Carcajada – Infancia y Animalidad

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Compañeras y compañeros, amigas y amigos de Chile y del mundo:

 

Los convocamos en esta ocasión porque hay cosas que nos inquietan, que nos preocupan; cosas que como residuos arcaicos de nuestro ser se agitan en nosotros: afectos e impulsos, recuerdos y deseos enterrados en los bajofondos de una memoria y un cuerpo, que bien reprimidos prometen una entrada triunfal en la vida civilizada.

Nuestro reconocimiento en la vida adulta parece fundarse sobre una serie de contenciones y delimitaciones. Pero las cosas van y vienen. Así la razón abjura de la locura pero la locura ilumina, detrás de la frontera, la verdad original que ostenta la razón. Del mismo modo, infancia y animalidad, por antagonismo o superación, arte de la contención y la negación, nos convierten alguna vez en adultos bien constituidos.

Niños y animales. Dos territorios emergen.

Habitan en nosotros, pero nosotros ya no habitamos en ellos; una ley tácita, lo que llamamos madurez, tal vez, el sentar cabeza, parece prohibir que los miremos a la cara.

¿Qué tememos encontrar?

Si insistimos en domesticar, encerrar y domar a los animales y a los niños, ¿no es por miedo, por miedo justamente a todo lo que hay de animal e infantil, de salvaje e incivilizado, en nosotros mismos?

Si se puede hablar de mundos de niños, de mundos animales, es porque cada uno de ellos moviliza un modo de experiencia que, aunque concebible, pensable, en el mundo adulto sólo existe como experiencia negada. Arrojados al límite, sin perder su singularidad, estos mundos se encuentran en una zona de umbrales. “Mi música la entienden mejor los niños y los animales”, decía Stravinsky. Y es que al contacto de sus mundos, nuestro lenguaje pierde su valor denominativo, nuestro orden del espacio se desarma, nuestra experiencia se devela como ausencia de la experiencia. Mirarlos a la cara, no nos aterra tanto por aquello en lo que nos podríamos reconocer en ellos, como por aquello que su mundo nos muestra como devenir.

Por un lado, un niño no es simplemente un adulto pequeño. La diferencia que los separa es inconmensurable, aunque ésta vaya desapareciendo a medida que el niño crece. Y si en esta sociedad la diferencia entre niño y adulto se configura como diferencia entre trabajador y no-trabajador, esto sólo ocurre en la medida en que el niño va siendo socializado, instruido y preparado para su propio “futuro laboral”, es decir, para ser por fin sumiso y explotable, obediente y productivo; en definitiva, todo lo que un niño no es, todo lo que un adulto sí es.

En la sociedad de consumo, además, la infancia se constituye como una fase de la vida que moviliza su propio mercado. ¿No son los niños respetados y escuchados sólo en tanto consumidores, en tanto pequeños clientes? ¿No les enseñamos a nuestros hijos a comprar y consumir compulsivamente, mientras denunciamos la explotación infantil en países más pobres, sin siquiera reconocer la cadena que los une en el sistema?

¿Pero qué es la infancia, finalmente? ¿Qué es eso que muchas veces decimos defender, proteger o añorar? ¿Se trata de un pasado o de un porvenir? ¿Un lugar para mis recuerdos personales, o el nombre de una potencia común, que ya no es la mía propia ni me pertenece como individuo?

Del otro lado, hablamos comúnmente del “animal” como un objeto, como una cosa cualquiera, como si una garrapata fuese lo mismo que una ballena, y como si solo un nombre fuera suficiente para nombrarlos a ambos, así como a todos los demás. Nombrar, ¿no se ha fundado acaso sobre esa capacidad el dominio del hombre por sobre los animales, desde el génesis al menos? El hombre, ¿no se hace amo justamente al nombrar, al dar nombre?

¿Pero podemos creer todavía en la supuesta supremacía del hombre, cuando hemos visto lo que éste ha hecho con el mundo? ¿Podemos creer todavía en esa pretendida falta de conciencia de los animales, o de una conciencia “menos evolucionada”, que ha justificado históricamente su dominación?

Y, después de todo, ¿es tan simple distinguir al hombre de los animales? Si se ha dicho que el hombre es un animal-racional, o un animal-político, tecnológico, un animal que habla, o ríe, o cualquiera de las tantas definiciones animalísticas que ha dado el hombre de sí mismo, ¿no es justamente porque no es tan fácil distinguirnos de los animales? Hay, ciertamente, hombres que se parecen más a algún animal, y animales que nos parecen humanos. Pero nosotros mismos, ¿no sufrimos a veces como animales, o comemos como chanchos, nos aburrimos como ostras, tiramos como conejos? Les preguntamos a los gallos y a las cabras, a los perros y zorrones, a los burros, a los pavos, a los pollos y los pajarones, a los patos, malos y buenos, a los cabezas de pescado, incluso a las vacas, a los más mula, les preguntamos ahora, y lo hacemos de puro sapos.

Niños y animales, ¿en qué nos interpelan? ¿Qué escrituras infantiles? ¿Qué escrituras animales? ¿Qué es lo posible entre ambas?

Les invitamos a escribir, a pensar, desde estos límites, desde estas zonas de vecindad que hay entre animales y hombres, o entre niños y adultos. Les invitamos a construir o deconstruir respuestas, lenguajes, a balbucear, a ladrar, maullar, graznar sus respuestas y preguntas ante estas cuestiones que nos inquietan.

Reciban ustedes un gran saludo, y esta invitación abierta

Desde uno y otro lado del mundo,

 

Carcaj

 

*Texto de convocatoria para el especial <<Infancia y Animalidad>> – Octubre 2017

Article by Carcaj

Revista de arte, literatura y política.

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