Apuntes sobre farmacología de la cannabis

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En el grupo varias personas eran veteranas de la droga, mientras otras se delataban como novatas con su tos compulsiva, pero todos fumábamos. Los más que eran entusiastas de la “cultura cannábica” estaban comentando, cual catadores de vino, las cepas que habían utilizado para hacer la mezcla que estaba circulando esa tarde. Una nueva híbrida feminizada de dos cepas, ambas con pretenciosos nombres en inglés, era la que debía tener la mayor potencia, de acuerdo con su perfil prometido de efectos. Por su pedigree era 80% sativa y 20% índica.

¿Por qué, entonces? ¿por qué apenas puedo hilar mis pensamientos? ¿por qué estoy tan lento? ¿No debería ser todo tan fluido, tan eufórico, como promete con su nombre tan pomposo? Culpa del 20% de genética índica, seguramente. Aunque siendo sinceros, después de todo, la genética ya no parece importar más. En otras ocasiones habíamos obtenido el efecto sativa con una cepa “100% índica”, y en otras, las más, cada cual tenía su efecto particular, los que contrastaban enormemente los de unos con los de otros. ¿Podía ser, en cambio, que esas palabras, sativa e índica no tengan como referente las especies genéticamente determinadas por los botánicos? Claramente hay, debe haber, o espero que haya, criterios científicos para diferenciar las dos especies. Pero no es a esos criterios a los que me refiero cuando pienso en un efecto índica versus un efecto sativa.

La respuesta, me dice él, el que más sabía de cultivos y de cristales y de tricomas vistos al microscopio, tiene que estar en la farmacología. El efecto sativa tenía que estar ligado al tetrahidrocannabinol (THC), y el índica al cannabidiol (CBD). Dos compuestos opuestos pero complementarios, el yin y el yang en un solo pito; la armonía que estuviera presente determinaba su efecto final. Todo muy lindo, esquemático y sospechosamente perfecto. Cada efecto que pudiera tener bajo los efectos de la marihuana se tenía que ubicar en un punto de ese espectro de dos dimensiones. Y ese yang más intenso, el anhelado estado risueño, las carcajadas inmotivadas, el mundo en colores; todo eso se debe a la predominancia de una bendita molécula sobre la otra.

Y de nuevo me pregunto, ¿por qué, entonces? La cepa tenía nombre de ballena mitológica, y con esa sola imagen daba a entender su efecto: meter a presión una gigantesca ballena blanca dentro de nuestra estrecha mente. Pero con toda esa presión los pensamientos aparecían demasiado pronto, demasiado rápidos y demasiado confusos como para apreciarlos. El resultado final era paradójicamente lento: completamente abrumador. Pero según el folleto del agrónomo prometía un 20% de su peso en THC. Brutal. El efecto debería ser solo risas, el cielo en cuatro pitadas. Las cepas de hace 10 o 12 años que nos acompañaban cuando éramos pendejos, tenían, si es que alguien se atrevía a tirar un número por dárselas de algo, hasta 5% de THC. Y aun así, con toda la sofisticación genética-agronómica, cada vez era menos frecuente alcanzar ese estado tan buscado. Elación, le llamó alguien. Todos, después de la búsqueda de rigor en el celular, asintieron lenta y largamente.

¡Pero nosotros somos mejores que esto! Somos en su mayoría médicos y hemos estado antes en la situación de analizar exhaustivamente los aspectos de la mente de una persona. Ya sea con un paciente, o con nosotros mismos, deberíamos ser capaces de identificar minuciosa y precisamente qué aspecto de una vida cognitiva es el que cambia cuando estamos bajo los efectos de tal o tal sustancia. Más aún debiéramos ser capaces de llegar a ese nivel de análisis cuando estamos en este estado, hiperalertas, con la conciencia reflejada y metida casi toda hacia adentro.

“Anticolinérgico”. Escuché por ahí en una sub-conversación que se daba dos metros hacia mi derecha. Ni idea del contexto, porque estaba yo en otra de esas micro-dinámicas pasajeras. Pero como un eco retumbó ese concepto en mi mente. Todo calzaba: la lengua seca, la retención de la orina, la piel caliente y la taquicardia. Esos efectos se daban todos en menor medida, cuando éramos más chicos. Pero con las nuevas cepas eran tan frecuentes que se sumaron como si nada, subrepticiamente, a los efectos esperados. Todo calza claramente. Falta solo un tipo de efecto, nada más, para completar el cuadro. Confusión, agitación y alucinaciones. ¿Faltaba, realmente?

Todos los entendidos se reían ante la posibilidad de considerar la cannabis como una droga alucinógena. Pero ese episodio, con esa persona, que se ocultaba como una vergüenza familiar, olvidada en la cotidianidad, decía claramente otra cosa. Escuchar orquestas y ver en colores distintos las distintas posiciones del cuerpo no son efectos habituales. La predisposición genética a la psicosis, una supuesta maldición hereditaria que le prohibía al susodicho volver a consumir, nunca había sido explorada con seriedad. Pero si las marihuanas mutantes del siglo XXI tienen agregado un efecto anticolinérgico, ya sea por su altísimo nivel de THC o por algún alcaloide desconocido, la explicación podría ser otra. Quizás necesitemos nuevos estudios para una farmacología nueva de la cannabis.

Articulo por Ignacio Rodríguez

Santiago. Médico egresado de la Universidad de Chile. Muchos proyectos, ninguno concretado.

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