align: right;">14 de Diciembre de 2010, Las Cruces, región de Valparaíso.</p>
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		<title>¿Dónde estabas tú?</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 17:01:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Auxilio Dolores Subiabre</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>“El concepto de intelectual orgánico se va a la mierda en estas sociedades dependientes” sentencia a poco de comenzar la novela de Hernán Valdés, <em>A partir del fin</em> (2003), su personaje descreído del&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“El concepto de intelectual orgánico se va a la mierda en estas sociedades dependientes” sentencia a poco de comenzar la novela de Hernán Valdés, <em>A partir del fin</em> (2003), su personaje descreído del proceso que, también al inicio de la historia, está llegando a su fin: la vía chilena al socialismo que tan provisoriamente fuera anunciaba por el gobierno del depuesto Salvador Allende. Hito fundamental sobre el que se mueve el libro que, a varias décadas de su publicación mexicana, editorial LOM lo puso en circulación por primera vez en Chile el 2003. Un sencillo prólogo del autor señala los rumbos seguidos por el libro: “Los libros que se quiere callar son los rebeldes. Si antes era demasiado pronto para considerar con un espíritu abierto parte de su contenido, no creo que ahora sea demasiado tarde”.</p>
<p>Valdés se propuso hacer, desde el primer día del régimen terrorista de Pinochet, un análisis sesudo del desencanto y la prematura muerte de quienes confiaron en el proceso instaurado por la UP.  Escribiendo desde el trauma del Golpe de Estado. Y en ese sentido el libro puede resultar todavía esclarecedor al revisar –más allá de la falsa imposición ficcional propuesta por su autor– los errores y lo inoficioso que resultaba seguir sosteniendo un discurso donde nada parecía claro, ni viable, ni mucho menos duradero: “¿Una pura y magnífica ficción revolucionaria? (&#8230;) ¿Un puro reflejo popular de una voluntad intelectual, superestructural? ¿Bastará dejar caer una bomba en el palacio, albergue simbólico del gobierno, para que todo se paralice?”, son las conjeturas que sitúan el nivel de reflexión en que cae su alter ego, el escéptico Hache, en los albores de la dictadura, discutiendo con Eva, su mujer, y otros tantos compañeros entre los sorbos de gin y whisky con que buscan pasar lo amargo de una jornada sangrienta que avizoran recién está comenzando.</p>
<p><strong>La secuencia dislocada del éxodo allendista</strong></p>
<p>Un recuento confesional, por lo mismo dentro de su ficción: anecdótico, descarnado y a ratos surrealista dada la disposición onírica y poética de Valdés. Un libro que busca pugnar los deseos y pasiones de quienes sobrevivieron a esa atmósfera viciada y deprimente. Doble derrota, diremos ahora, en el plano ideológico y amoroso, al desplomar un modelo utópico de vida: el fin de la república y el ocaso de una relación tensada como un triángulo (Hache-Eva-Kurt), donde el término, como su propia contingencia, resultan una promesa autocumplida.</p>
<p>¿Cuál es el aporte más allá de su contexto de producción o que pertenezca al autor del cruento pero notable testimonio de <em>Tejas verdes</em>? ¿Podemos ensalzar, como se ha venido haciendo con muestras de este tipo, a Valdés como un referente ético sólo por develar el cinismo, la incapacidad y oportunismo de los intelectuales, antes, durante y después del Golpe de Estado? Pensamos que sólo lo salva su carácter reconstructor, es juego loable en que caen siempre las reediciones. Y que en el caso de <em>A partir&#8230;</em> sabe entregar nuevos antecedentes sin hacer ningún favor a la derecha, antes sí una saludable contrición para los que todavía resistirían llamarse hombres de izquierda, al postular la desacralización de la “figura discursiva” de Allende, inmortalizada –en tela de juicio– desde sus últimas palabras. Contrapunto que nos permite confirmar la evidente deshumanización del terror de una época confusa y por lo mismo poco dada a la autocrítica, al haberse entregado a las redes del mito que sólo justifica su fracaso.</p>
<p>Sin embargo, luego de trescientas páginas el supuesto se vuelve reiterativo, dejando la sensación de observar una pieza museológica y estar leyendo sólo un capítulo más de esa novela de la Dictadura que no existe. El libro imaginario que todavía no se escribe y que hemos debido componer (¿deberemos seguir haciéndolo?) a partir de los cientos de párrafos centrados en la catarsis, el llanto, la furia, la indiferencia y el silencio. Una literatura reñida con lo imposible, en un país sin lecturas, donde la verdad siempre se escudará en la ficción, dejando otra vez en el desamparo, sin un refugio legítimo, una memoria frágil que no perdona más trampas. Y este libro, pese a todo, digamos que es un primer avance.</p>
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		<title>La inútil perfección y otros cuentos sepiosos</title>
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		<pubDate>Tue, 24 Jan 2012 16:57:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto Contreras</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Cuando en ese bello poema interpelativo de Oscar Hahn, <em>¿Por qué escribe usted?</em>, se asoma la respuesta “Porque el claro porque la sangre porque el papel”, podríamos encontrar las razones del porqué Andrés&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando en ese bello poema interpelativo de Oscar Hahn, <em>¿Por qué escribe usted?</em>, se asoma la respuesta “Porque el claro porque la sangre porque el papel”, podríamos encontrar las razones del porqué Andrés Montero publicó estos cuentos a pocos días de terminar el 2011.<span id="more-2866"></span></p>
<p>Estamos ante relatos de una impecabilidad que extraña en la nueva narrativa chilena, pero no porque sean un rotundo aporte vanguardista o innovador, sino tan solo (lo que advirtamos no es poco) porque saben disponer con fluidez la historia que nos cuentan. Es decir, presentarnos una situación de momentos cotidiana, para trastocarla con algo de ingenio, absurdo, provocación, irreverencia, descolocación, y rematarla con un cierre que, de seguro, en pocos talleres literarios se está ejercitando con tales efectos. Saber poner un punto final cuando corresponde, es ya un mérito para una narración breve. Y estos cuentos de Montero, aunque en apariencia carecen de originalidad, poseen la gran virtud de entusiasmar y dejar esa sensación de inteligencia y emotividad, que nos permitirá recordar, cuando hayamos cerrado el libro, alguna de sus anécdotas como un reflejo deslavado de lo que somos.</p>
<p>Algunos relatos despiertan una ternura que, rozando sutilmente lo pueril, nos devuelven a un estado adolescente de asombro y valentía, que permiten desarrollar cierta empatía natural con el que siente y reflexiona sobre la rueda de la desgracia y los dados de la suerte; los más consiguen con su humanidad hacernos entender que lo que vemos, pensamos y sentimos puede decirse en pocas líneas; o bien que el humor, acaso también la fina ironía, pueden salvarnos la vida, como ocurre en cuentos que ya pueden pasar a antologarse: “No podía ser de otra manera” o “Desilusión laboral”. El tono, el habla, la elección de la mirada, aunque podría abusar del narrador protagonista, no consigue agotar y hasta justifica la tensión necesaria, del absurdo metódico en que caen algunos de sus personajes, para alcanzar su eje, curiosamente, no hasta llegar a sentar cabeza, sino para ver desplomarse el andamiaje de una realidad/verdad impostada y tener la entereza de levantarse del asiento para silbar y aplaudir mientras van pasando las letras de los créditos.</p>
