Por una historia de los niños perdidos.

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El año 1212, dos predicadores adolescentes, uno en Francia, el otro en Alemania, tuvieron una misma visión: Jesucristo los visitaba y les ordenaba agrupar un ejército de niños para librar una nueva cruzada. El ejército, les decía, recuperaría Jerusalén para la cristiandad gracias a la pureza y bondad de sus almas. Cuatro cruzadas se habían organizado ya con anterioridad, ninguna de las cuales había logrado conquistar Ciudad Santa, y se pensaba que su fracaso podía deberse a que los combatientes no eran suficientemente virtuosos. 20.000 niños de ambos países formaron entonces la “Cruzada de los niños”, que se encaminó como una sola armada hacia el puerto de Niza, donde se esperaba que el mar se les abriría, como ya se le había abierto a Moisés, permitiéndoles alcanzar Palestina. El entusiasmo era grande; el Papa Inocencio III, incluso, que avalaba la empresa, profirió: “mientras nosotros dormimos, nuestros niños velan”. En el camino hacia el puerto francés, sin embargo, la tropa degeneró. Parecían una enorme pandilla de vagabundos. Se les veía errar por el centro de Europa, arrasar con los campos que pillaban a su paso, y antes de llegar a Niza, la mitad ya había desertado o había sido diezmada por el hambre. Los que llegaron, por su parte, piadosos y tenaces, se instalaron en el puerto y estuvieron rezando durante semanas por el milagro que les allanara el camino.

Finalmente, el mar no se abrió. Un mercader francés ofreció sus barcos para cruzarlos a Palestina, pero los niños fueron traicionados. Una parte murió en un naufragio. El resto, fue vendido como mano de obra esclava en Alejandría.

Las cruzadas quedarán quizás señaladas como una barbarie en la historia; no quita que en ellas se expresa el modelo sobre el cual, en determinado momento, occidente decidió apostar por la Historia. Por sobre la vida primitiva del Siervo, encadenado a la tierra y a los ciclos de la cosecha, por sobre el tiempo en definitiva circular de una actividad productiva monótona y repetitiva, las Cruzadas hacían aparecer, en la superficie de la sociedad medieval, la idea de una Historia con todo el esplendor épico. El viaje de los cruzados hacia ciudad santa, sus luchas contra los moros, el destino del mundo cristiano representado en sus hazañas, imponían el arquetipo de un tiempo irreversible, y por lo tanto vivo; tiempo provisto de sentido y marcado de acontecimientos, digno de dar contenido para la crónica ya de una nación, de una clase, o mismo de un sólo hombre.

Puesto sobre este fondo, sin embargo, en el incidente de la Cruzada de los Niños algo parece descuadrar. Se trata de una crónica sin gesta, donde los sujetos del relato no se personalizan y la promesa de los hechos no se consuma. En el momento del asalto que haría entrar a los niños en el tiempo irreversible de los acontecimientos, la Historia parece haber cambiado de lugar. Y de este modo la inocencia, aquello mismo que les aseguraba un lugar entre los sujetos capaces de producir su tiempo, se transforma en prueba de inaptitud histórica.

La Cruzada de los Niños tiene una presencia en el folklor medieval que oscila entre la crónica histórica y la fábula, o el cuento infantil. En realidad, tomada como fábula, parece decir que la suerte de los niños en la historia, si no es la de haber pasado a grandes, es la de perderse niños. Los niños tienen entonces su breve figuración en la gran historia pero sólo para demostrar que, si hacen parte de ella, es como vástagos o como restos en la historia de otras cosas; se deduce su lugar de víctimas; de reserva, a lo más, de la historia futura –esa donde serán los adultos. El espacio de los niños queda así finalmente reducido a la historia gris, subordinada de la infancia.

Pero hay una contraparte, y es que de este salto abortado de la niñez a la historia queda un fantasma. Así, por ejemplo, los niños perdidos que vagan a lo largo y ancho de Europa, son vistos durante la Edad Media como los restos perdidos de esta aventura. O sea que mientras los cristianos dormían, e incluso cuando estaban despiertos, ¡los niños seguían velando!. Su presencia fantasmagórica recordaba a toda la cristiandad de otra posibilidad de la historia. Se puede pensar, al mismo tiempo, que la fascinación histórica y geográfica en el discurso de los niños parece convertirlos en exponentes, mensajeros de esa historia otra. En los discursos de los niños, en efecto, la historia se puede recorrer a través de las épocas, y no en una dirección única sino en todos los sentidos; se pasean por los grandes personajes, los territorios lejanos y los perdidos, los hechos del pasado y los del futuro, como elementos coexistentes en un mismo plano. Es que, parece, la extranjeridad que significa el mundo de los niños para los adultos no se puede reducir a un mero carácter de infancia. Hay que admitir que los niños trabajan realmente con la historia, que la atormentan y la apuntalan, no sólo como sus víctimas o sus reservas, sino como una potencia: guardianes de la memoria de otro modo de habitarla.

