Un devoto de la imaginación. Moacyr Scliar

Scilar - Caravaggio

Moacyr Scliar (Porto Alegre 1937-2011)

 

La familia de Moacyr Scliar, al ser judía ucraniana, huyó a principios del siglo XX de los pogroms rusos estableciéndose en Rio Grande do Sul, Brasil. Desde temprano, el autor en ciernes se convirtió en un lector atento de textos religiosos, en especial de La Biblia y El Talmud. En gran medida sus cuentos se plantearon como un registro de sus orígenes judíos y las experiencias cosmogónicas. Por esto, Scliar revalorizó la leyenda jasídica.

Las sectas jasídicas (jasid=devoto) se aposentaron desde el siglo XVIII en Europa central, siendo su lengua el yidis que se configuró en torno al alemán antiguo y tuvo elementos semíticos y eslavos. Partiendo del relato talmúdico, esta secta interpreta de forma particular las escrituras hebreas, dándole un carácter hedonista e irónico que fue potenciado por la práctica de la transmisión oral de índole folclórica de la región. Para ellos, la parábola dejó parcialmente lo edificante para sumergirse en situaciones vivenciales de su entorno. Lo místico/mágico de la parábola jasídica le hicieron a Scliar pensar en su ars narrativa y en la confluencia entre el judaísmo panteísta con la tradición literaria de Occidente, así como el mito puesto en otro ámbito para elaborar la antítesis de lo real.

Igualmente, este narrador dejó entrever su fascinación por Sherezade y el Decamerón, adquiriendo el gusto por lo insólito en Nathaniel Hawthorne, Franz Kafka y Murilo Rubião. Sus relatos incluyen: mitos, fábulas, alegorías, bestiarios, los que se articulan en temáticas con personajes alejados de una idea de trascendencia, oscilando entre la aventura, los grandes periplos y los espacios cerrados, en los que la rutina marca el desarrollo de sus historias. De igual modo, este escritor brasileño apostó a lo fantástico para cubrir la anécdota con universos desencajados y un humor amargo, demostrando el sinsentido de lo cotidiano y cierta vertiente trágica. No obstante, lo insólito es asumido con naturalidad por sus personajes, como si en ellos siempre una latencia hacia experiencias límite estuviera al acecho.

En este sentido, Scliar pudo conseguir grandes logros en el relato breve, en los cuales es preciso dar relevancia a la acción antes que a detalladas descripciones, lo que es expresado en sus textos mediante una drástica economía de recursos: lenguaje seco, desnudo, de mínimas caracterizaciones, ausencia de paisajes y diálogos cerrados. Lo que hace de la elipsis, además, la nitidez de una interpretación más compleja y versátil.  Su maestría residiría en suspender las fronteras entre lo maravilloso y lo cotidiano, entre lo imaginado y lo observado, de estas polaridades se nutrió para intentar la abolición de los contrarios.

En definitiva, la vida se mostraría en el interregno del sueño y la vigilia, porque en todas las ficciones de Scliar hay elementos atípicos que desencadenan reacciones de extrañamiento. Uno de sus mayores aciertos fue solapar a través de una gran amalgama la normalidad, dejando en el lector una sensación ambigua para poner en duda cualquier causalidad, así como la certeza de un orden cósmico.

Libros de relatos suyos son: El carnaval de los animales (1968), El enano en el televisor (1979), El ojo enigmático (1986), La oreja de Van Gogh (1989), Cuentos reunidos (1995), entre otros.

 

 

Los hijos del andrógino

 

De niños sufríamos mucho con aquello. En las raras veces que salíamos a la calle (siempre juntos y de la mano: nos sentíamos más protegidos así), los vecinos nos apuntaban riendo y murmurando: mira a los hijos del andrógino. Y éramos perfectamente normales, tanto los hombres como las mujeres; replicábamos (gritábamos, a veces, desesperados, gritábamos), somos normales. No nos creían: normales, un carajo. Normales, un palo en el trasero. Nos desafiaban: ¡bájense los pantalones! ¡Levántense las faldas! Nosotros, siempre de la mano, salíamos corriendo. Éramos tímidos como, reza la tradición, son los hijos de los andróginos. Tímido también era aquel que nos engendrara y llamábamos «papá», porque parecía un hombre con su cabello corto y su voz relativamente grave. Además de eso, usaba ropas masculinas, a no ser cuando quería ponerse cómodo (para ver la TV, por ejemplo), entonces optaba por un viejo vestido floreado. Nunca lo veíamos desnudo, o desnuda. Nada sabíamos sobre sus genitales; teníamos que imaginarlo o recorrer los libros de la vasta biblioteca que, sobre el asunto, él reuniera: en cierta época decidió informarse sobre su condición, y leyó todo lo que le cayó en las manos. Tan actualizado estaba, que podía discutir con cirujanos de igual a igual. Los profesionales decían que una operación podía resolver el caso, pero el problema no era ése: el problema era que él no decidía si quería convertirse en hombre o mujer. Al contrario de otros que veían en esa duplicidad una extravagante equivocación de la naturaleza, él se consideraba un ser superior: yo me basto, decía, y no dejaba de tener razón. Había desarrollado una técnica cuyo secreto no revelaba a nadie, que le permitía realizar el sueño de muchos de su misma estirpe: el autocoito. Que practicaba raramente. Porque el acto aparentemente le exigía una larga preparación de naturaleza psicológica. Semanas antes ya se mostraba distante, reservado, un poco perturbado incluso; sentíamos que estaba concentrando energías para el gran momento: una noche nos comunicaría su disposición de recogerse temprano, alegando indisposición o algo parecido.

