MIGUELITOS (A partir de Juan Carreño autoeditado)

miguelitos

a la Sole Chávez y al Ramón Oyarzún 

 

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Otra vez, otra vez con la tontera: en muchos escritores chilenos de narrativa habría un conflicto sin solución con el español hablado en Chile. La dura: esta lengua culiá no sirve pa’ contar niunahueá. Algo ocurre con el español chileno que es renuente a convertirse o reinventarse o asestarse con facilidad o desparpajo en una escritura precisamente literaria a efectos de las novelas y los cuentos. ¿Por qué chucha? Esto se traduce, entre otras cosas, en que los narradores que intentan ¿introducir, reelaborar, sacar en cara? el habla chilena en sus relatos sean tildados de fallidos realistas, de impostados campechanos, y muchas veces con razón, por la reconchesumadre. Entonces es mejor encajar sólo de vez en cuando, o casi nunca, o cuando ya no se puede más de las ganas, algún “cachai” o algún “maracaculiá” en el centro o a los costados de un lenguaje pulcro. Esto es un asunto de toda la vida pero como que la hueaíta ha tomado más fuerza ahora, ¿no?, cuando el español chileno al parecer tiene un grosor más pulento, enriquecido por las incrustaciones de los vecinos y de los no tan vecinos, y así la mocha sigue con, por ejemplo, los relatos de Reinos de Romina Reyes, o las novelas Nancy de Bruno Lloret, Italia’90 de Juan Manuel Silva y Video killed the radio star de Daniel Rojas Pachas, que podrían oírse, puta, no sé, como tonalidades extrañas, o inaudibles (o de frentón inauditas) si se escucha que el habla, en esas escrituras, se halla —no en todo momento— “descalibrada” con respecto a cierta idea de realismo lingüístico de hueón pesao. Por otro lado, están las obras bien hechas, cuicas sí, ésas que a nivel del lenguaje son certeramente parcas, redacción impeque, arriesgando harto poco, o nada, pero igual como que son buenas y al final uno termina leyéndolas (y en ocasiones, chucha: queriéndolas) igual.

En la poesía se diría ocurre casi todo lo contrario, es decir hay menos complejos (en poetas y lectores), tal vez porque el problemita se solucionó de entrada con Pezoa Véliz (“Alma chilena”), allá por el año’el ñafle, métale rima, y a partir de ahí el envión del fablante del román paladino prosiguió campante vendiendo la pescá, aunque tomando los debidos resguardos, desde un lugar seguro como lo es el lugar de la ironía, donde al final la desmentida del lenguaje formal casi siempre trae puñal y así acaba, de algún modo, retractándose del hueveo y tirando el poto pa’ las moras. El trabajo poético de Juan Carreño, en Compro fierro y Bomba bencina, se lanza con minucia al cruce del habla chilena, quizá como crónica sucia y a la vez como respuesta inmediata a la intimidación represiva, económica, de esa misma lengua; en tóo caso: con esa misma lengua, sin retobar.

Pasaqué: un día la lengua pilla cruzao al poema y quealacagá. ¿O es al revés? Aventar que la poesía de Juan Carreño se lanza carepalo ¿a pololear y a abusar? contra y con el habla chilena, quiere decir que el poema logra salir vivo, aunque con moretones, de ese callejón oscuro, sin por ello sacrificar (pero casi, casi), en beneficio de una supuesta “claridad”, como decía el hoy considerado paltón Enrique Lihn, “los recursos propios del lenguaje poético, sus oscuridades necesarias, esto es, los elementos que condicionan la existencia misma de tantos poemas; y evidentemente, escribir como se habla (…) no significa renunciar a esa complejidad de forma y significación.” (“Autobiografía de una escritura”, 1967). No, si no es nal’lote la hueá acá.

