Los convidados de piedra

Convidados - Nicolas Slachevsky

Desde que estás parado allí no he vuelto a ver el sol. ¿Podrías correrte un poco ?

Todas las mañanas Milpahue hacía la misma pregunta, y todas las mañanas su esplendoroso y alzado vecino callaba. Ese día sin embargo contestó: bien sabes que no.

Milpahue no lo sabía. Y cómo podría saberlo, preguntó intrigado. Fácil, tú tampoco puedes, le respondió el otro. Eso no le pareció una razón. Su vecino era más joven, más dinámico, más moderno. Se supone que eres un edificio inteligente, le dijo. Lo soy, suspiró Antumalal, pero tú, pareciera que no.

Milpahue calló el resto del día. Cuando al atardecer se le encendieron las luces del último piso, el vecino se burló de él: veo que se te han iluminado las ampolletas, le dijo. Él no comprendió la ironía. Es sólo gente que va llegando, contestó. Creo que ahora debieras dormirte.

Cuando abrió sus persianas a la mañana siguiente, Milpahue volvió a ver a Antumalal plantado al frente. No podrías correrte un poco, le preguntó. El otro guardó silencio ¿Acaso estás sordo? insistió Milpahue ¿O te has amurrado? Pero en realidad temía que fuera menosprecio.

Nada cambió hasta que un día Milpahue notó que Antumalal tenía mal aspecto y sintió pena. Te ocurre algo, preguntó. Esta vez hubo respuesta. Creo que me estoy agrietando, dijo su vecino con una mueca de dolor ¿Cómo? ¿Un edificio joven como tú? No lo puedo entender. Porque eres un viejo bobo; te diré algo más, tengo las entrañas llenas de chirridos y gases, y es como si me las estuvieran retorciendo ¿Irás al médico, Antumalal? Bien sabes que no puedo ¿Cómo podría saberlo? ¡Ay Milpahue! ¡Que estúpido eres! ¿Hasta cuando repetirás lo mismo?

Pero una mañana se rompió la rutina. Milpahue despertó con un calorcito de costado y al abrir sus persianas vio un rayo de sol. No lo podía creer ¿Era posible eso? ¡Pero qué linda sorpresa! Buenos días Antu, dijo entusiasmado ¿Antu? ¿Así me llamas ahora? ¿Qué te pasa?, preguntó Antumalal irritado. Estoy feliz de que por fin te hayas corrido un poco ¿Crees podrías hacerlo un poco más? ¿Pero de qué hablas? Sabes que no puedo correrme.

Milpahue seguía sin saberlo. Se quedó pensativo el resto del día. Al anochecer hubo una fiesta en su techo. Le gustaba que los habitantes se divirtieran, podía oír con agrado la música, aunque a veces más parecía carraca, y oler las grasas chamuscadas. Sentía que era como una ofrenda que le hacían. Esa noche los habitantes estaban muy animados. Oía voces extranjeras, y no estuvo muy de acuerdo con una que gritó ¡que chévere la vista, quincho de su madre! porque él sólo veía al enorme individuo que tenía al frente y lo encontraba desagradable. Sin embargo, cuando repararon en Antumalal, los fiesteros se calmaron. Miren, dijo alguien, ese edificio está inclinado hacia la derecha. De veras, le respondieron, pero visto del otro lado es para la izquierda ¿Izquierda o derecha, qué importa? Igual se puede caer. Milpahue estaba con las luces apagadas y no veía nada. Al final se durmió.

Pasó mala noche a causa del ruido callejero pero al despertar tuvo de nuevo esa sensación tan agradable de calorcito de costado. Abrió sus persianas y vio más sol que el día anterior, tanto que llegaba a encandilar ¡Qué buena gente Antu, se había vuelto a correr! Igual tuvo que velar sus ventanas y sólo entonces pudo ver a muchos humanos por allá abajo, hormigueando en torno al vecino. Tenían zapatones gruesos, cascos, arneses y colgando por detrás una sogas que parecían pañales ¡No se habían equivocado los fiesteros! Antumalal estaba inclinado. Notó que le habían puesto unas prótesis metálicas que le subían por el ala oriente y que sus persianas permanecían cerradas. Estaba vacío. Qué pasa, Antu, preguntó angustiado. Antumalal abrió algunos ojos con esfuerzo. Parece que tengo una falla estructural, dijo ¿Es grave? No sé, me están diagnosticando contestó. No volvió a hablar.

Milpahue, se tocó los cimientos y sintió que todo estaba bien. Se quedó pensativo el resto del día. Al anochecer escuchó unas conversaciones inquietas entre sus propios habitantes, que parecían muy alborotados por el asunto. La inmobiliaria del frente estaba negando toda responsabilidad; afirmaban que el problema era anterior a la construcción, algo heredado, una falla de terreno o algo así. Los seguros no querían pagar. Milpahue hubiera querido tranquilizar a los suyos pero no sabía como hablarles. Al día siguiente despertó con más calor: Antumalal seguía encogiéndose.

Parece que lo que tienes es congénito, Antu, le dijo. Su vecino esbozó una sonrisa adolorida. Eso pretenden, pero yo soy un edificio inteligente y no me la trago. Sin embargo se mostró desanimado cuando Milpahue le preguntó lo que iba a hacer. No sé, no tengo fuerza ¿Tu me ayudarías Milo? Justo en ese momento le entró por el ala central un martillazo perforador que lo hizo gemir. Milpahue se quedó pensativo el resto del día.

