EL MAZAZO (La violencia en el ensayo)

mazazo

Me es difícil leer un ensayo de los que aparecen hoy. No, más bien: hace tiempo que no puedo seguir leyendo un ensayo que se inicie imponiendo una suerte de consenso forzado mediante un mazazo retórico. Entonces debería frenar de inmediato, porque de algún modo aquí estaría incurriendo en lo mismo, aunque tampoco estoy muy seguro de eso. Tal renuencia es para mí difícil de explicar, pero creo que bastantes ensayistas, apurados tal vez por dejar en claro su posición, y apurados, sobre todo, por no quedar como unos patanes ignorantes, desechan (u olvidan) esa vacilación inicial, esa patanería ignorante que después de todo es la que sostiene el género. Nos leen la cartilla de entrada, echando mano (a manotazos) de esa siutiquería que llaman punch line; si a eso vamos, creo mejor leer un manifiesto o un instructivo para armar clósets de fierro. Pero me pregunto si esto es —o no— responsabilidad de los lineamientos —nunca del todo definidos, por suerte— propios de las exigencias de la escritura universitaria… No lo sé, pero si recuerdo mis primeros trabajos escritos (¡a manotazos!) para la universidad, quiero decir, si me recuerdo escribiendo, obligado por las circunstancias (es curioso: la universidad como taller de escritura obligatorio), veo a un sujeto tembloroso y angustiado, totalmente incapaz de garrapatear, por ejemplo: “El romanticismo se extiende sobre la práctica artística como una vanguardia programática en el sentido moderno”, o cosas de ese tenor, de las que, repito, hoy abundan. Sin embargo, por ahí por el segundo año empecé a dármelas de bacán y di rienda suelta a la petulancia de ese registro; plagiando a destajo, por supuesto. Me imagino que mis profesores debieron reír cuando, ante la extravagante pregunta: “¿Por qué Gregorio Samsa amanece convertido en un insecto?”, yo comenzaba respondiendo, muy ancho: “La cosificación como respuesta crítica a la enajenación tiene larga data en el discurso occidental”, dando inicio mayestático a una retahíla infernal nutrida de una buena cantidad de “desde luego”, “es sabido” y “por supuesto” (de los cuales, como se ve, aún no logro desprenderme). Pero con la palabra mazazo, pues, aparte de mi impúdica ridiculez, me refiero a la violencia fácil, es decir policial, de una escritura, no a la “violencia interpretativa” de la que todo ensayo en última instancia hace gala, argumentativamente o no. Hay una urgencia, o una incontinencia, creo, por mostrarse dominante de inmediato, cuando —insisto— la gracia del ensayo para Montaigne y para mí —esa dupla imbatible— está en no dominar nada y, más aún, en exhibir esa falencia. Es su acepción dramática: ser coloquial, provisorio, tan imponderable como una conversación plagada de exabruptos, citas, bromas, mentiras, insultos, exageraciones, rencores, contradicciones y concesiones a veces un poco lambisconas desde las cuales asoma alguna especie precaria de verdad acosada por la incertidumbre. Y este tipo de violencia, al parecer, no se enseña ni se aprende —ni tiene por qué aprenderse ni enseñarse— en la universidad. Ésta es en parte promotora de la cesantía ilustrada de licenciados, maestros y doctores, de la pedantería, de la exclusión, del cuiquerío editorializado, de la fanfarronería antiintelectual y de cuantos males se cultiven en la conversación pública y privada; es cómplice de todas esas violencias, excepto de la escritura ensayística tal y como a mí y a Macedonio Fernández —aquella mancuerna goleadora— nos interesa. ¿O no? ¿O acaso la universidad, con sus seminarios y rodeos en ocasiones somníferos, con su urgencia por representar cualquier exabrupto, puede conspirar en contra del mazazo; vale decir, puede aglomerar formas más proclives a una escritura insegura o que al menos no recurra cada tanto al quítame de ahí esas pajas que ahora vengo yo? ¿En qué andará metida esa gente hoy en día, allá dentro? ¿Alguien sabe? Y ya que en esas andamos: ¿por qué Gregorio Samsa amanece convertido en un insecto?

 

Imagen de portada: Fotografía de Paulo Slachevsky

Article by Martín Cinzano

(Guayaquil, 1977). Estudió Literatura en la Universidad de Chile y Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. En Santiago editó la versión impresa de Revista Descontexto, además de publicar reseñas críticas en medios electrónicos e impresos. En México publicó Perdido (UACM, 2010), libro de crónicas urbanas, ensayos y crítica literaria. Actualmente trabaja en el comercio callejero de libros en el centro de México DF.

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