“Mi vida” y el psicoanálisis

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Trad. Carmen Ruiz B. *

 

a Jean-Luc

Siempre tuve ganas de contar mi vida. Todo el inicio de mi análisis fue un largo relato. Relato lineal, continuo: en ningún momento perdía el hilo; “encadenaba”, sabiendo, de antemano, lo que iba a decir. Ni la menor ruptura, ni el menor agujero, ni la menor falla por donde pudiera finalmente deslizarse algún lapsus, por donde algo pudiese pasar. Así pues, no pasaba nada. Del otro lado del diván, nada. “Mi vida” le era indiferente.

Todo “comenzó” cuando no tuve nada más que decir, cuando ya no supe por dónde comenzar ni por dónde terminar. Entonces volvió lo que había contado antes, pero de manera totalmente otra, discontinua, bajo formas diversas (recuerdos, sueños, lapsus, repetición), o bien nunca volvió. Comprendí que había sido a la vez tonta e infiel.

Mi boca dejó entonces de ser la emisora de un discurso tranquilizador –bocca della verità– para convertirse en una cueva de donde brotaban gritos, frases más o menos articuladas, más o menos inteligibles, cuyo tono, de una extrema variabilidad (estruendoso, evanescente, apenas audible, entrecortado, melodioso, etc.), me sorprendía incluso a mí. Nunca me había oído hablar de esa manera y ya no “me” reconocía. Boca generosa esparciendo sus ofrendas de esperma. Boca clausurada, cosida, apretada, cerrada. Estreñida. –Lo que mi discurso probablemente procuraba también disimular es que la boca, según los momentos del análisis, puede mimar otras zonas erógenas del cuerpo, ser sucesivamente o simultáneamente boca, sexo, ano. Y no por simple analogía: sabía, si por ejemplo estaba estreñida ese día, que tampoco iba a poder “hablar” en el diván, que nada iba a salir de “ello”, que nada pasaría.

Lo que en análisis pasa por mi boca no tiene así nada que ver con la verdad ni con el sentido. Me sube desde las entrañas para darse como un regalo: quien aprecia es el otro. Entonces el silencio del analista es intolerable. No es signo de una indiferencia ante los eventos de mi vida, sino de una depreciación de lo más íntimo que tengo. Desestimación total de mis dones, de lo que sale de mi vientre, de lo que produzco: mi mercancía, ¡es una mierda! En ese caso mejor no dar nada, no decir nada: al menos, el silencio es de oro. Pero este silencio también me es intolerable. De ahí la necesidad imperiosa de escuchar mis palabras retomadas y tomadas. No para que se les asigne un sentido, se las interprete. Sino para que se establezca un intercambio que transmute la “caca” en oro. Que me permita enderezarme, mantenerme de pie y volver a partir.

 

(enero 1976. Fragmento de análisis)

© Sarah Kofman. Todos los derechos reservados. Publicación exclusiva autorizada por sus derechohabientes.

La versión desde la cual traducimos fue publicada en Les Cahiers du GRIF (1997), en un número especial dedicado a Sarah Kofman. Apareció por primera vez en Première livraison, n°4, París, febrero-marzo de 1976.

 

* Carmen Ruiz B. tiene el grado de psicóloga (Universidad Católica de Chile) y el de Magíster en Pensamiento Contemporáneo (Universidad Diego Portales). Actualmente cursa un doctorado en filosofía en la Université Paris Nanterre.

 

Imagen: Bridget Riley

Articulo por Sarah Kofman

(1934-1994). Filósofa y ensayista francesa. Fue profesora de filosofía en la Université Paris 1 Panthéon-Sorbonne. En 1974, junto a Jean-Luc Nancy, Jacques Derrida y Philippe Lacoue-Labarthe, creó la colección "La philosophie en effet" (Editorial Galilée), donde publicó, entre otros, Quatre romans analytiques (1974), Aberrations. Le devenir-femme d'Auguste Compte (1978) y Socrate(s) (1989). Si bien se la ha conocido sobre todo por sus trabajos en torno a Platón, Freud y Nietzsche, pareciera relegarse una cuestión que ha asediado prácticamente todos sus textos. A saber, el impasse de la mujer en filosofía.

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