<p>Rescatamos el humor, la explosión de carcajada (“Los actores”, “Bazrum”, “Cómo enamorarse ciento ochenta y dos veces en Roma y soñar para contarlo”) y la ligereza, pero también la apuesta, sí pretenciosa, para darse lujos cortazarianos en páginas como “Semana”, “La inútil perfección” o “Los desconocidos”. Caso aparte merecen los relatos, por demás tan necesarios para animarse a desmitificar, esta vez sin composturas de ningún tipo, a Parra y Borges, en “Doy explicaciones” y “Sansón era argentino”, respectivamente. Sin dejar de ser sobrios y solidarios homenajes.</p>
<p><em>La inútil perfección y otros cuentos sepiosos</em>, promete ser uno de los libros de cuentos que ocupen la lista de los mejores que se leerán el 2012. Y el narrador del último cuento, a modo de poética, declara, “…Además para eso soy escritor: para que las cosas que salen mal en la vida real salgan excelentemente bien en esas realidades paralelas que creo y que me creo y que hago que los otros se crean. Porque puedo mentir. Si no, la vida sería demasiado aburrida. Para eso escribo y para eso voy a seguir escribiendo. Cuando llegue a Santiago, voy a escribir que sí, que le encantó lo que le dije, que me invitó a su casa y nos besamos y bailamos y tuvimos sexo toda la noche. Porque para eso escribo yo, y los que no escriben sueñan y mienten, que viene a ser lo mismo”.</p>
<p>Por lo demás, y que quizás debió ser lo primero en decirse, Andrés Montero nació en Santiago en 1990 y este, para ser su primer libro, solo promete una escritura que al poco tiempo dará que hablar. Y eso se agradece. Mucho.</p>
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		<title>El IVA al libro, 35 años después</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 19:37:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Paulo Slachevsky</dc:creator>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><strong>Uno.</strong> Cuando pensamos en el IVA al libro en nuestro país,  no podemos quedarnos solo en el aspecto técnico y económico.  En  diciembre de 1976, el mismo mes en que este impuesto se&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Uno.</strong> Cuando pensamos en el IVA al libro en nuestro país,  no podemos quedarnos solo en el aspecto técnico y económico.  En  diciembre de 1976, el mismo mes en que este impuesto se aplicaba al libro, era detenido y desaparecido el historiador y profesor universitario Fernando Ortiz, autor de “La historia del movimiento obrero en Chile”. Al mismo tiempo desaparecían, y eran asesinados bajo la tortura, otros 13 chilenos. ¿Podemos decir que entre estos hechos solo hay coincidencias? ¿Podremos dejar de lado el contexto en que se aplica este decreto ley para el libro?</p>
<p>Poco antes de ser asesinado en Washington ese mismo año fatídico, Orlando Letelier escribió en The Nation:  “La represión para las mayorías y la libertad económica para los pequeños grupos privilegiados son en Chile las dos caras de una misma moneda”. Como señala Naomi Klein en un reciente homenaje que hace a Letelier a 35 años del crimen: “La junta no tenía dos proyectos separados y compartimentados: un visionario experimento de transformación económica y un siniestro sistema de torturas y terror. Había solamente un proyecto en el cual el terror era el instrumento central para la transformación en libre mercado”. En tal sentido, el IVA al libro en Chile se inscribe, por sobre todo, como una profunda herida que integra la marca a sangre y fuego del campo cultural, relegando al libro y la cultura a un espacio de las elites. Casi no hay imagen de allanamiento en esos años que no asocie libro y armas, libro y peligro, siendo los autodafe un  icono del horror, de la guerra al pensamiento, la reflexión, el saber. La imposición de este IVA es claramente parte de un quiebre del imaginario republicano, donde el libro era elemento constitutivo del desarrollo país, de la expresión ciudadana.</p>
<p>Fuera de todo elemento técnico, cómo no indignarse entonces que a más de veinte años del fin de la dictadura, esta marca simbólica aun esté presente y por años haya sido considerado un tema tabú, inabordable.</p>
<p><strong>Dos.</strong> En septiembre del año pasado, como Editores de Chile le hicimos llegar una carta al Presidente Sebastián Piñera solicitando un IVA diferenciado para el libro, igual como lo habíamos hecho años antes con el Presidente Ricardo Lagos. A ambos les recordábamos que, por razones objetivas, casi todos los países del mundo –y en particular aquellos con quienes hemos suscrito tratados de libre comercio– han dado un trato diferenciado a este bien cultural:</p>
<p>En Bélgica el IVA es de 6%. En Colombia no hay IVA al libro.</p>
<p>En Francia es de 5,5%. En Uruguay no hay IVA al libro.</p>
<p>En Canadá es de 7%. En Irlanda no hay IVA al libro.</p>
<p>En Singapur es de 3%. En Argentina no hay IVA al libro.</p>
<p>En Italia es de 4%. En Rusia no hay IVA al libro.</p>
<p>En Suiza es de 2%. En México no hay IVA al libro.</p>
<p>En Japón es de 5%. En Gran Bretaña no hay IVA al libro.</p>
<p>En Portugal es de 5%. En Brasil no hay IVA al libro.</p>
<p>En España es de 4%. En Corea no hay IVA al libro.</p>
<p>Las argumentaciones no faltaron, a ambos mandatarios les señalamos que esperábamos llegar a un bicentenario en que se le volviera  a dar  al libro el valor simbólico y objetivo que ocupó desde los inicios de la República,  haciendo realidad los anhelos de Camilo Henríquez cuando celebraba la llegada de la primera imprenta en 1811 diciendo: “Se irá sintiendo nuestra existencia civil; se admirarán los esfuerzos de una administración sagaz y activa, y las maravillas de nuestra regeneración. La voz de la razón y de la verdad se oirán entre nosotros después del triste e insufrible silencio de tres siglos….”.</p>
<p>Destacábamos que el momento no podía ser más propicio, cuando vivimos tiempos de grandes cambios en los hábitos lectores y en los mecanismos de producción y circulación del libro. Sin duda, la definición misma de este mágico objeto ha cambiado, integrando entre sus soportes el libro digital. Al celebrarse el bicentenario, Chile no podía quedar fuera del desarrollo de estos nuevos ímpetus en la creación y producción editorial. Pero es claramente inviable la producción y comercialización de libros digitales cuando estos son gravados con un IVA que parece ser el más elevado que existe a nivel mundial para el libro. ¿Quién comprará libros digitales en Chile cuando estos mismos pueden ser vendidos exentos de IVA allende Los Andes y no hay costos de transporte involucrados?</p>
<p>Por lo demás, recordábamos que  “es enorme la lista de productos y servicios exentos de IVA, como lo son, entre otros, el transporte naviero, las estaciones de TV y Radio, las importaciones de las FF.AA., la venta de vehículos usados, los ingresos en moneda extranjera percibidos por empresas hoteleras con motivo de servicios prestados a turistas extranjeros sin domicilio ni residencia en Chile, y no podemos entender que el libro sea tratado en Chile como un bien cualquiera”.</p>
<p>“Como bien intelectual y educacional, el libro es un bien público en tanto su productor no se apropia de todos los beneficios; su utilidad social es mayor que su utilidad privada. Este requiere un tratamiento diferenciado en el mercado, más aun ante este nuevo escenario que exige igualar condiciones con otras naciones”.</p>
<p>Estas y otras argumentaciones sustentaban las cartas. Tanto el Presidente Lagos primero y el Presidente Piñera después, nos remitieron respuesta, pero solo para acusar recibo de las misivas.</p>
