Notas del achuma

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Chusakeri, Oruro.

3.800 msnm.

 

Cocinamos achuma casi toda la noche, que es larga y fría en el invierno del altiplano.

Después de unas horas de sueño, nos levantamos a tomar el cocimiento bien reducido. Fuerte sabor al que nuestros cuerpos no están acostumbrados. Sabor a vegetal, a mineral, denso como una savia baja lentamente por la garganta.

Caminamos y conversamos.

Al sol hace calor y a la sombra frío, sin término medio.

Hacemos entonces como los perros, que van alternando entre uno y otro

o se echan al suelo con medio cuerpo al sol y medio a la sombra.

 

Ya han pasado unas horas desde que tomamos achuma.

Me siento en la arena, observo.

Sopla el viento seco y agita los matorrales y los cactus

choca contra los cerros que se mueven hacia el río

como olas que bajan del cielo

y se confunden con nubes que pasan y se deshacen, se alargan y se disuelven en el aire.

 

 

Los cactus elevan sus brazos hacia el cielo.

 

Todo vibra.

Los cerros

los cactus

la arena que está compuesta por infinitos granos

y cada uno de ellos vibra

y cada molécula que los compone también vibra.

 

Todo se alarga, se extiende y se contrae

como en una gran respiración.

 

Esa respiración parece tener un ritmo,

una forma que intento captar.

 

 

 

 

 

El achuma encuentra un vehículo en el dibujo.

Hago trazos, líneas, huellas.

Dibujo lo que veo.

No hay diferencia entre cerrar los ojos y tenerlos abiertos.

 

 

 

 

 

 

 

Pienso en relojes, relojes de sol,

de agua o de fuego,

relojes de arena,

de sangre, de sal, relojes de sombra.

 

Las cosas parecen tejidas unas a otras,

las nubes a los cerros

los cerros a las plantas

las plantas a las piedras

las piedras a mis manos cuando las sostienen en el aire.

 

 

 

 

Todo está tejido

todo tiene texto y textura.

Por todas partes corren hilos invisibles que unen las cosas entre sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los objetos que toco se tejen y se destejen,

en un entramado sin fin

que no tiene centro.

 

 

 

 

 

Se va terminando la vigilancia del día sobre la noche.

Mis sentidos se pegan a los

objetos con viscosidad.

 

Miro las estrellas brillantes:

están unidas por líneas de luz y 

forman miles de constelaciones

formas precisas y estables que trato de comprender una por una

hasta que baja un viento desde las quebradas que barre con todas las estrellas y se las lleva muy lejos

rompiendo los hilos que antes las unían.

 

Los cuerpos se organizan para luego desarticularse a través de cualquier línea de fuga.

 

Todo se fragmenta.

Las cosas se hacen infinitas. 

Infinitos granos de arena.

Infinitas estrellas del cielo.

Mis manos tienen infinitas arrugas y huellas

y en todas ellas me hundo, me caigo con vértigo.

Voy cayendo en picada.

 

 

No hay refugio para el pensamiento, que va sucumbiendo en su ritual de sacrificio,

se va ahogando en su propia lengua eléctrica.

 

Las cosas están lejos, tú estás lejos.

Mis manos apenas tocan las cosas que tocan.

Mi pensamiento

se acerca a los objetos

como una mano pela un tomate

pasando a llevar la otra mano

con el cuchillo.

 

Necesito de la piel para sentirme cerca.

Necesito tocar y que lo que toco no se diluya,

que las cosas no se vuelvan líquidas.

Poder tocar y que el tacto no sea como la palabra.

 

 

 

Las palabras tienen hoyos

y por esos hoyos pasan arañas que tejen hilos secretos.

Van tramando en el silencio sin límite

hasta que perdemos el cálculo.

Y ya no podemos medir el silencio.

Nos trabaja por dentro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La noche se alarga

es decir que no pasa

no pasa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Placas terrestres

Sistemas cristalinos

Tejidos

Estructuras moleculares

Redes

Telarañas

 

 

 

 

 

 

El achuma me habita completamente.

Me transporta hacia donde quiero

y hacia donde no quiero.

 

Atravieso el tiempo y la materia.

 

Visión de cóndor

oído de puma

tacto de serpiente.

 

 

 

Como una hoja de papel en blanco

 

el desierto.

 

Como una mano agrietada y seca

el desierto.

 

Entra en nosotros

dirige nuestro deseo hacia lo inabarcable.

 

 

 

 

 

 

*Achuma o Wachuma; Echinopsis Pachanoi; conocido comúnmente como Cactus de San Pedro.

 

 

 

 

 

 

 

Articulo por Giordano Muzio

(Santiago, 1990) Escritor, músico, cocinero. Estudió filosofía en la Universidad de Chile. Desde el 2016 trabaja en la revista Carcaj.

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