Campo y ciudad en el pensamiento de Bolívar Echeverría y Rodolfo Kusch

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Durante el Renacimiento europeo se habría comenzado a desplegar un proceso de progresiva racionalización de la naturaleza, proceso que como consecuencia habría de reflejarse en una reconstrucción radical de las perspectivas del tiempo y del espacio en el mundo Occidental. La conquista y el ordenamiento racional del espacio se convirtieron en una parte integrante del proyecto de modernización, en donde dicha organización ya no se llevaba a cabo para reflejar la ‘gloria de Dios’, sino para celebrar y facilitar la liberación del hombre como individuo libre, dotado de conciencia y voluntad. Los viajes de descubrimiento cambiaron la forma de representar el mundo, mostrando que este era finito y potencialmente cognoscible. De esta forma, por ejemplo los mapas, ya despojados de todos los elementos de fantasía y de la creencia religiosa, se convirtieron en sistemas abstractos y estrictamente funcionales para el ordenamiento fáctico de los fenómenos del espacio[1]. Dicha visión totalizante del mapa daría lugar a la construcción de un fuerte sentido de las identidades nacionales, locales y personales por medio de las diferencias geográficas, siendo reflejo de este proceso el hecho de que durante la primera época de la economía-mundo europea se constituyera en torno a las ciudades-Estado, las cuales a su vez darán lugar a los Estados territoriales o Estados Nacionales[2].

El filósofo trasandino Rodolfo Kusch señala que después de una Edad Media profundamente femenina, el hombre adquiría en Europa un profundo sentido fálico que se traducía en una penetración al mundo[3]. En Occidente la ciudad tendrá la dimensión de un recinto amurallado, como “polis”, entendido como un ámbito cerrado en el que se refugia el hombre para poner en vigencia su pura humanidad. Este encierro en las murallas de la ciudad reflejaría el miedo del hombre a la Naturaleza, miedo que es sustituido por la creación de otro mundo, en donde el hombre pasa de ser dependiente del mundo a ser soberano. La ciudad se constituye entonces como un patio de objetos, en la cual el hombre es el dios iracundo que gobierna a la naturaleza con el afán de convertir todo el espacio que lo rodea en una “ciudad total”, de manera que la antigua ira de Dios es remplazada por la ira del hombre. Siguiendo este hilo argumentativo Bolivar Echeverría señala que el industrialismo capitalista se puede concebir como una tendencia arrolladora a reducir la importancia relativa de los medios de producción no producidos (como los naturales o del campo) en beneficio de la importancia adjudicada a los medios de producción cuya existencia se debe casi exclusivamente al trabajo humano (como los artificiales o de la ciudad). Desde esta perspectiva el urbanismo en las sociedades modernas sería la imagen por excelencia de la manera en que se presenta una sustitución del Caos por el Orden y de la barbarie por la civilización. La ‘Gran Ciudad’ se constituye como un recinto exclusivo de lo humano, a la manera de una absolutización que refleja la tendencia a construir el territorio humano como una materialización constante de la idea del tiempo como progreso:

“Afuera, como reducto del pasado, dependiente y dominado, separado de la periferia natural o salvaje por una frontera inestable: el espacio rural, el mosaico de recortes agrarios dejados o puestos por la red de interconexiones urbanas, el lugar del tiempo agonizante o apenas vitalizado por contagio.[4]

Echeverría considera que sin la explicación del objeto complejo que es la ciudad sería imposible la comprensión de la sociedad moderna, de la que es constitutiva y constituyente. Con la aparición de la gran ciudad y la metrópoli en el desarrollo del sistema capitalista, el campo resulta subordinado a éstas en forma definitiva, convirtiéndose en un mero apéndice de la periferia industrial. La ciudad capitalista, última instancia del proceso de urbanización de las ciudades modernas, se caracterizará por una subsunción total de lo rural a lo urbano, produciéndose una sujeción, explotación y destrucción incluso, del campo en beneficio de la ciudad, de manera tal que la gran ciudad será una suerte de “parásito” que se constituye en la negación absoluta de lo rural. En vez de armonizar con lo rural, en la ciudad capitalista se refleja la tendencia a reconstruir todo el planeta bajo la forma de la ciudad, y de construir una suerte de “ciudad absoluta” o “ciudad total”, de manera tal que el campo pasa a ser un mero intersticio del espacio citadino. En el proceso de urbanización de la modernidad capitalista el campo pasa a ser, en definitiva, una proyección de la estructura cívica urbana. Existiría entonces una suerte de correlato entre ciudad y mercado en el contexto de la civilización moderna europea, de manera que la ciudad va a provocar que se perfeccionen las formas del mercado y los mercados, por su parte, van a estar solicitando de manera constante la aparición de las ciudades, así como de las sucesivas modificaciones de sus estructuras[5]. La ciudad habría de adquirir su necesidad política a partir del hecho de que es el lugar privilegiado de la esfera de la circulación.