<p><strong>Tres.</strong> En el aspecto técnico –y aquí debo agradecer la contribución de Juan Carlos Saez, editor y director de Editores de Chile–, podemos decir:</p>
<p>“Adam Smith señaló en el siglo XVIII, en su obra “La Riqueza de las Naciones”, que uno de las cuatro máximas que debe guardar cada uno de los impuestos que forman parte de un sistema tributario –y en nuestra opinión el más importante-  es la capacidad de pago del obligado o proporcionalidad. Claramente el IVA no responde a esa lógica y es  un impuesto regresivo”. “Los críticos de la diferenciación en el IVA usan normalmente dos argumentos en su contra: 1) Que la ley pareja no es dura; y 2) que permite menos evasión porque hay menos posibilidades de hacer trampa ya que el sistema de control sería muy complicado y caro. Pero respecto de lo primero hay una gran falsedad: la ley actual de IVA contiene 11 páginas de excepciones; y respecto de la segunda, los medios tecnológicos disponibles hoy son más que satisfactorios  para resolver el tema.  El aplicar un IVA diferenciado sin duda afectará la recaudación pero no de un modo que no sea posible de compensar por la vía de aumentar el IVA en bienes suntuarios, como son los vehículos caros.”</p>
<p>Por lo demás, “los efectos de una disminución en el IVA del libro, en lo económico, no se limitan al impacto en el precio inmediato, que  sería del orden del 8 ó 10%, lo que no deja ser significativo,  sino por el resultado final en los precios en el mediano plazo por un efecto en cadena”.</p>
<p>Al tratar el IVA al libro, claramente se tocan varios de los aspectos centrales de la realidad que vive el libro en Chile: históricos, simbólicos, económicos. En tal sentido, el estudio del impacto del IVA en la industria editorial nacional que realizará el Consejo del Libro, tema que valoramos, no puede limitarse al impacto sobre el precio, sino en toda la diversidad de sus consecuencias. Cuando en Editores de Chile, junto a Chile XXI, elaboramos la primera propuesta para una política nacional del libro y la lectura que culminó en la Política Nacional aprobada el 2006, aun hoy no implementada, siempre quisimos poner el acento en que ninguna medida por sí sola revertiría el círculo vicioso que vivía el libro en Chile desde el Golpe. Era necesario abordar el tema de manera sistémica, aunando una serie de acciones que engloben toda la cadena el libro. Pero sin duda, entre ellas, el IVA es central y no solo por su efecto económico, pues rebajar el IVA sería sinónimo para todo el país de que el Estado y la sociedad le vuelven a dar al libro, en todos sus formatos y posibilidades, la importancia radical que tiene para potenciar una sociedad creativa, participativa, de ciudadanas y ciudadanos que puedan ser actores de la globalización y no meros espectadores.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>* Intervención en Jornada Profesionales de la 31ª  Feria Internacional  del Libro de Santiago, 2011.</strong></p>
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		<title>&#8220;Arriba los pueblos del mundo&#8221;</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 18:20:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Patricio Palma</dc:creator>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><strong>Presentación al libro de Rolando Álvarez, <em>Arriba los pueblos del mundo. Cultura e identidad política del Partido Comunista de Chile entre democracia y dictadura 1965-1990</em>.</strong> Hay muchas razones para agradecer a Rolando Alvarez&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Presentación al libro de Rolando Álvarez, <em>Arriba los pueblos del mundo. Cultura e identidad política del Partido Comunista de Chile entre democracia y dictadura 1965-1990</em>.</strong> Hay muchas razones para agradecer a Rolando Alvarez la publicación de este libro. Desde luego, celebrar su dedicación, entusiasmo y también su audacia para enfrentar el desafío de examinar desde el punto de vista de un historiador un período tan cercano y a la vez tan intenso de la historia reciente de nuestro país. Pensar y escribir en  momentos marcados todavía por la aparición de restos de compatriotas asesinados por la dictadura, en momentos en que no termina de encontrarse la verdad ni de hacerse la justicia reclamadas por los protagonistas de la crisis que nos conmovió entre 1973 y 1990, importa adoptar posiciones en múltiples asuntos. Por lo mismo, no cabe esperar un juicio compartido de los lectores de la  obra. De aquí un segundo motivo de agradecimiento al autor. En las páginas del libro – así como en las de una obra anterior &#8211; desfilan mujeres y hombres, anónimos o públicos que, a su manera, desde el lugar en que les correspondió actuar, hicieron lo que entendían era su contribución a la tarea de recuperar la democracia en nuestro país. Gracias Rolando por recordar sus nombres.</p>
<p>Incorporando valiosos antecedentes, muchos de ellos inéditos hasta ahora, el texto de Rolando discurre entre dos grandes ejes: de un lado profundiza en el papel que correspondió jugar al Partido Comunista en estos dramáticos sucesos recientes, sobre todo desde la óptica de lo que llama renovación de sus rasgos identitarios y de su cultura política. De otro, el examen de la política del PC tiene como trasfondo lo que ocurría en el país y más allá de sus fronteras, así como las conductas políticas de otros actores de la crisis. Tratando de alejarme de la tentación de convertir esta presentación en un foro, quiero en lo que sigue referirme solo a un par de los temas abiertos por el libro, que pienso tocan aspectos muy sensibles para quienes nos identificamos con una visión transformadora de nuestro país.</p>
<p><strong>La falta de métodos revolucionarios</strong></p>
<p>En primer lugar, quiero decir que la lectura de la primera parte del libro me resulta algo incómoda. En alguna medida, la descripción del complejo proceso de “bolchevización” del PC se mueve al límite de la caricatura. En un aspecto particular, respecto de la cultura comunista, yo rescato y valoro positivamente la “pasión revolucionaria” como un componente esencial de quiénes se declaran militantes de un partido político que lucha por realizar una transformación radical de la sociedad en la que actúa. Para mí, la construcción de la nueva sociedad continúa siendo el acto de “creación heroica” que reclamaba Mariátegui. No es concebible &#8211; en mi modesta opinión &#8211; el hacer política revolucionaria solo armado de un programa de cambios surgido de un análisis de la realidad, por muy rigurosa que haya sido su elaboración. Como señala Rolando, hubo esta pasión – mezcla de heroísmo y resiliencia &#8211; en la etapa previa al Gobierno Popular, pero también durante sus extraordinarios 3 años de duración, en la dura clandestinidad y, por cierto ahora, en los jóvenes que han mantenido por más de seis meses el movimiento por la educación. A riesgo de caer en lo tan criticado por historiadores y cientistas sociales en las décadas recién pasadas, tengo presente a Marx a propósito de su Critica al Programa de Gotha: “más vale un paso en el movimiento real que una docena de programas”. En el ámbito de las referencias de identidad, es verdad que la elaboración del partido estaba lejos del conocimiento de muchas valiosas contribuciones de militantes comunistas y de autores no comunistas de otros países. Pero si pienso en los lejanos años `50 y ´60 &#8211; cuando me incorporé a las juventudes comunistas – no puedo dejar de pensar en el aporte gigante a la cultura chilena realizado por centenares de militantes en las más diversas esferas de la vida social. Pues no se trató solo del Neruda Nóbel y Candidato Presidencial, justamente realzado en el texto. Me faltan Violeta y sus hermanos y la creación popular. Me faltan en la descripción los otros poetas, los actores y los músicos, el Matta innovador en el mundo colaborando con las Brigadas Ramona Parra, el Ramírez Necochea o el Fernando Ortiz, historiador y dirigente del Partido clandestino. Me faltan otros profesionales e intelectuales significativos, como los economistas marxistas que partieron a Cuba en los inicios de la revolución. Y, más allá de insuficiencias teóricas o de errores, el PC contó con dirigentes políticos muy reconocidos. La actuación teórica y práctica de todos ellos fue decisiva para que el eje de la política chilena se desplazara por largos períodos a la izquierda. Que no eran suficientes, que duda cabe. Pero pensar en un mundo plano, en la mera “aplicación” de un marxismo empaquetado y anquilosado como método de elaboración de una  política partidaria de ese período, no logra a mi juicio dar cuenta de éxitos de la magnitud mundial del Frente Popular del 38 o de la Unidad Popular del 70.</p>