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Pero, ¿tiene algún alcance histórico esta potencia? La trascendencia de la experiencia familiar en la cultura occidental parece dejar la pregunta fuera de lugar. La infancia está material y simbólicamente contenida en el universo de la familia, se afirma, y la relación de todo niño con un afuera debe ser sistemáticamente puesta en correspondencia con esta estructura “originaria”. El concepto mismo del infante como un no-adulto, como un sujeto dependiente de la comunidad familiar, parece reprimir cualquier consideración en serio de las conductas o de las ideas de los niños. La relación del niño a la comunidad es así siempre mediada por el adulto, y la niñez puesta al servicio de la reproducción de la sociedad.

Pero si, considerando lo rígido del lugar asignado a la infancia dentro de nuestra sociedad, la pregunta parece perder todo sentido, la posibilidad, al menos, de la pregunta, queda esbozada ahí donde ha existido la experiencia de una comunidad de los niños; ahí donde las exigencias de una historia han venido a poner en duda el lugar central de la familia como instancia de mediación de la infancia; donde una brecha en la historia de los adultos ha abierto, descuidadamente, la posibilidad de una historia de los niños.

Es este cuestionamiento que emerge del cruce entre los documentales El edificio de los chilenos, de Macarena Aguiló, y Los hijos del sol, de Ran Tal. Ambos responden a contextos radicalmente diferentes, pero tienen esto en común: poner en escena la hipótesis de la familia como una institución política históricamente configurada; presentar, ante ella, la experiencia singular de una comunidad de niños.

Estrenado el año 2010, El edificio de los chilenos es un documental testimonial. En él se cuenta la historia del Proyecto Hogares, un espacio de vida comunitaria generado por el MIR a fines de los años 70’ a fin de cuidar y educar a los hijos de los militantes de la organización que volvían clandestinamente a Chile a integrar la resistencia contra la dictadura. El documental traza de este modo un recorrido desde la concepción del proyecto, su primera implementación en Bélgica, y la instalación definitiva de los 60 niños junto a los 25 padres sociales responsables de su cuidado en un complejo habitacional en La Habana, el que será bautizado como “el edificio de los chilenos”. La narración es articulada a partir de la voz de la propia Macarena Aguiló, una de las hijas del Proyecto Hogares, que va trenzando su propia historia con la de los otros actores del proyecto: la de los padres biológicos que dejaron a sus hijos, por decisión, para entrar a Chile en la clandestinidad; la de los hijos marcados por la experiencia de la comunidad y el fantasma del abandono; la de los padres sociales tratando de lidiar entre la carga afectiva y la responsabilidad política de su tarea.

El encuentro ente estos testimonios va demarcando así el espacio de una herida en torno a la cual dos historias parecen entrar en disputa. Por un lado, la historia de un espacio y de su construcción: la intimidad de la vida comunitaria, la compañía y los juegos cotidianos, la convivencia entre los niños, la ternura y la solidaridad de los padres sociales, etc. Todo esto aparece como la historia circunscrita, interior del edificio de los chilenos: es el aspecto privado, aquello que puebla el recuerdo ofrecido en los testimonios. A su lado, indisociable pero divergente, el plano de una historia general: la dictadura, el MIR, la organización de la resistencia y las decisiones cupulares, los muertos y los vencidos. En la fractura entre ambas emerge la cuestión de la familia y la cuestión de la derrota.

Es en el reparto entre estas dos historias, sin embargo, que el conflicto parece anudarse. El documental de Macarena Aguiló logra transitar por estas dos historias, dar el espacio correspondiente a cada una de las partes en el universo de una memoria que exige su catarsis. La derrota sin embargo, flanqueando el relato por todos sus extremos (derrota de la lucha revolucionaria contra la dictadura; derrota del proyecto hogares, disuelto por decisión del gobierno cubano; derrota finalmente de los niños que deben sopesar su experiencia con la de la cultura familiar dominante), termina por usurpar el espacio de positividad de la experiencia que está en el centro del documental. Mientras que el dolor es medido en el tribunal de la historia general, el espacio de la comunidad es relegado a la impotencia de una historia privada.

