El otro lado del río: un lugar real

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Reseña del libro Río herido de Daniela Catrileo. Santiago: Edicola, 2016

El otro lado del río: un lugar real[1]

 

“Y lo peor es que sobrevivimos,
sobrevivimos siempre
al amor a la ruina,
a la incesante sorpresa de la muerte
avanzo entre despojos
y sé que lo terrible
es que volvemos a ser felices”.

Selva Casal

 

Como las especies vegetales y animales, a veces pareciera que los poetas están extintos o en peligro de extinción, porque lo que la celeridad, el libre comercio y el biopoder matan es el oficio. Sin embargo, lo alentador es que, siempre, entran a las aguas, para evitar este declive, nuevas especies. En algunas de estas especies hay poetas de ríos y deltas. Para Alicia Genovese, el río es un rastro infinito, animal prehistórico y conciencia constante de equilibrio; para Diana Bellessi, la posibilidad de que el poema sea liberado al azar y que alguien lo recoja; para Juan L. Ortiz, el río es un nimbo, un vacío de seda; para Sonia Scarabelli, la fortuna de que siempre haya otra orilla, mientras que para Mistral los ríos son rondas de niños que juegan. Calveyra, desde otra ribera, divide de un golpe la tierra en agua y pensamiento. En todos ellos el río es viaje, discurrir, llanura y liquidez que piensa la palabra en su curso. Rumbo amniótico, fugaz e inasible como el del rastro dejado por Daniela Catrileo.

Río herido se divide en agua y pensamiento. Agua, río Imperial dejado atrás y pensamiento que construye ese curso anterior. Es un viaje acunado en el horizonte que mira el río, un viaje que en ese límite se pierde y tantea la oscilación que emite la condición rizomática del poema: “Los elementos/ arrastrados por el río crean/ en su viaje herido/ profundas llanuras fértiles” (59). Llanuras profundas del tiempo en nosotros, que no vemos pero que sentimos por su llaga que, de pronto, nos sobresalta, y caemos en cuenta que estábamos viviendo: “Se hunden los días / y un cuerpo aparece” (60).

Necesidad entre agua y pensamiento que escribe sobre todo lo inevitable. Ahora del fuego, entonces del agua. Hoy y ayer de las voces –lucha y pérdida– en la dedicatoria y dictado de la historia. Disputa en que se odia y ama lo amado, la sangre, y lo que está para recordarlo es el río.

En el primer capítulo, “Testimonio del accidente”, Catrileo escribe: “Este no es mi viaje. /Este es mi viaje” (11), como si en esa paradoja se alojara la cadencia del pensar que entiende y se cerciora de que “no hay estructura ni origen” (12). Río herido nos recuerda que estamos contaminados por el lenguaje y el afuera que nos dona la grieta, la memoria de la lengua que habitamos como corte y herida, en el acontecimiento que es el poemma, que ante a la ausencia nos recuerda la herida en el nombre propio, porque cuando no hay alivio es la niebla la que emerge preguntando: ¿Padre, el niño que eres, recuerda a su madre? Y cuando no hay recuerdo sino abandono lo que responde es una imagen: padre e hija pueden imaginar y soñar un origen, redimirse y remontar lo olvidado. Río herido agita el agua en la grieta para que los muertos sin historia y sin lengua puedan aullar.

El río, el relato del eco, de la voz, hace posible una imagen, el río herido que es el nombre, el nombre que es el río. Periferia que abre paso a la gramática acuosa que trae a los ancestros para que Catrileo nos diga el acaso del río en su lengua rota y nos deje escuchar el agua que fragua desde el cuerpo hacia el poema discurriendo en deltas y abrazado a la corriente.

La palabra, en la corriente, se quiebra y ramifica. “Estamos rotos” y por eso negamos la lengua y el nombre que es cauce, abismo horizontal de la gramática del padre que recuerda a su madre que es preguntada por su hija. Cauce, declinación, desvío, declive, basculación, texto acuoso del deseo de recordar, liquidez del río del pensamiento que se desliza:

“No hay pureza
ni casa propia
en
el movimiento de las aguas

habitar

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

el corte

sentenciada la boca
rota la lengua” (13).

“¿Qué se abre/ en el lenguaje de/ las aguas?” (19). Catri-leo: cortado / ḻewfü / leufú / río. Leo cortado, leo herido, leo golpes, leo el río. Leo, río. No hay consentimiento con el nombre sino “monstruosidad semántica”[2], no hay certeza sino agitación, hay odio y amor por los ancestros. Ruptura de la lengua en que leemos la escritura que busca su caudal.