<p>Avanzando en la lectura, el texto se transforma en el examen riguroso, histórico (y político) de la actuación del partido entre 1970 y 1990. El texto nos introduce en los más complejos problemas de la teoría de la  revolución, en particular reeditando la discusión de fines del siglo pasado acerca de las “vías” de aproximación al poder. Con la  precisión de un cirujano a la vez que con ágil pluma, Rolando examina las posiciones de los protagonistas, sus conflictos y las síntesis alcanzadas. Lo más importante, sin embargo, es que el texto permite al lector actual encontrar la significación de la actividad y la lucha políticas como asuntos esenciales para la vida cotidiana de todo ciudadano.  Pienso en la situación de este Chile 2011, en la que un gigantesco despliegue social, que se plantea objetivos ampliamente compartidos, no ha conseguido aún los éxitos esperados. Particularmente bien lograda está la caracterización de la “lucha de masas” como constante de la política del PC durante toda su historia. La “lucha de masas” es el mecanismo clave invocado siempre por el partido para construir una “correlación de fuerzas sociales” favorable a la transformación del país. Esta correlación de fuerzas sociales se entiende, a su vez, como la clave de la conformación de la expresión política que pudiera plasmar los cambios a nivel institucional, incluyendo por cierto en esa expresión política –como quedó de manifiesto con el golpe y en las luchas posteriores– su necesario nivel o “momento militar”. Y, adicionalmente, el dominio de todas las formas de lucha que pudiera requerir el proceso en curso. Entonces, para comprender mejor la cuestión de las vías de la revolución es preciso adentrarse más profundamente en la dialéctica entre reforma y revolución. A modo de sugerencia, a mi juicio la separación entre las “praxis” reformistas y revolucionarias propuesta por Rolando se resuelve mejor entendiendo esas praxis las como las formas y los métodos de lucha – legales o extralegales, armados o no armados &#8211; necesarios al logro de los objetivos pretendidos por el partido en cada momento. ¡De otro modo no es posible explicar como una “praxis reformista” como la reforma constitucional por la nacionalización del cobre en 1971 resultó siendo la medida más revolucionaria del gobierno popular de Allende!  Pienso que así se comprende también mejor  el contexto de la cita clave del héroe vietnamita Le Duan – que yo comparto- y que reproduce Rolando cuando entrevista a Fernando Contreras: “muchas revoluciones han fallado, no por falta de programa revolucionario, sino por falta de métodos revolucionarios”.</p>
<p><strong>¿La irreversibilidad de la revolución?</strong></p>
<p>Un último asunto que quisiera considerar en la presentación de este valioso libro se refiere al contenido “renovador” del paradigma socialista que manifestaron algunos destacados impulsores de la PRPM ya a fines de los años ’80. En el tratamiento del “largo epílogo del XV Congreso”, Rolando examina los cuestionamientos de fondo que se hicieron, por parte de numerosos militantes, a los mecanismos y formas de democracia interna existentes entonces en el Partido. Al exponer sus ideas, el autor vincula directamente esas críticas a las experiencias vividas por algunos militantes en los países socialistas de Europa Oriental, que habrían creado en ellos una profunda decepción respecto de lo construido por los regímenes de esos países. No me cuento entre los “decepcionados”, aunque por cierto comparto las críticas que hizo el Partido a esas experiencias a fines de esa década. Al respecto, quisiera recordar con ustedes mi última conversación en Leipzig con el Prof. Manfred Kossok, mi “maestro” al decir de Rolando, poco antes de regresar a Chile. Kossok, estudioso de la historia y uno de los creadores de la teoría de los ciclos de las revoluciones burguesas, profundo conocedor de América Latina, tenía claro que se acercaba  el fin de los regímenes del “socialismo real” y que ello traería consigo una profunda revisión de los presupuestos teóricos y metodológicos de la creación de la nueva sociedad en todo el mundo. Pero su amplia mirada no desconocía que estos regímenes se habían instaurado además en el marco de una “guerra fría” que imponía restricciones difíciles de comprender solo racionalmente. (Solo a modo de ejemplo. En Leipzig, durante la época de la instalación de los misiles crucero en Alemania Federal, la población pendiente de los “45 segundos”, el tiempo máximo de reacción frente a una alarma de disparo de un cohete “enemigo”). No podemos descartar, me dijo el Profesor, que entremos en un largo período – posiblemente un “ciclo” &#8211; de experiencias exitosas y frustradas de construcción socialista. Pues lo que luego llamaríamos la “caída del muro” traería consigo el derrumbe de uno de los mitos más difundidos entre los partidarios del socialismo: el mito de la irreversibilidad de la revolución. Por lo mismo, al igual que otros revolucionarios en épocas pasadas, quienes nos pronunciamos por la opción de contribuir a la construcción de una nueva sociedad – sin perder de vista el “horizonte” como lo ha propuesto recientemente Jorge Arrate, horizonte que para mi continúa siendo el socialismo &#8211; debimos asumir el doloroso proceso de crítica a la construcción y derrumbe del socialismo real, con la mirada puesta en sus errores y aún en sus tragedias, pero también en sus importantes logros.</p>
<p>Nos corresponde vivir esta nueva etapa de la lucha social en el mundo entero. No hubo tal “fin de la historia”. La crisis golpea Europa. China ha devenido la locomotora de la economía mundial. En América Latina prosperan regímenes progresistas y otros de clara vocación revolucionaria, varios de ellos llegados al poder – una vez más &#8211; por una vía no – armada. La historia – y este es otro de los grandes aportes del libro de Rolando Alvarez  &#8211; nos entrega la posibilidad de mirarnos en el espejo de  experiencias incompletas para alumbrar los desafíos del presente. Nuestro país vive las más grandes movilizaciones de las últimas décadas y destacan en ellas figuras de una nueva generación, que asumen un merecido protagonismo. Lejos de la pretensión de atribuir al Partido Comunista un papel hegemónico en estas movilizaciones, lo cierto es que no podría negarse su importante contribución a ellas. Y esta contribución muestra a un Partido que no solo pudo fortalecer su identidad en un momento tan difícil de su historia, aportando decisivamente a la lucha contra la dictadura, sino que da hoy muestras de su capacidad de actuar como una fuerza que se esmera por interpretar con el mayor rigor la nueva realidad, construyendo las alianzas que abran paso a la profundización de la democracia.</p>