Apenas se encerraba en el cuarto, corríamos a pegar el oído en la puerta (el hueco de la cerradura estaba, claro, obstruido). Dado el espesor de la madera, era poco lo que escuchábamos: unos suspiros, unas risitas, unas exclamaciones. Te amo, te amo, a veces en su voz habitual, masculina, a veces en falsete. El mayor de nosotros, un muchacho que después sería profesor, observaba, en voz baja, que la expresión era impropia; lo acertado sería yo me amo, yo me amo. La más pequeña manifestaba ya su vocación de futura psicóloga replicando con desprecio, que el lenguaje no era la mejor manera de comprender andróginos. La discusión cesaba cuando la puerta bruscamente se abría, y él aparecía no aliviado, sino enfadado; había descubierto nuestra presencia en el corredor. Para evitar la reprimenda huíamos, unos riendo otros con lágrimas.

Tomaba cuidados para evitar una gestación no deseada. Sin embargo, creemos haberlo visto embarazado una vez; la pasó mal en aquella ocasión, vomitaba mucho, en parte por causa de la ansiedad: tenía entonces un buen empleo, el embarazo podía significar simplemente un despido. Debe haber abortado porque pasó unos días en el hospital, y cuando volvió, lloraba mucho, a escondidas. Una dura prueba según el doctor Raimundo, su médico.

Por duras pruebas pasábamos nosotros también, y no era solo en la calle, en el colegio, en el club. La TV nos asediaba constantemente y más de una vez fuimos abordados en la calle por jóvenes en cuyos bolsos se notaba, mal encubierto, el grabador portátil. Todo esto era compensado, no obstante, por su extraordinaria capacidad de dar afecto. Cuando enfermábamos nos tomaba en brazos, podíamos entonces sentir, bajo la camisa de poliéster, los pequeños senos, siempre duros, a pesar de los años (y a pesar del hecho de habernos amamantado a todos). Que bajo el pantalón se abultase también un gran pene, a nosotros poco nos importaba. Estábamos con nuestro papá, estábamos con nuestra mamá, y eso era todo lo que queríamos.

 

La oreja de Van Gogh

 

Estábamos, como de costumbre, al borde de la ruina. Mi padre, dueño de un pequeño almacén, debía a uno de sus proveedores una importante suma. Y no tenía cómo pagar.

Pero, si le faltaba dinero, en cambio le sobraba imaginación… Era un hombre culto, inteligente y, además, alegre. No concluyó sus estudios; el destino lo confinó a un modesto establecimiento, donde, entre salchichones y chorizos, resistía en forma valerosa los embates de la existencia. Los clientes lo apreciaban, entre otras razones, porque vendía fiado y nunca cobraba. Con los proveedores, sin embargo, la situación era diferente. Esos enérgicos señores querían su dinero. El hombre a quien mi padre debía en ese momento, era conocido como un acreedor particularmente implacable.

Otro se desesperaría. Otro pensaría en huir, inclusivo en suicidarse. Mi padre no. Optimista como siempre, estaba seguro de que aparecería alguna solución. Ese hombre debe tener su punto débil, decía, y por ahí lo agarraremos. Preguntando por aquí y por allá, descubrió algo prometedor. El acreedor, que en apariencia era rudo e insensible, tenía una pasión secreta por Van Gogh. Su casa estaba llena de reproducciones de la obra del gran pintor. Y había asistido por lo menos una media docena de veces al filme de Kirk Douglas sobre la trágica vida del artista.

Mi padre pidió en la biblioteca un libro sobre Van Gogh y pasó el fin de semana sumergido en la lectura. Al atardecer del día domingo, la puerta de su cuarto se abrió y apareció triunfante:

—¡Lo encontré!

Me llevó a un rincón —yo, a los doce años, era su confidente y cómplice— y susurró, con los ojos brillantes:

—La oreja de Van Gogh. La oreja nos salvará.

¿Qué es lo que están cuchicheando allí?, preguntó mi madre, que tenía escasa tolerancia a lo que llamaba las locuras del marido. Nada, nada, respondió mi padre, y para mí, bajito, después te explico.