En Río herido el nombre es un descalce, no calco de lo que fuimos, no el signo sino el ritmo de la niebla y la corriente, es la palabra que vuelve a poblar el agua. Lo que pulsa es el cadáver que este poema desata de los trozos de riel que lo hundieron, para abrirle paso a la memoria que retorna en olas. No hay certeza, no hay seguridad sino agitación. Oleaje, pregunta del exilio en la patria del río en que leemos mientras el cauce intenta sostener lo escrito para que no desaparezca de la historia y podamos resistir la réplica del signo, de los huesos convertidos en fantasmas. Las palabras y el nombre son espectros, musgo, accidentes sin lógica que el tiempo y la maleza borran. Esta tachadura es la grafía herida del habla: “Es cuestión de tiempo/ quitar los trozos de riel/ aferrados al cuerpo/ y volver a ser gravilla/ que bajo el cauce/ no pierde su color” (16).

Hay un flujo en el tocar del cuerpo que va arrancando el texto de los bordes y paredes que lo contienen. No hay guía, no hay control, no hay asimilación. Nada es definitivo ni estable, solo el poema puede abolir y revocar lo instituido, para acariciar la superficie acuosa que es escritura de los ancestros y cordón umbilical que atraviesa montañas. Se escribe en la ganancia y en la pérdida, entre fantasmas que ingieren “los ojos de la muerte” y su “famélico ladrido”: “Sólo el tiempo inunda/ de sigilo la memoria/ y retorna, como/ la próxima ola” (16).

Y cuando “la herida es nuestra evidencia”, la única manera de volver a aquello que fuimos, a la madre quizás, es este río Imperial, cuya promesa es el nombre: refugio en su paso y derivación. Azar y contingencia del poema, fraguado entre costillas, huesos y fonemas que ceden al silencio, al pasaje y la duda: “Ahora puede llover”. Río herido escribe la promesa incierta de la escritura contra el imperativo de la decisión y se ata a la posibilidad del poema. Escribe en la ribera, y solo si miramos de costado y sumergidos podremos leer. Esta agua no purifica, quema: “Mis muertos/ no son la historia./ Caminan sin lengua,/ aúllan/ como réplicas del signo” (22).

Esa réplica es la que se escribe en Río Herido, temblor infinito de una imagen finita que destella como extravío de la palabra que lleva su latencia a los arroyos cuando ya no hay restos que restituir. El sendero es apenas una estela; el río va ablandando y disolviendo la carne para que otros persistan bajo el agua. El paso, pasaje del poema, inunda de cautela y prudencia lo que ya no es próximo. Esa distancia es el corte, la imagen antes de ser escritura: “El río es voz/ que no/ calla./ Y la ola regresa en eco”. Una ola es una pregunta, las hojas procurando porque la historia de un pueblo se ha transformado en trayecto sin lengua. La maleza borra, pero todo reemerge, temblor y rizoma de la grafía: “Un accidente en el mapa/ es un paisaje/ que escribe/ y se borra/ en la maleza” (25).

Los lugares, así como el confinamiento y el destierro en que transita el río, son escritura que adviene en lo súbito y en el sobresalto, donde el nombre transcurre en el braceo-fraseo mortuorio de los que han sido aniquilados. Cien perdigones sobre una pequeña espalda, aún hoy, escriben esa hostilidad. Por el nombre somos aniquilados antes de ser. Letra, origen, escritura. “¿Como escribir un nombre/ que nació herido,/ antes de ser escrito,/ antes del origen de la letra?” (15), se pregunta Catrileo, y responde: “Somos exilio / en la patria del río” (21). En la patria del poema, en su destierro e inconstancia, fisura la hoja que lleva la “grafía salvaje del trueno en papel de otro” (25), en cuanto el poema es el otro que nos escribe o el diferimiento que avista Benjamin respecto del texto. Truenan las hojas enfrentadas y en diálogo atópico se abre la posibilidad infinita cuando el poema escribe su desaparición: “Con ceniza de/ los últimos árboles/ escribo una palabra/ en tu frente/ antes que todo/ desaparezca/ mar adentro” (28).