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		<title>Entre lápices y tintas, la nueva vida de Heredia</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Dec 2011 04:20:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Ramón Díaz Eterovic</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Las revistas de historietas fueron una compañía importante durante mis inicios como lector y, por lo tanto, un paso indispensable para que más tarde sintiera la necesidad de escribir mis propias aventuras. Antes&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Las revistas de historietas fueron una compañía importante durante mis inicios como lector y, por lo tanto, un paso indispensable para que más tarde sintiera la necesidad de escribir mis propias aventuras. Antes que los libros de Alejandro Dumas, Charles Dickens, Jack London, Francisco Coloane o Manuel Rojas, tuve en mis manos una serie de revistas de historietas que leí durante mi infancia en Punta Arenas, la mayoría de las cuales provenía de la Argentina o de México. <span id="more-2732"></span>Revistas como <em>El Tony</em>, <em>Intervalo</em> o <em>Patoruzito</em>, que intercambiaba con mis amigos del barrio o compraba en librerías de viejo, donde sobrevivían junto a las aventuras de <em>Tarzán</em>, <em>El Llanero Solitario</em>, <em>Mizomba</em> <em>“El Intocable”</em> o <em>El Manque</em>. Cientos de historietas atesoradas y releídas al calor de la cocina familiar, mientras afuera, en la calle, la nieve y el viento hacían su trabajo habitual.</p>
<p>Durante muchas tardes leía una y otra vez las mismas aventuras, en ese ir y venir del texto a la imagen que es parte de la magia de las historietas: la búsqueda del detalle, la intención precisa de cada diálogo, el estilo de la pluma o el reflejo de las sombras en cada viñeta; la vida, intensa y aventurera, que parecía animar a los personajes más allá de los límites de cada página.</p>
<p>Tiempo más tarde, en 1985, escribí la primera novela de Heredia, personaje que me acompaña desde entonces y con el cual he escrito, hasta ahora, quince novelas y un libro de cuentos. Desde que publiqué la novela La ciudad está triste, cuyos dos primeros capítulos esbocé en una pensión del pasaje San Lorenzo en Barrio San Telmo de Buenos Aires, imaginé a Heredia convertido en personaje de historieta, dibujado en blanco y negro, al estilo de Torpedo o Néstor Bruma.</p>
<p>Y a veces los sueños se hacen realidad.</p>
<p>Hace poco más de dos años apareció en mi vida y en la de Heredia un grupo de talentosos y entusiastas amigos, interesados en dibujar las historias que integran el presente volumen. Hablamos de Heredia y sus pesquisas, de su gato Simenon, del barrio Mapocho y sus alrededores, y de sus amigos y mujeres. Pronto comenzaron a aparecer las primeras viñetas, llamativas, hermosas, llenas de una nueva e intensa vida para Heredia.</p>
<p>Y ahora podemos ver y disfrutar de este libro con las que espero sean solo las primeras historias gráficas de Heredia. Por este sueño hecho realidad quiero agradecer a Carlos Reyes González y Cristián Petit-Laurent, que han puesto al servicio de Heredia sus dotes de guionistas; a los narradores gráficos González Martínez, Ítalo Ahumada, Rodrigo Elgueta, Félix Vega, Demetrio Babul, Abel Elizondo y Olivier Balez, que han dibujado a Heredia con singular y destacado talento; y a Diego Jourdan, Christian Gutiérrez (Christiano), Daniel Bernal, Alan Robinson, Carlos Gatica, Gabriel Navarrete (Garvo), Claudio Muñoz (Caoz), Claudio Romo, Leslie Mackenzie (Don Liebre), José Zepeda (Joze), Nelson Castillo, Nelson Dániel, José Huichaman (Huicha), Jorge Opazo (Jorge Quien), Vicente Plaza (Vicho), Nicolás Pérez de Arce y Tite Calvo, que han colaborado ilustrando sus propias versiones de Heredia.</p>
<p>Durante la creación de este libro he conversado muchas veces con los dibujantes de cada una de las historias, he conocido parte de sus destacadas producciones, me han hablado de la forma cómo trabajan y he aprendido algunas cosas acerca del difícil arte de la historieta. A todos ellos, y al igual que a mis amigos de LOM Ediciones, les agradezco el trabajo y el tiempo dedicado al desarrollo de este libro, que estoy seguro será un buen aporte para la creciente narrativa gráfica chilena.</p>
<p>A partir de este libro, Heredia adquiere nuevos rostros. Invito a conocerlos y a disfrutarlos. Son parte de la vida de Heredia y de sus andanzas por el barrio Mapocho y sus alrededores, por un Chile a media luz que no siempre aparece en los titulares de la prensa ni en las imágenes de la televisión. Y es también una nueva manera de atraer más amigos a las investigaciones de Heredia, relacionadas desde sus orígenes con el desafío de buscar la verdad y la justicia.</p>
<p style="text-align: right;">Santiago, 15 de julio de 2011.</p>
<p style="text-align: center;">Sitio oficial de Heredia Detective http://ergocomics.cl/heredia/</p>
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		<title>Cree en Quiroga como en Dios mismo</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Dec 2011 22:29:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Roberto Contreras</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>La sentencia es una paráfrasis del primero de los mandamientos que el propio Horacio Quiroga se animó a dictaminar, como una de las lecciones para convertirse en un perfecto cuentista: “Cree en un&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La sentencia es una paráfrasis del primero de los mandamientos que el propio Horacio Quiroga se animó a dictaminar, como una de las lecciones para convertirse en un perfecto cuentista: “Cree en un maestro como Poe, Maupassant, Kipling, Chejov&#8230;”, decía, y de algún modo, también él empezó a acompañar desde ese lejano 1927 la lista de los escritores fundamentales del S.XX. Cuentos como “La gallina degollada; “El almohadón de plumas”, “A la deriva” o “La tortuga gigante”, son relatos de lectura obligatoria en centenares de antologías con que son cautivados los más novatos lectores.<span id="more-2795"></span></p>
<p>La imperdible edición, <em>Tres Cuentos de la Selva</em>, que nos presenta LOM en coedición con Trilce de Uruguay, viene a ahondar a través de los dibujos, impecables, intensos y sobrecogedores, realizados por Renzo Vayra (Montevideo, 1971) en una obra todavía por descubrirse. De su mano nos vamos adentrando por los tupidos y húmedos senderos de la selva misionera  –espacio mítico por definición– donde surtió casi toda su producción narrativa Quiroga, fijando de qué manera esa naturaleza sobrenatural (cuando aún no constituía esa corriente del mundo mágico maravilloso explorado-explotado por Carpentier o García Márquez) sino más bien la configuración de un universo inexpugnable donde como un <em>fatum</em> el destino de los hombres –acaso solo comparable a esta altura a las llanuras de Rulfo o la voraz <em>Vorágine</em> de Rivera– no veía más allá del espejismo, de las sombras y voces en sordina de humanos que extremando sus vidas, enfrentaron a la muerte y sobrevivieron, con suerte, para contarlo.</p>