En las culturas extra-europeas esta urbanización vinculada al dominio de la naturaleza se encontraría vinculada también a la expulsión de la barbarie, entendida como una suerte de reconstrucción de las formas de vida europea, las cuales siempre se habrán de mezclar con las herencias prehispánicas, lo que Echeverría denominaría como la puesta en funcionamiento del “programa del barroco”[6]. Rodolfo Kusch caracteriza esta mixtura a través de los conceptos de “hedor” y pulcritud”, que mostraría una irremediable aversión entre una supuesta pulcritud de las formas de vida europeas y un hedor tácito de todo lo americano, que se traduciría en la creación de políticas puras y teorías económicas impecables, ciudades espaciosas, cierto tipo de educación y un “mosaico de republiquetas prósperas” que cubrirán todo el continente. El hedor en América sería todo aquello que se encuentra más allá de la ciudad, y la categoría de ciudadano apuntará a considerar todo aquello que “no es ciudad” -es decir que no está caracterizado a través de la idea de pulcritud- no es más que un simple hedor susceptible de ser exterminado. Tal afán estaría determinado por el miedo, el cual es el reflejo de este intento del hombre por controlar a la naturaleza, siendo Cristóbal Colón uno de sus primeros portavoces:

Cuando funda el primer fuerte lo hace así, como aspirando a crear la ciudad. Por eso inicia la superposición de la realidad europea, alimentada por la convicción técnica, sobre una realidad que no era. Y es que había miedo en Colón porque le apremiaba esa superposición, y no quería o no podía ver lo que había quedado abajo.[7]

 Este mundo que queda abajo reflejaría un miedo antiguo que el mito de la pulcritud intentaría remediar con el progreso y la técnica, pero que reaparece constantemente, mostrándonos el hecho de que no somos tan europeos aunque nos lo propongamos, siendo más bien una mezcla de este hedor y pulcritud que Kusch caracteriza a través del concepto de fagocitación. Con relación a esto señala Echeverría que podemos presenciar la imposibilidad de llevar adelante la vida americana como una prolongación de la vida europea, pero también una imposibilidad de llevar adelante una vida americana como una reconstrucción de la vida prehispánica:

 “El siglo XVII en América no puede hacer otra cosa, en su crisis de sobrevivencia civilizatoria, que re-inventarse a Europa y reinventarse también, dentro de esa primera reinvención, lo prehispánico. No pueden hacer otra cosa que poner en práctica el programa barroco[8]”.

El intento de los criollos americanos de instaurar una realidad europea en un continente ajeno provocaría la paradoja de que de pronto se vieran construyendo algo diferente de lo que se habían propuesto, erigiendo una Europa que nunca existió ante ellos, una Europa diferente, “latino-americana”. Bolívar piensa el hecho del mestizaje como una actualización de una voluntad de forma que pierde la suya anterior, al transformar a una ajena, de manera tal que en la América ibérica no se habría dado una prolongación de lo europeo existente, sino más bien una recreación o reinvención, es decir, una restitución de eso ya existente por otra versión diferente de lo mismo[9]. El barroco reflejaría el modo en que las formas europeas se encuentran siendo alteradas y remodeladas en el sentido de los americanos, caracterizado, por ejemplo, en un “urbanismo espontáneo”, en el uso recodificado de la lengua española, reflejándose incluso en la economía y la política, a través del aparecimiento de la corrupción como medio de producción. El proyecto de re-edición de Europa en un mundo ajeno no se habría llevado a cabo sino a través de un nuevo comienzo en donde aún se convive con los vestigios de las civilizaciones pre-hispánicas que nunca fueron completamente aniquiladas[10].

 

[1] Harvey, David. 1990. La condición de la posmodernidad. Investigación sobre los orígenes del cambio cultural, Buenos Aires: Amorrortu Editores. 267-280.

[2] Echeverría, Bolívar (2013). Modelos elementales de la oposición campo-ciudad. Anotaciones a partir de una lectura de Braduel y Marx, México D.F.: Editorial Ítaca. 71.

[3] Kusch, Rodolfo. América Profunda, Buenos Aires: Editorial BONUM, 1986.p. 128.

[4] Echeverría, Bolívar. Ilusiones de la modernidad. México: UNAM/El Equilibrista, 1995. P. 153.

[5] Echeverría, Bolívar (2013). Modelos elementales de la oposición campo-ciudad. Anotaciones a partir de una lectura de Braduel y Marx, México D.F.: Editorial Ítaca. 36.

[6] Cevallos, Santiago (2012). Iconos: La crítica de Bolívar Echeverría del barroco y la modernidad capitalista. Revista de Ciencias sociales. Num. 44, pp. 119-124, Quito.

[7] América Profunda, Kusch, 1986, 148

[8] Cevallos, Santiago (2012). Iconos: La crítica de Bolívar Echeverría del barroco y la modernidad capitalista. Revista de Ciencias sociales. Num. 44, pp. 119-124, Quito.

[9] Barroco y modernidad alternativa: diálogo con Bolívar Echeverría. José Antonio FigueroaMauro Cerbino Íconos: Revista de Ciencias Sociales, ISSN-e 1390-1249, Nº. 17, 2003 (Ejemplar dedicado a: Dossier: El ataque a los tagaeri), págs. 102-113

[10] Bolívar Echeverría: la aventura de la Teoría Crítica al barroquismo Luis Arizmendi. c 2014. Revista Internacional de Comunicacion y Desarrollo, 0, 71-9

 

Fotografía: Paulo Slachevsky
https://www.flickr.com/photos/pauloslachevsky

Article by Rodrigo Muñoz

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