 

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Puedo sostener con bases empíricas que si “Poema escrito por más de 100 jóvenes la noche del 11 de septiembre del 2005 en Avenida Santo Tomás con La Serena, La Pintana”, de Compro fierro, se lee sin previo aviso a miles de kilómetros de distancia y otros tantos añales, como en efecto lo hice, asardinado en el Metro Salto del Agua, Ciudad de México, en hora pico (calmao), la lengua chilena no se habla ni se grita, más bien cruje como otro idioma, y esto no tiene na’ que ver con las pajas culiás deleuzianas sobre la extranjera lengua de la literatura tartamuda y la cacha y la espá, sino con un tema de velocidades, lento, rajao, lento. (Hace unos años, al estrenarse en la televisión mexicana la película chilena Taxi para tres, ésta debió ir con subtítulos, la ondita: no se nos entiende niunahueá). El habla suelta de México, a la hora del insulto, al contrario de la chilena, opta por la ralentización; por muy enchilada que esté, por muy ñera que sea, la raza siempre preferirá que el otro cache sílaba por sílaba pues que vas-y-chin-gues-a-tu-pu-ta-ma-dre. Hay una delectación ahí de la cual el habla chilena, con sus intervocálicas mudas, su confusión de líquidas, su tragadera de eseh (chaaa) y sus imperativos de paco antimotines, está excluida. De hecho, quienes en Chile son lentos en el habla siempre serán metidos en el mismo saco de los pajeros culiaos fomes. El poema de la anónima autoría colectiva, el malón propuesto por Carreño aprovecha justamente el vértigo del habla local junto al de la protesta misma y se transforma, a chuchá limpia, en la narración de un carrete ¿de la resistencia?: “¡El olor te sapió paco culiao! / ¡Andai hediondo a pico! / ¡Aguja aguja! / ¡Yo te pago el sueldo! / ¡Yo que compro hierba! / ¡Oye tu mamá eh mi señora paco culiao! / ¡Se llama Teresa y lo endereza! ¡Apunta pacá culiao! ¡Te tengo entero funao paco y la conchetumare!”

 

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Leyendo “Pichilemu” o “Marciano” o “Escena familiar” o “La vena del Loco Murdo” de Compro fierro, pienso en la famosa pará de carros de Borges a Américo Castro sobre el idioma de los argentinos, y creo, carerraja, que nos faltó, más que un Borges, nuestro Américo Castro, como pacerlopico. No va a faltar el culiao chaquetero (yo merengues) que diga: no, no, si lo que nos faltó fue más bien un Borges, porque Américos Castros tuvimos y tenemos caleta, y nadie los hizo pico, loco, los narradores chilenos siempre han agachao el moño parejito. Pero Borges, al respecto, también se arrancó con los tarros: “nosotros quisiéramos un español dócil y venturoso, que se llevara bien con la apasionada condición de nuestros ponientes y con la infinitud de dulzura de nuestros barrios y con el poderío de nuestros veranos y nuestras lluvias y con nuestra pública fe.” (“El idioma de los argentinos”, 1928). Ya… sarpiiica mono culiao, hay que decirle al Viejo de vez en cuando, chihpiándole loh deoh.

 

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¿Tons la violenta chilena habladuría está mejor cuando salta peo en la escritura onda expresiva y, por el contrario, se pone hueona a la hora de los quiuos referenciales? ¿O ya da lo mismo padónde y pacuándo y paqué?

 

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Los espacios cerrados de Juan Carreño, la vieja que le va a sacar, que ahorita mismo le está sacando la cresta al cabro chico, el loco que escribe en un poste de luz de Santa Rosa sobre una voz que “era como / que sime estubiera / prebiniendo de algo / iala bes tan bien / era como que / mintindome desil / llapoo lebantate /”, y las micros (esas micros de Santiago hacia el Poniente, hacia el Sur, hacia el Norte pasando Indepe, de sólo pensarlo me da frío), la tele, los pacos, los poemas y los pacos, los pacos en los poemas, las pichangas en el barro, el Pejesapo y la angustia y los cadáveres y las comunas dormitorio y cómo te explico: “algo así / como arrancar de los pacos / todos los días / con tus películas”. Algo así.