<p>Ahora son los textos íntegros, “El paso del yabebirí”, “Anaconda” y “El regreso de Anaconda”, más un bellísimo bestiario los que confirman cómo una buena viñeta no puede referirse sin la intensidad de una prosa arrolladora, envolvente, también superviviente. Punto alto en la revisión, es la nota que el artista desarrolla, para acusar la vigencia de esta obra a la luz de la devastación del Amazonas, la aniquilación del espacio natural de la flora, la fauna, pero sobre todo para hacer un rescate de los pocos indígenas que quedan en el mudo corazón de la selva. “Según <em>Vida Silvestre Argentina</em> 529 de las especies de Misiones están amenazadas –acota Veyra–: réptiles como la tortuga verde y la boa estrictor, aves como el loro vinoso, el guacamayo rojo, el pato serrucho, la yacuntina, el pájaro campana, el águila harpía, mamíferos como el ciervo, el gato montés, el yaguaraté, el ocelote, el tatú carreta, el zorro gris, entre muchos otros, disminuyen aceleradamente su número. Esa fatalidad, que late en las historias misiones de Quiroga, solo puede ser detenida por una toma de conciencia que él ayudó a generar con sus ficciones”.</p>
<p>Las páginas finales sorprenden, al apuntar en esa misma recuperación y bajo la excusa de una galería bestial, una colección de especies que ya no en las páginas de Quiroga, sino que en los trazos de Vayra, con muchísima justicia, parecen quedar inmortalizadas.</p>
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		<title>El cosmopolitismo babélico de Glusberg/Espinoza</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Dec 2011 04:00:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Grinor Rojo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Pierina Ferretti, Lorena Fuentes y Jaime Massardo han hecho una labor de recuperación admirable con la publicación de estos tres volúmenes, en los que se recogen algunos de los materiales dados a conocer&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Pierina Ferretti, Lorena Fuentes y Jaime Massardo han hecho una labor de recuperación admirable con la publicación de estos tres volúmenes, en los que se recogen algunos de los materiales dados a conocer en Santiago, entre 1939 y 1951, por la revista <em>Babel</em> y, en particular, los firmados por su director, Enrique Espinoza. <span id="more-2799"></span></p>
<p>Es el de ellos un esfuerzo de recuperación admirable, porque no cabe duda de que Enrique Espinoza y su máxima creación (porque eso fue la revista <em>Babel,</em> <em>su</em> máxima creación) es expresión de al menos uno de los segmentos que configuraron el campo cultural chileno de las décadas del cuarenta y cincuenta del siglo XX. Llegado a Chile en 1935, a poco andar Espinoza formaba parte ya, quieras que no, de la cultura &#8211;de sus productores, más bien&#8211; nacional. Las preguntas que habría que formularse entonces, a su respecto, son las siguientes: ¿Cuál fue la posición que él ocupó al interior de nuestra cultura? ¿Dónde lo podemos poner hoy? ¿Qué y a quiénes representa?</p>
<p>Para responder a estas preguntas, puede que el mejor método consista en operar por exclusión, la de aquellos otros que también formaron parte del campo cultural chileno de esos años pero que no tienen o tienen una cabida menor en el horizonte visual de Espinoza. Por ejemplo, noto que los intelectuales oligárquicos, como Huidobro, Subercaseaux o Barrios, no aparecen o aparecen secundarizados dentro del círculo de sus preferencias (en un ensayo que no está en <em>Babel </em>Espinoza compara, por ejemplo, lo que él considera el “pintoresquismo” de Barrios en <em>Gran señor rajadiablos</em> con la “hondura” de Manuel Rojas en <em>Hijo de ladrón,</em> I, 25); o a los criollistas, como Mariano Latorre, quien publica cuatro colecciones de cuentos <em>On Panta, Hombres y zorros, Mapu</em> y <em>Viento de Mallines</em>, que no falta quien opine que constituyen lo mejor de su obra, en 1936, 1937, 1942 y 1944 respectivamente, y que es un escritor al que yo tengo la distinta sospecha de que a Espinoza le pareció arcaico; o a los treintayochistas que, con la sola excepción de Reinaldo Lomboy, tampoco están; o a los surrealistas, Braulio Arenas y compañía, que brillan por su ausencia; o a Neruda, que pasa casi sin mención; o a de Rokha, del que no encuentro ninguna. Si se exceptúa a Gabriela Mistral, con la que Espinoza se carteó (¿con quién no se carteó Mistral?), los monstruos de la literatura chilena parecen no haber sido para este escritor/editor lo que a él más le interesaba.</p>
<p>En cambio, escribe sobre <em>ciertos</em> autores europeos y sobre <em>ciertos</em> autores locales. Entre los europeos, Heinrich Heine y Baruj Spinoza se llevan las palmas, hasta el extremo de que son los responsables, la mitad cada uno, por su seudónimo, pero también Goethe, Kafka, Gide y Machado; entre los locales, habría que separar el subgrupo de los latinoamericanos del de los chilenos. Latinoamericanos que lo entusiasmaron fueron los clásicos Domingo Faustino Sarmiento, José Martí, José Enrique Rodó, Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga y Ezequiel Martínez Estrada (podría agregarse a esos seis, Guillermo Enrique Hudson, que escribía en inglés, porque era inglés, aunque Espinoza nos asegure que es “el más criollo de los escritores nacidos a orillas del Plata” (I, 59); también una obra, el <em>Martín Fierro,</em> a la que un complot patriótico de Lugones con Ricardo Rojas y la revista <em>Nosotros</em> había convertido durante la segunda década del siglo en el poema fundador de la nacionalidad argentina; entre los chilenos, Ernesto Montenegro, Manuel Rojas, José Santos González Vera, Marta Brunet.</p>
<p>¿Qué concluyo yo de este veloz registro de preferencias? Concluyo que hay ahí una mezcla interesante, muy del período que aquí nos ocupa y sobre todo muy del personaje en cuestión, entre cosmopolitismo y localismo. En el primer caso, yo siento que el que habla es el inmigrante, Samuel Glusberg, un judío nacido en el poblado ruso de Kischinev, en 1898, trasladado a la Argentina en 1905 y retrasladado a Chile en 1935, y que no pierde, que no quiere perder su contacto con la literatura mundial; en el segundo, siento que el que habla ya no es el inmigrante sino el emigrado, esta vez Enrique Espinoza, alguien que ha apostado a esas alturas a “ser de acá” y está haciendo todo cuanto puede por salir victorioso en esa apuesta. Es el argentino, enamorado, como todos los argentinos de entonces, de Sarmiento, pasando por alto sus vetas oscuras, las que sin embargo no ignora; es el chileno que aplaude, y con toda razón, a Manuel Rojas. El tironeo entre una punta y la otra no puede ser más evidente.</p>
<p>Y la revista <em>Babel </em>es eso también. Es el reflejo perfecto del bicéfalo Glusberg/Espinoza. Él es la revista y la revista es él. Aunque aparezcan en ella artículos de Alfonso Reyes y León Felipe y traducciones de Hannah Arendt, E.M. Forster, Thomas Mann y otras estrellas de parecido calibre, eso también es él. Es Glusberg/Espinoza. No es que este hombre no haya dejado una obra suya, ya que pergeñó sus propios ensayos y también algunos sonetos. Pero, más allá de esos esfuerzos personales, buenos o malos, su gran obra fue la revista y él lo sabía. No se hacía ilusiones acerca de su genio. Pensaba, como debiéramos pensar muchos de nosotros quizás, que en vez de pelear por hacernos un hueco personal en el mundo, pudiera ser preferible que nos echemos a un costado y que liberemos de esa manera el espacio para que así lo ocupen otros que son mejores que uno. <em>Babel </em>es una revista que se quiere parecer a la <em>Partisan Review</em>, pero sin dejar de ser, al mismo tiempo, argentina y chilena. <em>Babel</em> es una revista que se quiere parecer al <em>Repertorio Americano,</em> pero sin dejar de ser universal Es un acto de equilibrismo complejo, reconozcámoslo, como que el cosmopolitismo babélico nos suena a ratos a derivativo, un poco de segunda mano respecto de las materias que comenta, y el latinoamericanismo, el argentinismo y el chilenismo, un sí es no es forzado. Pero ese era el proyecto cultural latinoamericano de entonces, en eso consistía, y fue él el que entre nosotros produjo a Huidobro y a Neruda y en América Latina a Borges y a Diego Rivera.</p>
