La emergencia del cuerpo en la narrativa chilena reciente

cuerpo

Ríos, Winter, Quezada

Poco se ha hablado sobre la presencia, ya ceñida, del cuerpo en la lupa narrativa de los autores y autoras de esta década. Ya no basta con el sujeto deambulador en el espacio sin atención a su propia o ajena materialidad. Esta forma de encarar la ficción implica el entrecruzamiento de temáticas comunes, ya sea la descomposición, la transformación o la huella, situadas en la figura del cuerpo, intersección pública de un devenir individual.

Destacan en esta corporalidad intervenida dos manuscritos. La novela Las bolsas de basura (Alquimia, 2015) de Enrique Winter, abre el registro a partir de dos personajes –Miguel y Brenda–, veterinarios veinteañeros que tienen la idea de embalsamar perros encontrados muertos por las calles de Talca y Coquimbo. A su vez, en Alias el Rucio (Sangría, 2015) de Mónica Ríos, unos documentalistas intentan recabar información sobre un personaje, el Rucio o Rocío, que fue intervenido(a) en un laboratorio experimental donde practican taxidermia con animales en la cordillera. Obsesión por mutar el cuerpo, animal o humano, mezclarlos, trastocarlos.

Las bolsas de basura son las que contienen a los perros botados del espacio público, invisibilizados, la bolsa como eje material de un desecho anónimo esparcido por las calles. Winter ocupa a los cuerpos ocultados de lo urbano, describiendo cómo en su vertiente animal dejan huellas, pruebas, pedazos anónimos, sin embargo, “cuando las cosas destiñen, el color sigue en ellas” (16). La obsesión gira en torno a la duda de qué es lo que queda de la existencia del cuerpo luego de su finitud temporal. El escrito pasa a relatar en tres momentos la descomposición del cuerpo de Eugenio –el sujeto travesti atropellado–, que su cadáver “yace impecablemente, sus huesos y dientes brillan, y brillan más en contraste con las manchas en la tierra que lo rodean y cada vez tienen que ver menos con él” (185). El cuerpo desecho contenedor de una belleza inclasificable. Su huella pasa a ser el conflicto político en que sumerge a Miguel, el protagonista en la narración, al comprobarse restos suyos de esperma en el cadáver, ¿qué se descompone finalmente? El mismo travesti, en su condición doble, es alojado como animal en una bolsa de basura negra para encubrir el atropello de un senador importante, atropellos a perros y humanos que ocurren en las capas ocultas de la sociedad.

De esa ocultación se refiere sobre todo en Alias el Rucio, donde se abocan los documentalistas a ir buscando los archivos, el nombre, las huellas que pudieron haber aguantado el transcurrir del día y la noche. En las faldas cordilleranas de Los Andes se van descubriendo entre los pastizales los pedazos mezclados, experimentados de las ratas, los perros y entre ellos el sujeto animalizado, intervenido. “Ese cuerpo de engendro”, incluso pierde la distinción sexual y pocos saben su origen, teniendo que recurrir al Alias, nombre traspuesto en doble condición Rucio-Rocío. Si en Las bolsas de basura está presente con tibieza tal mudanza o conversión corporal dentro de los márgenes, en Alias el Rucio se pretende alcanzar el estado de transhumanidad a partir de una taxidermia perversa y descontrolada. El científico a cargo piensa realizar un manual de intervención, todo en la clandestinidad. Y el cuerpo reemplazado, “artificial” desde un lugar de belleza, abyecta quizás, y en un escenario de laboratorio, “eternizado en una ondulante posición, como si serpiente, raíz, o el vaho de la vida se materializara frente a los ojos” (78). Cuando es desechado, cumple a la intemperie del cerro su descomposición, “sin temor ya a que caiga en manos de la ciencia, la política y el conocimiento” (252). Los trazos corporales están en permanente metamorfosis, muda y derretidos al tiempo.

Esta atención al borde de lo perverso a la mutación corporal podría estar siguiendo las líneas del trabajo emprendido por la obra de Diamela Eltit, desde Lumpérica, donde el cuerpo es puesto en conflicto al estar vulnerable y aplicado directamente en los dispositivos de poder. Un cuerpo abyecto, rechazado, repelido socialmente. Su presencia se hace un lugar casi insostenible dentro de un sitio plagado de disparos lingüísticos y limitantes constantes, ¿será que solo el espacio marginal o experimental cabe en su transformación?

¿Llegará el tiempo en que la transformación radical del cuerpo propio sea una mera rutina diaria y común?

“Mi casa es mi cuerpo; mi cuerpo, mi nave”, afirma el protagonista de bulto (Libros del Perro Negro, 2016), la novela breve de Víctor Quezada, para luego admitir que es insoportable la permanencia del cuerpo, al describir cómo su madre podría estar aguantando el cadáver de su padre en Antofagasta reposando en la cama donde siempre durmieron juntos. Se busca la descomposición, ojalá rápida, que no quede huella ni archivo ni pruebas que nos recuerden la degradación, que el cuerpo quede en la memoria siempre intacto a cómo fue y tenía que ser. En bulto, además, se buscaría la simulación del órgano masculino, “Lo imagino pensando en la desaparición mística del pene que nos permite ser más claramente frente al espejo” (47). A su vez, el personaje de “el gato” –otra vez el binomio de la animalización humana encarnada–, desea poder reemplazar sus órganos por otros nuevos, mudarse. En cambio el protagonista desea poder “amar este cuerpo y que este sea amado por otro” (47). Que ya no tenga las heridas que los avergüenzan y al menos en su permanencia que haya accedido a alguna experiencia cercana al amor de otro cuerpo. Que nada le falte para completarse.

Las narraciones precedentes presentan numerosos párrafos dedicados a la descripción minuciosa del cuerpo en proceso de degradación. Se presenta una fijación por su condición efímera, y a partir de ahí surge el deseo de modificación, en donde el cadáver puede ser forzado a la permanencia de su aspecto vivido (Las bolsas de basura), o la intervención se realiza con el cuerpo vivo a modo experimental perverso (Alias el Rucio), o bien, no ocurre cambio sino solo simulación y deseo de cambio (bulto). También, el cuerpo puede aparecer como huella y desecho, proclive a ser usado como gesto artístico o como dispositivo de aprovechamiento político-institucional.

Cabe agregar que los escritos brevemente desarrollados, se sitúan en lugares, por no decir periféricos, descentralizados. Ya no solo a nivel de espacio físico, sino también como método narrativo, donde la presencia de un conflicto central estructurado es sistemáticamente borroneada. Desplazamiento que poco a poco empieza a tomar fuerza en la narrativa chilena reciente.

 

 

_______________

Quezada, Víctor. “bulto”. Santiago: Libros del Perro Negro. (2016)

Ríos, Mónica. “Alias el Rucio”. Santiago: Sangría Editora. (2015)

Winter, Enrique. “Las bolsas de basura”. Santiago: Alquimia Ediciones. (2015).

 

 

Fotografía: Nicolás Slachevsky

Articulo por Drago Yurac

Comentarios: Sin respuesta

Únete: Deja tu comentario