 

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Loqueaha ehque voh… ehque voh… voh teníh un chileno como desactualizao, bro, me dice un chileno actualizado. Me quedo pensando en eso de “bro”. Te queahte pegao como hace quinceañoh, y la hueá ha cambiao mah que la shusha, man. Creo que tiene toíta la razón, y me siento viejo; viejo y ridículo como esos viejos ridículos que decían o todavía te dicen “lolo” o “gallo” o, peor aún, tienen su “panorama”. Pero y qué tanto oh, remata el chileno actualizado: si el paíh culiao eh la mihma hueá nomáh. Y ahí me quedo más tranquilo.

 

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Las gordas cacahuazintles mazorcas de poetas editores mamones mexicanos y el piño pasando piolita de poetas alumbraos chilenos quesque progres marginales de la misma edad de Juan Carreño, o más jóvenes aún, o más jediondos y pelúos aún, colgados del travesaño del Fonca, arañándolo, tirando la pelota pa’ fuera, ratoneando en la cascarita contra la lengua, chamaqueando lectores, la neta: mamando chido de las oligárquicas chichis podridas pero bien pinches jugosas de los gobiernos locales y federicos del PRIANRREDÉ. Ora culeros, ¿nostanviendo la mansa cagaíta acaso? ¿Ostán viendo y no ven?

 

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Oxicorte es leído como una novela en verso duro. Declaraciones posteriores señalarán dirán copucharán (pelarán) que ahí todo el cahuín de la lengua se va a la chucha y aparece otra más mesurada y exacta, si es que puede hablarse de mesura y exactitud en todo este hueveo. Se diría que el loco se pone serio, sobrao, hasta cita al William Carlos Williams, cáchate. Pero estamos en el mismo país reculiao, con los mismos presidentes ministros senadores periodistas jaimeguzmaneados que le aplican su oxicorte empresarial a lo que se mueve y ni siquiera “estirar / la / güincha / como / si / vivieras / adentro / de / una / lacrimógena” o mandarse cambiar al “origen sur de la memoria” te va a salvar. Desparramar letras como miguelitos, tampoco.

 

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Mi ejemplar destas obras reunidas de Juan Carreño: en la tapa, un “Originalísimo sistema de embellecimiento” africano; en la contratapa, unos chascones sicilianos, “morenos, dolicocéfalos”: todo, incluyendo cuarta de forros con objetos diversos y ragazzas, pulcramente plastificado; en el interior, hojas de cortesía de papel kraft, más fresas pero parecidas al papel de estraza, ese con olor a culo de las taquerías de muerte lenta, el mismo de la “harta en demasiada mota cobijada en estraza” que aparece en un poema de Pedro Damián Bautista. De hecho, ira tú, textos en prosa de Compro fierro y Bomba bencina —“A lo lejos”, “Monólogo en Villa El Alerce Norte, Puerto Montt” “Cantagallo”, “La vida de los peces es harina de pescado, rellena para pollos”— se topan tantito con las voces de “Boda con borrachera de pulque” y “Crematística” de El último ciclista (2009) del Damián, y digo “voces” y digo “se topan tantito” porque uno nunca quiere cagarla entre tanto hueón engrupío repartiendo cachamales, creyéndose la última chupá’elmate, voh mihmo, y lo de las voces se refiere, creo yo, a esa dribleadora capacidad ventrilocuaz que Carreño y Damián, cronistas ciclísticos, ciclistas crónicos, socios(lingüistas) ambos, lanzan en sus transcripciones poético-fonéticas, chúpatésa, para virarse del texto, para abrirse al toque de la mamonsísima voz interior, en corto, se refiere al oído bacán, atento, de los locos en los tales poemas narrativos o como vergas se les llame. Puta, uno nunca quiere cagarla pero la caga igual.

Articulo por Martín Cinzano

(Guayaquil, 1977). Escribió el libro de crónicas Perdido, los poemarios Peatonal, Yo ya y los fragmentos de El piano de Waldstein, además de la nonononovela En pana. Coedita le revista cartonera PUF! en la colonia Obrera de la Ciudad de México.

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