<p>¿Y la política de Espinoza? Porque no hay que olvidar que estamos  en los años cuarenta y, a fines de esa década, en los meros comienzos de la guerra fría. En 1946, en Chile, candidato del partido radical y con la colaboración de los comunistas, Gabriel González Videla se ha transformado en presidente de la república. Tres años después, no tendrá inconveniente en traicionar a los mismos que lo eligieran, convertido ya en un peón obediente de los Estados Unidos. Listas negras, persecuciones, relegaciones, campos de concentración son el sucio prontuario del macarthysmo criollo, el mismo que ya anunciaba lo que treinta años después iba a reaparecer y a incrementarse y perfeccionarse hasta el delirio.</p>
<p>¿Dónde está todo eso en la revista <em>Babel</em>? Bueno, está y no está. Admirador de Mariátegui, para Glusberg/Espinoza el amauta es más (y vale más por ser más) un literato que un político. También admirador de Trotsky, advierte que lo que le llama la atención es su estatura intelectual, su vocación liberadora, pero con el oportuno salvavidas de que él (escribe “nosotros”, retóricamente) “no hemos pertenecido a lo largo de un cuarto de siglo a ningún círculo marxista” y que tampoco “hemos pertenecido jamás a ninguna de las fracciones en que se dividen los partidarios políticos de León Trotsky” (II, 121). Con los que no se lleva bien es con Stalin y sus admiradores, y se entiende que ello sea así. Le repugnan, los considera una “burocracia” que “contradice la enseñanza verdaderamente humanista de Marx y Engels” (II, 91) Porque Glusberg/Espinoza es, al fin de cuentas y en la más noble de sus acepciones, eso: un humanista. Rehuye los antagonismos ásperos y más todavía la crueldad. Quiere ser un “hombre de letras”, un intelectual “de buenas maneras” en un mundo en el que era difícil, pero aún se podía desear y pensar de ese modo. Oigámoslo finalmente en un texto escrito para el primer número de la edición chilena de la revista, el 1º de mayo de 1939:</p>
<p>Hoy más que nunca sabemos que se puede arrojar a la cárcel o al destierro a un escritor para que muera; pero no a su pensamiento, que siempre termina por sobrevivirlo si es realmente creador y mueve a los hombres a la acción.</p>
<p>Bajo el signo de tan alta esperanza y sin ningún principio mezquino, salimos, pues, en este día consagrado a los trabajadores de todos los países para brindar a los más cercanos e inteligentes una serie periódica de ensayos, artículos, poemas y narraciones de valor permanente o documental.</p>
<p>En cuanto al antiguo y ambicioso símbolo que elegimos para destacar una vez más nuestro modesto empeño de traductores y periodistas, la evidencia de su significado en todos los idiomas nos ahorra cualquier explicación (III, 101).</p>
<p>He ahí a Glusberg/Espinoza y he ahí la revista <em>Babel </em>de cuerpo entero. Hoy, cuando en este país estamos de vuelta en plena barbarie, cuando los funcionarios de la cultura chilena son actores de la farándula o niñas bien, cuando los periódicos han prácticamente eliminado las páginas literarias, cuando el 46% de la población del país no lee nada y un 7% no lee casi nada y cuando las buenas maneras ya no están de moda, ¿cómo no vamos a agradecerles a Ferretti, a Fuentes y a Massardo que hayan desenterrado a esos monumentos del entusiasmo y la delicadeza de trato que fueron <em>Babel </em>y su más que honorable creador?</p>
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		<title>El ensayo del paisaje: sobre la escritura de Guadalupe Santa Cruz</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Nov 2011 17:42:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Emilio Gordillo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[<p><strong>El poder de una lengua autónoma </strong></p>
<p>Hace poco tuve la suerte de pasar Día de Muertos en una comunidad purépecha de la región de Michoacán, a unas cuatro horas del D.F. El&#8230;</p>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El poder de una lengua autónoma </strong></p>
<p>Hace poco tuve la suerte de pasar Día de Muertos en una comunidad purépecha de la región de Michoacán, a unas cuatro horas del D.F. El lugar se llama Santa Fe de la Laguna y Edgar Alejandre, nuestro amable anfitrión, nos permitió convivir con esta comunidad indígena y participar de la intimidad de su costumbre ancestral de hacer ofrendas a sus muertos. La comunidad, que cuenta con autonomía política representativa,  posee terrenos comunitarios en una  hermosa zona en la que conviven montes, lagos, verdor y cielo azul. Santa Fe de la Laguna es uno de los pocos pueblos donde se prohíbe la excesiva propaganda electoral a solo dos semanas de los comicios.</p>
<p>Más allá de todos los detalles sorprendentes de los que fuimos testigos durante esos días, lo que más me impresionó –lo que me dejó frío– fue asimilar que los indígenas de la comunidad no hablan entre ellos otra lengua que no sea el purépecha. Su capacidad organizacional, la mantención de sus costumbres ante la maquinaria turística sincrética estatal mexicana, la velocidad pausada y feliz de sus días, las reuniones de niños en la plaza para jugar cada noche con una bola de tela en llamas, radican principalmente en el acto de mantener viva esa lengua. Por las mañanas, en mi vigilia, las voces de hombres, mujeres y niños purépechas andando por las calles empedradas teñían la pieza oscura en la que dormí de una irrealidad nebulosa. Ese lenguaje inaccesible &#8211; para mí, irrealidad-, es para ellos una forma de vida, una alternativa real al mundo de hoy, que se está cayendo a pedazos.</p>
<p><strong>Viaje, fracaso y ensayo</strong></p>
<p>Fue en movimiento por la carretera y recordando la  Cordillera de los Andes en una zona de montañas y volcanes, donde me puse a pensar en los textos de Guadalupe Santa Cruz y con ellos, en el paisaje chileno que, a diferencia de recuerdos, personas y vivencias, suele permanecer de forma bruta e inapelable en la memoria, y hasta en algún punto difuso del pecho.</p>
<p>El viaje siempre es búsqueda y enfermedad y, si se escribe, ensayo, errancia, mirada. El recorrido cronológico de <em>Los conversos </em>(2001), <em>Plasma </em>(2005) y <em>Quebrada </em>(2006) bien podría leerse como un viaje hecho de lenguaje; confeccionado con los materiales de una lengua que se inventa a medida que el paisaje cambia. Los cuerpos y los almanaques sonríen al paso del viajero, cuentan historias que serán transcriptas en la libreta que debe haber sido la fuente de información desde la cual emergieron como fantasmas las voces relegadas por el “desarrollo” centralista. Esas voces pueden autonomizarse e, incluso, vengarse y reírse del centralismo, como se lee en <em>Plasma</em>, donde un lugareño determina la realidad mediante las palabras: <em>No son raíces, caballero, son yaretas. No es adobe caballero, es costra. No es usina, caballero, es salitrera. No es un poblado, caballero, es un tambo. […] No es una ciudad, caballero, es Fajes</em>.<em> </em>Ese ejercicio de transcripción abunda en los tres libros, ya sea bajo la forma de una voz, bajo la simulación de una libreta de apuntes, o en los interminables detalles que hacen de la lengua usada en el norte chileno una variación y alternativa al decir: un terreno nuevo desde el cual tentar la articulación de una lengua con la cual formar comunidad o, al menos, imaginarla. Como si crear una lengua para decir fuera el primer requisito de una herencia, y con ella, la posibilidad de honrar a los muertos, a quienes vinieron antes de nosotros.</p>