Exhibiendo las huellas de una misma herida, Los hijos del sol, film israelí estrenado el año 2007, puede contribuir a relevar la experiencia retratada del proyecto hogares. Armado a través de registros de archivo y el testimonio de sus participantes, el documental aborda la historia del proyecto de crianza y educación comunal en el seno de los Kibbutz, comunidades colectivas que proliferaron entre los años 30’ y los 70’ en Israel intentando promover un nuevo modelo de organización socialista para la construcción del hombre nuevo. Los niños tenían así su propio espacio dentro del Kibbutz, que se hacía cargo de su educación y de sus necesidades, habitando durante toda su infancia, separados de sus padres, en casas que compartían comunitariamente con otros niños.

A través del relato de la primera generación de niños educados bajo este modelo, el documental muestra así el dolor que termina por imponerse ante una experiencia familiar truncada; las derivas del principio de igualdad en la vida comunitaria; también, el espacio de autonomía de la infancia. Al igual que en El edificio de los chilenos, el peso de la derrota parece finalmente imponer un cisma en la memoria. La derrota del modelo de los Kibbutz, en efecto, de otro orden que el de la revolución chilena, puede ser buscado en la profunda derechización de la sociedad israelí, en su participación silenciosa en la historia de la colonización de Palestina. Así, en los años 70, la educación comunitaria es abolida y restablecida a la familia; el derecho a la propiedad es restaurado y, abriendo la brecha de la desigualdad, las comunidades terminan por convertirse en una suerte de mezcla entre condominio y empresas. La derrota del proyecto del Kibbutz parece entonces condenar la experiencia comunitaria al lugar de una memoria subalterna. La experiencia de la comunidad, sin embargo, no alcanza a ser alienada por la violencia de una historia exterior. Asumiendo su carácter inmediatamente político, su singularidad puede entonces ser pensada dentro de una misma historia; la experiencia es restituida en toda su potencia.

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En la jerga militar, por “niños perdidos” se designa a los soldados que, luego de una retirada, han quedado aislados en territorio enemigo. La expresión resuena ya en la historia de la Cruzada de los Niños, donde luego de la desintegración del ejército se percibían niños que vagaban por Europa como los espíritus de ese asalto inconcluso. Los niños perdidos son aquello que no se reagrupa en la derrota, los cabos sueltos. La herida abierta que persiste como posibilidad de una vuelta de mano.

Hablar de nuestras derrotas exige pensar el lugar de los niños perdidos. Ir a los lugares remotos de las experiencias de lucha o de transformación donde algo pasó; volver sobre los territorios devastados por el enemigo. Quizás la importancia política del proyecto mirista en Chile, por ejemplo, no pueda ser medida sin considerar la experiencia de sustitución de la familia del Proyecto Hogares. En ella no sólo se imaginaba la posibilidad de otro tipo de comunidad, sino que se ponía en duda, cuestión que queda explícita en el documental, el reparto tácito de que los hombres volverían a Chile a luchar mientras las mujeres se quedarían cuidando a los hijos, yendo así a contracorriente del consabido machismo de la izquierda revolucionaria latinoamericana de los años 70’. La experiencia de los Kibbutz, a su vez, no revelaría toda su potencia en la socialización de la producción sin este experimento radical de superación de las instituciones sociales más naturalizadas tal la familia. Ambas experiencias no pueden hoy ser consideradas sin atenerse a la responsabilidades de la derrota. Pero eso no es todo. La memoria de los adultos gravita sobre la experiencia de los niños haciendo un reparto entre dos historias, una historia privada y una historia general, donde la experiencia misma de los niños parece perder su derecho; la responsabilidad de la derrota de los padres teniendo que ser asumida en el recuerdo de esa infancia como una anomalía. En ambos documentales, sin embargo, permanece irreductible la singularidad de esa experiencia que, aunque mínima, los testimonios circulan sin poder nombrar. El relato difuso de un mundo de niños donde el orden simbólico no tiene aún la carga de un experimento fracasado ni de una derrota sucedida en otra parte recorre las indicaciones de una vanguardia indescifrable, las huellas de una potencia.

La experiencia no es nada más, quizás, en estos dos casos, que los pasos perdidos de un proyecto, y ambos documentales, entonces, la exhibición necesaria de sus ruinas; pero, en ambos, el proyecto tiene un espacio que debe ser buscando atentamente. Ese espacio es el de una comunidad. En alguna parte, el eco de los niños perdidos resuena.

Article by Nicolas Slachevsky

(Santiago, 1991). Licenciado en Filosofía por la Universidad de Chile. Participó en la redacción de la revista Multitud entre el año 2009 y 2013. Miembro del comité editorial de Carcaj.cl

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