Los muertos, como todo, tienen un ciclo sobre el agua y en el inicio del viaje, la oscilación, porque siempre se intenta la mejoría y por ello se canta en vez de llorar:

“La base de todos tus muertos
tiene un ciclo sobre el agua.
Lamer piedras para alimentarnos,
volver al barro para izar
banderas del cabello.
(…)
Esto es el comienzo
de lo que llamaremos viaje:

                                 los niños cantan en vez de llorar” (35).

Y es necesario, para comenzar, componer y reconstruir el sueño de la niñez:

“El niño que es mi padre
corre por el verde mohoso del cerro.
Acarrea bueyes tras un espejo
amarra troncos
con la pericia salvaje del nudo.
Prepara la carreta
hacia su último viaje” (40).

El último viaje no es el destino, sino la pericia con que logramos sujetarnos a las cosas que evitan que nos hundamos y que nos contarán sobre nosotros en un tiempo anterior. Allí el cauce trae un incendio, el fuego tacha y la ceniza es lo que se mantiene. Daniela Catrileo, ante la pregunta por la herencia dice: “Yo, acá no soy yo”. “La voz [no es más que] el relato del eco” y el nombre no es sino un dígito, una cifra, la autoindicación, aun cuando no sabemos siquiera quiénes somos. En la punta de los dedos, se equilibra la escritura: “Yo tengo de su madre,/ una manta de lana/ que borda cada punto/ de sus dedos” (47).

Habitamos un “mapa que se fragmenta” y deshilacha. El poema de la lengua es la “herida de nuestra marca nativa” poetizada por Catrileo. El hogar de la infancia, símil de una línea delgada en la noche, es el texto que leemos en su explosión años más tarde, cuando solo podemos intercambiar señales con nuestros antepasados: lengua cortada con la que no nos entendemos. Así es el amor, todos los amores, apenas una mueca. Ya no podemos avanzar a la edad primitiva, sino mecidos en el agua, donde la palabra puede ser encierro, idea de la realidad y su violencia, pero también surco para aguardar en silencio por el estruendo que en su instante en la llanura se hace fértil. Es la “acción fluvial de la inmersión” lo que hace que lo fértil sea ese estallido del lenguaje que escuchamos tiempo después: “El retrato familiar/ fue abrir los ojos/ en un acuoso filtro” (62). Es el tiempo en que lloramos bajo la lluvia y escondíamos las lágrimas en sus gotas, el tiempo cuando lloramos bajo el agua y el llanto se escurrió por el desagüe.

“Impulsados al destierro
de una fábula que naufraga
contra/corriente.
No se puede llorar
bajo el agua” (63).

¿Llueve o lloramos? Mientras el hogar extraviado flota en ese llanto y se inunda, los niños que fuimos esperan aún sobre un débil apoyo, pero ya no albergamos nuestra identidad sino un poema, que en ese arrullo acuoso despierta y prende el cielo. La escritura es la brasa y la ceniza, el pensamiento que se impulsa desde su fracaso. Río herido de Daniela Catrileo no ratifica, porque su río es el lenguaje que sacude la inmovilidad, la parálisis y su singular ritmo el auxilio para poder atravesar. Leo herido, páginas de la herida, leo el río. Leo, río. Un río se cruza. Leer es cruzar o estar siempre a punto de cruzar, saltando de poema en poemma.

[1] Sonia Scarabelli, La orilla más lejana, Editorial Municipal de Rosario, 2009.

[2] Roland Barthes, “Proust y los nombres”, El grado cero de la escritura, México, Siglo XXI Editores, 1981, p. 178.

 

Ilustración: Daniel Aguilera
http://registrodetrazo.blogspot.fr/

Article by Nadia Prado

(Santiago, 1966) Licenciada en Filosofía por la Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS) y candidata a doctora en Literatura por la Universidad de Chile. Ha publicado Simples placeres (Editorial Cuarto Propio, 1992); Carnal (Editorial Cuarto Propio, 1998); © Copyright (Lom Ediciones, 2003); Job (Lom Ediciones, 2006; Premio Mejores Obras Literarias, 2004); Un origen donde podría sostenerse el curso de las aguas (Lom Ediciones, 2010); [J] (Cuadro de Tiza Ediciones, 2012), Jaramagos (Lom Ediciones, 2016) y Leer y velar (ensayo, Cuadro de Tiza Ediciones, 2017). Ha recibido el Premio Mejores Obras Literarias (categoría obras inéditas, 2004); la Beca Fundación Andes (2005); y la Beca Consejo Nacional del Libro y la Lectura (2003). Sus textos han aparecido en diversas antologías en Chile y el extranjero.

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