La partida de ajedrez

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(Sobre La partida de ajedrez, de Stefan ZweigLOM, primera edición 2016. Traducción de Pola Iriarte)

 

Conocido por su excelsa capacidad de describir sicológicamente a sus personajes, las acciones que ejecutan y el entorno donde se mueven; Stefan Zweig, el gran biógrafo de un siglo XX que todavía reverbera en el presente, sumerge a sus lectores en la que fuera su última novela: La partida de ajedrez. Este breve texto, una de sus obras más famosas, fue escrito por el autor en 1941, un año antes de suicidarse y en plena Segunda Guerra Mundial.

La partida de ajedrez entrelaza dos historias: la de Mirko Czentovic, campeón de mundial de ajedrez, y la del Dr. B, un caballero vienés que migra a nuestro continente con el objeto de escapar de los nazis. El personaje de Czentovic, huérfano, semianalfabeto y completamente inhábil para relacionarse en sociedad, se enfrenta en una partida magistral con el Sr. B; quien afirma no haber jugado ajedrez hace más de veinte años, pero que en otras circunstancias se dedicó al obsesivo estudio de este juego. El primero arriesga su orgullo de triunfador; el segundo pone en jaque su propia cordura.

Los acontecimientos se desenvuelven bajo la mirada de un narrador participante que relata la historia y el encuentro de estos dos expertos en el ajedrez; que desarrollaron sus aptitudes para el juego en condiciones muy distintas, aunque ambas marcadas por la mezquindad humana, la apatía y el aislamiento extremo.

Con la exactitud del ajedrez que no deja nada al azar, asistimos a la construcción de una historia dentro de otra, todo en el transcurso espacio temporal de un viaje transatlántico en barco desde Nueva York a Buenos Aires, en el que coinciden el narrador y ambos personajes.

En esa referencialidad siempre viva, donde las fronteras entre realidad y ficción suelen difuminarse o trasladarse de lugar, los personajes juegan una partida. Mientras, en el tablero del mundo se juega una partida definitoria, que marcará la historia de su siglo y de toda la humanidad. Esta vez no se sacrificaron las piezas de un tablero, sino el destino de millones de vidas con las que arrasó la guerra.

Los horrores que trajo la guerra consigo cobraron la vida del escritor, quien tras huir a América del régimen nazi, tal como huye el Dr. B en La partida de ajedrez, optó por  suicidarse junto a su segunda mujer llamada Lotte, en Brasil.

En esta escritura de Stefan Zweig se reúnen la propia noche de un hombre con la noche de la humanidad entera. Al despedirse, Zweig escribió: “Ojalá puedan ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes de aquí”.

Zweig no tuvo la paciencia suficiente para alcanzar a presenciar la caída del nazismo. Pero luego la noche continuó, aunque con la interrupción poco frecuente de unos pocos rayos de sol. América del Sur, último refugio del escritor austriaco, fue azotada por dictaduras asesinas que emergieron al servicio de las clases privilegiadas, para resguardar sus intereses. Décadas después, el mundo pudo presenciar la primera guerra televisada. Como si fuese una película gringa de ficción, quizá con un refresco en la mano, vimos sentados en nuestros sillones los horrores de la guerra. Como si fuese un espectáculo que ocurre en otro mundo.

Así, por obra y gracia del hombre, la noche continúa. Así también, por obra y gracia del hombre, de cuando en cuando amanece.

 

*Ilustración de Ekaterina Dubovik

Articulo por Mariana Zegers Izquierdo

Licenciada y Máster en Literatura y Lengua hispanoamericana, la escritura es uno de los pocos lugares en los que desenvuelve con algo de confianza. En su trayectoria laboral ha escrito, indagado, enseñado, aprendido, producido y editado. Tiene una hija, un reino, unas plantas, dos animitas y más de dos muertos.

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