Después me explicó. La cuestión era que Van Gogh, en un acceso de locura, se había cortado una oreja y se la había enviado a su amada. A partir de esto mi padre había elaborado un plan: buscaría a su acreedor y le diría que había recibido como herencia de su bisabuelo, amante de la mujer por quien Van Gogh se apasionara, la oreja momificada del pintor. Ofrecería la reliquia a cambio del perdón de la deuda y de un crédito adicional.

—¿Qué dices?

Mi madre tenía razón: él vivía en otro mundo, un mundo de ilusiones. En todo caso, el hecho de que la idea fuese absurda no me parecía el mayor de los problemas; finalmente, nuestra situación era tan difícil que cualquier cosa debía intentarse. El problema, no obstante, era otro:

—¿Y la oreja?

—¿La oreja? —me miró espantado, como si aún no hubiera pensado en aquello. Sí, le dije, la oreja de Van Gogh, de dónde se saca esa cosa. Ah, dijo él, en cuanto a eso no hay ningún problema, la conseguiremos en la morgue. El cuidador es amigo mío, lo hará por mí.

Al día siguiente, salió temprano. Volvió al mediodía, radiante, trayendo consigo un paquete que abrió cuidadosamente. Era un frasco de formol, que contenía una cosa oscura, de formato indefinido. La oreja de Van Gogh, anunció, triunfante.

¿Y quién diría que no lo era? Pero, por si acaso, colocó en el frasco un rótulo: Van Gogh-oreja.

Por la tarde, fuimos a la casa del acreedor. Esperé afuera, mientras mi padre entraba. Cinco minutos después volvió, desconcertado, sumamente furioso: el hombre apenas había desaprobaba la propuesta, cuando le arrebató el frasco a mi padre y lo lanzó por la ventana.

—¡Qué falta de respeto!

Tuve que asentir, aunque el desenlace me parecía hasta cierto punto inevitable. Nos fuimos caminando por una tranquila calle, mi padre siempre mascullando: qué falta de respeto, qué falta de respeto. De repente se paró, me miró fijo:

—¿Era la derecha o la izquierda?

—¿La qué? —pregunté sin entender.

—La oreja que Van Gogh se cortó. ¿Era la derecha o la izquierda?

—No sé —le dije, ya irritado con todo aquello.

—Fuiste tú quien leyó el libro. Tú eres el que debería saberlo.

—Pero no lo sé —dijo, desconsolado—. Confieso que no lo sé.

Nos quedamos un instante en silencio. Una duda me asaltó en aquel momento, duda que no me osaba formular, porque sabía que la respuesta podía ser el fin de mi infancia. Por fin:

—¿Y la del frasco? —pregunté—. ¿Era la derecha o la izquierda?

Me miró, aturdido.

—Tampoco lo sé —murmuró con voz débil, ronca—. No lo sé.

Y proseguimos, rumbo a nuestra casa. Si uno mira bien una oreja (cualquier oreja, sea esta de Van Gogh o no) verá que su diseño se asemeja a la de un laberinto. Yo estaba perdido en ese laberinto. Y nunca más saldría de él.

 

 

Imagen de portada: Caravaggio

Articulo por Eduardo Cobos

Escritor, traductor, editor, investigador. Licenciado en Historia por la U. Central de Venezuela y la U. de Chile. Magister© en Historia por la U. de Valparaíso. Ha sido incluido en las antologías: «Glosa y otros cuentos». Santiago, Alfaguara, 2016; «5° Concurso Nacional de Cuentos Teresa Hamel», SECh, 2015; De qué va el cuento. Antología del relato venezolano 2000-2012. Caracas, Alfaguara, 2013; Quince que cuentan. II Semana de la Narrativa Urbana. Caracas, FC Urbana, 2008; 21 del XXI. Antología del cuento venezolano del siglo XXI. Caracas, Ediciones B, 2007. Ha publicado los libros: Historia del corvo. Santiago, TEGE, 2018; Los últimos días de John McCormick. Valparaíso, Inubicalistas, 2018; Venezuela: tres episodios de emancipación. Caracas, UBV, 2013; La muerte y su dominio. Caracas, CNH, 2009; Pequeños infectos. Caracas, Fundarte, 2005, entre otros. Ha sido distinguido en los concursos: Fondo del Libro y la Lectura, Línea de Creación, Ministerio de la Cultura, las Artes y el Patrimonio, 2018; Finalista, «Concurso de Cuentos Paula 2016»; Mención Honrosa, «5° Concurso Nacional de Cuentos Teresa Hamel», Sociedad de Escritores de Chile, 2014. Premio de Investigación Humanística y Educativa, Universidad Central de Venezuela, 2008. Premio Concurso de Investigación y Difusión de la Historia de Venezuela, Centro Nacional de Historia, 2008. Premio de Narrativa Fundarte, 2005. Residió en Caracas entre 1990 y 2016.

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