<p>Recuerdo un altar de muertos en Santa Fe de la  Laguna. El modo de honrar al viajero que abandona esta realidad consiste en llenar dicho altar de comida: frutas, verduras, tortillas, amarillas flores de cempazuchitl, mazorcas azules convertidas en adornos colgantes. Regalos de la naturaleza antes de ser paisaje. La comunidad es la encargada de ofrendar a los vecinos que durante el último año han perdido a un ser querido. A cambio, los visitantes reciben comida preparada por los anfitriones y conversación. Las familias circulan durante día y noche por las casas y la lengua, mediante la conversación, deja un halo de vida junto a los alimentos que, en su paso por el mundo, gustaron al viajero.</p>
<p>Pareciera ser que el viaje en la escritura de Guadalupe Santa Cruz se ha movido desde la abundancia estilística hacia el silencio y la memoria de las piedras. Si en <em>Los conversos </em>se articula un discurso abigarrado, una escenificación con personajes y roles entre los que se revuelca el lenguaje de una mujer que parece querer salir de entre una sábana muda &#8211; cuyo nombre es la contracción de lo femenino y la negación (Nesla) -, enumeraciones de nombres, textos que emulan informes de reconciliación, <em>Plasma</em> es narrada desde la perspectiva lacónica de un hombre que espía a una mujer, Rita, y en cuya escritura fracasan constantemente las indicaciones del empleador, una Oficina que recuerda demasiado a los sistemas de información y vigilancia prolongados durante la vuelta a la “democracia”. <em>Haga informe. Lleve cuenta. Detalle</em>. Estas indicaciones que se asemejan tanto a los formatos asumidos por los escritores jóvenes –y no tanto– de Latinoamérica, cede a medida que Bruno descubre mediante su propia mirada, y la de la comunidad, quién podría ser Rita. La libertad de la escritura se impone, entonces, por sobre la utilidad mediocre del informe.</p>
<p>Al final de ese viaje lingüístico, en <em>Quebrada</em>, ese libro misterioso que yo reeditaría en una edición de lujo y a ojos cerrados antes que alguien más lo haga, Guadalupe Santa Cruz parece replegarse aún más en la invención de un lenguaje. Sin números de páginas, con grabados y textos que se repiten bajo títulos como <em>Matriz</em> o <em>Quebrada</em>, las palabras parecen aflorar desde el paisaje mismo o, mejor dicho, desde la inestabilidad móvil de quien ensaya una mirada. El paisaje no existe sin mirada. Y la mirada se multiplica cuando el transcriptor afina el oído,  calla y deja hablar a otras voces. Son estos los momentos más contradictorios, bellos y potentes de <em>Quebrada,</em> pues se comprende que la denuncia social no solo puede estar hecha de gritos brutos, consignas y rimas pegajosas. También puede tener la forma demoledora de una palabra extranjera, sobre todo cuando la invención de un lenguaje propio y común se vuelve imposible:</p>
<p><em>¿Qué significa emigrar?</em></p>
<p><em>Solo dos escolares de los pueblos del interior de Elqui</em></p>
<p><em>supieron darle sentido a esta palabra.</em></p>
<p><em>Es cuando mi padre estuvo cesante, dijo el niño.</em></p>
<p><em>Es cuando cae la quebrada, dijo la niña.</em></p>
<p>Pareciera que el fracaso al intentar construir una lengua comunitaria convincente en <em>Los conversos</em> y <em>Plasma </em>se volviera ventaja en <em>Quebrada</em>. Como si el paisaje se vengara de la injusticia impuesta a una comunidad incapaz de articular una lengua comunitaria más generosa.<em> </em>¿Qué significan las palabras? ¿Qué significa el paisaje y para quién? La escritura de Guadalupe Santa Cruz es aquí más ensayística que nunca, tanto por la mixtura y libertad de discursos y géneros, como por la reconstrucción de sentidos que formula en torno a ideas que ya creíamos zanjadas. El sentido se descubre cuando “yo” doto de sentido. Entre el paisaje y quién lo dice, entre la idea y quien la dice hay un movimiento recíproco. Entre el paisaje y lo que digo sobre él, entre el libro y lo que leo, hay un valor que yo adjudico, y ese valor es siempre la contraparte de un deseo. Esa reciprocidad ya se encuentra de modo embrionario en <em>Los conversos</em> y alegoriza el recorrido que es la búsqueda de una forma en la escritura de Santa Cruz: <em>Los edificios a los costados hacen de la avenida una quebrada y nosotras somos peatonas del viaducto, somos parte del paisaje en el libro escolar que manoseo y forro sin descanso. -¿De dónde viene el paisaje, Lara? – De ojear, mamor. Así, abrís el coraza, abrís lo ventanal del huoco, del buraco, y viste la cosa mensa, el pasaje de mirar. </em>Es el recorrido desde la exageración de la guturalidad a la geológica frialdad sabia de las piedras. El tránsito que va desde la exageración del yo al silencio significativo de paisaje. <em>Todo parece bajo, plano, y sin embargo es un acontecimiento</em>, escribe Santa Cruz en <em>Quebrada</em>, y esa vitalidad, eso irrepetible que se comprende bajo la velocidad de un rayo de luz, y en pleno mundo de los vivos, se convierte en misterio y resignificación.</p>
<p><strong>Posibilidades contradictorias</strong></p>
<p><strong><em> </em></strong></p>
<p><em>Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje</em>, escribió Nicanor Parra. En una relectura, esos dos versos podrían no ser tan demoledores. Tal vez para ser país y comunidad –difícil cosa de afirmar no solo en “nuestro” país– el paisaje sea un requisito, como la lengua. Tras esos dos versos se oculta un malestar y una reacción concreta, sobre todo si pensamos en ese mismo Nicanor encargándole a Violeta Parra la transcripción de lo popular en un trabajo que él, aferrado a la ironía, no habría podido realizar nunca. Ese encargo es la autobiografía en <em>Décimas de Violeta Parra</em> y los argumentos usados por el mismísimo Nicanor se leen en <em>Muda, triste y pensativa</em> y <em>Pero pensándolo bien</em>:</p>
<p><em> </em></p>
<p><em>Muda, triste y pensativa<br />
ayer me dejó mi hermano<br />
cuando me habló de un fulano<br />
muy famoso en poesía.<br />
Fue grande sorpresa mía<br />
cuando me dijo: Violeta<br />
ya que conocís la treta<br />
de la vers&#8217;á popular,<br />
princípiame a relatar<br />
tus penurias «a lo pueta».</em></p>
<p><em>Pero, pensándolo bien,<br />
y haciendo juicio a mi hermano,<br />
tomé la pluma en la mano<br />
y fui llenando el papel.<br />
Luego vine a comprender<br />
que la escritura da calma<br />
a los tormentos del alma<br />
y en la mía que hay sobrantes;<br />
hoy cantaré lo bastante<br />
pa&#8217; dar el grito de alarma. </em><em> </em></p>
<p>Hace pocos días un amigo mexicano me envío un correo donde se leía que el miércoles 2 de noviembre, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación aprobó que Cherán, municipio indígena purépecha, vecino a Santa Fe de la Laguna, elija su gobierno por <em>usos y costumbres</em>. Una noticia importante para el país, pues Cherán es el primer municipio que logra desactivar el crimen organizado y el narcotráfico en México. Los cuatro barrios en que se divide el poblado de Cherán han elegido, en sus respectivas asambleas, a tres representantes para integrar el Consejo Mayor, compuesto por doce personas, que será la máxima autoridad de dicho municipio. En todas estas cosas pienso yo mientras las sierras se elevan bajas y apocadas en un recuerdo que es parodia de la cordillera. Mientras algunas personas de Chile tienden a desaparecer, sin la posibilidad de una lengua comunitaria representativa, sin honor ni despedidas.</p>
<p style="text-align: right;">15 de noviembre. 2011.</p>
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