Al despertar siguiente tuvo ganas de decirle que levantara un poco el hombro. Se contuvo. Pobre Antu, pensó, él me ha protegido del sol todo este tiempo, yo debería estarle agradecido. Pero entre sus habitantes la agitación subía. Circulaban rumores alarmantes. Que la causa de todo era la altura de Antumalal, no respetaba el plan regulador; que quizás fuera lo mismo con Milpahue que terminaría también por inclinarse y sus habitantes alojados en el gimnasio municipal. Milpahue hubiera querido tranquilizarlos pero no sabía como hablarles. Además, aunque se sentía bien, estaba inquieto.

Esa noche tuvo pesadillas. Soñó que él y Antumalal se inclinaban uno hacia a otro hasta tocarse las cabezas y se quedaban así, apoyados, formando un arco y mirando hacia abajo una pequeña casa que estaba encerrada entre ellos. ¡Levántense grandulones! les había gritado ella. Me están molestando.

¿Milo, conoces a esa vieja chica?

-Bueno, la había visto pero no sabía que era tan rezongona.

La casa los estaba escuchando ¿Rezongona, yo? ¿No te quejas tú de que te oculten el sol? ¿Te crees Diógenes?

Volvieron a callar. No sabían de quién hablaba la viejecilla, su cultura no era más que un salpicón televisivo, como la de sus propios habitantes, y hasta entonces nadie había pensado en hacer una teleserie sobre Diógenes. Antumalal era inteligente, cierto, pero en su momento los ingenieros no pensaron en incluir en sus aplicaciones información sobre filósofos antiguos. Igual atinó a contestar:

-¿Acaso usted no se está quejando de lo mismo?

Milpahue se extrañó de que su vecino la tratara de usted, como amedrentado. Cuando se lo comentó, Antumalal opinó que el sueño no era suyo y declinó toda responsabilidad dando por terminado el asunto. Pero en realidad se quedó pensando. Esa dama llevaba allí largo tiempo y seguramente sabía mucho.

-Señora, le dijo un día sin saber si ella podía hablar ¿me permite una pregunta?

La vieja casa abrió sus arrugadas lucarnas y se quedó mirándolo sorprendida. Vaya grandulón, ahora que tienes problemas te dignas a dirigirme la palabra. Acogida no muy amable, pero sí de buen augurio. No sólo podía hablar la viejecilla, además parecía estar al corriente de lo que le sucedía. Lo que te puedo asegurar, continuó ella, es que aquí no hay fallas de terreno. Es el mismo en el que estoy construida yo, y el mismo donde estaba mi hermana, pobrecita, la vendieron junto a unas vecinas. De sus entrañas naciste tú. Sí, grandulón, eres sobrino mío.

Los dos edificios se quedaron atónitos, Milpahue algo triste porque se sintió excluido. No te inquietes, le dijo la viejecilla, también eres hijo de parientes míos, más lejanos cierto, pero somos de la misma familia. La noticia les llevó calidez a las calderas: ya no estaban solos en el mundo. Pero aunque se sintieran mejor, Antumalal seguía con problemas. Bueno, dijo una mañana la viejecilla, en mis tiempos se decía que la unión hace la fuerza. Qué quiere decir eso, tía, preguntó Antu, cuyas aplicaciones no contenían nociones complejas ¿Sí, qué quiere decir? insistió el corto de genio de Milpahue que aún no se atrevía a llamarla tía.

Que vamos a actuar juntos, contestó ella. Los primos iban a tener que inclinarse uno hacia otro hasta quedarse apoyados en las cabezas formando un arco ¡Pero ese es mi sueño! exclamó Milpahue. También el mío, dijo la casa vieja, quisiera quedarme aquí protegida para siempre. Y no le importaba que le taparan el sol, ya se estaba preparando para cerrar sus viejas lucarnas, quizás algún día hicieran de ella un museo, el museo de la casa vieja.

Antumalal estuvo de acuerdo, él no tenía nada que perder. Milpahue en cambio se mostró reticente. Se palpaba los cimientos y los encontraba bien. Esto no es cosa de cimientos, Milo, le decía la tía. Es cosa de sentimientos. Hazlo por nosotros. En ese caso debería inquietarme por mis habitantes ¿qué será de ellos si me inclino? Nada especial, se mudarán, irán a empilarse en otros convidados de piedra, le contestaron, o treparán las faldas cordilleranas hasta por detrás de lomas y cerros, y vivirán en casas de juguete alineadas como cubitos de caldo. Quizás alguna vez vengan por aquí a recordar viejos tiempos y visiten el museo, entonces los volverás a ver.

Milpahue se dejó convencer, él era un buen edificio. Igual necesitaba un poco de tiempo para prepararse y le acordaron algunos días. Pero cuando llegó el momento, el día mismo en que debían comenzar a agacharse, Milpahue, no bien despertando, vio a Antumalal rodeado de unas altísimas mallas verdes e invadido por unas máquinas con aspecto de rapaces prehistóricos que lo estaban trabajando por dentro, como si le comieran las entrañas. Ya no daba signos de vida. Aterrorizado Milpahue buscó a la tía, pero ella había enmudecido. Sólo entonces abrió todos sus ojos y reparó que las mallas verdes también la envolvían. Eso, Milpahue sí que sabía lo que quería decir.

Pero ya no había nadie para preguntárselo.

 

 

Imagen de portada: foto de Nicolás Slachevksy

Articulo por Mario Lanzarotti

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